SOFOCLETO / Héroes bizarros 350

Sofocleto:

ÚLTIMO HALAGO A LOS COJUDOS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

El americanismo “cojudo” define a la persona como tonta y acaso lerda. Un “huevón” si usted quiere el peruanismo.  Eso lo sabía bien Sofocleto. Y se regodeaba hasta el hartazgo descifrando esa epidemia nacional de la llamada cojudemia. Sofocleto fue un genio de la ironía y hoy muy pocos lo recuerdan a pesar de haber inventado una pastilla llamada desahuevina compuesta, tan necesaria en estos días. En su extenso  tratado “Los cojudos”, el recordado terapeuta advierte:  “Al cojudo de profesión le ponen cuernos, lo estafan, lo asaltan, le embarazan a la hija y le devuelven a la hermana. Tiene tías solteronas… Es siempre el último de la cola, el que pierde la lotería por un número y camina como pato porque sufre escaldadura crónica…”.

 

Sofo

Foto: Revista Caretas.

Sofocleto estaba casado con el humor por amor pero fue un perfecto adúltero por el útero del periodismo y un conviviente de su tiempo amante. Cuando nació Sofocleto el periodismo en el Perú no era serio, era dramático y llorón. En 1941 las redacciones de los diarios de Lima se ocupaban de la guerra con Ecuador y Sofocleto estaba en combate y empiernado más bien con las noticias varias del varieté y el cabaret. Cuando nació Sofocleto para el periodismo ya era un anciano de 15 años. A esa edad entonces, decidió escribir por su cuenta y riesgo. Así inventó en la prensa un sistema más que una gramática donde la poesía era una galaxia de imágenes y un método de la imaginación imaginada en un imago. Cierto, ya no hay como él y cuanto lo extraño.

Así, Luis Felipe Angell, Sofocleto, fue uno de los periodistas peruanos más brillantes del siglo XX. A una década de su desaparición física lo recordamos en este perfil sobrio aunque afable y jovial. Y todos empezó esa mañana de enero en que Sofocleto llegó a las puertas del diario El Comercio. Se le había metido ser periodista y esperó en la entrada a un señor que debía parecerse al director del periódico. No se equivocó, él era Francisco Miró Quesada Cantuarias. Por la tarde ya había entregado una decena de cuartillas para la sección Locales donde el jefe era Clodoaldo López Merino, un tipazo, de los de ayer, lástima, era cautivo de la puntualidad. Luego pasó a Policiales con Carlos Stagnaro y se hizo prisionero de los fastos de accidentes, incendios y asesinatos. Sofocleto, no obstante, a los 17 años ya era diestro en el delito y fue inocente de conjugar policías con poesías. Sofocleto iba para filósofo, el periodismo lo hizo filoso.

Y qué no sabía Sofocleto cuando aún se llamaba Luis Felipe Angell de Lama. Todo. Todavía sonreímos con sus ocurrencias, aquella euforia y agudeza contra la mediocridad y la displicencia de los viejos ásperos, salvaguardias del pedo de los preceptos y protectores del eructo del canon. Sofocleto no era chistoso, era ingenioso, un ingeniero contra la ingenuidad inherente. Sofocleto, entonces, menos grave que sus contemporáneos, fue juicioso y sensato en la tarea de darle brillo a la imaginación nacional, esa fantasía de las verdades, aquella entelequia de las certezas y en esa ecuación fue sedicioso, insurgente y contestatario. Ergo, andaba endeudado y tenía el alma justiciera en un tiempo de prudente regodeo.

