BARRA CHALACA

CEBICHE CON SON

OPUS PARA LA CINTURA, SALSA PARA EL CORAZÓN (1)

Crónicas de ELOY JÁUREGUI

 

i.m. Luís Delgado Aparicio Porta

 

salsa 77

 1.

La calle se llama Gamarrita y corre a la espalda de la Ribera en Chucuito, Callao. Aquel verano de 1972 cuando pasé la temporada en casa de Luis Torres, mi compadre espiritual, descubrí no solo el gran corazón de estos chalacos fraternos, además de su extraordinaria cocina –con atisbos de la Liguria, Génova o Sicilia– y una orquesta puertorriqueña a la que no le había prestado atención: La Selecta de Raphy Leavitt y su cantante Sammy Marrero que  sonaba como un himno allende los mares. Y frente al malecón y el sol colándose donde el océano se perdían los sentidos; las voces borinqueñas soneaban interminablemente su «Cuna Blanca», «Payaso» o «Jíbaro».

Luis Torres era pescador en esos días. Se levantaba a las dos de la mañana y junto con sus colegas se hacían a la mar y hasta el mediodía. Entonces regresaba cargado de cabrillas, lisas y harta mojarrilla con la que luego preparábamos los Sudados más alucinantes del planeta. El Sudado es plato de contingencias. Se prepara no obstante más que con frutos del mar, con paciencia. No llega a ser porno aunque se prepara entre camas de cebollas y sábanas de tomates. El pescado ingresa a intervalos y por capas. Los más consistentes abajo y así con los más delicados como edredón 5 estrellas. En eso Luis Torres era campeón. Yo picaba los frutos de tierra y él desnudaba las piezas del mar, más que lento, lentísimo mientras yo apuraba el vino blanco casi helado. Entonces en el equipo seguía sonando La Selecta y uno trababa de reunir la atención con mi poca sabiduría literaria.

Que advertía que no existía una literatura profusa sobre estudios de la salsa en el Perú. Hablo de libros. Son pocos en comparación con las grabaciones, de discos, de videos, de todos aquellos registros que se han realizado en otros formatos. El tema de la música latina, no obstante, existe como fondo musical en varios libros de Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce, Julio Ramón Ribeyro y otros escritores peruanos. El mambo, el cha cha cha, los boleros dan soporte a las vivencias de los personajes sórdidos de las novelas de Vargas Llosa y en los anti-héroes de Ribeyro. Existen también otras melodías en los relatos de Alonso Cueto y hasta en Fernando Ampuero. Luego, el silencio.

 2.

El primer libro como tesis periodística e historia comparada de la música latina es  el de Víctor Montero: “Ahí viene La Sonora Matancera” editado en Lima en 1976. Luego ampliado en el segundo libro de Montero: “Tiempo de Matancera” que tuve el orgullo de prologar en el libro de Editorial Norma del 2005, y que  es de lectura obligada para los amantes de la música y para las amantes de los amantes.  Tengo que mencionar luego a Don Mario Aragón, cuyo libro “Salsa y sabor en cada esquina. Mi visión de Héctor Lavoe en el Perú” y su anterior texto “Un Jibarito y el Callao, breve imagen de Héctor Lavoe” que es del 2010, son extraños que un mercado que no existe. Debo añadir al libro “Salsa al muere” escrito por José Benavides Gastelú, ya fallecido y que narra, la vida de varios personajes en torno a un salsodromo limeño “Los Mundialistas”. Bueno, y luego vienen mis dos libro de investigación sobre la música latina en el Perú: “Pa bravo yo” (que está agotado y este año saldrá la cuarta edición) y mi libro “Sabor a mí”, historia de los boleros en el Perú” que lo puede encontrar todavía en librerías. Y luego, insisto, el silencio.

Hago estas referencias de los libros y de estudios porque son fundamentales para entender el alma de las gentes de determinada región. Mi amigo, el gran sociólogo puertorriqueño Ángel Quintero Rivera, publicó un libro elemental para explicarnos por qué nos gusta la salsa y no las hamburguesas de Bembos. Allá en 1998 Quintero edita el libro “¡Salsa, Sabor y Control! Sociología de la música tropical”. Y hace menos de un año, Quintero ha publicado “Cuerpo y Cultura, las músicas mulatas y la subversión del baile” donde, por ejemplo, para explicar cómo y por qué se canta y se baila así: “las músicas ‘mulatas’ y la subversión del baile son respuestas de una identidad híbrida, general latinoamericana y caribeña en particular, proyectada a través del baile en su vínculo inherente con la ritmicidad musical. Danza y música constituyen ejes temáticos estructuradores de la obra y ofrecen un esquema de aportes culturales de vertientes diversas cuyo entramado —hecho de intersección y mezcla— el autor recorre en su ensayo desde una perspectiva abarcadora, relacional y diacrónica. La corporeidad cultural caribeña adquiere un carácter polirrítmico y descentrado respecto de las pautas sonoras —unívocas y sistematizadas— de la cultura occidental”.

