ERNEST HEMINGWAY / Héroes bizarros 713

Hemingway para abstemios:

PAPA, TOMEMOS OTRO TRAGO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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Al escritor norteamericano Ernest Hemingway  (Oak ParkIllinois21 de julio de 1899 KetchumIdaho2 de julio de 1961) le gustaba que lo llamen ‘Papa’.en La Habana. Hablar de él hoy en Cuba, es tan cálido como referirse a Benny Moré o al Cuba libre. Y recordamos a este gigante de la literatura por su vida tan intensa y que cansado de ella,  se mató una mañana de 1961 en EE.UU. No obstante, sigue vivo en su isla querida de Cuba donde produjo lo mejor de su obra y fue feliz. Ahí está su casa, su yate, sus bares y sus hoteles. Él decía que  la felicidad era la cosa más rara que conocía entre la gente inteligente y que apenas se necesitaban dos años para aprender a hablar y sesenta años para aprender a callar. El cronista Eloy Jáuregui siguió sus pasos en ese universo habanero y se tomó varios tragos con ‘Papa’.

1.

La mansión y jardines de Finca Vigía tienen más de 4 hectáreas de extensión en medio de las casas modestas del poblado de San Francisco de Paula a 45 minutos del Centro de La Habana. Hoy es el museo más grande de Cuba. Cierto, la casa y La Habana fueron las únicas residencias estables que tuvo Hemingway en su agitada vida de periodista y escritor. Allí vivió la mitad de su existencia, escribió parte de Por quién doblan las campanas, A través del río entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta e Islas en el Golfo y mandó a la mierda a cuanto periodista cojudo llegaba a entrevistarlo.

La casa es blanca de varios ambientes en el suave declive de un promontorio desde donde se observa allá a lo lejos los edificios habaneros, el Habana libre y el Focsa, entre otros. Cuando en 1940 Hemingway adquirió la casa argumentaba que se mudó a Finca Vigía porque para ir a la ciudad no hacía falta más que ponerse los zapatos, porque se podía tapar con papel el timbre del teléfono para evitar cualquier llamada, y porque en el fresco de la mañana, se trabajaba mejor y con más comodidad que en cualquier otro lugar del mundo. Además, estaba a tiro de Cojimar, el puerto donde tenía anclado su yate Pilar, que cuando le daba la gana, se lanzaba a navegar hacia la corriente del Golfo, “El Gran Río Azul”, a 35 minutos de su casa, donde hallaba la mejor y más abundante pesca  –ese merlín que lo atraía más que una mujer–  que había visto en su vida.

Para llegar a Finca Vigía contraté el potente coche Chevrolet del comandante Félix Arguello y con él incluido. Arguello es un guía sabio, frondoso en el detalle y el chisme y cómplice para hallar buenos bares y conversar con las mujeres más hermosas del planeta: las habaneras. Y cierto, encontré a Hemingway vivo, enérgico, extraordinario. En Finca Vigía se alberga una colección de más de 9.000 libros, revistas y folletos. 2.000 de ellos subrayados o con notas al margen del escritor, además de objetos personales como su máquina de escribir Underwood, los trofeos de caza, sus cachivaches encima del escritorio de su secretaria, el disco de Glenn Miller que dejó en el gramófono y volúmenes y tomos grandes y chicos en todas los anaqueles de las paredes y hasta en sus tres baños donde Hemingway leía con pasión. En abril de 1961, luego de su suicidio en Idaho, EE.UU., su cuarta esposa Mary Welsh regresó a La Habana y donó al Gobierno cubano la casona con la mayoría de sus pertenencias.

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Eloy Jáuregui en la puerta principal de la nave de ingreso a la casa Finca Vigía de Hemingway en La Habana, Cuba.

2.

