RICARDO PALMA / Héroes bizarros 108

Ricardo Palma:

FUNDADOR DEL NUEVO PERIODISMO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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Ricardo Palma no solo fue un escritor romántico, costumbrista, inventor del género “tradiciones” y político. No, fue genial hombre de prensa y creador del Nuevo periodismo latinoamericano. Conocido solo por sus relatos cortos de ficción histórica reunidos en el libro “Tradiciones Peruanas” y “Tradiciones en salsa verde”, este peruano brillante plasmó una escritura vital y vanguardista. Pero en el Perú del S. XIX, fue confundido y atacado por las dudas nacionales. En esta crónica lo iremos conociendo, en estos días cuando se cumple un siglo de su muerte.

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Parafraseando a Víctor “Tito” Hurtado –y devuelto vivo y sano–, yo también soy un vanguardista del pasado, un adelantado de la inmemoria, un precoz de lo añejo. E insisto, en música también; en comidas y bebidas, más. Y no digo del amor, soy romántico sin roma. No soy un pasadista, soy un pesado sacando brillantez a lo vetusto. Así hubiese sido un gran gerente de una tienda de antigüedades o de un mall de la melancolía. Por ello reivindico a los maestros, esos que escribían de universos quiméricos, los de canciones enternecedoras, los de potajes inmarchitables. Me gustan la estridencia del cine mudo, las películas del cine noir y las estrellas lascivas de las cintas arrechas. Por ello visito casi siempre al escritor peruano Manuel Ricardo Palma Soriano, como celebración en espacio intersticial de su existencia, y me regodeo con la modernidad de su pasado.

Y hace un siglo murió Palma (Lima, 7 de febrero de 1833 – Miraflores, Lima, 6 de octubre de 1919). El escritor y político. Identificado más con un término acomplejado de  “tradicionista”. O a quien apenas se le conoce como “El Bibliotecario Mendigo”. Y es injusto ese saber de su lado casi público porque debe saberse que Palma fue un apasionado de las causas populares, de la riqueza genuina de los lenguajes del pueblo, y un insurrecto del trenzado textual de una nueva forma de escritura. Hay que reconocerle además, su más de medio siglo trabajando en sus “tradiciones” un género eminentemente americano salpimentado por su dosis de humor e ironía, y a sus atención al uso de la oralidad y un lenguaje agraciado y satírico, de retruécanos y paráfrasis, de equilibrio idiomático nativo y de neologismos al mejor estilo de César Vallejo, lo que habla de profundidad en el tema lingüístico.

Sus “tradiciones” en todo caso resultan de su capacidad para construir un híbrido entre “lo real” y la ficción. Dícese así de sus relatos con fondo histórico creados a partir de un acontecimiento real pero narrado con un soporte literario traído del cuento y la dramaturgia. Pero a que le añadía el documento y los registros orales con lo cual contribuyó a una historiografía que la misma historia no registró.  Cuando se le preguntaba por el origen de este estilo de contar, Palma explicaba que era una de “las formas que puede revestir la historia, sin los escollos de esta”. Pero además en esa polifonía de voces, Palma nos recuerda cómo se hablaba, por ejemplo, en la Lima conventual, como se expresaba un cura, como una dama disoluta, como un mulato pendenciero.

En Ricardo Palma se consolida  el género periodístico-literario íntegramente peruano: el ‘Tradicionismo’. Es decir, una forma de narrar de manera axial una noticia que trasciende el contexto y lo factual. Cierto la tradición fue su hallazgo y su cadalso. Una ‘tradición’ de Palma es un oxímoron. Una estrechura más que constructo narrativo y que tiene por fuente etimológica otro hipernexo, aquel que provine del griego oxímoron u oxímoron: “oxys”, que dícese de lo agudo, ácido o punzante. Más no del anémico oxímoron alatinado y que es del uso de las figuras retóricas que resultan de la combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. Por  ejemplo: “un silencio atronador” (DRAE). O a la manera del “ciego maravilloso”: “Así los gnósticos hablaron de una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro”. (“El Zahir”: Jorge Luis Borges).