En Chucuito, que fue zona de la Cultura Piti piti antes de la llegada de las mareas invasores es, lo que el historiador José Luis Orrego afirma, el “Callao antiguo”. Chucuito fue así la aldea de pescadores indígenas, junto a la cual de construyó, en la época virreinal, el Callao. Hay también versiones que había en esta primitiva aldea de pescadores unos gramadales, en cuya parte central corría un arroyo de aguas muy limpias que desembocaban en el mar formando, antes de llegar al océano, una lagunilla. En suma, parece que este “primer Callao” tuvo también su río.

Por las tardes, Matilde y otras vecinas –que hacían valer aquello que descendían de los italianos– nos homenajeaban con sendas fuentes de Muchame, que así le decían. El Muchame es plato polémico, cada quien  tiene el suyo. Las chicas del barrio lo preparaban con Bonito seco, remojado antes del combate. El Muchame en Chucuito, no hablo de otra parte,  son las lonjas de un pez grande y de carne oscura, envuelto en tiras alrededor de un palo y secado al sol. Luego se corta en finas láminas como un carpaccio, se adereza con vinagre, ajo, pimienta y sal y se sirve sobre galletas de soda con palta y tomate. Se come como un piqueo. Lo he visto preparar de delfín. Ahora ya no porque está protegido por nuestras autoridades, por lo que ahora se hace de atún, tuno o bonito grande y se toma con harta “Lija”, es vino rascuche con bastante kola como le gusta a mi hermano Roberto Salinas.

3.

Un año antes, es ese otro verano de 1971 llegué a ese triangulo de las Bermudas que en el viejo Callao ocupaban las avenida Sáenz Peña, Dos y Mayo y calle Constitución. Seguí así los planos del investigador Roberto Prieto Sánchez quien luego publicaría un libro extraordinario y poco conocido por el pudor del cardenal Cipriani. “Guía Secreta. Barros Rojos y casas de licencias en la historia de Lima y el Callao”. El texto hablaban que los espacios urbanos públicos atraían y atraen al mismísimo pecado y sus consecuencias. Tenía razón en parte. La zona que describía el estudio se refería a calles como Garibaldi, Paita, la Calle del peligro, hoy primera cuadra de la calle Castillas y la calle Piura que colindaba con la hoy Av. Dos de Mayo.  Luego conocí a Pamela y ella me llevó a conocer los Bares del Callao. Aquel Safari de esos días, no obstante, me hizo conocer una suerte de purgatorio. El bar de Carlos Loza, “El Mono”. Ahí, un día muy frío, descubrí a un hombre esmirriado casi eléctrico –mientras bailaba solo frente a la máquina de la música — fundaba una nueva gramática con los movimientos de sus pies y éstos convulsionaban todo su cuerpo.

En la máquina sonaba, en medio de las estridencias universales y ancestrales aquel “Ariñañara”, el clásico del sexteto de Joe Cuba, con Cheo Feliciano y Jimmy Sabater. Entonces entendí como ese hombre, como en un ritual o trance demoníaco, posesionado por la epidemia del ritmo, seguía marcando uno y otro paso en un espacio imaginario donde cualquier ley física hubiese reclamado y protestado si fuese solo de día.

Era de día, repito. El establecimiento tenía doble puerta y si se pensaba que adentro las 11 de la mañana era la antesala del mediodía se equivoca. Cruzando unas aquellos flecos sonoros, allí siempre fue de noche.  Pero esa noche memorable, la Salsa dictaba las normas de la sabrosura y ese hombre que era un chalaco a quien todo el mundo llamaba «Cubillas», se consagraba en su elegido y sumo Dalai Lama del gozo.