Y ahora Hemingway me mira y lo noto animado aunque en realidad sonríe para su eternidad en ese busto monumento. El barman del bar El Floridita no es el viejo Constante –en realidad, el catalán Constantino Ribalaigua Vert, quien fue su primer amigo habanero– pero si es constante con la atención al fornido escritor  norteamericano a quien le ha vuelto a servir una copa doble de Daiquirí. Es la sexta del día, me dice y yo le pido una igual. Joder, no es trámite sencillo. Hemingway vive en El Floridita desde hace décadas y el sitio es un mítico restaurante bar en las esquinas de Obispo y Monserrate en el reparto de la Habana Vieja, donde Papa –así le gustaba que lo llamen los habaneros— convirtió el cóctel Daiquirí en un clásico insuperable de los cocteles cubanos.

Ernest Hemingway llegó por primera vez a La Habana en la primavera de 1928 a bordo del vapor francés “Orita” para una breve escala de dos días en su travesía a Cayo Hueso en EE.UU. Cierto, eran aquellos días en que andaba con el genio endemoniado tratando de que la escritura de su novela Adiós a las armas no sea menos que una obra de arte. Luego, regresó y pasó largas temporadas en la isla. Al principio se alojó en una pequeña habitación del antiguo hotel Ambos Mundos en la esquina de las calles Obispo con Mercaderes, a tiro de piedra del también mítico bar, La Bodeguita del Medio. Y es verdad, con Hemingway, todo era pequeño porque además de ser un gringo alto y pesado, jamás estaba quieto. Entonces, desde esa habitación del quinto piso, Papa observaba toda la bahía habanera, aquel mar donde ubicaría luego las geografía de su pasión, su escritura.

Ahora, Ernest Hemingway quieto nos observa como quien quisiera que le respondan: ¡Salud, Papa! El Daiquirí de él no es el cóctel que hoy estoy saboreando. Tenía otro calibre y Hemingway se jactaba en esos días, para variar, que él había sido el autor de la receta epónima. Con Constante, una mañana donde el calor lo derretía todo, convirtió esa barra de El Floridita en su laboratorio. Así, combinaron dos tanganazos de ron Bacardí blanco cubano, con un gancho de jugo de limón, una maroma de azúcar, unas lágrimas de licor Marrasquino y para completar el potingue, harta raspadilla de hielo. Luego solo el orgasmo en la garganta y más abajo.

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Papa Hemingway en su puerto, la pequeña bahía de Cojimar donde anclaba su yate Pilar y más allá su bar La Terraza.

3.

Hoy he desandado sus pasos en La Habana Vieja. Desde El Floridita hasta el hotel Ambos Mundos hay exactamente ocho cuadras. Lo siento, ahora anda atiborrado de turistas asiáticos que estoy más seguro, desconocen la literatura de Papa. En julio, el calor en La Habana llega a los 40 grados pero con los Daiquirís, la sensación térmica supera al mismo verano en el infierno. En el hotel, don Julio Príncipe me atiende con cordialidad como seguro lo atendían a Papa. En la habitación 511 –un auténtico museo escrupulosamente cuidado– observo su escritorio breve con una máquina de escribir con una hoja de papel, todo dentro de una urna de vidrio que se ubica entre dos ventanas con vista a la bahía. Luego, sus anteojos y un lápiz amarillo sobre la tabla. Más allá, en el armario, cuelgan un chaleco de safari y otro de torero. Así, a simple vista, pareciera que Hemingway se acabara de duchar y ha dejado la habitación desordenada y raudo se ha ido en busca de su bar favorito. Pero no, aquellos objetos son la memoria viva que están allí desde 1939, y hasta en su cama de una colcha naranja, reposan desperdigados unos libros y revistas testigos de su vida en Cuba, esa “isla larga, hermosa y desdichada”, como la describió en su libro Las verdes colinas de África.

En la primera planta y contra las paredes rosas del hotel hay una placa de bronce donde se lee: “En este hotel Ambos Mundos vivió durante la década de 1930 el novelista Ernest Hemingway. Consejo Nacional de Cultura de Cuba”. En otros de sus viajes a Cuba, Hemingway descubrió Finca Vigía, una apacible casa de campo en el  barrio de San Francisco de Paula a 45 kilómetros del centro de La Habana. Papa pensó que ese era el lugar ideal para vivir y en 1940, cuando andaba de luna de miel con su tercera esposa, la periodista Marta Gelhorn,  alquilaron la casa  a 100 dólares mensuales para adquirirla luego. toda la propiedad en 1949, en 18.500 dólares. Dinero que obtuvo por sus derechos de autor de la novela Por quién doblan las campanas.

En una carta de 1952, Hemingway le escribe a su amigo Karl Wilson: “Me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré finalmente cuando se publicó Por quién doblan las campanas. Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina. Me levanto temprano cuando sale el sol y me pongo a trabajar y cuando termino me voy a nadar y tomo un trago y leo los periódicos de Nueva York y Miami”.

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Eloy Jáuregui en el muro de la pequeña bahía de Cojimar donde Hemingway llegaba a mitad de mañana luego de trabajar en Finca Vigía.

4.

Quienes lo conocieron o trabajaron con él, como su mayordomo René Villarreal, han contado que Hemingway “escribía todos los días, era muy puntual en su trabajo y era un lector incansable, a veces estaba leyendo dos y tres libros a la vez”. Hace unos años, en un coloquio sobre Papa, Villarreal recordaba que el novelista “escribía alrededor de mil palabras desde las seis de la mañana y hasta el mediodía y cuando más o menos tenía calculado que las tenía, las contaba, apuntaba la cantidad, y tapaba la máquina de escribir con una toalla”. René recordaba también que luego le pedía el primer trago porque mientras estaba escribiendo él no bebía. Hemingway mientras escribía tomaba un vaso de de ginger o jugo con una rodaja de limón y agua de coco. Después, como todo maniático, rigurosamente hacía sus ejercicios, pesas, mancuernas, nadaba en su piscina y cuando terminaba, se pesaba en el baño y allí hacía anotaciones en la pared sobre su peso y escribía sus observaciones, si es que bajaba o subía de libras, mismo boxeador.

Y no lo dudo, que hay una fauna que lo quiere y otra que lo odia. Quienes amamos el periodismo queremos a Hemingway. Aquello me trajo a La Habana. Es esta ciudad, única, solo descrita a silencios estruendosos por la escritura. En todos sus paraderos, él hizo periodismo y del bueno, aquel que queda para reconstruir los laberintos de la humanidad y hacer de la noticia un hecho imperecedero. Él que fue un hombre de prensa y de escrituras totales, fue borracho y mujeriego. Entonces no era un santo, claro que no. Al contrario, era un gringo pendejo y trompeador. Pero uno lo admira también por su rigor,y sobre todo por esa ciencia rupestre para trabajar con lo preciso y lo suficiente. Por eso sus crónicas y reportajes tienen la contundencia de sus cuentos. El rigor, sí señor, y la amplitud de la brevedad que destronca aquella premisa de los propios maestros norteamericanos, que los hechos noticiosos una vez sabidos ya no existen más. Pero en Hemingway, las noticias y sus personajes, son los registros históricos de la bondad y la maldad de los humanos.

Hoy recuerdo una entrevista memorable que le hizo el periodista George Plimpton para Paris Review en su casa de Finca Vigia donde Hemingway teoriza sobre su técnica. Decía Papa que escribir literatura amerita una comodidad económica y buena salud. Para hacer periodismo, era todo lo contrario, había que tener hambre. Y Decía también: “que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono (…) Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin”. Ahí Papa es maestro porque sabía parar a tiempo con su esfuerzo porque estaba seguro de cómo iba a escribir al día siguiente. Aquello como fórmula secreta contra la maldición más cruel de los escritores: la agonía matinal frente a la página en blanco.

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A 2 kilómetros de la casa de Finca Vigía, está el bar de Hemingway en Cojimar. La Terraza donde hoy existe un pequeño museo.

5.

Ahora ingreso al restaurante La Terraza en el puerto de Cojimar y para variar me espanta un trío de gordos que cantan y tocan las peores rumbas de La Habana. Hemingway por temporadas, pasaba todas sus mañanas en el salón de comidas. Infinidad de veces, acompañado por Gregorio Fuentes (natural de Lanzarote, en las Islas Canarias), oficial de su yate Pilar y acompañante durante años del novelista en sus días de pesca por las aguas del Caribe. De Fuentes se dice que sirvió de inspiración para que Papa describa al personaje de Santiago, el viejo pescador protagonista del libro El Viejo y el Mar, con el que ganó en 1953 el premio Pulitzer y que hizo puntos para que en 1954 se le otorgue el Nobel de Literatura. En La Terraza de Cojimar el escritor sigue vivo. Ahí, en una esquina y junto a los ventanales, está su mesa reservada y el sitio resulta un lugar de peregrinación entre sus devotos. Entonces pido un Daiquirí (esta vez azul) y en el comedor, amplio y luminoso, Abel, el mozo, ya intenta seducirme con su oferta de platos de pescados y mariscos de temporada pero que resultan más caros que una cirugía al corazón.

Regreso a la casa y fue aquí, en Finca Vigía, su paraíso, donde concibió y escribió obras maestras. Esta fue la casa que Martha Gellhorn, su tercera esposa y también periodista, la descubriera para él. Ella no era mujer del tráfago de habitaciones de hoteles en la ruidosa Habana Vieja. Hemingway adoraba esta propiedad: su fortaleza y refugio, hogar donde sus hijos jugaban con los niños de San Francisco de Paula y sus gatos hacía literalmente lo que les daba la gana. Tanta empatía logró en este rincón habanero de la isla, que cuando ganó el Premio Nobel , casi todo lo dedicó a su gente de Cojímar, sus pescadores cómplices. Amén de acondicionar su yate Pilar que luce intacto como un bar flotante, y con el que salía a cazar submarinos nazis y en el se le ocurrió por primera vez que podría contar una historia sobre un viejo pescador y un gran pez.

Siguiendo la orilla de Cojimar, con el sol inclemente sobre mi cabeza y el busto de Papa pintado con barniz dorado que brilla como una efigie de oro en la eternidad de una plazoleta que para variar se llama Hemingway,  esa tarde de julio he regresado a La Habana Vieja y Ernest Hemingway me sigue mirando y el barman de El Floridita nos vuelve a servir una copa doble de Daiquirí. Papa se suicidó en 1961 porque estaba viejo y cansado y hacía poco había dejado La Habana de sus pasiones. Ahora es solo esta escultura de tamaño natural que desde el 2003 fue colocada en el extremo izquierdo de la barra donde, acodado en ella, “invita” a todos los que lo queremos a tomar un trago con él. Brindar con él por la escritura y los amores que se fueron a la mierda ¡Salud Papa!

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Eloy Jáuregui al ingreso del bar restaurante La Terraza en Cojimar, el puerto de donde zarpaba Hemingway en su yate Pilar.

FINCA VIGÍA: EL PARAÍSO HABANERO DE HEMINGWAY

Cuando Ernest Hemingway llegó a Finca Vigía ya era bien conocido en La Habana. El Hotel Ambos Mundos, el bar El Floridita y La Bodeguita del Medio, formaban parte de su itinerario habitual cada vez que recalaba en la Isla.

La finca, situada en una colina de San Francisco de Paula, en las afueras de la ciudad, la encontró su tercera esposa, la periodista Martha Gellhorn, y a Hemingway le pareció ideal para la vida que deseaba.

El escritor justificaría su encantamiento: “porque para ir a la ciudad no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono para evitar cualquier llamada, y porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio”.

La pareja alquiló Finca Vigía en 1939 y un año después compró la propiedad. Hemingway, que no había ganado aún el Premio Pulitzer ni había publicado varias de sus obras más reconocidas, convertiría el lugar en un santuario para su escritura.

Cada mañana, mientras toda la casa se sumía en el silencio, golpeaba las teclas de su máquina, de pie y descalzo sobre la piel de un kudú cazado en un safari por África. Allí nacerían, parcial o completamente, obras como Por quién doblan las campanas, París era una fiesta, Islas en el Golfo, El Viejo y el mar…

Hasta allí llegarían también sus hijos y amistades, celebridades como Errol Flynn, Gary Cooper, Spencer Tracy y Marlene Dietrich, y desde allí partiría al cercano pueblo de Cojímar, a compartir con sus viejos amigos los pescadores, y a pescar en la corriente del Golfo, “el Gran Río Azul”, en su célebre yate Pilar.

