PERIODISTAS 13

EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS

Piano de letras

Un texto de ELOY JÁUREGUI

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1.

En 1982, un hombre vestido de un liquilique caribeño de un color blanco perfecto, en Estocolmo leía en su discurso: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. Ese era un colombiano llamado Gabriel José de la Concordia García Márquez y que hoy está muerto, no obstante es el cadáver más bello del planeta y su ejemplo nos iluminara a todos siempre.

Es la mañana en la redacción de la Av. Salaverry. La máquina está ahí y lanza sus notas musicales en cuartillas. La Máquina del periodismo. El aparato del ajuste de cuentas dignas. La prensa densa de la información. Las novedades prensadas que luego serán pasadas. Es melodía de palabras. Suena bien solo al final. Luego de la corrección. Ese arrepentirse y no ser salvaje. Escribir así es un pecado solo redimido por el ojo avieso del corrector de pruebas. Las pruebas del crimen periodístico. La comunicación como sinfonía, eufonía y concierto. Música callada y concordancia con la realidad, sus tempos y los ritmos vitales del compromiso, la solidaridad y todas las vanguardias.

Siempre quise ser músico pero solo escribo con ritmo. Soy un sordo de solemnidad por eso mi pentagrama fue mi drama. Miro de a oídas y de reojo, como Beethoven. Y escucho con profundidad como Truman Capote, es decir, con los ojos de judas.  Pero incluso, ante de aprender a leer, ya era periodista. Mi padre celoso por mis 7 hermanas, me contrató de soplón cuando padecía de una terrible tos convulsiva, y fui un Sherlock Holmes en pañales y sin lupa. Recuerdo que en Surquillo, en aquel tiempo, hubo un asesinato con prensa. Desde el principio supe que el sastre era el criminal. Un marido despechado, descocido a navajazos luego por la turba invisible, como un maniquí atravesado por las agujas de la justicia.

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2.

Y eso siempre fue periodismo. Mis textos tienen así música estridente de fondo y metáforas silentes de forma. Podría decirse que mi técnica es mi negación, escribo sin método pero meto todo. Y solo se hace periodismo cuando se investiga. Un texto mediático es el producto de la inmersión y la entrevista. ¿Deportes? Sí. ¿Espectáculos? También. ¿Política? Más. Vale la intuición pero más, la técnica escudriñadora. Ricardo Uceda, maestro. Gustavo Gorriti, ducho. Ambos son ejemplo y continuidad. Es obligación leerlos, solo por nombrar al dueto. Pero hay más. He sido alumno de a oídas, de Alfonso Grados Bertorini como de Genaro Carnero Checa. He leído con fruición a Sebastián Salazar Bondy como al gran Alfonso Pocho Rospigliosi o Guido Monteverde. He aprendido de Owen Castillo como de Francisco Paco Landa. Admiro a Raúl Villarán como que he tenido de padrino a Guillermo Thorndike. Y en ese tráfago, fui lazarillo de Humberto “El Chivo” Castillo, el más silencioso, el más genial. Sé entonces, a qué sabe esta miel.

Estoy convencido que el periodismo más que verdad es estilo. Claridad comprobada. Ética personalizada. Y el estilo es carácter, cualidad y latidos. Por ello practico el periodismo de autor. Por ello de mi gula por el encanto, el duende, la pasión. Me refiero a todos los formatos de la prensa. A esos texto que traspasan y transitan por la oralidad, la escribalidad y la electronalidad. En un país, sin institucionalidad, mi red social es mi enredo espacial. Se escribe como se vive. Ese respirar enamorado de tu entorno, ese retorno de la vida del otro. Ese otro que frente al piano de escribir es uno y es todos a la vez.

