Gabo / Héroes bizarros 19

Cien años de soledad:

CUANDO GABO NOS COMPRÓ LA CASA

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Ahora que ya Netflix confirmó que Cien años de soledad nos llegará en el verano del 2021 –antes de la vacuna del Covid-19– en forma de serie y en dos temporadas bajo la producción de Gonzalo y Rodrigo García Barcha, los hijo del Gabito, habría que recordad la mar y morena que pasó la novela para ser publicada por Editorial Sudamericana de Buenos Aires en 1967 y que tuvo un primer tiraje de ocho mil ejemplares y varias historias sorprendentes.  Desde la portada realizada por un diseñador anónimo quien con un dibujo abstracto solucionó la falta de imagen para la cubierta pues el diseño de Vicente Rojo, encargado por el propio escritor colombiano, no llegó antes de la fecha de impresión, hasta la conmoción que produjo en Lima, pasando por el mísero estado financiero de Gabo quien no guardó ningún ejemplar de la novela y hasta la revuelta del colectivo de correctores que trabajaron en el libro donde hasta hoy se mantienen algunos gazapos. Esta también es mi historia.

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1.

La pequeña librería de viejo quedaba frente a la puerta principal de la casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y a la vera del Parque Universitario. Mi padre era librero de cabotaje, con mangas y quevedos. Sabio en filosofía, alquimia y entuertos poéticos. Las ganancias de la librería dejaban para la vida frugal y poco estridente de la familia. Una casa alquilada desde el oncenio de Odría en esa villa de Surquillo con vista al mal luego de que el viejo perdiera la antigua finca por esas arritmias del juego y la mirada de una china. En las tardes del verano, el sol caía directamente sobre los libros recién editados otorgándoles un brillo especial a títulos y autores. Mi padre era un hombre de un rictus tieso pero que en el fondo era amable y querendón.

Los que lo conocían, jóvenes y viejos escritores a quien él fomentaba su pasión por los libros, le confesaban más sus ensueños que sus penurias estando yo presente y si apenas llegaba a los 10 años. Mi padre, sin proponérselo, me contagió el apego por la creación poética y la liturgia libresca. Él mismo decía que a los libros había que quererlos como a las mujeres había que amarlas. Yo casi apenas entendía esa diferencia. Un día sí y el otro tal vez, mi padre me dejaba a cargo de la librería y se iba con poetas y narradores a conversar sobre utopías e indemnizaciones en los bares de por medio, el Palermo, el Chino-Chino, la Comisaría o La Llegada. Luego, embellecido por la alquimia de las cervezas, regresaba por la noche recitando a Mallarme o Pavese y, a paso de milongas silentes, regresábamos a casa en el tranvía Lima-Chorrillos y yo tomado de su mano.

En ese entonces, las universidades de San Marcos, la Católica y la Villarreal formaban un triangulo que tenía a la Plaza San Martín equidistante de la cultura universal. A finales de los cincuenta, el Centro de Lima era un portento con sus bares, cines y librerías –en ese orden. Los tranvías cruzaban a todas partes y Lima era una ciudad ordenada y menos inmunda. No existías los frikis ni los tacu-chaufa y mucho menos La tigresa del oriente o el perreo chacalonero. Mi padre era librero, de los de viejo. Su establecimiento quedaba en el mismo Parque Universitario. Pero no era el único. A tiro de piedra se ubicaba la más famosa librería del ejido, la de Juan Mejía Baca. Más allá, la de la familia Miranda, y al costado, la de los Laguna y más lejos, la de los Rupay. Pero estaban también las grandes firmar, “La Familia”, “Época”, “Studium”, “Losada”, “Internacional”, “Moncloa” y hasta “Horizonte”. El mundo era un libro, yo apenas unas páginas por garabatear.

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2.

En mayo de 1967 en Buenos Aires se imprimió la primera edición de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez bajo el sello de la editorial Sudamericana con un tiraje inicial de 8.000 ejemplares. El realismo mágico del libro lo convirtió esa vez en todo un suceso en ventas. Así, llegó a Lima y el efecto fue similar en librerías que las habían y por decenas. Mi padre una noche regresó a casa gritando: “Se me presentó la virgen”. Ese día había vendido los 20 primeros ejemplares de la novela de “El Gabo” y el viejo local recuperó el fulgor malva del éxito.