El rito solía ser como se sigue los ritos. Puro ritmo. En la penumbra, mis ojos de eran todo oídos. Se consumía cerveza y Coca Cola. La espuma hacía la diferencia. O uno u otra.  Mezclados eran tragos de puta, como solían llamar los lugareños. Luego, con la venia de los presentes, uno se acercaba a la barra y pedía ese disco que no era otra cosa que la marca de su distinción. La música escogida no sonaba en el acto y ese era parte del misterio. Hacía su cola, de tal manera que los testigos jamás sabía qué clase de música había escogido cada quien. De todas maneras todas iban al mismo lugar, que era ese mar para bailar.

4.

El baile que no es otra cosa que la fiesta del cuerpo, su requiebro sensual, su movimiento rítmico que exalta y contagia, habita en nosotros desde la noche de los tiempos. Si uno observa bailar al puertorriqueño Roberto Roena sabrá a qué me refiero. Su danza es atemporal porque arrastra en su swing el bamboleo de la memoria sonora. Un homenaje para recuperar a los dioses sagrados del continente africano o acaso una veneración a la tradición heredada de los santos yorubas que sigue vivitos y coleando en aquel archipiélago del Caribe o un saludo a las divinidades nativas del manguaré y la lluvia. Sea como fuere, el baile popular y su densa coreografía no tiene códigos o jurisprudencias; es expresión genuina del cuerpo, su desenfado puro y el clandestinaje hormonal de las pasiones.

Insisto, repito y añado. El ritmo es un asunto natural, como respirar o tener hambre. Así, todos los seres tenemos o tienen ritmo como sin vergüenza, tenemos sexo, no el paquete bajoventral, el coito, quiero decir. Pero hay civilizaciones y otras civilizaciones. En el África o en algunas islas de la Polinesia, sus gentes no sabían de impotencia ni de frigidez porque no tienen pudor sexual como tampoco tenían puritanismo rítmico. Ante el cadencioso y sugestivo sonido de los bongoes, el seco contrapunto de los timbales o aquel trío de tambores que los olubatá llamaron batá –el iyá, el itótele y el okonkoló—, los ritos del baile producen códigos para que la sangre se alborote y el alma alcance el nirvana de los más intensos placeres.

El fenómeno es mundializado ahora –igual que en El Callao, Cali, San Juan, La Habana o Los Ángeles–. Antes, sólo en aquel remoto y oxidado OAX de nuestra radio se producían esas ansias por soltar, dejar libres esas armaduras morales y pegarla al saboreo. Luego fueron los discos de carbón. Ayer el DVD, hoy el MP3 y el Napster con todos las candelas, y así, para siempre, en el fuego eterno que es un juego temporal como el sexo pero a cada instante, como volver a marcar un disco en la rockola, que ahí están registrados nuestra hojas de vida y sus ojos que espantan la muerte.

 

RUMBA EN LA RANA VERDE

 

salsa 78

1.

Con José Mangual Jr. llegamos temprano a La Rana Verde y nos recibieron con sendos Chilcanos de Pisco. Mangual es un percusionista estadounidense de origen puertorriqueño, compadre de Héctor Lavoe y Willie Colón. La Rana Verde es el Titanic de las cebicherías pasando Chucuito y antes de ingresar a La Punta. No es hueco ni huarique pero tienes que ser avezado para dar con el point. Frente al Parque Gálvez y al costado del Club Universitario Regatas, tibio tibio, por ahí se llega con la nariz como quilla de bolichera y te encuentras navegando sobre el Pacífico.

Mangual venía de gira de promoción y lo habíamos acompañado con Agustín Pérez Aldave por radios y otras estaciones. Mangual se quedó fascinado con el local. Un tibio sol de otoño frente al mar lo obligó a contar una gran verdad, que los caribeños tendrán todas las músicas fantásticas que tiene pero solo los peruanos tienen esta cocina maravillosa. Una orgía de cebiches acompañaba el encuentro, luego llegaría la Parihuela bravía que yo pensé que Mangual la probaría de hinojos.

La Rana Verde está ubicada al final del muelle, su terraza enmarca la visión de barcos anclados en medio del mar y aves sobrevolándolos. El ambiente marino que los envuelve explota una cocina espectacular de los frutos del mar. Y la música llega incluso en silencio. Mangual decía luego con los vinos semihelados que el son se oye con el corazón. Y habló de Lavoe, de ese desagarro que ere el cantar. Y yo plantee que existía un triangulo de los afectos, lo escuchado, lo amado y lo comido pero ya había caído la tarde y Mangual se cantaba un bolero frente a las aguas de todas las ternuras.

