ALFREDO ZITARROSA / Héroes bizarros 428

ZITARROSA, SIEMPRE ZITARROSA

Una visita al origen del cantor más oriental y la historia de cómo nació su primer disco, Canta Zitarrosa. “La vida, la creación, la justicia, la libertad. Son los grandes valores que uno defiende y siente como su tarea, aquello que debe decir una y otra vez, aunque aburra”.  Alfredo Zitarrosa, cuyo nombre de nacimiento es Alfredo Iribarne, nacido en Montevideo, Uruguay el 10 de marzo de 1936, fue un prestigioso cantante, poeta, compositor, escritor y periodista, considerado una de las figuras más destacadas de la música popular de su país y de América Latina. En 1954 comenzó a trabajar en una emisora radial como locutor y posteriormente escribió en el semanario “Marcha”. Su carrera musical comenzó en Perú, en el año 1964, cuando se presentó en un programa que se emitía por el Canal 13, Panamericana de Televisión.

1.

El locutor se había convertido en cantor profesional. Sus temas copaban las radios y encantaban al público, que ya reclamaba saludos y autógrafos. Él se ponía incómodo porque no se adaptaba a la fama repentina. Muchas veces usaba anteojos oscuros para caminar tranquilo por Montevideo, pero esos intentos a menudo fallaban y terminaban en un “mirá, Zitarrosa de lentes”.

En 1965, con 29 años, Alfredo Zitarrosa era una revelación en la música nacional. Su disco simple El canto de Zitarrosa, que incluía los temas “Milonga para una niña”, “El camba”, “Mire amigo” y “Recordándote”, había sido un éxito de ventas y lideraba rankings en competencia con los Beatles. Cuando al año siguiente publicó su primer larga duración, Canta Zitarrosa, que en 2016 cumplió 50 años, esa voz grave y profunda ya se esparcía sin freno por todo Uruguay.

¿Qué había pasado? ¿Por qué ese sonido atraía tanto? ¿Quién era ese poeta escoltado por guitarras y con perfume gardeliano? El 10 de marzo se cumplen 80 años del nacimiento de Zitarrosa y la excusa es perfecta para revisitar los inicios de la voz más oriental.

2.

La fórmula no es innovadora y, sin embargo, allí hay algo especial: las razones hay que buscarlas en la personalidad del intérprete y en el fenómeno que provocó su obra. Muchos ritmos criollos estaban en desuso en esos momentos, en parte porque ya no le hablaban de la misma manera a una sociedad que clamaba renovación. Es entonces cuando Zitarrosa aparece con un repertorio que resignificó géneros que olían a viejo. Vidalita, cifra, estilo, huella, gato, cielito. Y suena como una paradoja que estos ritmos tradicionales acompañaran a la voz que lo estaba cambiando todo.

El compositor y cantante tacuaremboense Carlos Benavides lo explica de esta manera: “Alfredo nos mostró que era posible otro tipo de canción que no fuese una postal de una imagen de Blanes. Y que no precisaba disfrazarse de gaucho para cantar determinada música”.

Zitarrosa no se definía como folclorista, sino como cantor popular, y en ese concepto reunía elementos camperos con paisajes urbanos, en una poesía sencilla y directa, al alcance de todos. Zitarrosa avanzaba en la poesía acompañada de sonidos de raíz folclórica. “¿Por qué siempre tenemos que cantarle al gaucho que está faenando, que está en la yerra?”, se preguntaba con 15 años el joven Benavides, que encontraba en Alfredo un camino que los unió hasta compartir escenarios y canciones.

Yamandú Palacios, cantor y amigo de Zitarrosa, comenta que en este artista nuevo convivían distintas fuentes musicales. “Tiene una vertiente flamenca, que se nota más que nada en el canto. Tiene influencia de la música moderna, empezando por Beethoven, y también del candombe y la murga, ni que hablar del estilo y la vidalita”.

Palacios sostiene que eligió expresarse en milongas por una “decantación de su esencia”, que le permitía crear con un sólido fundamento artístico.

“Es imposible ver a Zitarrosa descontextualizado de su pensamiento, sentimiento y convicciones”, escribe Guillermo Pellegrino en la biografía Cantares del alma. El periodista relata que al cantor “le dolía la felicidad” porque vivía preocupado por la injusticia social y la necesidad de una solución a ese problema. Alfredo fue un artista herido.

