Armando Manzanero / Héroes bizarros 796

Armando Manzanero:

Voy a apagar la luz (I)

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Armando Manzanero había vencido la muerte de los amores contrariados. Y era el padre de miles de hijos porque sus temas románticos habían provocado los idilios más tórridos y memorables. Pero el virus de la Covid-19 lo doblegó el 28 de diciembre del año pasado. Este es un fragmento de su perfil como artista y un hombre bueno. Se iba a llamar “Contigo aprendí” pero mejor apago la luz para pensar en sus boleros y esa amistad de un mexicano nacido en el Perú.

Para Marita Cuzma

1.

Armando Manzanero era de talla small (un metro y cincuenta y cinco centímetros) y la vez que participó con Diego Armando Maradona en la película “El día que Maradona conoció a Gardel” de 1996, ambos lucían como dos gigantes descomunales XL filmados para la eternidad. Y en esas llanuras habitan ahora, muertos de solemnidad cantando cual dúo tomados de la “Mano de Dios”, cada quien en su duende, cada cual en la maraña de lo popular y en su aureola masiva de sus hechizos y sortilegios. Porque el Diego inventó la alquimia del artificio y Manzanero patentizó el canto ardiente de la seducción. Los comparo ahora de difuntos –tan de moda en estas horas de pandemias– pero son inmortales y disímiles como el aceite de oliva y el agua bendita.

Allá en Ticul, un simpático municipio cerca a Mérida, está la casa donde Armando Manzanero pasó su infancia. La vivienda es clasemediera de fachada celeste, una planta, tres ventanas y está empapada por la brisa cálida y húmeda del Caribe mexicano y equidistante entre la provincia cubana de Pinar del Río y el puerto mexicano de Veracruz. Manzanero bebió así de esas melodías retozonas y melosas de la lubricidad de su geografía. Por aquello le entró a esos ritmos de cabotaje pirata y se hizo ducho en el bolero, primero con guitarra y luego con el piano que ya era instrumento distinguido para la comarca.

La idea del bolero le fue difusa. Con su familia musical tocaban todos los aires románticos de esos que empellejan. Pero Manzanero sufría del síndrome de los amores escalfados, aquellos que las erisipelas del alma tornan imborrables. Y así existió lleno de romances durante siete décadas de su aliento con una rotunda máxima e ideal: “mientras haya una pareja que se enamora, existirá un bolero, el himno para ensamblar los corazones”.

Y ahí siguen de moda sus temas: “No”, “Adoro”, “Esta tarde vi llover”, “Voy a apagar la luz”, “Contigo aprendí”, “Como yo te amé”, “Te extraño”, “Por debajo de la mesa”, “No sé tú”, “Nos hizo falta tiempo” y “Nada personal”, que son apenas una muestra de que Manzanero cumplió la promesa que solía repetir cuando, ya siendo un compositor de leyenda, le preguntaban si pensaba en el retiro y el replicaba que los compositores no se retiran solo los muertos cuando se les rompe el piano.

2.

Debo confesarlo, Manzanero fue mi cupido personal. Un talismán de bolsillo. La vez que escuché aquellos versos de “Contigo aprendí”: Que puede un beso ser más dulce y más profundo/Que puedo irme mañana mismo de este mundo / Las cosas buenas ya contigo las viví…, aquello fue un deslumbramiento. Y yo que andaba enamorado pero desahuciado de mi vecina Marina, tomé un segundo aire y esa misma tarde, a pesar de que los dos teníamos once años, le propuse matrimonio. Cierto, fue un acto fallido, pero desde esa vez no he dejado de cantar boleros manzaneros.  

Y Manzanero fue breve y ortodoxo con licencias para amar. Porque él siempre supo que existió un bolero –no el de Ravel–, más que cubano, aquel que nació en las carabelas en medio de las tempestades del Atlántico y el Caribe y que hoy habita en el sustancia latinoamericana. Y cierto que proliferan otros, boleros y sus bastardías, que tienen semas que se divulgaron con profusión en las naciones que se iban independizando de los rigores del canon amariconado del otro glúteo del mundo. Lo ocurrido en México, que besa las Antillas, es un caso especial (¿qué no es especial para los mexicanos?). Y promovió el bolero de solistas aflautados, de tríos, de orquestas, de mujeres carnosas y de machos rancheros.

Fue así que, paralelo a las industrias de los discos y el cine, fueron surgiendo boleristas tenores de tesitura diamantina como Tito Guízar, Juan Arvizu, Alfonso Ortiz Tirado o el mismo párroco José Mojica. Y ya con Pedro Infante, Jorge Negrete o Javier Solís –jamás Luis Miguel–, propagó el virus de aquella bolerística que antes solo servía para el engorde agónico y que luego fue himno de los despechados bien remachados.