Intuía y ahora lo sé. Que un periodista no solo es productor de información certificada sino que es un fabricante de sensaciones. Y aquí me detengo porque me vengo. Leer es poseer al cuerpo amado ilegible hasta entonces y hacerlo suyo con diptongos, adverbios y yuxtaposiciones. La copulación entre escribir y ser leído es un orgasmo en claves de sabiduría. Leer es una operación sexual más que textual. Como hombre de prensa que piensa, convencido estoy que los propietarios de los medios, todos, son unos fariseos. Así les he cobrado con creces aunque no siempre con fortuna. Por ese he migrado por cuanto medio hay en el medio. Moroso más que amoroso, sé perder, y con los decanos de la prensa, soy de los vencidos. Un héroe sin heroína, un periodista digno, más equilibrado que ciclista ciego, de deseos.

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3.

Trabajar en el periodismo un ejercicio de dignidad y honradez. Ahí la prensa y la poesía, es la mejor erótica de nuestra quimera realmente existente. Decir (o escribir) una noticia es descubrir un misterio pero al mismo tiempo, repetir una verdad ignota. La que nadie sabe. Cierto. Dios es eterno. Kapuschinsky existe. Uno se muere como todos, pero la vida es larga sí solo amas la verdad y la justicia. Y hablo del buen periodismo, de éste y aquel que practicamos en nuestros medios. El resto es bodrio. Qué cojones, el de la televisión basura, tiene público y es dramático. Por ello veo televisión con la pantalla apagada. Así imaginado un Perú mejor y un mundo más humano

Soy amante del jazz y esposo de la salsa, aquel ritmo que es mi filosofía de la pelvis. Pero soy también tierno verdugo de la discontinuidad epistemológica de mis lectores. Hay brechas en mis alumnos –los analógicos y los digitales—y mechas en mis contemporáneos. No obstante, he vivido de mis cantaletas más que de mis melodías de todos los días. Igual que Balzac o Dostoievski, escribo para vivir desde que tengo uso de razón, profesional. Y fui feliz con mi familia e infeliz con mis sueldos. Soldado a la tradición de Vallejo y Mariátegui, sudo la prenda superior aunque mal me paguen y como dice el vals: “ya nos soy reloj del día, porque pedazo me han hecho, las mujeres”.

Yo no lo inventé pero asistimos al momento de lo efímero. Un tiempo donde se rinde culto a la velocidad, las modas, la economía de los sexos, la metamorfosis de la ética, la explosión del lujo, las mutaciones de la sociedad de consumo y simultáneamente, habitamos en la abundancia de noticias y la más perfecta desinformación. Para que un periodista sea eficiente  hoy es necesario convertirse en un escritor de la información por razones de eficacia comunicativa. El “nuevo lector” exige no solo enterarse de noticias en retazos, en 5 líneas o sumillas, sino que pide que le cuenten la historia completa con los detalles y las reflexiones que, lástima, hoy no se le permiten ni en la prensa tradicional ni en diarios, radios y espacios de la televisión que se reclaman hipermodernos. Finalmente uno escribe porque es la negación del poder. Tiene sangre en el ojo y esa sangre es de tinta negra para evitar las injusticias. Perdón. Por eso escribo. En negro.

 

 

Alguno de estos párrafos fueron utilizados en el prólogo de mi libro de crónicas “Tu mala canallada”, Lima, Editorial Lancom, 2014.

 

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TESTIMONIO

 

 QUIERO ESCRIBIR PERO ME SALE ESPUMA

Un texto de Eloy Jáuregui

 

1.

Soy cronista porque desde que empecé en el periodismo tuve la suerte de ser editor. Primero de Deportes, luego de Espectáculos, más tarde de Culturales y finalmente fui Editor General y director. Todo ese proceso duró apenas cuatro años, menos tiempo del que yo dediqué a mis estudios de periodismo. Soy cronista porque desde niño escribo. Poesía, cuentos, no ficción. No es una vocación inexplicable, es mi vida misma. No sé hacer otra cosa que escribir. A los 26 años me detectaron una enfermedad crónica: padecería por el resto de mi vida de escribir crónicas.