“El proceso de elaboración es inconsciente. La guitarra te enseña una canción. Tú no conocés la guitarra. Todos los días ella te dice algo nuevo. Es un ser vivo “

3.

Zitarrosa nació en el Pereira Rossell el 10 de marzo de 1936. Durante su infancia se mudó varias veces. “Recuerdo numerosos barrios: Belvedere, La Teja, Carrasco, Villa Dolores”, dijo alguna vez. Luego vivió en el pueblo Santiago Vázquez y después en el kilómetro 29 de la ruta 1, en el departamento de San José.

Su historia familiar fue tormentosa. Su madre, Blanca Iribarne, lo tuvo a los 19 años y encargó la crianza del niño a la pareja compuesta por Carlos Durán y Doraisella Carbajal. Blanca era bailarina y solía trabajar en el exterior. Alfredo pasó a llamarse Zitarrosa recién a los 14 años, cuando recibió el apellido del marido de su madre y padre de su única hermana, Cristina. El desprecio de su padre biológico y la relación (amor-odio) con su madre marcaron a fuego la personalidad del cantor.

“Me siento muy responsable de estar vivo, de lo que va a pasar en el futuro. Creo que, de algún modo, mi existencia tiene un sentido con referencia estricta a los demás y al tiempo en que vivimos”, afirmaba

De adolescente Zitarrosa trabajó como vendedor en diversos rubros. A los 17 años fue contratado por radio Ariel para hacer locuciones. Luego pasó a El Espectador, donde terminó consolidándose. En las radios se dedicó a animar programas, leer los informativos y escribir libretos, pero también aprovechaba los ratos libres para ensayar canciones.

4.

El Flaco, como lo llamaban sus amigos, siempre estuvo inmerso en un universo artístico: de niño cantaba boleros y ya más de grande escribiría cuentos y poemas, otra de sus grandes pasiones. En 1959 ganó el Premio Municipal de Poesía por su libro inédito Explicaciones. Un año antes había debutado como actor en una obra de teatro. Las personas cercanas a él siempre destacaron su gran sensibilidad, inteligencia y cultura, fruto del amor por los libros. También sobresalía la madurez del joven Alfredo, que siempre quiso aparentar más edad. La anécdota que pinta mejor esta faceta cuenta que usaba lentes sin necesidad, solo para verse mayor y poder así conseguir trabajo.

Sus primeras armas musicales las hizo con su colega y amigo Bobby Pimentel. “Los primeros tonos de la guitarra, las primeras cosas me la enseñó él, que cantaba zambas”, recordaría Zitarrosa, exiliado en México. La zamba era el ritmo folclórico argentino omnipresente en el Río de la Plata. Zitarrosa, junto a Los Olimareños, fue de los primeros en animarse a cantar zambas uruguayas. “Yo me sensibilicé con la cosa del folclore a partir de las grabaciones de los Hermanos Ábalos, de Evaristo Barrios, Amalia de la Vega, Los Chalchaleros”, contó en 1976 durante una entrevista realizada para el diario bonaerense El Cronista Comercial.

“El texto tiene que tener un ritmo y una medida que la melodía le está proponiendo casi como una exigencia. A veces podés modificar la melodía para que el texto quepa; en general, la que manda es la melodía “

5.

“Recuerdo dos barrios que son los que están impresos en mi sensibilidad: La Unión y el Barrio Sur”, comentaría años más tarde Zitarrosa en una entrevista del programa español A fondo. Alfredo vivió ocho años en una casa ubicada en la calle Yaguarón, a media cuadra del Cementerio Central. Allí comenzó a componer canciones y ese era un lugar frecuente de encuentro para sus amigos. “Pasábamos horas, cantando y tocando la guitarra”, comenta Lucio Muniz, coautor de “De no olvidar”, canción incluida en el primer disco de Alfredo.

La madre de Zitarrosa alquilaba habitaciones de la vivienda. Cristina Zitarrosa recuerda la importancia que la casa de Yaguarón tuvo para su hermano: “En esos escalones conoció a Vallejo y a Rilke”. Era común que los conocidos de Alfredo tiraran piedritas a la ventana para no molestar a los inquilinos con el timbre a altas horas de la noche.