sofo 1-a

PERIODÍSMO DE AUTOR

 El niño Sofocleto siempre supo que iba a ser periodista por tres razones: por pasión, por placer y por hambre. La escritura del orgasmo digestivo. Así, una vez dijo que la angustia del “cierre” –ese tiempo diferente de las redacciones donde el reloj corre al revés– le amplificó el ingenio y la agudeza. Dicho de otra manera, la premura del periodismo lo convirtió en un grafómano casi un mitómano. Era un demonio este Luis Felipe Angell que fue el eterno expulsado de los colegios Maristas, de La Merced, de La Inmaculada, del San Agustín y finalmente en el Colegio Anglo-Peruano donde como estudiante fue un buen basquetbolista. Sin pestañar repitió el plato en su vida universitaria y pasó de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a la Pontificia Universidad Católica del Perú, después a Coimbra, luego a la Sorbona en París. Sin embargo, ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1947 y al servicio diplomático en 1951 y hasta su pase al retiro en 1967.

En una recordada entrevista que le hiciera Mario Campos en la revista Somos de febrero de 1997, Sofocleto le cuenta que él entendía que el humor es una brasa caliente para la sociedad y que no había nada más subversivo que el humor: “Todos los grandes escritores terminaron en la cárcel por el humor que es y ha sido históricamente perseguido. No existe un solo humorista que haya muerto tranquilo: Aristófanes estuvo deportado catorce años y murió preso. Y lo mismo le pasó a Cervantes que estuvo encarcelado por lo terrible de su pluma, y Shakespeare que inventó el inglés moderno, y Dante que hizo lo propio con el italiano. Estos talentos cuando se enfrentaron con la realidad fueron perseguidos y aniquilados. El talento tiene estas alternativas, o te hace libre o te rinde o te calla”.

Cuando aparece el Dominical de El Comercio Sofocleto pasa a tener protagonismo y comienza a escribir “Sofocleto en dos columnas”, un espacio donde comentaba la semana en el plano político y social desde una reflexión mordaz y sarcástica. De esa época ya es sabida su genialidad. Todos leían a Sofocleto. Era un referente en épocas de la dictadura del general Odría. Desfachatado, Sofocleto hacía periodismo de autor, se burlaba, ponía motes, colocaba “chapas” y obligaba a los personajes de la sociedad peruana a que cambien de nombre. Había que ser muy valiente, tener una agudeza preeminente y vivir a salto de mata. Sofocleto entonces fue perseguido por todas las dictaduras de esos años que eran reales, cruentas y no perdonaban.

Una pista para entender este sesgo de Sofocleto es recordar que a pesar de ya pertenecer a la esfera del mundo diplomático y donde todos aseguraban que era un embajador, una suerte de “clubman”, era un hombre apegado a las tradiciones, un peruano con árbol genealógico y sello familiar para estampar el lacrado de la correspondencia. Sofocleto, como recuerda Guillermo Thorndike: “Procedía, es cierto, de estirpes piuranas adineradas y extravagantes. Los yacimientos de petróleo en La Brea y Pariñas habían sido una de las propiedades familiares, lo mismo que algunas haciendas célebres por su dimensión superlativa”. Solo que su familia había caído en desgracia.

sofo 4

 

HOMBRE DE IZQUIERDA

Sofocleto fue un periodista comprometido con su época. Entonces ocurrió la Revolución Cubana y el conservador se hizo ‘socialprogresista’. Dejó las páginas de El Comercio para dirigir una publicación memorable, Libertad. Después saltó a las filas de la revolución latinoamericana. Fueron los años del amor por su primera mujer, Matilde y de la amistad con Fidel Castro. Luego viajaría a París, Praga y La Habana. Después no regresó una tanda de años y todos lo extrañaban. Es que Sofocleto escribía para que lo recuerden y celebren y sus textos negaban esa máxima de los sonsos y pánfilos que afirman que se hace periodismo para el olvido cuando es todo lo contrario, que se escribe para la eternidad, que se redacta para hacer historia. Entonces textualizar con el periodismo era para Sofocleto ese instante fascinante que grava las almas, entona el espíritu y alegra el corazón, como decía ese viejo eslogan de Pisco Vargas.

