SHOPIA LOREN / Héroes bizarros 607

Divas adivinadas en el diván

Sophia, prepárame la pasta

El 20 de septiembre cumplió 86 años y regresó convertida en una matrona intensa, algo cascarrabias, pero más bella todavía. Sophia Loren nos regala así el film The Life Ahead, o “La vida por delante”, una realización de su hijo Edoardo Ponti, personalizando a una judía superviviente del Holocausto. Es una versión para su octanaje y envergadura, un auténtico homenaje a una dama del cine, profunda, desafiante y muy emocional. Cierto, Sophia luce arrugada, pero jamás las arrugas fueron más excitantes que nunca. (E.J.)

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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1.

Sophia Loren cocina. Como cocinan las mamás, las abuelas, jamás las amantes. Con asadura y cuajo. Y cuenta que, en su casa romana, y mientras esperaba el resultado del Oscar de 1962 donde era candidata a mejor actriz por ‘La Ciocciaria’ (Dos mujeres), película de Vittorio De Sica: “Me vino una iluminación. La salsa de tomate, justo, la salsa de tomate. ¡Qué boba no haberlo pensado antes! En la cocina me sentía segura, podría distraerme de esa ansia que no conseguía aplacar. Me puse a picar cebolla, y a cocinar la pasta entre otras cosas para ocultar las lágrimas que me caían, e inmediatamente me sentí mucho mejor”.

Sophia conoce de los dolores de panza a causa del hambre. Ya consagrada, hizo de su cocina su señorío y de su filosofía, una forma particular de exaltar la gastronomía. Ella siempre ha mantenido una relación muy particular con las cacerolas. De ahí sus dos libros: “La cocina con amor” y “Recetas y recuerdos”. Dos auténticos tratados sobre pastas, pizzas, gnoccis y otras delicias italianas. Leo con atención: “Para hacer la salsa, picamos la cebolla en trocitos muy pequeños y la doramos en el aceite de oliva. Una vez tome color, añadimos la panceta también cortada en trozos pequeños, y removemos hasta conseguir que quede dorada y crujiente. Luego agregamos la guindilla (ají) muy picado, el tomate y las hojas de albahaca y dejamos se cocine hasta que los sabores se integren y la salsa reduzca y espese. Serán necesarios unos 15 minutos”. Cierto, la conoce.

Sophia Loren es buena pobre y aprendió a cocinar con su abuela, durante la época de la segunda Guerra Mundial, por lo que su cocina es muy sencilla, basada en lo que haya en casa, o recetas de aprovechamiento. Para cualquier mortal que quiera ser inmortal, ella es la esposa perfecta. Que no daría para que me pegue un sopapo. Es inteligente, culta y de ideas progresistas. Tiene porte, donaire y garbo. Sandunga, hubieran dicho los cubanos, amén de que camina como cocina. Y cierto que un piurano habría gritado: “De tu mano, veneno”.

2.

¿Y alguien se atreverá a llamar abuela a esta mamita? Jamás, con los años, mejor el motor y chasís. Y Sofia Villani Scicolone, aquella mujer que nació en Roma hace 86 años en una familia modesta. Y que era agraciada de niña y beldad de mayorcita y bombón de madurita. Para el sétimo arte se llamó Sophia Loren y se convirtió, por seso más que por sexo, en una notable actriz italiana, ganadora de dos Oscar. Loren ha actuado en decenas de películas. Las mejores, Matrimonio a la italiana, Dos mujeres y El Cid. El American Film Institute la declaró como una de las intérpretes más importantes de todos los tiempos y una de las últimas leyendas supervivientes del cine clásico.

E incluso antes de ser Sophia, ella era una mujer sin H. Apenas, a secas y sólo Sofía. Pero como el grama de marras es mudo, los hombres con H la hicimos nuestra y simplemente la llamamos la “Loren”. En el film Matrimonio a la italiana, el galán y macho comprobado, Marcello Mastrioanni, la inventa como deseo cárnico y de “mamma” pasa a las filas –sin hacer el noviciado de la escuela de la donna— en la más grande de las “maggioratas”. Es decir, hembra superior, independiente de varón, emancipada del karma mamario.

Así como el mito es inmortal. Tal para cual, Sophia nos ha venido matando dulcemente y a cuenta gotas. Mi último infarto ocurrió en el 2007 cuando se anunció que ya había cometido el magnicidio de posar desnuda para el Calendario Pirelli 2007 –un almanaque no para fechas sino para fachas– y los italianos, que andaban en eso del Mundial enmudecieron. Marcello Lippi, el DT de los azzurris ya amenazaba con renunciar y el “Toro” Gatusso no quiso dormir la noche anterior al partido de la final de puro celoso.