Cristina cuenta que “allí vivía toda clase de gente, era una especie de zoológico”. La casa tenía cinco cuartos y en un entrepiso con ventana a la calle dormía Alfredo. Esa habitación, conocida como la “buhardilla”, era una pieza muy pequeña, donde convivían una cama, dos bibliotecas, la guitarra, un busto de Beethoven y la calavera Josefina, en la que Alfredo había escrito: “No pienso, pero existo”.

Esa fue una época fermental en lo artístico e intelectual para Zitarrosa. Eran tiempos del Café Montevideo y el Bar Outes, lugares donde celebraba frecuentemente un culto a la amistad y la bohemia. En el exilio mexicano, Alfredo se refirió a su querido Barrio Sur de esta manera:

—De Montevideo, ¿qué es lo que más extraña?

—Se extraña todo, pero de la ciudad lo que más extraño es la rambla y algunos fragmentos del Barrio Sur.

—¿Cuáles?

—La placita… caray… me olvidé el nombre de la plaza. Tendría que escuchar la canción que dice “ya nadie me espera en la plaza”. Extraño el olor a creolina de la fábrica de enfrente. Viví durante un período de mi vida en una buhardilla, justo enfrente de esa placita, al costado del Cementerio Central. ¿Cómo se llamaba esa placita?

6.

Zitarrosa quiso ir a Cuba en 1963. La revolución lo seducía y quería experimentarla de primera mano. Lo habían despedido de El Espectador y con el dinero que le pagaron se tomó un avión a Lima, Perú. Allí se rebuscó para trabajar como periodista en una revista, actividad que había ejercido con destaque en el semanario Marcha. Las necesidades económicas y la propuesta de un amigo, César Durand, lo llevaron a cantar en televisión. Así fue como el Canal 13 de Lima vio su debut profesional, casi por casualidad.

La idea de llegar a Cuba se desvaneció al poco tiempo (la concretaría más adelante) y, tras un paso por Bolivia, regresó a Montevideo. Tuvo un breve pasaje otra vez por las radios y en 1965 cantó en el Sodre por primera vez ante el público uruguayo.

 La canción es nada más que un boceto de la realidad, en el que hay ciertos datos que la intención o el sentir subrayan como hitos, como fórmulas de interpretación de esta realidad “

Canta Zitarrosa tiene catorce temas. Es el primer larga duración de Alfredo Zitarrosa.

Fue grabado en los estudios de radio Ariel, en Montevideo, en julio de 1966. Los guitarristas son Hilario Pérez (primera guitarra) y Ciro Pérez (segunda guitarra). Zitarrosa toca el acompañamiento en varios de los temas. También tuvieron participación Lucio Muniz y Yamandú Palacios.

Historia de un ícono

El fotógrafo Jaime Niski cuenta cómo se hizo la imagen emblemática de la carátula del disco Canta Zitarrosa. Alfredo escribió en la contraportada:

“Si bien puedo decir que conozco al cantor, al autor de algunos de estos temas, al sujeto que resultó ser, en cambio, no voy a poder asegurar que canta ni que compone como se debe. Ni siquiera lo hace como quiere, debo señalar más bien, y en resumen agregaría, que compuso y cantó como pudo los temas de este disco, que lo representan bastante bien”.

A este trabajo se le reconoce la inclusión de la ficha técnica de todos los involucrados en el álbum: los autores de los temas que no son propios, los técnicos (Juan Carlos Borde y Wilfredo de León) y el fotógrafo que realizó la imagen de la carátula (Jaime Niski).

Alfredo Zitarrosa y sus guitarristas ( Julio Cobelli, Walter de los Santos –guitarrón– Silvio Ortega y Eduardo “Toto” Méndez )

SUS CANCIONES

Milonga de ojos dorados

1966

Uno de los emblemas de Zitarrosa. Fue escrita el mismo año que se grabó el disco. Alfredo toca el acompañamiento y la primera y segunda guitarra las hacen Hilario Pérez y Ciro Pérez. En versiones posteriores, decidió cambiar el orden de la segunda y tercera estrofa.

La Coyunda

1966

Es la única canción del larga duración en la que Zitarrosa se acompaña solo. En la contratapa del álbum, el autor afirma: “De los temas grabados el que me gusta más es La Coyunda; tal vez por ser el último que fabriqué, o por ser el último que se grabó al procesar la cinta original. Uno siempre cree que la última vez obtuvo una síntesis mayor”.