En los sesentas, Sofocleto era referente obligado para entender el Perú. Y algunos, ora lo tildaban de conservador, y otros, ora de rebelde. Es de esa época que pone de moda sus “sinlogismos”, esa suerte de sentencias filosóficas que de bizarras decían más que la verdad y la certeza, porque en aquella seducción de las palabras, donde era maestro Sofocleto, la capacidad de persuasión y fascinación que construía frase a frase, generaba encantamiento y hacía del lector un ente activo en la abstracción y la forja de conceptos. Sofocleto se había adelantado a su tiempo. El destino nacional nos había regalado un periodista de sustancia, nervio y genialidad.

Pero Sofocleto, que era más que humano –un tipo de casi dos metros–, un hombre que escribía para vivir y que no era ajeno a las ideologías, había sufrido de la crudeza de las  cárceles y era invitado de lujo a pertenecer a esas listas negras reservadas para los que arriesgan y como ya dije, piensan por su cuenta. Entonces comenzaron a fregarlo. Como a Mariátegui, como a Vallejo. Un pacto de algunos empresarios miserables de la prensa decidieron no darle trabajo y ningún periódico lo recibía. Así, Sofocleto se asoció con otro personaje inolvidable, el gordo Raúl Villarán Pasquel. El maestro Thorndike cuanta que en esos años, a mediados de los sesentas:  “Sofocleto escribió entonces para la televisión en sociedad con Villarán –en verdad disfrazado de Villarán pues él no aparecía– con quien compartió un departamentito en la avenida Arenales y la rotunda pobreza de alimentarse con sopas de sobre que Villarán escondía bajo el colchón”.

Sofo 3 

SU VIDA, LOS LIBROS

 A Sofocleto le vino la buena. El empresario pesquero Luis Banchero Rossi ya había fundado la cadena de diarios Correo y decidió incorporarlo como columnista y como ‘gerente’ creativo e imaginativo. Sofocleto había vuelto a nacer, no de sus cenizas sino del puro papel incendiado por sus ocurrencias, ese mar de las carillas que producía la vieja máquina Underwood en la redacción de la Av. Garcilaso de la Vega. Los que lo observaban cuentan que cuando escribía parecía un poseso que miraba al interior de su imaginación, y luego se le achinaban los ojos y escupía solo seso e ingenio. Reía bajito de sus propias ocurrencias, muchas de las cuales no llegaban al papel. Y cierto, entonces impartía sentencias porque Sofocleto tenía mucho que contar, y muchos le debía tanto producto de sus varios exilios, aquellos títeres de  las dictaduras que lo sometieron, incómodos por su humor y su desmesurada imaginación.

Sofocleto había nacido en el puerto de Paita un 12 de abril de 1926 y como refiere otro gran periodista, Juan Gargurevich, es uno de los pocos escritores peruanos a quienes le construyeron un monumento en vida –los otros son Vargas Llosa y Nicanor de la Fuente– y que él mismo inauguró en el conocido Parque Sofocleto. En 1958 publicó su novela “La tierra prometida”. El libro fue un suceso y obtuvo el Premio de Novela que auspiciaba el librero Juan Mejía Baca con un jurado de lujo que integraban Luis Jaime Cisneros, Sebastián Salazar Bondy, Alberto Escobar. El libro lo firmó un tal Luis Felipe Angell y recién los lectores cayeron en cuenta que ese era el nombre verdadero del famoso Sofocleto, o al revés. La novela es precursora de un tema que con los años se convertiría en un drama. El problema social de las barriadas, aquel fenómeno que José Matos Mar llamó “el desborde popular” y que el olfato periodístico de Sofocleto detectó antes que nadie.