2.

Existió un tiempo cuando numerosas culturas que poblaban el mundo, aceptaban que el sétimo día fue aquel en que Dios creó la música. Es decir, diseñada la tierra a la perfección, el Creador supo que a su maravilla terrenal le faltaba un sonido que armonice y reanime el alma humana. Así, la música no fue más que aquella manifestación sensual que comunicaba a los seres y los emocionaba en extremo. No obstante, se reconoce que no es hasta el día siguiente que propuso Dios: hágase la alegría. Y ésta no hizo otra cosa que obligar al júbilo del cuerpo, es decir, a ponerlos a danzar a todos contra todos. Ese y no otro fue el momento en que se inventó el germen de las melodías y los ritmos en medio de un diluvio de la más perfecta sabrosura.

Lo cierto es que, ya sea con un cielo de tambores, con cornos o cánticos, los hombres ya no fueron los mismos y el silencio apenas quedó como un recuerdo silente de la memoria de los tiempos.  El espacio natural hizo el resto y a cada quién, en todos los rincones del planeta, le correspondió una cadencia y un sentimiento. De ésta y no de otra manera la música fue el sueño y sus compases, el lenguaje más puro de los cuerpos, la fantasía de hombres y mujeres que exigieron a sus espíritus dar rienda suelta a la ilusión y al fragor de sus deseos. La danza como una memoria del goce hizo que los sentidos encontraron el movimiento y aquella geografía para construir un diálogo de provocaciones e insinuaciones. Es decir, todos aquellos ingredientes de lo que siglos después se llamó Salsa, ese electroshock que no es más que aquella deliciosa sazón que tiene la vida y la música: su fiesta y su más intensa pasión.

Una arqueología musical no sería capaz de atrapar todos los momentos en que los géneros rítmicos se hicieron verbo para existir entre nosotros. En el mejor de los casos, hasta la revolución industrial, las poblaciones del planeta eran rítmicamente analfabetas. Paradójicamente, el continente africano construía un catastro de estilos. Allí el génesis del ritmo, allá, en occidente, el racionalismo europeo imponía un corset contra las estridencias y las malas maneras. Así, en el continente negro surgió el código de los tambores y así se formó la rumbandela y el oficio sagrado de las profundas herejías de los cuerpos.

3.

Con la esclavitud, el virus del ritmo infectó al Nuevo Mundo. Y fue en esa frondosidad de islas –el gran mar Caribe o la Atlántida del sabor– que se templaron los cueros. Al africano lo trasladaron desnudo, pero aquellos, de la trata del negro, jamás pudieron evitar que los esclavos traigan con ellos su sangre con el genoma de su religiosidad, su espíritu picante, su sabor adobado de dulzura y sobre todo, su música. La Salsa ya tenía origen y por lo tanto continuidad. Lo criollo hizo el resto. De ahí que se afirme, y con toda la razón del mundo, que todos los seres humanos tengan glóbulos rojos y glóbulos blancos y que se reafirme, con mayor seguridad, que otra mayoría porte en el alma y en la cúspide del desparpajo, los glóbulos negros.

Se cantaba para recordar y se bailaba para olvidar (el pecado). Hecha la música, una nueva gramática obligó a la letra herética. Entonces apareció el arrabal y el albañal, el territorio y el barrio. El barrio fue así el refugio de la salacidad. Sólo con Dios existe el demonio y éste se afincó en los extramuros del decoro, que para ese entonces, ya no era el santo sanctórum de la decencia. Y así se compuso el son que es el himno del trópico, la jarana perfecta, el verano de las ansias, el sol nocturno de los colores y el imperio de los sentidos. Y el son es cubano porque Cuba era la Atenas del Caribe. Un faro esplendoroso en medio de las olas, un sabroso aullido de la liviandad y el goce.

El son es el padre de la Salsa porque ésta no tuvo maternidad. Es pues una múltiple yuxtaposición de magia –ahora blanca– y santería. El sonido de los otros dioses iluminando la vida. Y fue el barrio quien impuso esa sinfonía, una verdadera simbiosis atrapando la diáspora africana. Fue catarsis y virus en el alma. Fue sentimiento en las fibras del soneo y tradujo el feeling con sus brasas en sus cantos y la descarga desgarrada. Era la música de la afiebrada pelvis, y el punto de los cueros repujados por las manos de los zambos hijos ilustres del jubileo de la calle dura.

4.