Coplas al compadre Juan Miguel

1963

Esta chamarrita tiene letra de Yamandú Palacios y música de Óscar del Monte. Palacios se inspiró en un viaje a Bella Unión, en 1963, cuando fue a conocer el trabajo de los cañeros. Cuenta que allí se encontró con una realidad muy dura, que lo “tocó profundamente”. La historia de Juan Miguel está basada en un personaje real, un dirigente sindical que tenía ocho hijos. Su familia vivía en un contexto de extrema pobreza, como era común en la zona.

Zitarrosa grabó el tema antes que Palacios. Le pidió autorización a su amigo para incluirla en el disco y lo invitó a tocar la guitarra en la grabación. Desde entonces, “esa canción se transformó para él en un caballito de batalla, porque la cantó siempre en todos lados, estaba incluida en todos sus conciertos”, relata Palacios.

De no olvidar

1960

Es una milonga con letra de Lucio Muniz y música de Zitarrosa. Muniz cuenta sobre la creación del tema: “Me gustó mucho una música que me mostró. Me dijo: ‘Si te gusta, escribile versos’. Ya pronta la canción me dijo: ‘Le sacaste una nota a mi música. Yo le voy a sacar una de tus estrofas”.

La versión original de Muniz:

Fingen mis manos que te han tocado

Piel y cenizas, piel y cenizas

Fuego apagado

Zitarrosa la cambió por:

¿A qué has venido? Vuelve al pasado

Déjame solo, déjame solo

¿Quién te ha llamado?

Milonga para una niña

1959

El punteo de la introducción de esta canción, autoría de Hilario Pérez, marcó la historia del tema, que tiene la estructura en décimas de la milonga típica de los payadores. Fue grabada en el simple El canto de Zitarrosa (1965). La versión de este disco incluye el acompañamiento de Lucio Muniz. Según Alfredo, este es el tema que lo llevó de la mano como cantor.

“Es una milonga que yo hice pensando en dos o tres mujeres distintas, pero no porque hayan sido mujeres mías ni nada, sino porque eran dos o tres imágenes arquetípicas del amor. En particular, pensando en una de ellas, que esa sí podría haber sido mi novia. Me gustaba mucho y yo a ella parece que también. Yo estaba de novio en esa época y ella también, pero había una atracción muy grande. Mi novia era medio posesiva y se ve que el novio de ella también. En una palabra, que la cosa no pudo ser. Y eso fue todo”(testimonio de Zitarrosa a Saúl Ibargoyen y a Alfredo Gravina, en México, en 1977).

Por Prudencio Correa

Esta serranera, como la catalogó el compositor Ruben Lena, fue grabada antes por Los Olimareños, según cuenta Zitarrosa en la contraportada del disco. “No pudiendo repetir aquella serranera que hacen López y Guerra, preferí reproducir exactamente la canción que le escuché a Lena en mi casa, tomando mate, cuando me la enseñó. Se que él va a preferir la sinceridad a la perfección”, escribió Alfredo. A pesar de este comentario, la canción no figura en la discografía oficial del dúo de Treinta y Tres.

Cuenta la historia de un contrabandista de Treinta y Tres, conocido en la zona a principios del siglo XX. Lena iba a la escuela cuando la Policía le pegó un tiro en la frente a Correa. “Los niños del pueblo gritaban a coro improvisado: ‘No lo maten, no lo maten a Prudencio'”, cuenta el periodista olimareño Sergio Sánchez Moreno.

Del que se ausenta

Es una milonga popular argentina anónima inmortalizada por cantores como Jorge Cafrune y Los Olimareños, que la grabaron para su disco Del Cojinillo(1965). La canción volvió a formar parte del repertorio de Zitarrosa más de una década después.

La vuelta de Obligado

Es un triunfo que fue compuesto por los argentinos Miguel Brascó y Alberto Merlo. Narra la historia de una batalla ocurrida el 20 de noviembre de 1845, entre la Confederación Argentina, al mando de Juan Manuel de Rosas, y una flota combinada anglo-francesa compuesta por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes.