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Insistiré que Ricardo Palma es al periodismo lo que Vallejo a la poesía: un descomunal aventajado. Aquel que revise su obra completa quedará más que patidifuso por la vastedad de sus textos que se originan por su ADN de escritor integral, infectado por el virus del periodismo. No, Palma es un verdadero revolucionario del periodismo no solo en sus “tradiciones”, sino en la tradición de la ruptura. Debo citar al historiador Oswaldo Holguín Callo (1), uno de los más puntiagudos estudiosos de Palma quien escribe: “Durante medio siglo (…) ejerció diversas tareas vinculadas a las numerosas formas de participar en la edición de un periódico: corrector de pruebas, ayudante de cronista, redactor, crítico de teatro y taurino, editorialista, editor, corresponsal, responsable de la sección literaria, colaborador rentado, etc.”.

Palma inventa el “Nuevo periodismo” aunque se ofenda Tom Wolfe. Si algunos arqueólogos de la textualización fijan a Babilonia como la cuna del manejo de la información masiva ya que algunos sujetos y/o objetos, desempeñaban la tarea de escribir a diario todos aquello de la ocurrencia pública, religiosa y económica, en tablas de arcilla y con signos cuneiformes y, luego en Roma, el oficio se hace del ejercicio de sonoros comentarios, anales históricos y actas, con edictos –de por medio–que ya manipulan las noticias sobre hechos relevantes, así el cimiento del periodismo rupestre va pasando por  el “Journal d’un burgeois” (¿El diario de los burgueses? ¡Qué horror!), en París o las gazzetas venecianas. Y hasta llegar al primer periódico en la historia, impreso y publicado en Alemania en 1457, el “Nurenberg Zeitung”, pues así me atrevo a decir que en América, es con Palma que el periodismo se hace artefacto implacable en la forja de la opinión pública, con el agregado que es obra de arte, texto de polifonías y registros de contentos.

Es Palma que advierte el advenimiento de la crónica. Género que elimina la llamada “pirámide invertida”. No la derroca. Le impregna luminosidad y brillo. Es periodismo, el de Palma, por tanto es noticia. Y por limeño es chismoso. Así cuenta lo que otros callan. Para muchos, y en especial para la recordada Susana Rotker (2), le hallo un olvido. Se sostiene que el primer equívoco es que el periodismo y la ficción son dos escrituras diversas. El segundo, que el primer puente entre ambos lo construyeron Tom Wolfe, Truman Capote y Norman Mailer con el nombre de Nuevo Periodismo.

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Hasta ahí reconozco su aserto. Pero luego dice que: “la crónica es la unión entre periodismo y ficción, y que nació mucho antes de latinoamericanos como José Martí, Rubén Darío o Manuel Gutiérrez Nájera, entre otros”. Es decir a caballo entre el siglo XIX y el siglo XX. Que el Nuevo Periodismo se escribe en principio en español de Latinoamérica y que se funda a partir de una retórica romántica, de la modernidad, de la industrialización y el cosmopolitismo que conmocionaba a los escritores. Y si con estos insumos se funda el modernismo, tan caro a la poesía, Susana Rotker incluye también a la crónica.

El yerro es que Rotker no conoce la obra de Palma. Según César Miró (3), Palma publica por primera vez en El Comercio 1848 cuando apenas tenía 15 años. Y desde ahí y hasta que estiró la pata no paró de escribir, amén de ser marino, senador por Loreto, defensor de Miraflores en la guerra con Chile y director de la Biblioteca Nacional. Es en aquella vida entintada de su embrujo emplumado, que Palma vive intensamente a partir de sus textos y contextos. Que así debe ser un periodista. Una esponja que observa el detalle de cada intersticio de su Lima, aquella ciudad que encanecía en el imago de Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascencio Segura. Y Palma siente que a un texto periodístico había que inyectarle la secuencia del cuento, el hipo de la novela, el lampo de la poesía, el acto teatral. Por esto y aquello, es genial al galvanizar un trenzado con todas estas herramientas. Así, el texto deja de ser soso e insípido, un mero relato sin brillo de ocurrencias, que así se escribía en aquel entonces.

Palma en la arquitectura de su textualización incorpora la “escena”, la “locación” y el “diálogo”. Adhiere básicamente las esquirlas de la cultura popular –el habla de los callejones y quinterones—y sobre todo, la temperatura de las palabras de esa Lima que se autodemolía por el advenimiento de la turbulencia moderna y la melancolía del coloniaje como hubiese dicho Chocano.  Sus tradiciones no es una observación comentada, sino que pasa a ser un texto integral, coherente y compacto. Es Palma quien aprehende de otros ensamblajes narrativos e emulsiona su “Yo”, esa visión de su imaginario  con el sentimiento colectiva. La historia personal con la histórica.