Y el Barrio es el patrón del son, de sus músicos bravos y otros personajes marginales del llamado buen gusto. Mosaico de razas en el paredón del son, aquella danza del campo cubano que llegó a las urbes del mundo para bañar con su clave la necesidad de ser feliz. El son viene la fuente bantú daomeyana, se hace mestiza por el ron y entabla rezo y concierto con lo criollo. Ahí habitan los movimientos básicos, el del tumbaó que tienen los guapos al caminar y el de la pista de baile. Movimientos de la erótica y la poesía. Sinfonía de la síncopa, punto de fugas, danzas y contradanzas, nervio de la cultura del barrio. El barrio, patria de todas las músicas.

La Salsa es una fusión de estilos musicales populares y, como su nombre lo dice, es sonoridad bailable, picante condimento y contrapunto de emociones radicales. De esta manera la Salsa es la expresión que tiene su origen y su lugar natural en las esquinas y en los barrios y que gracias a la genética del vértigo y el avance de las comunicaciones, se ha desarrollado como un movimiento sociocultural que habita en el alma del pueblo latino. Porque si aseguran que el latín es una lengua muerta, lo latino y su música es la expresión vital más intensa que cuerpo humano haya soportado.

La Salsa es una expresión urbana contemporánea, para muchos, sólo comparable con el rock contemporáneo por su evolución, masificación y difusión. Y si la Salsa se fue consolidando desde siempre para bailar, con sus soneros y poetas logró articular una lírica donde se han fusionado en sus letras las historia de amor, la denuncia de los celos mortales, el discurso de los hechos cotidianos, la sátira punzo cortante y el ingenio del desgarro popular.

 

 

LOS ZAPATOS BLANCOS DE CARLOS LOZA

Sal 2

1.

A mediados de la década de los 70 yo ya era alumno aplicado en la Facultad de Lingüística de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Aquello no tenía nada que ver con el Callao pero yo sí tenía que ver con el puerto. Desde Surquillo tomaba un bus que iba al Callao y de ahí conectaba con otro bus que me dejaba en el campus sin chistar a las 8 de la mañana. El regreso era igual. Me bajaba en el mercado central del Callao y solo porque oír esas músicas, las de la carne viva, la del corazón hecho son, a uno le quitaba la flojera y la caspa.

Un sábado sorprendí a Carlos Loza, mi amigo del salsódromo Los Mundialistas, sirviendo de una fuente de cebiches. Loza tenía esas cosas, que una vez lo encontraba bien plantado, con camisas floreadas, zapatos blancos y coche y otras veces como ese sábado, vendiendo cebiches en una carretilla a unos metros del mercado chalaco. Y no se avergonzaba. Esa vez me miró y dijo para que escuchen toda la canalla que bajaba de la Unidad Modelo: “Soy chalaco y soy amigo de Eloy Jáuregui”. Nadie volteo, por supuesto, y ya me pasaba un plato de cebiche que tenía ese punto norteño que había aprendido de las cocineristas piuranas que llegaron a trabajar en otrora gran restaurante de la avenida Dos de mayo, “El Combo Loza”.

Loza me conseguía discos, los más raros. Cuando fui su jefe en el diario Expreso, Loza siempre llegaba con un disco bajo el brazo. “Escúchalo a mi nombre, Eloy, y tómate solo media botella de ron”. Yo le hacía caso qué ocurrencia. Loza, y por eso lo quiero, tenía una forma particular de entender aquello que se llamaba salsa. Uno, porque era un cubano que por desgracia había nacido en el Callao. Dos, porque era cubano a pesar de ser hincha del Sport Boys.

2.

Cuando conocí al “Mono” Loza decía casi lo mismo que Magual Jr. Pero además que decía había estado en la Plaza de Acho la vez del concurso de mambo organizado por Guido Monteverde. El mambo, aquel ritmo que clonó Pérez Prado. El mambo, que el Arzobispado de Lima sentenció que era música demoníaca y que cuanto pachuco bailarín intente un pasito público, inmediatamente perdería su visa para el cielo, amén de ser excomulgado y lanzado a las brasas del infierno sin olvido ni perdón.

Loza siempre recordaban los boleros metafísicos que se bailó en una loseta con una zamba del Chirimoyo la vez que vino Rolando Laserie y, cierto, todos estaban de acuerdo que con la visita de La Sonora Matancera, el país fue otro, sobre todo, de la cintura y para abajo.