En su segundo disco, Del amor herido (1967), Zitarrosa graba otro triunfo que en cierta forma está emparentado con esta canción. Del cardal, compuesta por Eustaquio Sosa, hace referencia a un combate de 1807 en el marco de las invasiones inglesas al Río de la Plata. Al cantar el verso “Qué los peló a los gringos” hay una referencia directa a La vuelta de Obligado, que tiene una frase igual.

Recordándote

1958

Esta zamba fue la primera canción que Zitarrosa compuso. La escribió para Nelson Rodríguez, un amigo de radio El Espectador. Él estaba casado, pero se había enamorado de otra mujer. Un día su vida volvió a la normalidad: se reencontró con su esposa y nunca se vio con la otra muchacha.

“Traté de decir en ella lo que supuse que él hubiese querido decir”, cuenta Zitarrosa años después, en una entevista citada por la biografía de Pellegrino. “Tiene ritmo de zamba porque en ese momento yo estaba muy influenciado por los ritmos folclóricos argentinos. La canción fue compuesta como si la fueran a cantar Los Chalchaleros”, que después la grabarían

. Si te vas

1961

Escribe Alfredo en la contracarátula: “Soy consciente de haber pagado tributo a la zamba, que me gustó siempre y que me sigue gustando, aunque hoy se estile decir que es “extranjera” en la Banda Oriental. Pagué ese precio con verdadera satisfacción, porque no puedo olvidar las zambas santiagueñas de los Abalos, ni las clásicas zambas norteñas que un día “nos colonizaron” —se dice— hace muchos años, pero que a mí me enseñaron a cantar lo criollo con las mismas ganas que hoy ponen muchos jóvenes en cantar cosas —esas sí— verdaderamente gringas”

Un año después, en 1967, la zamba fue grabada en Buenos Aires para el disco Del amor herido, junto a otros dos temas del Canta Zitarrosa: “Milonga de ojos dorados” y “No me esperes”. Zitarrosa la describe esa versión como “nueva, tal vez más perfecta”.

No me esperes

1966

Zamba del estilo clásico argentino. Fue grabada en el segundo disco, Del amor herido, en 1967.

Zamba por vos

1966

Es una de las zambas más populares de las que escribió Zitarrosa. También fue versionada por Los Chalchaleros.

Cueca del regreso

1960

Esta canción fue compuesta por Alfredo Zitarrosa en Córdoba, tiempo antes de que debutara como cantor profesional.

La cueca es un ritmo que proviene de Argentina, Chile y Bolivia. Al igual que con la zamba, Zitarrosa sintió la necesidad de excusarse por la inclusión de temas propios de estilos extranjeros en la contratapa del disco: “Las zambas que canto aquí (y la cueca) me pertenecen; por tanto bien puedo llamarlas orientales; he de creer que de veras son nuestras, en tanto las hice y las canté en mi tierra, para mi gente”.

Gato de las cuchillas

1966

“Un día resolví ponerme a cantar y tuve suerte. Cuando tuve que grabar un disco grande, en cuestión de días compuse cinco o seis temitas para ese long play”. Este gato incluye a Hilario Pérez diciendo “zapateo” hacia el final del tema.

El primer tema en la radio

“Recordándote” se abre camino en el dial

Homero Rodríguez Tabeira conoció a Alfredo Zitarrosa tiempo antes de que se conviertiera en un cantor reconocido. Lo vio por primera vez en la escalera de 18 de Julio y Olimar, donde entonces estaba radio El Espectador, cuando fue a realizar un pago. “Apareció un chiquilín, pero con tremenda voz de hombre”, recuerda.

Tiempo después, Alfredo comenzó a trabajar como locutor en Radio Centenario, donde Rodríguez Tabeira ya tenía el programa Caravana. Durante esas dos horas nocturnas –y como era costumbre en la época- la única tarea de Zitarrosa era dar la hora. Para matar el rato, se iba a estudiar guitarra con Bobby Pimentel al estudio del radioteatro.

Un día, el operador Quito de Lema le dijo a Rodríguez Tabeira: “Quiero que escuches cómo canta este flaco”. Sonaba la zamba “Recordándote”. “No lo podía creer”, relata el presentador. Y decidió ponerla al aire.