Sofocleto es un periodista integral porque escribió de todo, y bien. Desbordante y descomunal en todo también, vivió, gozó y escribió además más de doce mil sonetos (llamados “Sofonetos”), 2.538 décimas, 50 mil sinlogismos y al fallecer (el 18 de marzo del 2004), estaba reeditando 27 tomos de los 162 volúmenes que comprenden sus obras completas. Sofocleto tenía el destino del poeta y vivió para la creación y las sutilezas, que ya no se admiran. Por ello lo recordamos con esta frase que lo hace eterno y atemporal: “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”. Y yo le digo, maestro Sofocleto, sus textos son pretextos para testicular la verdad y la inteligencia.

 sofo 2

Humor lector

El gran Guillermo Thorndike que había sido su yunta lo recordaba de inmortal. Decía, Sofocleto lo había escrito: “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”. Y ese flaco y largo Sofocleto, para “El Gringo” era ese que una vez se echó a andar: “Y se fue por los rumbos de la imaginación nacional, adquiriendo vida propia y poniendo a su autor en gravísimos problemas, pues Sofocleto, no Luis Felipe, era rebelde, contestatario, andaba endeudado y tenía el alma justiciera en una época de precavido contentamiento. A veces Luis Felipe parecía el revés de Sofocleto. Era un embajador, un clubman, un ser monógamo apegado a las tradiciones, un peruano con árbol genealógico y sello familiar para estampar el lacrado de la correspondencia. Sofocleto, común, popular, aventurero, no siempre encajaba en el molde de su autor. Sofocleto pagaba letras el último día, era piropeador desenfadado, caía en súbitos estados de amor y no tardó en escribir por su cuenta. A él se debe esa declaración asombrosa: ¡Desear a la mujer del prójimo es un pecado inmortal!”.

Sofocleto, ensayista del alma escribió en su tratado “Los cojudos” una suerte de clasificación para definir al “cojudo” según su edad: “ El cojudo llega a su clímax sobre los treinta años y alcanza la apoteosis a los cincuenta y nueve. De los sesenta para arriba es lo que se llama ‘un viejo cojudo’, lo cual significa que no le falta sino cometer la Gran Cojudez Final que cierre con broche de oro su carrera, antes que algún pendejo de la familia consiga meterlo en el manicomio bajo los cargos de arterioesclerosis generalizada”.

Y vamos que fue ejemplo te trabajo tenaz. La producción literaria de Sofocleto abarca más de un centenar de títulos. La mayoría de ellos son reediciones de los textos que antes se había publicado en diarios y revistas. Sofocleto decía: “he escrito muchas veces más que Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer y todos sus contemporáneos”. Los libros que gozan del reconocimiento de los lectores a este prolífico periodistas son: Manual del Perfecto Deportado, La Tierra Prometida, La Sábana de Arriba, La Sábana de Abajo, Los Cojudos, Sinlogismos, El Ángulo Recto, Diccionario de Neologismos, Los Conchudos Sofocleto en Dos Columnas, Décimas, Al Pie de la Letra etc.

sofocleto-imagen-L-w3TqcJ

Luis Felipe Angell

‘Sofocleto’

Fue el más grande humorista peruano de su época en lengua castellana. También diplomático, escritor y periodista deportivo, supo de todas las vivencias del ser humano: dichas y desventuras, cárcel y exilio, aplausos y reproches. En su ausencia –que ya lleva trece años– no ha vuelto a aparecer un humorista de su jerarquía. ‘Sofocleto’, tal su seudónimo, fue además el autor más leído de su tiempo.

 

Un texto de Domingo Tamariz Lúcar
Luis Felipe Angell vio la primera luz en Paita el 12 de abril de 1926. Sus padres fueron Jorge Angell Palacios y doña Juana de Lama. Su precocidad fue notable: a los 4 años de edad leía perfectamente, y a los 7 ya escribía versos. Gracias a su propensión a la lectura, recibió como herencia las bibliotecas de sus tíos abuelos, que, juntas, sumaban la friolera de 25,000 volúmenes.

Cuentan que estudió hasta en cinco colegios: La Merced, Maristas, San Agustín, La Inmaculada y el Anglo Peruano, hoy San Andrés. Lo mismo ocurrió cuando terminó la secundaria. Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y luego a la Pontificia Universidad Católica del Perú, para seguir Letras y Derecho. Después se quemó las cejas en la Universidad de Coimbra, Portugal, y en La Sorbona de París.

En 1947 ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde hizo carrera. A la vuelta de doce años, ya como tercer secretario, integró la delegación peruana en la Asamblea de las Naciones Unidas, pero, por no estar de acuerdo con la política del gobierno, pidió su pase a disponibilidad el 30 de enero de 1959.

Durante esos años realizó una intensa actividad literaria, sobresaliendo como un escritor original y versátil. En 1958 escribió la novela Tierra prometida, de corte social. Por entonces ya rondaban por su mente ideas izquierdistas. Por invitación de Fidel Castro, viajó a La Habana, y a fines de la década del 50 se hizo socialprogresista. Transcurrir en el que dirigió el semanario Libertad, vocero del partido.

Lo conocí por esos días. No recuerdo cómo se contactó conmigo. Buscaba entonces mejorar la calidad del semanario cuya primera edición no pegó. Él quería “un diagramador periodista”, y seguramente alguien le habló de mí. Acepté su propuesta sin pensarlo dos veces, porque el periódico propugnaba ideales progresistas y renovadores.

Entre sus colaboradores estaban los hermanos Augusto y Sebastián Salazar Bondy, Paco Moncloa y Alberto Ruiz Eldredge. Pero el hombre iluminado en la cocina del periódico era Angell, un monstruo frente a la máquina de escribir; dada su corpulencia –dos metros de humanidad– parecía que la iba a destrozar. Era tan rápido, y sus textos salían tan limpios –sea que escribiera en broma o en serio–, que con su aporte no era problema hacer un periódico de pegada. Libertad llegó a vender 40,000 ejemplares. La circulación del semanario se interrumpió con la deportación de su director (marzo de 1962).

Por esos años, Angell integró las filas del Frente de Liberación Nacional, un movimiento de izquierda de línea más confusa que el tránsito de la avenida Abancay; allí el humorista conformó un pintoresco trío con el general César Pando Egúsquiza y el cura Salomón Hidalgo.

Unos años antes ya había incursionado en el periodismo. Debutó como humorista en El Comercio en el verano de 1955, con una columna en la que por primera vez firmó como ‘Sofocleto’ (seudónimo que adoptó en honor de Sófocles, el autor de Edipo rey). Pasó luego a la revista Caretas y, sucesivamente, a los diarios Correo, Ojo, Expreso y La República, con sus “Mentiras universales”, “Frases célebres”, “Sicología animal”, “Ángulo agudo”, “Parlamentarias” y famosos sinlogismos como “Huachafería es la distancia que hay entre el mediopelo y el terciopelo”. Buenazo.

Para las elecciones de la Asamblea Constituyente de 1978 sacó el diario político Don Sofo, de solo una hoja, el que, al precio de veinte centavos el ejemplar, vendió a raudales. Luego fundó el diario La Mañana (1992-1995). También fue especial poniendo chapas o apodos a conocidos políticos. Un par de botones: a Javier Ortiz de Zevallos lo llamó ‘Gigante roto’ (por su pequeña estatura), y ‘Tucán’ a Luis Bedoya Reyes (por narizón).

Publicó más de veinte libros, entre ellos Sinlogismos, acaso el más vendido, Mentiras universales, Sofonetos, Los cojudos, entre otros.

Luiis Felipe Angell, ‘Sofocleto’, partió a la eternidad el 18 de marzo de 2004. A propósito, recuerdo uno de sus sinlogismos: “Lo bueno de la muerte es que no se repite”. Ni vuelta que darle: genial, aunque no buen cristiano.

 

sofo 2

 

Fragmento del libro de crónicas LA CAZA PROPIA de Eloy Jáuregui. Lancom. Julio 2017.

Las fotos han sido tomadas de los diarios El Comercio, La República y de los blogs de Rafemole y de Crose.

Publicado en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui | 2 comentarios