En la Unidad Modelo del Callao, entre las calles Carrillo Albornoz, Guisse y Ancash, Carlos Loza había conocido a Lucho Ballesteros. Desde esa vez hablaron de la música latina, de las orquestas, de los cantantes. Entonces buscaron al patrón Lucho Rospigliosi y Carranza –natural del barrio Barraca Grau– que ya estaba soñando con instalar su propio bar en el centro del Callao. Luego, el sueño de Lucho Rospigliosi del bar, se supo que era un pretexto. Él estaba ilusionado con otra ebriedad. La borrachera de la música. Así se le ocurrió el nombre de El Sabroso por una película mexicana de Antonio Badú. Y su sueño se hizo realidad en la calle Constitución. Hoy sabemos que Rospigliosi fue un ser esencial en la promoción y difusión de la música latina. Son él, probablemente hoy estaríamos celebrando la vigencia del tango o las rancheras en el corazón del Callao

El Sabroso cumplió una función trascendental en aquellos años 50. Fue la alternativa radial del buen melómano. A través de su rockola, marca ‘Seeburg’ modelo 100-R, se difundieron las más recientes producciones discográficas del momento. Fue a través de marinos mercantes y a sus numerosos amigos que llegaban de los Estados Unidos quienes le traían los últimos hits. Se escucharon por primera vez las virtuosas orquestaciones de Tito Rodríguez, Frank Grillo ‘Machito’, Tito Puente y, posteriormente, los aguerridos trombones de Mon Rivera, Eddie Palmieri y Willie Colón.

3.

Y encarcelado por el terciopelo de la noche, aprendíamos del gran Carlos Loza y del patriarca Lucho Rospigliosi Carranza en el Sabroso o el Combo de Loza en  El Callao que la música liberaba y nos hacía mejores personas. Fue Loza quien llevó la “salsa golda” a las tripas de Lima. Existía ya «Los Mundialistas», el primer salsódromo limeño pero solo con la influencia de Loza y de Herculano Soto y Willie Porras, fue uno de los primeros templos de la Salsa fuera del Callao y después de El Huaco del Rimac.

Una noche llegaron los porteños –ya lo sabíamos, el swing tiene alma marina y espíritu submarino– y la simbiosis dio por hijo un extraño sonido para vivir y amar. Era la Salsa, más puertorriqueña que cubana. Entonces los del Callao se apoderaron del recinto y  la orquesta El Combo Loza, dirigido por Carlos Nunura, la primera formación salsera ortodoxa daba cátedra: dos trompetas, dos trombones, bajo, tres cubano, conga, bongó y timbales, más tres cantantes y dos maestros de ceremonias, el egregio Peter Mac Donald, natural de Chincha y el insobornable Jorge Eduardo Bancayán.

Todo esto es cierto. El Caribe llega definitivamente al Perú con sus artistas de carne y hueso en plena tiempo de la entreguerras. Llega el resplandor de “El nuevo pacto” a la manera de Franklin D. Roosevelt y sus 4 libertades. En aquellos años, el notable Bola de Nieve había esparcido en Lima su germen bacterial rítmico luego de presentarse en el alcanforado Grill del hotel Bolívar. Beny Bustíos –otro foráneo que sentó cintura pero no cabeza en estos predios– y su gran banda había filosofado sobre los derechos de la rumba y quién no se infectaba de sabor luego de escuchar a Benny Moré cantar en la boite El Olímpico, en los bajos del Estadio Nacional.

Y el mambo de Pérez Prado, aunque de corte universal y agnóstico por no decir ateo, igual sacudía las estructuras hormonales de cuanto peruano erectaba el oído. Por eso desde el son y hasta el guaguancó pasando por la guaracha, es decir, esa música que alguna vez llegó transculturizada desde la África remota, igual, enervaba a los jóvenes miraflorinos [Julio Ramón Ribeyro sabía muy bien de aquello aunque bailaba pésimo] o a los zambos de Malambo [que tan bien conocía don José Durand de quien se dice bailaba aceptablemente] que en un baile de máscaras o en un luau en el club Waikiki o en una jarana en Cinco Esquinas, respondía con un golpe de pelvis y una caricia de caderas ante la provocación del son.

FRAGMENTO DEL LIBRO “LA CAZA PROPIA” QUE SE EDITARÁ EN NOVIEMBRE DEL 2016

 

Publicado en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Crónicas, La crónica ya tiene Nobel, Narrativa peruana, Periodismo literario | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario