El Mercedes de Cuchita Salazar

Un relato de ELOY JÁUREGUI

 

La Herradura 2

 

El auto era el lujo de la familia. Un Mercedes-Benz 190 D EX-80-01, color palta y con asientos de cuero en tono caramelo más radio AM / FM. Entonces escuchábamos “Legata a un granello di sabbia” de Fausto Papetti mientras el coche rodaba por el serpentín con rumbo a la playa de La Herradura aquella mañana de sábado. El auto lo había comprado mi hermano mayor quien con sus lentes a lo James Dean, pilotaba el coche con aires del subdesarrollo.  Veníamos del barrio de Surquillo y llegar a esa playa con auto propio, era toda una ascensión social. La Herradura era la playa. No otra. Playa con identidad y enjundia. Era 1966 y gobernaba Belaunde y es verdad, la clase media necesitaba un balneario exclusivo que no sea Agua Dulce invadida de provincianos. Ancón ya había sido tomado por la ola de la migración y apenas quedaba Santa María y Naplo al sur del paraíso.

Ese día supe que eran las once de la mañana por el parlante del breve malecón de La Herradura pero esa vez no existía el tiempo porque frente mí se había posesionado de ese pedazo de arena, Nila, y con su bikini melón, y su toalla, y sus potes de cremas. Nila intrépida había arriesgado lo suyo en el área de los comunes y ahora estaba de bruces en esa orilla a tiro mío. Nila era de La Gaviotas, el edificio exclusivo al final de la playa y, se bronceaba en la zona del Samoa, el club de tablistas que había fundado Carlos Dogny Larco.

Siempre lo sospeché. Nila era distinta, miraba con una ternura de hada. Ella pertenecía al grupo que lideraba Cuchita Salazar, la rubia que ya era figura de la televisión. Cuchita era la mujer más codiciada de Lima de principios de los sesentas. Todos hablaban de ella aunque no de su origen que era un misterio. Nila era la única que lo sabía y que podía opacar la impudicia elegante de Cuchita. Además, era más joven, lucía inocente dentro de un cuerpo de deidad sosegada y era casi mía y jamás dejaría de tener 18 años.

La Herradura era la playa incrustada al medio del Morro Solar y apenas alcanzaba un poco más de 400 metros. Al llegar por una vía estrecha bordeando el océano uno se encontraba con El Salto del fraile –luego tendría restaurant de relativo prestigio—y después aparecía la playa Caplina, los baños municipales en lo que fue el club “Palm Beach” y más allá nuestra marina, exclusiva para la memoria. Entonces uno se encontraba con los catorce restaurantes y bares como los míticos El Suizo, El Nacional, El 21, el  Costa Azul, el SOS y el Bahía. Antros con oferta de carnes marinas, cocteles, helados, salacidad y música para la pelvis. Además existía los 8 parlantes que cubrían todo el circuito por donde uno escuchaba los éxitos de Neil Sedaka y de Paul Anka además esa gorjeo puntual y una voz maniática que cada quince minutos transmitía la hora.

Todos nos conocíamos, creo. Entonces yo descubrí a Nila y ella también me encontró, entre los adolescentes regados de bruces en las arenas grisáceas. “Me ayudas con el bronceador en mi espalda”, recuerdo que dijo más que con sus palabras con su dedo. Oh Nila maravillosa. Entonces me alcanzó el Coppertone, ese frasco de miel de piel que lucía tierno y encantador donde se mostraba a una niña a quien un perrito le bajaba la trusita y se le veía el potito blanco como la nieve porque allí no le había dado el solecito. Y fue terrible al principio pero ella me calmó. “Tienes que practicar en tu casa” me dijo y añadió: “Porque todo este verano me tienes que mojar”.

Yo ya no era yo. Sudaba, no por el sol de enero sino por mi ascenso matinal a galán maduro experto en dermis y epidermis.  No sé, de pronto apareció Cuchita Salazar, sí, increíble, junto a mí, y ordenó: “Nila, vamos, están servidos los helados”. Helado me puse yo ahí, de bruces frente a las dos mujeres más lindas del planeta. Además, todos los que miraban, desde esa vez supieron que yo era el hombre.

En aquel tiempo, una hilera de carpas antecedía a los toldos y a los cien metros de arena limpia antes de llegar al mar. La Herradura, desde los cincuenta, no fue una playa popular –insisto, Agua Dulce fue la playa del pueblo— pero albergó a los últimos limeños de los recodos de la clase acomodada. Los “blancos pobres” como decía el recordado Jorge Vega, “Veguita”. Y existía “la cosa limeña” que tenía que ver con nuestra ciudad, su tradición, sus lenguajes y sus espacios públicos.

La Herradura conservaba todavía esa esencia de ribera del gozo en una ciudad cruel y posapocalíptica.  Ya desde entonces entendíamos que nuestro verano era brevísimo y por ello se lo disfruta con mayor fruición y regodeo. La Herradura fue orilla para las páginas de sociales. En la revista Caretas se retrata de esa época a la gente de la línea Panagra,  las chicas que llegaba a los “luaus” del Samoa: Marianne Sarmiento, Zoyla Lyons y cierto, Cuchita Salazar.

Aquel verano inolvidable yo salí del anonimato total. Todos así comenzaron a saludarme y hasta en casa me trataban como a un nuncio. En aquella temporada Nila siguió pidiendo que le embadurne la espalda mientras me mostraba cremas, lentes, perfumes y cosas propias de la mujer que el mismo Carlos Dogny Larco la había traído de su último viaje por la Costa Azul. Entonces el tema instrumental “A Summer Place” interpretado por la orquesta de Percy Faith de la película de 1959 de Delmer Daves y que en Lima se llamó “Verano de amor” con Sandra Dee y Troy Donahue sonaba en mí como un eco que despertaba y endurecía mis partes.

Fue al final de ese domingo de enero que Nila me espetó: ¿Y cuándo me llevas en tu Mercedes Benz? Y añadió: “es que Cuchita quiere ir al cine Limatambo”. Cierto, unas noches luego Cuchita estaba en el Mercedes Benz retozando nocturna en aquel autocine llamado Drive In del distrito de San Isidro mientras yo trataba de descifrar las claves de esa película “Verano de amor” . Cuchita, es verdad, traveseaba no conmigo –ni yo con Nila–, con mi hermano mayor que repito, se computaba James Dean.

A Nila no la volví a ver jamás y de Cuchita supe que ya no la dejaban ingresar al Samoa por las fotos comprometidas que se publicaron en el diario Ultima Hora. A ella le gustaban los autos de marca, a mí la marca que me dejó Nila, su espalda y sus potes de bronceador. Así, es la juventud en la otra ribera, como diría Julio Ramón Ribeyro. Hoy La Herradura sigue siendo aquel desafío a los olvidos. Y ahí está, enhiesta, invencible donde he tomado un retrato y ahora solo queda la melancolía propia de los amores perdidos.

Pena, en la foto esta vez no está el Mercedes-Benz 190 D EX-80-01 de mi mejor verano y la arena, al contrario de la memoria, ha desaparecido en este atardecer donde la piedras de la orilla sin embargo albergan las melodías de aquellos años sesenta  que siguen descubriendo en la memoria de los cuerpos, esa piel del deseo continuo. Y entonces apuro otro sorbo de Chilcano en el Bahía y recuerdo ese “Verano de amor”  aunque ahora está cantando Javier Solís: “Entonces yo daré la media vuelta / Y me iré con el sol / Cuando muera la tarde”.

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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