En realidad, el planeta de la oscuridad de las salas de cine se sumergió en un silencio tan sonoro como inclemente. La señora Loren a punto de cumplir la edad de mi madre, 72 años, aparecería retratada como la enviaron a este valle de lágrimas, en pelotas, mostrando aquello que durante más de siete décadas sólo había lucido para el eterno anciano, Carlo Ponti, el esposo esposado. ¿Qué es esto? ¿En qué mundo habitamos? Fue un infernal grito al cielo, del que esto escribe y del recordado Marco Aurelio Denegri, experto en manuales sexuales. ‘No puede ser, que venga el fin del mundo’, se oyó en todo el globo terráqueo.

3.

Sophia Loren, sí señores, nada menos que en enorme foto –la llevo de afiche como el Corazón de Jesús– luce revolcándose como una gatita en cama king side, con baby doll negro por supuesto, con las sábanas hasta la cintura y con un hombre retratista de alongado y oscuro lente –un tal Winoodh Matadin, dizque holandés– como jinete sobre ella en una extraña pose que no imagino ni al mismo egoísta Goya en su saga de las Majas, todos ojos con erecto pincel. Retrato profundo, atemporal, punzocortante. Eso en el calendario, que desde esa vez sería mi calvario.

Loren, como nadie, resultó el cuerpo sagrado de mi generación en los cines de Surquillo y Miraflores. Más que la Lollobrigida o Marilyn Monroe, era admirada por grandes y chicos de todo Lima. En los 50 todas se parecían a ella, caminaban como ella, gozaban como ella. Ninguna como Loren –en plena pandemia la acabo de ver en dos cintas carnosas de Dino Risi: El signo de Venus (Il segno di Venere) y Pan, amor y… (Pane, amore e…)–, ninguna vida sin ella no vale la pena. Un tío se tiró al trago por sus besos. Y en mi casa la considerábamos de la familia. Pero, que pose desnuda, casi muda y sin bermudas, hasta el cielo estornuda. ¿Estaba con los fondos bajos? No creo. Ella que es pulpa palatina, necesitaba de los ojos del mundo, su alimento cósmico.

Existe una escena que no me canso de mirarla, por  inolvidable. Loren aparece con un vestido negro medio abierto, pone música mientras un expectante Marcello Mastroianni la observa en un rincón de la cama. Sophia comienza a quitarse el vestido al ritmo de la música. Aparece entonces su escultural figura en lencería. Se quita una media ante Marcello, quien sólo atina a aullar. Continúa con su striptease lleno de coquetería y seducción. Cuando está a punto de quitarse el sostén, recuerda que hay un asunto por el que no puede seguir y el coqueteo termina ante un incrédulo Marcello. Un verdadero coitus interruptus a lo bruto. Es de la película Ayer, hoy y mañana (“Ieri, Oggi e Domani”), estrenada en 1963. Sophia tiene entonces 29 años, está en el punto más alto de la popularidad y a un tris de explotar con el pleno esplendor de su legendaria belleza.

4.

Entre las sábanas o cortinas del lecho cinematográfico, lo mío fue el neorrealismo italiano. De Sica, Rosellini y después, Dino Risi y su maravillosa “Il sorpasso” con Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Y hasta que conocí a Sophia Loren –guardo la revista Life del 16/09/1966, donde aparece en la tapa con lencería negra— y la observé por enésima vez en Matrimonio a la italiana y me casé cazado al celuloide. Sophía fue mi alimento lácteo. Mujer vitaminosa, energizante, vaporosa. Dramática, de humor latino, de cuerpo monumental, de parlamentos lascivos. Desde, lejos de Italia en El pistolero de Cheyenne, El Cid y La Condesa de Hong Kong, dirigida por Charles Chaplin.

Fue (es) de los mitos vivos del cine universal porque desde Italia trajo/llevó –ya no sé– su sensualidad y su arte al mundo entero. Digo mejor, a mi hogar y a mi dormitorio. Pero si las bibliotecas fueron mi salvación, las actrices italianas fueron mi perdición. Silvana Mangano, Silvana Pampanini, Gina Lollobrigida, Monica Vitti, Laura Antonelli, Stefania Sandrelli, Agostina Belli, Ornella Muti, Monica Bellucci y ya no sigo. Las miraba, las revisaba y las repasaba. Las escenas de sexo duro me perseguían, el erotismo fue mi nepotismo, todas eran hermanas de mi mano derecha. No sé si me dejo entender. Por ello, el telón del cine fue siempre mi talón de Aquiles. Yo en ese entonces, Ulises sin perro de la RCA Victor que me ladre y huérfano de James Joyce, regresaba casi siempre a Itaca todas las tardes y a oscuras como un Homero hecho de sólo tacto. ¡Ah Itaca! la isla Itaca –bueno a los 13 años uno sospecha que no sólo le falta bigotes sino algo más contundente– aquel peñón en matinée –.