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Su habilidad retórica tiene de las travesuras de Manuel Atanasio Fuentes o de Abelardo Gamarra –dos de sus inspiradores—e incorpora el humor, la ironía y la sátira. Precisamente, Roy L. Tanner, (4) sostiene: “Palma ubicado en una corriente de escritores costeños, limeños, todos los cuales recurrieron profusamente a la sátira/ o la ironía. Comenzando con la poesía de Mateo Rosas de Oquendo, percibimos un tono satírico constante también de Juan del Valle y Caviedes, la poética de Esteban  de Tarralla y Landa y “El lazarillo de ciegos caminantes” de Alonso Carrió de la Vandera”. Además que Palma toma del romanticismo, el entusiasmo por el pasado nacional, una actitud de independencia, defensa de la libertad individual y la justicia, y un deseo de progreso político y social.

Diré casi ensimismado que Palma revoluciona la escritura de su época. Acaso ese barroco que incorpora lo jocoso, lo poético y lo macabro. Aquella figura de la muerte que se mezcla en el regocijo del baile de los vivos, en carnavales negros e indios. Fue pues su obra, también,  una respuesta al malestar de una época, y que aparece [o reaparece] en épocas conflictivas como la nuestra. Palma, arrejuntando situaciones y personajes, nos enseña una capacidad de autoconservación que debemos tener los periodistas. El texto como tren eléctrico de las mudanzas, teatro de sombras de vida y desgracias, apetencia de dicha entre la miseria y a veces desde la miseria misma, iluminada por la gracia. Así, Palma es masivo por popular desde la cátedra política pasando por la cultura del callejón que es la redención de la familia, el sótano de la solidaridad con los iguales, con todos los ángeles al borde de sus infiernos, vagón de vidas en el arraigo, las inocencias en el filo del crematorio y el paraíso. Que así debe ser la vida, digo, la vida de un periodista.

Que era contradictorio lo era. Así son a veces los genuinos: un estudio de George W. Umphrey y Carlos García-Prada lo caracterizan así: “Ricardo Palma fue un mestizo representativo del siglo diecinueve:  un americano nuevo, inestable, en vía de formación: un espíritu sin orientación clara, precisa, definida, que se hallaba atraído por valores y realidades opuestas de fuerza para él irresistible: un espíritu en busca de su propio equilibrio (…) cultivaba el idioma con esmeros de académico, pero lo ‘matizaba’ de vulgarismos, si ello le daba sabor a sus travesuras y picardías”.

Raúl Porras Barrenechea, en cambio aseguraba: “La biografía del tradicionista necesita ser aclarada y estudiada para calar los factores de la personalidad del escritor y de su obra. Su procedencia familiar y social, su infancia, las luchas de su juventud, sus azarosos días de marino, de periodista de oposición, de conspirador político y de desterrado, son casi desconocidos o apenas aludidos, en las reconstrucciones admirativas o en las tendenciosas semblanzas que de la vida de Palma se han hecho, por propios y adversos… De la reconstrucción auténtica de la vida de Palma, surgirán con sus contradicciones ineludibles, sus vacilaciones y sus congojas y con el triunfo final indeleble, la señera trayectoria moral del escritor hijo del pueblo, que se abrió paso, contra todas las conjuras, hasta ocupar el más alto sitial de la literatura patria y americana”.

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Y Ricardo Palma nos sigue sorprendiendo. La investigadora Luz Samanez Paz, Fundadora del Movimiento Cultural “Ricardo Palma”, sostiene que el tal Palma no nació en Lima sino en Talavera de la Reina (Andahuaylas – Apurímac), e indica categóricamente que Ricardo Palma no se llama ni Ricardo, ni Palma, sino que respondía al nombre de Felipe Cusi Mena, hijo de Don Manuel Cusi (descendiente de la nobleza Inca por parte de madre, e hijo ilegítimo de padre español), y doña Francisca Mena, que cambiaría su nombre cuando decidió llevar el apellido de su padrastro, Gregorio Palma.

Al igual que otro apurimeño célebre, José María Arguedas, el futuro tradicionista sufrió mucho en el seno de su familia y, para librarse de los vejámenes, su madre tuvo que entregarlo a unos religiosos que lo habrían llevado a Lima, antes de que Felipe cumpliera los 5 años, por lo que decidió cambiarse el nombre y ocultar su origen e inclusive la verdadera fecha de su nacimiento. Otra: un solemne metiche como es el inefable Marco Aurelio Denegri, a propósito, aseguró en su programa “La función de la palabra” que Palma habría sido más viejo, que había nacido ocho años antes y tampoco en Lima sino en Apurímac.