Por ello, siguiendo los mandamientos de los maestros mexicanos José Alfredo Jiménez o Luis Demetrio o Vicente Garrido o Roberto Cantoral, citaré el bolero filosófico mexicano, a la manera de aquel Seneca de los ardores, Roberto Cantoral, que ya venía con lava del bajo vientre y que llamó “La barca”: Hoy que mi playa se viste de amargura/ porque tu barca tiene que partir/ a cruzar otros mares de locura / cuida que no naufrague en tu vivir / cuando la luz del sol se esté apagando/ y te sientas cansada de vagar /piensa que yo por ti estaré esperando/ hasta que tú decidas regresar.

3.

Y fue precisamente Roberto Cantoral quien lo sedujo para irse a trabajar solo como músico en Ciudad de México. Y en las noches de ese D.F. nunca le faltó trabajo porque se hizo compinche de gente de música, con solera y trayectoria. Manzanero jamás se olvidaría de la amistad de los maestros Rafael de Paz, Manuel Esperón, Gonzalo Curiel; grandes arreglistas como Jorge Ortega, Roberto Pérez Vázquez, Mario Ruiz. Y luego ya llegaron las composiciones propias y los discos y la fama de que, pese a ser un chaparrito, era un gigante de las melodías para amar.

Pero Armando Manzanero tiene otro germen porque es de otra laya. Yucatán, que es la península bañada por el mestizaje obstinado y lácteo de nativos, caribes y africanos, generó –al contrario– melodías pulposas y únicas. Engordó así aires, categorías y subgéneros. Por ello existe la trova yucateca que se puede diseccionar en tres campos: el bambuco que lo asumieron del ventarrón colombiano; la clave, hoy con un tufo a lo que llamamos bachata y, el bolero genuino de ascendencia cubana. Pero en el siglo XX también cantaban valses, pasillos, habaneras e incluso jaranas, una danza musical nativa solo cultivada por el folclore de Yucatán, con metales y marimbas.  

Armando Manzanero fue músico de vientre. Alimentado por estos aires y géneros de su tierra, no obstante, tuvo su telón y/o talión de Aquiles: el bolero. Pero era un bolero mataperro. Muchas veces –y por haber vivido en Lima­– confesó que muchos de sus primeros éxitos (“Adoro”, “No”, “Esta tarde vi llover” y etc.) fueron creados por las bases rítmicas de los valses peruanos. Así recordaba a Chabuca Granda, Manuel Acosta Ojeda o Juan Mosto. Discutible pero no imposible.

Armando Manzanero con Tania Libertad.

4.

La historia de su cariño por el Perú viene desde 1963 cuando llegó a Lima como pianista acompañando al cantor argentino Daniel Riolobos. Productores mexicanos tuvieron la idea de realizar un quinteto de películas en el Perú. Sus pares peruanos eligieron a los mejores artistas nacionales –Luis Álvarez, Patricia Aspíllaga, Regina Alcóver, Mario Velásquez “Achicoria”– quienes rodaron en Lima junto a Antonio Badú, Mauricio Garcés, Manuel “Loco” Valdez, unas cintas donde lo único recordable fue la música de Armando Manzanero.

El maestro Manzanero vivió dos años en Lima. De ahí su amistad con artistas como Chabuca Granda, Edith Barr, Óscar Avilés, Lucho Macedo y muchos más. Y en Lima también se enamoró de la modelo Teresa Ojeda Rodríguez con quien tuvo dos hijos: Rodrigo y Mainca. Luego de marcharse a México, Manzanero jamás olvidó sus obligaciones con su familia peruana y siempre hablaba de ellos con una emoción singular.

Él sabía lo que era vivir con los bolsillos apretados y no olvidaba sus orígenes, allá en Ticul, Mérida. Pero, además, antes de la fama, se ganaba la vida con modestas orquestas, tocando el acordeón y luego el piano. Hasta que estrellas como Lucho Gatica o Olga Guillot lo reclamaron, y de ahí su renombre. Hasta que se puso a componer sus propias canciones e imprimió ese estilo tan personalísimo a pesar de no tener una gran, pues Manzanero decía que él era un juglar, un trovador popular y remataba: “Los trovadores nunca hemos destacado como cantantes. Trovador fue mi padre, trovador soy yo”.

CONTINUARÁ

Con Chabuca Granda.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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