Es cierto que el cine de hoy no profesa el culto por esa galería-cama que fundaron las actrices italianas de aquellos tiempos. Hoy, sin cine europeo en estos tálamos del ojo seguro que me pierdo a las sucesoras. Apenas una que otra rubia desabrida forman el espectro de las estrellas de las “gringadas” y suponiendo que tengan talento, ninguna como Sophia Loren o Claudia Cardinale para alborotar el jardín de mis hormonas. Con las italianas uno las sentía tan cerca que la poesía tenía sentido –a la manera del poeta Paco Bendezú– para elevar odas y endecasílabos ante el altar de sus figuras divinas adivinadas en el diván.

5.

Loren, lo sé a ciencia cierta, perdón no conozco otra, poseía, en los días del Calendario Pirelli, un cuerpo todavía escultural, armónico y reducido gracias a una cura desintoxicante. Para El Vaticano no debió acometer semejante travesía. Pero Loren es eso precisamente, el inacabable viaje entre el cuerpo, el demonio y la imaginación y el tiempo. Ella, una mujer que desafió a su destino, a gran parte de lo que la naturaleza, tiene todo el derecho a romper la regla de la menopausia y la mojigatería. Y Sophia, en su momento fue abanderada –sin ropa interior– de las buenas costumbres del momento e inyectó según los letrados de su tierra, a las leyes italianas, apenas decencia y la metafísica del pudor.

Y desde que se casó con Carlo Ponti (ver recuadro al final), su longevo maestro y guía, desde que demoró la tan deseada maternidad, desde que en su condición de sex symbol forjó la cultura del voyeur bizco de placer solitario hasta este “desnudo tardío” que aparecerá para esta navidad y que para los pobres de la tierra será una suerte de pavo del gozo y sin horno. Pues nada, que Sophia es mejor que Roma, es decir, la mujer eterna, de columnas rijosas y monumentales, de osamenta bañada en carnes generosas para la gran final de la pandemia y sin vacuna. Y es y será la continuidad de corpus de otras esfinges sagradas del enorme pórtico del cine italiano. Veamos: Silvana Pampanini [Miss Italia 1946], Silvano Mangano [«Arroz amargo», 1949] Ivonne Sanson, Lucía Bosse, Rossana Podestá, Antonella Lualdi, Lea Massari, Gina Llollobrigida, Sandra Mila, Gloria Guida, Valeria Golino, ¿Sigo? Luego. Es la carne hecha arte o al revés.

Sophia es la continuidad de la belleza que soñamos desde la cuna y hasta la cama –yo imaginándome ser Rómulo y Remo en una misma persona y las italianas las lobas de leche para mis dientecitos de leche–. Y no me arrepiento. Sí alguna vez fue Laura Antonelli y otras Ornella Mutti. Sí, algunas noches también entraron a tallar Edwige Fenech y casi siempre Stefania Sandrelli o Sylvia Koscina o Agostina Belli. Y ya, déjense de cuatro cosas, lo diré por última vez, fue la parte posterior de Debora Caprioglio mi delirio. Sin embargo, me quedo con Sophia Loren quien habita en mi cuarto del noveno arte desde nonato. Ese habitáculo donde hablo solo y sólo del erotismo natural más que manual.

6.

Y aquí debo rendir homenaje a Terenci Moix quien llegó a decir que Loren “llevó el maggioretismo al extremo” –la mujer superior por reservada para la lujuria sólo para los que nos imaginamos cosas–, y agregaba que era una dama que supo reunir tres condiciones ideales para asegurar su estrellato por largo tiempo: “Ese físico fuera de serie, un talento cierto como actriz y el haber pescado tan tempranamente a un productor como Carlo Ponti. ¡Ah Ponti! ¡Cómo te envido! Pero estás muerto, igual, te llevo flores.

Cuando Ponti produce para Vittorio De Sica Dos mujeres, en 1961, y apuesta a que Sophia, de apenas 26 añitos provincianos, interprete a la madre de la adolescente en esta tragedia sobre la guerra, Loren se encumbra con el papel y aunque termina violada junto a la hija por una turba inclemente, más que madre es una mamacita, vejada por las tropas en guerra pero recuperada por los aliados del buen cine, ese que se inicia a las 3 de la tarde como aconsejaba García Márquez y evita el popcorn. 