Investigaciones recientes del profesor Alberto Varillas Montenegro se  presentó en el 2014 en las jornadas del Instituto Ricardo Palma con el título “Un desconocido incidente periodístico de Ricardo Palma” y que señala que existe un incidente que no ha merecido atención de los estudiosos de la literatura del siglo XIX. Que el incidente tiene que ver con el Palma escritor en el semanario limeño Cascabel, de carácter netamente político destinado a atacar al Partido Civil que desde el 2 de agosto de 1872 se había encaramado en el poder gracias al gobierno de Manuel Pardo y Lavalle. Ese accionar produjo la reacción contra Palma desde el semanario La Sabatina. Y que el origen de aquella animadversión de los periodistas contra Palma se inicia con los textos que se le dedica en La Sabatina y no con los discursos de González Prada de la segunda mitad de la década de 1880, como hasta ahora se repite.

Hombre ardorosamente controversial, Palma recibió en vida elogios y ataques de todo tipo. La muerte de Balta, de quien había sido secretario y el fin del periodo como senador por Loreto habían puesto término a su trayectoria política y el fin de su vida pública. Y luego, pero su indoblegable vocación por el periodismo, se le ofrecerá durante bastantes años más la ocasión  de  continuar  insertado  en  la  vida  política,  de  cuyo buen sabor no se había olvidado.

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Dejo para el final el principio de Palma. Escribir es joder. Sacar roncha. Erectar. Palma escribió más de cuatrocientas “tradiciones” publicadas entre 1860 y 1918. Pero existen las otras, las llamadas “Tradiciones en salsa verde”. Y decía el poeta César Toro Montalvo que Palma no se hacía responsable de estas porque se oponían a la dirección estilística de sus “Tradiciones Peruanas”. Es decir, Palma aquí aparece relatando hechos pícaros, casi impúdicos, de humor voluptuoso y escarnecedor. Y Palma ya tenía 71 años de edad y ya para entonces era una celebridad. Y porque su obra mayor era leída con interés y beneplácito. Y seguramente publicar estas tradiciones en su momento podrían desmerecerlo.

Afirma Juan Carlos Suárez Revollar es su texto “Tradiciones en salsa verde / Ricardo Palma. Un picante y licencioso giro de las Tradiciones Peruanas”, que las de “salsa verde”, en la edición príncipe y sus derivadas, provienen de una copia mecanografiada que Palma obsequió en 1904 a su amigo Carlos Basadre, con la indicación de “no consentir que sean leídas por gente mojigata, que se escandaliza no con las acciones malas sino con las palabras crudas”. Suárez Revollar escribe: “Así, no vieron la luz de manera oficial hasta 1973, pues Palma tenía la seguridad de que no estaban ‘destinadas para la publicidad’, y por esa razón no aparecen entre las Tradiciones Peruanas Completas que hicieran su hija Angélica en 1924, ni en la de su nieta Edith, en 1953”.

Y fue recién en 1973, en Lima, que el recordado editor y poeta, Francisco Carrillo, publicó por primera vez “Tradiciones en salsa verde”. Y ese es otro Palma, para mucho. Porque en los dieciocho breves textos que es de necesidad literaria volverles a poner atención. Y vamos que sí. Que cuando uno lee “La pinga del Libertador”, “La cosa de la mujer” o “El carajo de Sucre”  hay un escozor que recorre las tribunas. Decía así Alberto Rodríguez Carucci que “nos encontramos ante unos textos condimentados con un aderezo picante, y con unos tonos subidos de color, maliciosos y chispeantes, quizás crudos, escabrosos y hasta obscenos”. Igual dijeron de Henry Miller y después de Charles Bukowsky. Y digo yo que si Palma hubiese nacido en EE.UU. sería un genio y un escritor de culto, cultivado.

Así, me quedo con Ricardo Palma porque ya lo dije, yo también soy un vanguardista del pasado, un adelantado de la inmemoria, un precoz de lo añejo. E insisto, en música también; en comidas y bebidas, más. Y no digo del amor, soy romántico sin roma. No soy un pasadista, soy un pesado sacando brillantez a lo vetusto. Así hubiese sido un gran gerente de una tienda de antigüedades o de un mall de la melancolía. Por ello reivindico a los maestros, esos que escribían de universos quiméricos, los de canciones enternecedoras, los de potajes inmarchitables.