En los veinte años siguientes a su llegada a Finca Vigía, Hemingway cambiaría de esposa, viajaría por el mundo, participaría en la Segunda Guerra Mundial y ganaría el Nobel de Literatura. Pero no se marcharía de su paraíso habanero.

Y aunque se fue definitivamente de Cuba en 1960 y murió un año después, en Idaho, de un disparo de su propia escopeta, Papa –como le llamaban en la Isla– no tuvo en su vida residencia más estable que la casona de San Francisco de Paula.

Donde se encuentra hoy Finca Vigía, a unos 15 kilómetros del centro de La Habana, estuvo emplazado un puesto de vigilancia del ejército español hasta finales del siglo xix. De esta función, le quedaría el nombre.

En 1887 el sitio pasó a manos del arquitecto catalán Miguel Pascual Baguer, quien construyó allí la espaciosa vivienda. Luego, tendría varios dueños hasta llegar al francés Joseph D’Orn Duchamp, a quien Hemingway y Martha Gellhorn la alquilaron primero y compraron después, en 1940.

Tras la muerte del escritor, el sitio fue convertido en museo. Cumpliendo la voluntad de Hemingway, su cuarta esposa, Mary Welsh, regresó a la Isla para recoger los manuscritos y las obras de arte, y donó al gobierno cubano el lugar con el resto de sus pertenencias, entre ellas los muebles, libros y trofeos de caza.

El museo, que lleva el nombre del célebre novelista, pero al que todos siguen llamando Finca Vigía, abrió sus puertas en julio de 1962, apenas un año después del suicidio de Hemingway.

Con 4,3 hectáreas, la finca tiene mucho que mostrar al visitante. La casona, rodeada de terrazas que facilitan la comunicación con las habitaciones, es la principal atracción. Asomarse a sus puertas y ventanas es como viajar en el tiempo. Todo se conserva como lo dejó el escritor, como esperando su regreso. En ella están sus más de 9,000 libros y revistas, su entrañable máquina de escribir, sus cuadros con motivos taurinos, las cabezas de búfalos y antílopes que él mismo cazara, su colección de cuchillos.

En el baño continúa estando la pesa en la que se pesaba diariamente; en el comedor, sus jarras y adornos venecianos; y en la sala, un gramófono con el disco de Glenn Miller que tanto le gustaba escuchar.

A un lado de la casa está el bungalow que Mary Welsh decorara para los hijos de su esposo y que ahora espera por una restauración. Del otro, la torre de 12 metros de altura, construida en 1947 y en la que Hemingway nunca llegó a escribir porque lo distraía la vista de La Habana en el horizonte.

Palmas, árboles frutales y otras plantas rodean la vivienda y hacen aún más agradable la visita. El sitio sufrió el golpe del huracán Irma en septiembre de 2017 pero, aunque todavía se ven las huellas en la vegetación, pudo ser reabierto en solo dos meses.

Bajando desde la casa, enclavada en lo más alto de la colina, un sendero conduce hasta la piscina, hoy vacía, en la que Hemingway acostumbraba a nadar media milla cuando terminaba de escribir. En ella, según se cuenta, se bañó desnuda la escultural Ava Gardner.

Muy cerca, en lo que en su momento fuera una cancha de tenis, reposa el yate Pilar con las banderas de Cuba y Estados Unidos. Construido con roble negro americano, en él Hemingway realizó sus legendarias pesquerías y persiguió submarinos alemanes alrededor de la Isla.

También allí descansan para la eternidad cuatro de los perros que tuvo el novelista en la finca, un amor heredado por los trabajadores del museo, que mantienen varios canes como mascotas. No quedan, sin embargo, descendientes de los más de cincuenta gatos que llegaron a vivir en la casa al amparo del escritor y su esposa.

Cada día, cientos de visitantes llegan a Finca Vigía, muchos de ellos extranjeros. Para los estadounidenses que viajan a la Isla a pesar de los impedimentos legales de Washington, resulta una visita casi obligatoria y los cruceros incluyen el lugar entre sus itinerarios en La Habana.

Allí son atendidos por veladoras, como la experimentada María Elena Otero, con más de dos décadas en el museo, quienes les explican sobre la vida de Hemingway y cuidan del tesoro que legara a Cuba el Nobel estadounidense. Un tesoro que Finca Vigía exhibe con orgullo en medio del paisaje paradisíaco que encantara al escritor hace ya más de medio siglo. / Eric Caraballoso

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Hemingway en Finca Vigía. Foto: Kurt Hutton / Stringer.

POR QUÉ HEMINGWAY SE MARCHÓ DE CUBA

En el 2008 se editó en La Habana  el libro “Hemingway: ese desconocido” escrito por Enrique Cirules y donde se narra los pormenores de las presiones a que fue sometido ‘Papa’. El texto está bien documentado y habla de ese Hemingway ignorado, que desde los años treinta sostuvo intensos amores en la capital cubana, navegó por los más insólitos parajes del archipiélago y persiguió de manera enconada a los submarinos alemanes en el Viejo Canal de Las Bahamas, desafiando vendavales y tormentas, entre arrecifes coralinos.

“El célebre escritor mantuvo durante más de treinta años enriquecedores contactos con la cultura cubana, aunque después de su muerte se le haya comenzado a tejer una imagen corrosiva, de personaje bebedor, irascible, supersticioso, desequilibrado y con manías obsesivas. En realidad lo que hizo aquí Hemingway fue forjar uno de los más fascinantes mitos que novelista alguno edificara durante el siglo XX. Escribió libros que nunca se atrevió a publicar en vida. Su casa de Finca Vigía, en las colinas de San Francisco de Paula, fue asaltada dos veces en la época del “macartismo”, por tropas del ejército provenientes del campamento militar de Columbia”, narra Cirules.

Y es que Hemingway solía andar por los sitios más apartados de la costanera y también de la esplendorosa Habana, en ocasiones con afamados artistas norteamericanos. Al mismo tiempo era amigo de pescadores, tortugueros, boxeadores, buscavidas, taberneros, choferes y personajes bohemios, en los más diversos barrios de la capital cubana.

En 1947 se le trató de implicar en la organización de una expedición contra el dictador Trujillo, y las tropas del gobierno de Ramón Grau San Martín asaltaron Finca Vigía, por lo que tuvo que salir huyendo y permanecer más de año y medio fuera de Cuba, en los antiguos escenarios de su novela Adiós a las armas. Con el mismo fin de molestarlo e inquietarlo, las fuerzas represivas del dictador Batista asaltaron también Finca Vigía en 1958, cuando la insurrección dirigida desde la Sierra Maestra por Fidel Castro era ya incontenible.

Todas estas dificultades que enfrentó Hemingway en La Habana habían comenzado a mediados de 1941, tan pronto como concluyó su novela “Por quién doblan las campanas”. Había regresado de una estancia en Camagüey: el puerto de Nuevitas, el central Santa Marta, La Gloria City y la misma ciudad de Camagüey, donde había escrito el prólogo a la novela La Gran Cruzada, del escritor alemán y combatiente de la Guerra Civil Española, Gustav Regler.

Al volver a Finca Vigía, Hemingway decidió organizar en La Habana una agencia de contrainteligencia antifascista. Es a partir de ese momento que en la imaginación de John Edgar Hoover —entonces director del Buró Federal de Investigaciones— la vida y la obra de Ernest Hemingway se convierten en un gran peligro para los Estados Unidos. Era la época en que las intensas operaciones desarrolladas por la Inteligencia norteamericana en Cuba coincidían con las maquinaciones que se estaban efectuando con importantes estructuras de la mafia.

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Hemingway y Mary Welsh.

El 8 de octubre de 1942, un agente de John Edgar Hoover suscribe un informe pormenorizado sobre los pasos que está dando Hemingway en La Habana. Al día siguiente ese mismo espía le advierte a Hoover que la esposa de Hemingway (Martha Gellhorn) le está haciendo una visita a la señora del presidente Roosevelt, con el objetivo de hablarle de cómo trabajaban aquí los servicios secretos norteamericanos.

El 17 de diciembre del mismo año, otro agente de los radicados en la capital cubana le comunica a Hoover que «Leddy ha informado que las actividades de Hemingway se han ampliado». Y añade: «(…) está llevando a cabo una investigación complicada con respecto a ciertos oficiales vinculados con el gobierno cubano, incluso al General Manuel Benítez y Valdés, director de la Policía Nacional de Cuba… Leddy está seguro de que los cubanos lo van a descubrir (…) y puede resultar un problema serio». Bien, ese sentimiento enfermizo que provocó la genialidad literaria de Hemingway en la mente de Hoover se extendió hasta casi diez años después de la muerte del gran novelista.

En 1959, el embajador estadounidense Phillip Wilson Bonsal ejerció una presión especial sobre el escritor para que se declarara opuesto a la Revolución Cubana y a Fidel, y hasta le trasmitió la amenaza de convertirlo en un traidor si no se iba de Cuba. Esta nueva revelación acerca del autor de El viejo y el mar pone de relieve la prepotencia del gobierno encabezado por Dwight D. Einsenhower y sus injerencias en los asuntos internos de Cuba. El nuevo embajador que el gobierno norteamericano envió a la Isla en 1959 pretendió que el escritor atacara especialmente a Fidel Castro, algo que Hemingway nunca hizo.

Hoy conocemos qué fue lo ocurrido —dice Cirules— a través del testimonio que nos ofrece la irlandesa Valerie Danb Smith, por entonces secretaria de Ernest Hemingway en La Habana, en su libro Correr con los toros. Ella explica los móviles que determinaron que el escritor tuviera que irse definitivamente de Cuba: «Lo que Washington deseaba de él, es decir, de Hemingway, era no solo que pusiera punto final a su residencia en Cuba, sino también que diera abierta manifestación de desagrado con el gobierno de Castro y el régimen cubano».

Y más adelante Valerie Danb Smith nos dice: «Ernest protestó: aquella era su casa, era un escritor, no veía que hubiera motivo para cambiar su forma de vida, su vida misma, su manera de ganársela. Los cubanos eran sus amigos, el personal de la finca era su familia: ¿Cómo iba un escritor a ejercer su oficio y preocuparse a la vez de las cambiantes situaciones políticas?

«Él había visto a los líderes ir y venir a lo largo de la historia —nos sigue diciendo Valerie—; había vivido en plena conmoción política durante los años que llevaba en la Isla, aquello no era asunto suyo. Su misión era escribir. A lo largo de toda su vida había demostrado su lealtad incondicional a Estados Unidos sin vivir en su país.

«Era reconocido en el mundo entero, sobre todo por ser un escritor norteamericano. Su lealtad a su nación nunca se había puesto en dudas. (…) Phil, que era un hombre sensible, amable, comprensivo, se mostró de acuerdo con Ernest. No tenía nada que rebatir, todo lo que dijo Ernest, lo entendía perfectamente. Pero le insistió en que en Washington alguien veía las cosas de otro modo. No entendían la situación tal y como la entendía Ernest. La destacada presencia de Hemingway en La Habana podría llegar a ser una situación embarazosa para su país.

«¿Por qué permitir que sucediera tal cosa, cuando estaba en su mano hacer uso de su influencia para lograr propósitos más positivos? Si el escritor no estaba dispuesto a adoptar una actitud propia de la figura pública en defensa de su país, podría verse obligado a soportar las consecuencias.

«La palabra “traidor” había salido a relucir. Phil reiteró que la conversación era de carácter estrictamente privado, no una comunicación oficial. Se trataba de una advertencia hecha por un amigo, pero debía hacer caso. En una condición de verdadero diplomático, Phil terminó su perorata y pasó como si tal cosa a tratar asuntos más livianos, sin volver a referirse a la cuestión. Solo estuvimos presentes Ernest, Mary, Phil y yo. No quiso ser una amenaza, pero lo era en el fondo. Ernest hizo como que no se lo había tomado en serio, pero a medida que pasaban los días, me di cuenta de que la amenaza de perder su casa y todo lo que representaba empezó a tener un gran peso en su ánimo.