“Yo tenía la picardía de pasar una canción y dejar que la gente escuchara un rato sin saber quién era el intérprete”. Ese día, se taparon los teléfonos. Decenas de personas llamaban sin parar para conocer la identidad de esa voz grave y profunda. En un ambiente donde casi todo lo que se escuchaba era importado de Argentina, el cantor oriental impactó y caló profundo en la audiencia uruguaya.

” Yo cantaba muchas canciones de folclore argentino, varias de Horacio Guarany. En las tardes de mate dulce con mi familia, agarraba la guitarra y me ponía a gritar. Un día, en mi casa me dijeron: “M’ijo, ¿por qué no canta como Zitarrosa?”

ZITARROSA EN EL PERÚ:

Joven, flaco, poeta

Por Sengo Pérez


Cincuenta años atrás, a principios de los sesenta, Alfredo Zitarrosa pasó por Lima, donde liberó en canto el vozarrón. Dos amigos peruanos de entonces, testigos de esa etapa, lo recuerdan tan nítidamente que escuchándolos podemos pensar que creíamos bien, que era eterno. Que es eterno.

Alfredo tendría hoy 78 años. Reynaldo Naranjo los tiene, a Carmen Navarra de Kun no le pregunté pero debe andar por ahí; el poeta César Calvo, que murió en el año 2000, hubiera tenido 74. Fueron, en Lima, los más cercanos a Zitarrosa, entonces un joven periodista/poeta/locutor en cuyos planes no estaba convertirse en cantor. Por azar, fue en Lima, en 1962, donde empezó a dejar huella a punta de canciones. Camino a Cuba, recientemente graduada de revolucionaria, la guita no alcanzó, y la ciudad destinada a ser escala fue destino.

I. CARMEN. “Si vas a Lima buscá a Carmen y Gyuri”, le dijo a Alfredo César de Ferrari, amigo de Carmen desde los 15 años, cuando ella vivió en Montevideo con su padre, un exiliado aprista de cuando el Apra era revolucionaria y no esta mazamorra liberal alanista.

Lima seguro estaba gris, como casi siempre; las nubes nacen desde la humedad del Pacífico y la cubren como una caparazón de nostalgia. Una ciudad gris y de poetas, como hecha para él.

Instalado en una pensión del Jirón Carabaya, a un par de cuadras de la Plaza de Armas –hoy rebautizada Plaza Mayor para sacarle el tufillo a conquistador–, habrá caminado varias cuadras de la avenida Arequipa hasta llegar a la casa de los Kun. Carmen recuerda el momento, hasta con precisión horaria.

“Sentí que llamaban a la puerta y abrí, aún no eran las doce, y veo en la acera a un chico menudito, con corbata negra y camisa blanca, medio fúnebre, la verdad, cargaba al hombro una guitarra y una máquina de escribir en la otra mano.”

El bar Juanito, en Barranco, es el ideal para esta conversación sazonada con pisco, entre mesas antiguas, pago en efectivo y nada de wifi. Una guitarra criolla preñada de valses suena a la distancia. Y Carmen que se abre a la charla como si abriera la puerta de su casa, aquel mediodía.

“¿Carmen? Vengo de parte de César de Ferrari”, dijo Alfredo, recuerda. “Pasa”, respondió ella, y el recién llegado entró a su casa por un tiempo y a su vida para siempre.

“Traía dos cartas, una para mí, de César, y otra de Marcha, una recomendación, creo. Nos hicimos amigos inseparables. No dormía en casa, pero estaba todo el tiempo, vente a comer acá, esta es tu casa, le dijimos, y él venía todos los días. Empezó a trabajar en periodismo en la revista Oiga. Él, Gyuri mi esposo y yo íbamos a cafés del centro, al Viena, al Versalles, pero también estábamos mucho en la casa, con amigos a veces, pero el mayor tiempo solos. Alfredo cantaba todos los días. Jorge, mi hijo de 2 años, no dormía si Alfredo no le cantaba.”

Jorge también está en la mesa, callado, respetuoso de los recuerdos maternos, hasta que entró en la historia: “No era que su voz me arrullara, con ese tremendo vozarrón me dormía porque era como si me atropellara un camión… Pero no sé si es un recuerdo propio, Alfredo ha estado siempre presente en mi casa, y no sé si recuerdo o si escuché el recuerdo”.
Así se sucedían las noches. “Cantaba todo, y todo me gustaba pero aquella de la niña (“Milonga para una niña”) era una de mis preferidas.”

Zitarrosa aún no había cantado en público, pero los Kun pensaron que su casa quedaba chica para tanto talento, tanta voz, tanto sentimiento. Pero si algo abunda en el mundo son los uruguayos, no por muchos sino por repartidos en tantos lados. Los Gamarra, Yamandú y Guazú, cantantes orientales muy conocidos, tenían un local exitoso en Miraflores. “Un día Gyuri le dijo a Alfredo: vas a cantar, ya hablé con Yamandú. Mi esposo le había prometido gastar el sueldo del mes en su local si lo dejaba cantar, creo que fue esto lo que le gustó, no ayudar a un compatriota.”

Y allá fueron, una noche de viernes; “Alfredo fue renegando, siempre renegaba”. Pero la noche pasaba, las canciones por los Gamarra se sucedían, cenaron los tres, y nadie invitaba a Alfredo al escenario. Hasta que se escuchó su nombre, y “bajo, flaquito, guitarra en mano, se arrimó al micrófono, cantó, y fue formidable, el público sorprendido aplaudía encantado”. Lástima que, al parecer, ese éxito no gustó a los dueños del local, que no lo dejaron seguir, interrumpiendo su actuación, uno de cada lado del escenario guitarra en mano, como en una emboscada de celos.
“Alfredo se amargó y bajó enojado. Para qué me traen acá, nos dijo, y renegó todo el camino de regreso, Sentí sin embargo que estaba contento, porque había cantado y con éxito.”

No fue el único debut de Zitarrosa. También actuó en televisión gracias a Luis Macci y César Durand, publicistas que usaron sus influencias para hacerlo cantar en un programa de Canal 13, donde cobró 50 dólares y cantó “Guitarrero”, del argentino Carlos di Fulvio, y su “Milonga para una niña”.
Pero no mucho después dejó Lima; sólo pensaba en volver a Uruguay. “Lo despedimos en la estación de Morales Moralito que iba directo a Buenos Aires, mi papá estaba invitado al viaje inaugural y se lo regaló a Alfredo.” El periodista, el poeta, el locutor, regresaba cantando.

En Montevideo siguió cantando, cada vez mejor y para más gente. “Por César de Ferrari nos enterábamos que iba teniendo éxito como cantor, pero sin mayores detalles. En el 66 fuimos a Uruguay. Gyuri era coordinador de la Escuela Nacional de Arte Dramático, y se había decidido a crear una compañía permanente con los egresados, queríamos que Atahualpa del Cioppo viniera a formar directores y fuimos a contratarlo. Estábamos en Buenos Aires, y por una actriz amiga de Alfredo que allí encontramos se enteró de que llegábamos. Le pedimos que no se lo contara, que era una sorpresa. Pero se lo contó y la sorpresa fue nuestra, llegamos en ómnibus, después de cruzar a Colonia en el aliscafo, y allí estaba Alfredo, esperándonos abrazado a su primer disco.”

El reencuentro duró toda la noche, toda la madrugada. Y otra despedida. Hubo otro reencuentro, siete años más tarde, en el Teatro Municipal de Lima, en un aciago año de penas grandes. Eloy Jaúregui, periodista, poeta, escritor, cultor de salsa dura, la de Lavoé, y de milongas sangrantes, las de Alfredo, lo recuerda: “Era setiembre de 1973. Estaba con mis camaradas poetas. Aparecen en el escenario los guitarristas: Nahuel, Labrín, Amaya y Del Prado, todos de negro, sentados. Hay silencio. El chorro de luz busca en la oscuridad del fondo, y de pronto aparece, también de negro, Zitarrosa. Y su voz polifónica se alza y dice: ‘Señoras y señores. Les pido un minuto de silencio. Acaban de confirmarme que el presidente de la hermana República de Chile, el compañero Salvador Allende, ha muerto asesinado por unos milicos de mierda’. Era la noche del 11 de setiembre de 1973. Todos teníamos los ojos enrojecidos y los puños apretados”.

Fue por Eloy que supe de Reynaldo Naranjo.

II. REYNALDO. “¡Huy!… ¿De Alfredo?”, dijo Reynaldo Naranjo a través del celular, tras varios segundos para asimilar la propuesta de conversar sobre Zitarrosa, es decir, de regresar cincuenta años atrás. “Claro que quiero, pero… hablar de Alfredo es muy fuerte, no me esperaba esta sorpresa.”

Reynaldo es poeta. Perú exhala poetas desde siempre, desde Parra del Riego hasta Vallejo, y siguen. Naranjo es de los buenos, “pero para poder vivir, para poder comer, era periodista”, dice como pidiendo disculpas. El ambiente en que se movió Zitarrosa en Lima era el de la poesía, el periodismo; su voz todavía estaba reservada para los amigos, y los amigos de los amigos.

“Conocí a Zitarrosa una de esas noches eternas de Lima, ni sé dónde, me lo presentó Calvo. Yo trabajaba en la revista Caretas, era crítico de arte. Con Arturo Corcuera, Tomás Escajadillo y otros habíamos fundado La Casa de la Poesía. La casa… bah, un par de piezas que se caían a pedazos, en la bajada de Baños, bajo el Puente de los Suspiros en Barranco. Un lugar de refugio para poetas, cantores, artistas; recuerdo muchas charlas ahí con Alfredo, entre poesías, canciones, vinos. Víctor Jara también pasó por ahí, ¡qué nenes!”

¿Cómo era aquel Alfredo joven? “Querible. Apenas lo veías, tenías que quererlo, tenías que rendirte, por su forma de hablar, su serenidad, sus ganas de reflexionar antes de responder cualquier cosa, con mucho ingenio, no hablaba huevadas. No me olvido de sus cejas; cuando se ponía serio algo hacía con las cejas o algo le pasaba, porque en ese momento, ¡a la mierda!, no estaba con nadie… estaba solo con él, y algo te iba a decir, algo importante, ¡o quería empezar a cantar!”

César, Alfredo y Reynaldo eran jóvenes, vivían la noche, la bebían.
“Íbamos a las peñas del Rimac, de La Victoria,1 ahí le gustaba la Felipe Pinglo. Pero, ¡ojo!, peña, no jarana, en la peña no se baila, se escucha y se canta. Le gustaba mucho el vals, cantarlo para nosotros. Íbamos a los Barrios Altos, por el cementerio, por ahí vivía la hija de Victoria Angulo, ‘la flor de la canela’, Juanita Loyola. Él todavía no conocía a Chabuca Granda. Tomaba vino y whisky, pero a lo cowboy, sin hielo y de una, le llamaba escopetazo… Hablaba de Peñarol, era hincha, y acá se hizo de Alianza Lima.”

Y un día se fue.

“Extrañaba mucho, estaba repleto de nostalgia, creo que Lima con su clima feo, gris, esa llovizna invernal que nunca se decide a ser lluvia, pero jode, no lo ayudó, exacerbó esa tristeza. Por eso cantaba, para regresar, o tal vez lo ayudó, fue esa nostalgia que lo hizo cantor. Yo no lo recuerdo cantando una canción de felicidad, volvió a Uruguay y acá nos íbamos enterando de sus éxitos, eso nos hacía felices, nuestro hermanito poeta se nos había vuelto cantor.”

Muchas veces regresó Zitarrosa a Lima, y nunca olvidó a sus amigos.
“Alfredo era un señor. Cuando estaba de gira no dejaba de venir a la casa de Chabuca y allí nos reuníamos. Nos encontramos una vez en Madrid, él no podía regresar a Uruguay, estaba triste. Conversamos, nos despedimos con un abrazo, y nunca más lo vi. Abrazar a Alfredo era algo extraño, como abrazar el aire, el viento, era abrazar su voz, sus canciones, su vida… su país. ¡Eso! ¡Abrazar a Zitarrosa era abrazar a Uruguay! Sí, carajo, eso era.”
La puerta de Jirón Carabaya 413 siempre está cerrada a candado, como guardando un recuerdo. El local de los Gamarra es una sandwichería con sazón peruana, símbolo de estos tiempos de gastronomía a tope. Pero algo no ha cambiado, Lima y Perú siguen pariendo poetas y alimentando nostalgias con su clima. Y me consta.

1. Rímac, La Victoria y Barrios Altos son antiguos barrios populares.

Publicado en BRECHA. Enero 2015.

Publicado en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui | Deja un comentario