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La pinga del Libertador

Ricardo Palma

Tan dado era Don Simón Bolívar a singularizarse, que hasta su interjección de cuartel era distinta de la que empleaban los demás militares de su época. Donde un español o un americano habrían dicho: ¡Vaya usted al carajo!, Bolívar decía: ¡Vaya usted a la pinga.

Histórico es que cuando en la batalla de Junín, ganada al principio por la caballería realista que puso en fuga a la colombiana, se cambió la tortilla, gracias a la oportuna carga de un regimiento peruano, varios jinetes pasaron cerca del General y, acaso por halagar su colombianismo, gritaron: ¡Vivan los lanceros de Colombia! Bolivar, que había presenciado las peripecias todas del combate, contestó, dominado por justiciero impulso: ¡La pinga! ¡Vivan los lanceros del Perú!

Desde entonces fue popular interjección esta frase: ¡La pinga del Libertador!

Este párrafo lo escribo para lectores del siglo XX, pues tengo por seguro que la obscena interjección morirá junto con el último nieto de los soldados de la Independencia, como desaparecerá también la proclama que el general Lara dirigió a su división al romperse los fuegos en el campo de Ayacucho: “¡Zambos del carajo! Al frente están esos puñeteros españoles. El que aquí manda la batalla es Antonio José de Sucre, que, como saben ustedes, no es ningún pendejo de junto al culo, con que así, fruncir los cojones y a ellos”.

En cierto pueblo del norte existía, allá por los años de 1850, una acaudalada jamona ya con derecho al goce de cesantía en los altares de Venus, la cual jamona era el non plus ultra de la avaricia; llamábase Doña Gila y era, en su coversación, hembra más cócora o fastidiosa que una cama colonizada por chinches. Uno de sus vecinos, Don Casimiro Piñateli, joven agricultor, que poseía un pequeño fundo rústico colindante con terrenos de los que era propietaria Doña Gila, propuso a ésta comprárselos si los valorizaba en precio módico.

-Esas cinco hectáreas de campo -dijo la jamona-, no puedo vendérselas en menos de dos mil pesos.

-Señora -contestó el proponente-, me asusta usted con esa suma, pues a duras penas puedo disponer de quinientos pesos para comprarlas..

-Que por eso no se quede -replicó con amabilidad Doña Gila-, pues siendo usted, como me consta, un hombre de bien, me pagará el resto en especies, cuando y como pueda, que plata es lo que plata vale. ¿No tiene usted quesos que parecen mantequilla?

-Sí, señora.

-Pues recibo. ¿No tiene usted chanchos de ceba?

-Sí, señora.

-Pues recibo. ¿No tiene usted siquiera un par de buenos caballos?

Aquí le faltó la paciencia a don Casimiro que, como eximio jinete, vivía muy encariñado con sus bucéfalos, y mirando con sorna a la vieja, le dijo:

-¿Y no quisiera usted, doña Gila, la pinga del Libertador?

Y la jamona, que como mujer no era ya colchonable (hace falta en el Diccionario la palabrita), considerando que tal vez se trataba de una alhaja u objeto codiciable, contestó sin inmutarse:

-Dándomela a buen precio, tambien recibo la pinga.

De “Tradiciones en Salsa Verde” / Ricardo Palma.

Notas

(1)  Holguín Callo, Oswaldo. Algo de periodismo. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 2007. http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=26506&portal=232

(2) Rotker, Susana. La invención de la crónica. Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. 2004.

(3) Miró, César Los oficios de Don Ricardo. Ediciones Cuper Perú. Lima, 1994.

(4)Tanner L. Roy El Humor de la Ironía y la Sátira en las Tradiciones Peruanas. Editorial Universitaria Ricardo Palma. Lima, 2005.

Otras publicaciones:

TEXTO publicado también en la revista “Díatreinta” Nro. 78, de la Facultad de Comunicaciones  de la Universidad Privada de Trujillo. Director Luis Eduardo García. Editor Aquiles Cabrera.

Fragmento original de un texto que pertenece al libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS publicado en julio 2015.

Publicado en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Crónicas, Crónicas sobre poetas, Criollismo, Cuento de Eloy Jáuregui, Cultura popular, Eloy Jáuregui cronista, Eloy Jáuregui: "Me alquilo para escribir(te), La crónica ya tiene Nobel, Literatura afroperuana, Literatura de la no ficción, Narrativa peruana, Periodismo de Autor, Periodismo literario, Periodismo narrativo, Periodistas, Una pasión crónica., Usted es la culpable de Eloy Jáuregui | Deja un comentario