“Quiero escribir, pero me sale espuma”, el título de este texto, es el primer verso del poema “Intensidad y altura” de César Vallejo. De chico, cuando lo leí, me imaginaba al poeta frente a su página en blanco lanzando espuma por su boca abierta,  con los ojos como dos cebollas arequipeñas y con su pluma desfallecida. Cierto, he cumplido 36 años de periodista y en este tiempo cada vez me ocurre lo mismo: “Quiero escribir, pero me sale espuma”. Escribir no me deja dormir, comer, hacer el amor, y no hacer nada también. Me gusta el vino, lo tomo con fruición cuando mi texto está acabado. ¿Acabado? Es verdad, es una mentira. No conozco texto acabado. Todo es perfectible. Pero en un momento uno dice que no va más.

Y escribo crónicas porque me gustaría leer en otros lo que yo escribo para ustedes. En el Perú hay más rateros que cronistas. Eso no es bueno. Este sería otro país si fuese al revés. Cuando estudiaba periodismo, la mayoría de profesores me estimaban. Ahí comprendí que aprender a escribir (periodismo o literatura) es un acto de amor. Solo los generosos resultan buenos periodistas. Pero solo los afectuosos y  pasionales terminan siendo buenos cronistas. En este momento en que escribo este texto recuerdo a mis maestros,  a Alfonso Reyes, a Enrique Zileri, a Guillermo Thorndike, a Paco Landa, a Ricardo Uceda, a Edmundo Cruz. No los recuerdo, los extraño. Qué no daría por trabajar con ellos, lástima, la mayoría están muertos.

Soy cronista y enseñar periodismo me hace dudar de la perpetua novedad del texto. Escribo crónicas a diario y debo admitir que el arte de narrar en el periodismo es una condena que pasa por mi libertad vigilada. A uno lo miran con deudas más que con dudas porque escribe al filo del cuchillo de la objetivad. Palabreja que no existe por subjetiva. He bregado contracorriente con los editores de todos los diarios y revistas. Incluso, cuando en la televisión introduje el género crónico fui negado tres y hasta cuatro veces por mis productores de programas de reportajes como ocurrió en “Panorama” de Canal 5. Sobreviví pero ese es mi problema, no es el suyo, hipócrita lector.

 

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2.

No existe un lector ideal para mis textos. Qué buen destino hubiesen tenido. Sin embargo cada escrito mío tiene su propio destino, su particular signo y específico hado. Soy, supongo, un escritor simultáneamente clásico y al que se le reconoce haber siempre buscado ampliar la base del canon de las letras. Un conservador por rupturista y romántico. En todo caso, un académico por vulgar, un letrado de letrinas. Un barroco de lo barroso. Intento así que aquel que me lee se altere por simpatía o repulsión.

Tengo de esta manera cómplices y alcahuetes como también enemigos y antagonistas. Creo así que mis crónicas, ensayos o poemas no pasan inadvertidos porque siempre provocan escozor o gustos arrepentidos. Cierto que intento cada vez ser un provocador probado. Un sedicioso vicioso. Y como consecuencia de practicar las paráfrasis, los retruécanos y las parodias me quieren y me odian. Es mi destino fino, final, sin tino y trino. Un exégeta exagerado, un leído ido. Un cantor de cantinas, un autor autorizado.

Supongo también que eso se debe a que estudié literatura, periodismo y lingüística. En ese orden del desorden. Que publico poesía en Hora Zero desde los 17 años. Que fui subdirector de un periódico de masas masivas y de mesas a los 27 años y que viví en Buenos Aires recién destetado. Que hubiese querido ser pianista en lugar de sentarme frente a una computadora como escritor a que se me oiga en concierto desconcertado solo con el ritmo que dejan las letras de pago, los sustantivos silentes, los adverbios estruendosos, los verbos atronadores, las interjecciones silenciosas y las voces sin toses.