Un año más tarde, papá regresó igual de eufórico. “Ya tenemos casa propia” gritó al entrar. Cierto, gracias a García Márquez nos mudamos al flamante departamento del moderno edificio de la Residencia San Felipe. El libro se siguió vendiendo como pan caliente y hasta la fecha va por más de 30 millones de ejemplares y ha sido traducido a 35 idiomas. Eran los días que gracias a la descomunal venta del bendito libro mi padre le pudo hacer su ‘quinceañero’ a mi hermana mayor que ya tenía 18 años y obsequiarle una licuadora de 6 velocidades a mi madre. García Márquez, cierto, había cambiado el nervio alimenticio de la tripa familiar y yo pude estudiar inglés en el ICPNA.

No obstante, a pesar de su tropical refresco a las letras castellanas, de su ejemplar rigor periodístico, García Márquez siempre fue un personaje ajeno a las ansiedades literarias de los peruanos que ingresamos a un espiral de radicalismo ideológicos que ya tenía muertos ilustres como el poeta Javier Heraud como símbolo del guerrillerismo castrista y Luis De La Puente Uceda, del MIR, un ex aprista decente que rompió con el añoso partido de Haya de la Torre para irse al monte y morir aferrado a la ideología fresca del MIR. Y en esos años, aún antes de ser premios Nobel de literatura, Gabriel García Márquez  y Mario Vargas Llosa eran amigos íntimos. Aún sin ese celoso puñetazo vargallosiano en su ojo tumefacto que “El Gabo” hizo quedar para la posteridad gracias a la foto que se hizo tomar por el colombiano Rodrigo Moya en México el 14 de febrero de 1976, eran amigos entrañables.

3.

Aún sin presagiar que una mañana limeña de invierno asaltada por las resolanas de las venturas, cuando invitados por la Universidad Nacional de Ingeniería, tomaron posesión del auditorio principal y desnudaron sus demonios ante el “interrogatorio público” a la que fueron invitados. García Márquez era para los escritores peruanos un personaje, todavía, de exótica escritura. El diálogo no tuvo gran difusión en la prensa y más bien pareció una aburrida conferencia académica. Cierto, parece que a García Márquez  no le agradó ese indiferencia de sus pares peruanos que no regresó jamás por estas vides.

De aquel encuentro entre los dos exitosos novelista, el poeta Armando Arteaga recuerda: “Yo era estudiante de la academia Acuni. Estaba en el colegio todavía y me preparaba para ingresar a la UNI. Esa mañana el arquitecto Luis “Cartucho” Miró Quesada los presentó, también estaba Santiago “Santy” Agurto Calvo. García Márquez era muy parecido al poeta Elqui Burgos. Vargas Llosa era muy admirado por todos nosotros en ese entonces por estar a favor de la revolución cubana. Entre los asistentes recuerdo haber visto a Paco Bendezú, a Dalmacia Samohod, a José Miguel Oviedo. Recuerdo haberme sentado casi al lado del poeta César Calvo y el hijo de poeta cajamarquino Oscar Imaña, un barbudo que todas las tarde tomaba su café en el Tivolí”. Jorge Pimentel, aquella vez, comandó una caravana que partió desde el mítico bar “Palermo” y hasta la UNI. La poeta Rosina Valcárcel también asistió a ese tour de forcé por la llegada de ese “raro” colombiano pero fue un acontecimiento poco feliz porque García Márquez podía ser un espécimen del Caribe colombiano pero no era poeta rotundo, como lo imaginaban muchos.

Existen hasta dos ediciones en libro de este encuentro. La primera editada por la UNI del mismo 1967 y la segunda “La novela en América Latina: Dialogo” que es de 1991 auspiciada por Extebandes con diseño de Víctor Escalante, fotos de Carlos Chino Domínguez y un prólogo del novelista José Antonio Bravo. Amen, existe una fotografía de esa ocasión publicada gracias a Fernando Caller Salas de la Dirección de Bienestar Universitario de la UNI donde aparecen en la oficina del Rectorado de la UNI, de izquierda a derecha, trago en mano y de estricto traje oscuro, Gabriel García Márquez, el Rector Santiago Agurto Calvo, el Decano de Arquitectura Luis “Cartucho” Miró Quesada Garland y Mario Vargas Llosa. José Antonio Bravo recuerda que a la pregunta de Vargas Llosa de cómo era esa vaina de que Remedios la Bella se vaya volando al cielo, él dijo que esa era la realidad real de los imaginarios de los pueblos de ese lugar y contra esa mágica verdad no había cura.

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4.

Finalmente, Cien años de soledad fue impresa en el 30 de mayo de 1967, aunque salió al mercado la primera semana de junio. En 1965 García Márquez estaba en México, en una suerte de crisis creativa y alejado de la literatura, trabajaba en publicidad y en cine, pero ganaba muy mal. Así sentía que ya no le salían libros, que estaba un poco bloqueado. Su record era que no vendía mucho, sus libros vendían unos 1.000 ejemplares, 2.000 con suerte. Pero tuvo la fortuna de ser escogido por la agencia literaria de Carmen Balcells, de Barcelona, la que negoció que Sudamericana comprara sus libros y le publicara una nueva obra.

Como ya es historia conocida, el libro fue un éxito, pero también una gran apuesta: la primera impresión fue de 8.000 ejemplares, que se vendieron en menos de un mes. Para ese momento 8.000 ejemplares de un autor que no vendía más de 1.000 fue bastante ambicioso. Desde esa vez, más de cien ediciones y 50 millones de ejemplares vendidos ha tenido hasta ahora “Cien años de soledad”, estima Nicolás Pernett. ¿Y quién es Pernett? Es uno de los grandes especialistas en la obra de Gabriel García Márquez, fue curador del portal La Gaboteca de la Biblioteca Nacional de Colombia, es historiador y mágister en Literatura y ahora fue invitado a dedicar una temporada a estudiar el archivo privado del autor en la Universidad de Texas, en Estados Unidos.

La segunda edición se reimprimió casi de inmediato, en junio mismo. Pero había algo más: la idea es que la portada no fuera la que salió en la primera impresión, sino una que se le había comisionado al artista mexicano Vicente Rojo. La portada de Vicente Rojo usa la idea del juego de dados que se llama macondo. Pero con la portada de Rojo pasó algo más. Al empezar a recibir la edición, muchos libreros comenzaron a quejarse porque una “e” aparecía invertida. “Decían: ‘Me llegó la edición, pero con un problema, es que la ‘e’ está mal impresa”, cuenta el especialista. Varios hasta llegaron a devolver ejemplares, dice.

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5.

Tomás Eloy Martínez tiene una crónica excelente de cuando García Márquez llegó a Buenos Aires justamente en el invierno argentino del 67 a hacer la promoción del libro. Así cuenta: “Estaban en un restaurante, estaban cenando, y vieron pasar a una señora con la bolsa del mercado con los tomates y un libro de estos. Entonces García Márquez dice: ‘Si la señora lo compró es porque se va a vender bien'”.

Esta es la magia de nuestro Gabo de un libro maravilloso que a muchos nos cambión la vida y que empezaba así: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Así, García Márquez es controversial y está bien. Así sigue siendo ejemplo de constancia y honradez. Por ello lo recuerdo con cariño a sus 86 años, por mi casa nueva y por esta cita de su nacimiento y no de su muerte literaria: “Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana y con un aguacero torrencial fuera de estación, mientras el cielo de Tauro se alzaba en el horizonte. Estaba a punto de ser estrangulado por el cordón umbilical, pues la partera de la familia, Santos Villero, perdió el dominio de su arte en el peor momento. Pero más aún lo perdió la tía Francisca, que corrió hasta la puerta de la calle dando alaridos de incendio: –¡Varón! ¡Varón! –Y enseguida como tocando a rebato–: ¡Ron, que se ahoga! [De El nacimiento del Gabo] en “Vivir para contarla”.

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(Fragmento del texto del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS publicado en julio del 2013.)

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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