«En su siguiente visita, Phil nos comunicó con tristeza que había sido convocado a Washington. Las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba se habían roto. (…) Tratamos de mostrarnos animados, de reírnos y comentamos que se trataba de una medida temporal, que pronto volverían las cosas a su cauce. En menos de un año volveríamos a estar todos a la misma mesa, acordándonos de ese momento y riéndonos sin temor a nada.

«Antes de marcharse, Phil recordó a Ernest lo que le había dicho en su visita anterior. Tenía más que nunca la sensación de que Ernest iba a tener que elegir manifiestamente entre su país y su tierra de adopción; iba a tener que hacerlo con claridad y de forma notoria, de modo que el mundo supiera de qué parte se encontraba. Nos abrazamos de Phil desde la escalinata de entrada; al marcharse, noté la tristeza que asomaba a los ojos de Ernest. Ninguno de los tres veríamos a Phil nunca más».

Y Hemingway trató de resistirse, pero el abismo que se abría entre Cuba y Estados Unidos era insuperable, ahora que Estados Unidos recibía y abrigaba a verdugos, torturadores y asesinos batistianos, a los políticos corruptos y a los mafiosos que habían convertido a la esplendorosa Habana en un refugio de casinos, burdeles y drogas.

Este descubrimiento de un nuevo Hemingway visualizando los destellos de un enorme, sorprendente y revelador iceberg, es que nos ayuda a descifrar al mismo tiempo elementos virtualmente desconocidos de la vida del escritor en la capital cubana.

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Hemingway y Fidel Castro en La Habana, 1960.

LA PELÍCULA “PAPA. HEMINGWAY IN CUBA”

Alguna vez, hace muchos años, los estudios de cine de Hollywood contaban fácilmente con los hermosos paisajes de Cuba para filmar sus películas. Desde la Revolución de 1959 eso terminó. Curiosamente, tras 55 años sin que un equipo de cine pisara la isla eso ha vuelto a suceder con motivo de la filmación de una película llama Papa. Por supuesto que no fue cuestión de armar las maletas y tomarse un avión en Miami. Hicieron falta llamadas y permisos especiales, en especial del gobierno estadounidense que, recordemos, mantiene un embargo muy fuerte sobre la isla.  ¿Y qué une Estados Unidos con Cuba de una manera no problemática? Pues la figura de Ernest Hemingway, el ganador del Premio Nobel de Literatura que adoraba la isla y vivió allí muchos años.

Hemingway vivió en su Finca Vigía entre 1939 y 1960. Vivió incluso algunos meses más después de que Castro llegara al poder, pero finalmente debió marcharse y su casa quedó como si  fuera a regresar. Aquí escribió muchas de sus mejores novelas y por eso no puedes visitar La Habana sin acercarte a conocer la finca. Pero más allá de eso el caso es que esta película, Papa, estuvo dirigida por Bob Yari y trata la historia de un escritor y periodista llamado Denne Bart Petitclerc que conoció a Hemingwayen 1958 y escribió incluso el guión antes de morir en 2006. Estando la casa, el barco, los libros y las cosas de Hemingway en Cuba no tenía mucho sentido filmar en otro sitio así que se iniciaron las gestiones. ¿Y por qué se llama Papa? Es que ese era el seudónimo de Hemingway, además de que el propio Petitclerc lo tomara como una figura paterna mientras estuvieron viviendo juntos en Cuba.

Cuenta la historia que Petitclerc era periodista en Miami y algo contrariado después de leer una reseña de Hemingway le mandó una carta y después, el escritor lo invitó a charlar a Cuba. Y bien, que finalmente y con muchos problemas se rodó la película sobre Hemingway en Cuba (se dice que Sharon Stone renunció porque Cuba no le ofrecía los estándares que ella quería).

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Papa, Hemingway en Cuba

(Para ver la película completa)

https://www.youtube.com/watch?v=v-Wu1GzXNNo&t=376s

Cómo se hizo la película

FRAGMENTO DEL LIBRO EL SON DE LA HABANA DE ELOY JÁUREGUI QUE SE PUBLICARÁ EN JULIO DEL 2020.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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