No hace poco se me ha publicado de mi libro Crema carnal mis poemas en portugués de Portugal y en español de Salamanca.  Estoy traducido al francés en varias de mis crónicas y en inglés en muchos de mis ensayos, sobre todo musicales. Sé que en mi país aquello no interesa por ello creo que mi patria es Latinoamérica. Estos  días han aparecido mis textos en revistas como Etiqueta Negra, SoHo, Dosis, Lima Gris, Buen salvaje, Variedades. Insisto, tengo 27 libros publicados y en los tres últimos años me han editado dos libros de crónicas: El más vil de los ofidios y Tu mala canallada y aguardan para el próximo años otros de textos periodísticos: La caza propia, uno de música: Chicha y ron, otro de cuentos: Aunque me cueste la vida. Es mi destino. No me quejo, me dejo.

Debo reconocer que por ser viandante, traficante y callejero, no escojo las historias, las historias me escogen a mí. Soy muy curioso porque todo me llama la atención. Observo el mundo con la boca abierta. Creo que practico una mirada horizontal, un cuarto ojo, veo desde abajo. Oigo por una oreja y escucho por un oído. Soy así un estereotipo en stereo. Multicultural e interdisciplinario estoy detrás de la novedad y antes de la escritura. Duermo poco, soy un escritor de noches y no nocturno, un conde Drácula sin dientes afilados pero con lengua viperina y labios ponzoñosos.

En todo caso me llaman la atención las historias de los desvalidos y las patrañas sin fábulas que desordenen el epigrama de lo normal. No me caso con nadie porque me acuesto con todas. Como vivo angustiado desde niño, escribo más que historias, crónicas ensayísticas. Es decir, una suerte de literatura de las ideas. Entiendo que los historiadores en el Perú son laxos y despreocupados por la coyuntura. Entonces los remplazo, cubro sus falencias y flojeras. Escribo el devenir histórico de los míos como una historia del día a día.

Así el maestro Miguel Gutiérrez decía que era el “historiador del Perú de estos tiempos”. No me molesta. Admiro la obra de Octavio Paz como ensayista: “El laberinto de la soledad”, ese libro que explica lo “mexicano” terrenal y posapocalíptico y siento que en el Perú no existe un libro como ese, por ello, modestamente trato de explicar en mis texto eso del Perú que se sospecha y que no está escrito hoy en un libro macizo y robusto. Esa es mi tarea. Ver mi país desde mi carretilla sumergiéndose en los fastos del desarrollo y le progreso caótico y dramático.

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3.

Lo diré por última vez. La crónica es un documento que se adhiere con desesperación a lo real de la realidad. La crónica es  un arte liminar. Un canon amorfo de paradigmas fronterizos. Se apropia de cuanto género periodístico y de los otros que existen para instaurar en un mismo texto, hipervínculos antes considerados antagónicos o excluyentes. Es el ornitorrinco mediático como dice Juan Villoro porque hace maridajes con historias reales y con la ficción, con el propio periodismo y con la literatura. Hace el amor entre la objetividad y la subjetividad. El acto oral y el escribal. Entonces es un camaleón y además padece de hibridez. Se mimetiza y se erecta. No es la ni el [crónica]. No tiene sexo más sí seso. Se codea con la retórica de las ideas, el ensayo. Juega con la crítica y arma un constructo de no ficción. Por eso tiene un carácter anticanónico y antivicario.

Mucho profesores son tradicionales por eso son retrógrados. Así dicen que la crónica es el relato ordenado en el tiempo. Falso.  La  crónica periodística no tiene nada que ver con la cronología [ese cementerio de los períodos]. Ese es el primer error.  La crónica periodística es nieta del teatro griego y de las leyendas celtas. Es Ricardo Palma y Abelardo Gamarra y Manuel Atanasio Fuentes. Es Pardo y Aliaga y Asencio Segura. Es Mariátegui y Vallejo. Es el género más antiguo y paradójicamente el más moderno. Y es que el más viejo de los estilos periodísticos, la crónica, se entronca con la novela, por una parte, con la historia, por otra y con la modernidad al contar. Hoy es  el género por antonomasia del periodismo literario. Adopta la superestructura del relato, a la vez que incorpora la técnica del punto de vista, y al periodista mismo como narrador, en todas sus posibles variantes.

El hecho de ser un “género andrógino”, le permite a la crónica infringir o violentar las reglas, los límites establecidos por las convenciones genéricas. Si los géneros representan normas literarias que establecen el contrato entre un escritor y un público específico, la escritura cronística, guiada por una voluntad de transgredir las normas, busca romper con tales sistemas tradicionales de regulación. Al ser un género transdiscursivo, la crónica resulta ser un relato que desafía de manera constante “lo  viejo”.

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4.

Yo no lo inventé pero asistimos al momento de lo efímero. Un tiempo donde se rinde culto a la velocidad, las modas, la economía de los sexos, la metamorfosis de la ética, la explosión del lujo, las mutaciones de la sociedad de consumo y simultáneamente, habitamos en la abundancia de noticias y la más perfecta desinformación. Para que un periodista sea eficiente  hoy es necesario convertirse en un escritor de la información por razones de eficacia comunicativa. El “nuevo lector” exige no sólo enterarse de noticias en retazos, en 5 líneas o sumillas, sino que pide que le cuenten la historia completa con los detalles y las reflexiones que, lástima, hoy no se le permiten ni en la prensa tradicional ni en diarios, radios y espacios de la televisión que se reclaman hipermodernos.

Soy un operario de los textos tejidos en otro huso –sí, con h–. El oficio que hoy en verdad es más ofidio erecto que apuntala más con tramas que con ganas, el cielo raso de la prensa escrita.  Mis crónicas así intentan ser textos de una versión periodística que es una clara perversión regular de un acto público hasta ayer privado. Es periodismo puro, cierto pero escrito a reversa de lo factual. Páginas publicadas de otra manera, con otra atmósfera, con otro pellejo, con otros amores y rencores. Perdón, el plural es mío. Digo amor como lo entiende García Márquez, a quien le viene bien esta paráfrasis: El amor no es el que uno vivió, sino el que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarlo.

Por ello, clono la mayoría de términos, remacho a lo macho las frases, aborto en otras lo imposible del abordo gramatical.  He ahí mi travesía y mis naufragios. He tratado de limpiarme de esa plaga, lástima, en este país eso es un imposible. Pero igual, no he parado de escribir erecto. Ha ocurrido, cuando me he preguntado sobre las razones de ese quehacer, el de escribir, aquello de confirmar en grafías las ideas y los sueños, pues no siempre estoy de acuerdo con los otros; esos que también escriben. En mi caso, me interesaba el hablarme al oído dudando a más no poder. No a las certezas tajantes, jamás a las afirmaciones inapelables.

En ese proceso de grado cero de la escritura, hipótesis e impulsos eléctricos ganan la necesidad de hallar la certeza a partir de sus opuestos. En el fondo, ese «escribir» tiene sobre cualquier otra cosa, bastante de experimento, voluntad más de aprender que de enseñar, esfuerzo por mejorar el mundo, humanizar a tanto usurero, liberarse de la angustia de las miserias todas, hacerse conocido más que famoso y construir un mundo para que lo habiten menos imbéciles.

Decir (o escribir) una noticia es descubrir un misterio pero al mismo tiempo, repetir una verdad ignota. La que nadie sabe. Cierto. Dios es eterno. Kapuschinsky existe aunque esté muerto. Y la actual nobel de literatura, la biolorrusa Svetlana Aleksiévich, no sabe cocinar porque toda su vida la dedicó a escribir crónicas. Entonces, uno se muere como todos, pero la vida es larga sí solo amas la justicia. Y hablo del buen periodismo, de éste y aquel que practicamos en nuestros medios. El resto es bodrio. Qué cojones, el de la televisión basura, tiene público y es dramático. Por ello veo televisión con la pantalla apagada. Así imaginado un Perú mejor y un mundo más humano.

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Publicado en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Crónicas, Eloy Jáuregui cronista, La crónica ya tiene Nobel, Narrativa peruana, Periodismo literario | Etiquetado , , , | Deja un comentario