Loren no es un ícono italiano. El popolo del mundo la admira porque su trayectoria y la influencia de Hollywood, la puso como mango, sofisticada y generosa. Con los hijos fue más dama todavía. Encantadora, como debe ser, jamás mezcló su hogar, su trabajo y su cuerpo. Que si hay un cine clásico ese es el italiano y Loren siempre fue una estrella, como la genial Anna Magnani, que hizo una carrera paralela en el teatro –que no entra en la categoría de maggiorata—pero que, por temperamento, ora puede ser mi hija, ora ser mi amante.

Sophía Loren. En el calendario Pirelli 2007

7.

Sophia tiene la edad precisa. Una dama ejemplar. De un tiempo en que las mujeres ya no se pasan los días cortando tomates. Hay algo de opulento en ella. Y a los hombres nos gusta la opulencia. Nos gustan mucho las mujeres que sabes por dónde pellizcar y con las que hay donde agarrarse. Y ya

lo dijo Descartes: “La mujer eterna es la que por lo menos tiene materia”. Por eso, desnuda a los 71 años o bisabuela a los 86, nuestra Sophia, sus senos y su seso, es Italia, es ópera, es pizza, es vino, es calcio. Y parafraseando a Jorge Eduardo Eielson, Roma no era más que sus mujeres. Sophia no es romana pero cuando ella tiende su ropa interior en el balcón en la cinta Una jornada particular jamás me vi ahorcado con la lencería de tamaño delirio.

Finalmente, ahora que repito y repito La vida por delante, su último film que está en Netflix recuerdo frases como; “Cuando pierdes las esperanzas suceden las cosas buenas”, pronunciada por la misma Loren, la dama de las grandes películas que se convirtieron en clásicos. Dueña de una mirada seductora y un cuerpo que hacía suspirar, la “donna” del neorrealismo italiano, esta vez madura, muy madura, a quienes cuando le preguntaban sobre su belleza eterna, Loren les aconsejaba: “Hay una fuente de juventud: está en tu mente, en tus talentos, en la creatividad que traes a la vida. Cuando aprendas a aprovechar esta fuente, habrás vencido a la edad”. Me venciste Sophia.

Fragmento tomado de “Las mujeres de mi vida” que será publicado en el 2021.

“MI VIDA CON CARLO PONTI”

No es necesario recurrir a un psiquiatra vienés para entender que fue precisamente la figura paterna lo que le atrajo de Carlo Ponti. Cuando se conocieron, ella tenía 17 primaveras, el productor estaba casado (nada menos que con la hija de un general), tenía dos hijos y le sacaba 22 años. Así que podía ser su padre. Además, la trataba con delicadeza, la aconsejaba, la animaba a estudiar, como soñaba que habría hecho el padre que nunca tuvo.

Yo no creo en las malas lenguas. Las conozco a leguas. Por ello me remito al testimonio de Sophia en su libro de memorias Ayer, hoy y mañana, Loren se refiere a su vida como un cuento de hadas. Su primer encuentro con el que sería el único amor de su vida, Carlo Ponti, ocurrió en un entorno que desde luego parecía el escenario de un relato moderno. Fue en septiembre de 1951 en Roma, en un restaurante que daba al Coliseo, en el Colle Oppio. Se celebraba allí un concurso de belleza, Miss Lacio o Miss Roma, la actriz no lo recuerda con claridad porque por una vez, no era ella que se presentaba. En la Italia de la posguerra, los concursos de misses eran una forma de promoción laboral tan exitosa como publicitada. De ahí habían salido Silvana Mangano, Lucia Bosé o Gina Lollobrillida. Ella misma, que entonces respondía al nombre artístico de Sofía Lazzaro, aunque en realidad se apellidaba Scicolone, se había presentado a Miss Italia el año anterior, donde obtuvo el título de Miss elegancia con un vestido prestado a última hora por una amable tendera.

Aquella noche en Roma Sofía estaba presente como comensal y no como concursante, acompañada de una amiga y dos jóvenes que las escoltaban. De pronto recibió una nota firmada por Carlo Ponti, que estaba presente también en el evento. El poderoso productor cinematográfico loaba su aspecto y la invitaba a participar en el desfile. Ella rechazó la nota, él envió un segundo escrito y sus amigos insistieron en que le hiciese caso, que podía ser bueno para su carrera. La joven acabó accediendo y obtuvo el segundo puesto, lo que era habitual en su currículum como concursante de belleza. Al final de la noche, Carlo Ponti se acercó a ella y se presentó: “Como se apresuró a decirme, había descubierto a grandes estrellas como Gina Lollobrigida, Sylva Koscina y mi adorada Lucia Bosé”. Sobre Lucia Bosé, escribía Sofía: “durante mucho tiempo fue un modelo para mí. Llevaba el pelo corto para parecerme a ella y, en efecto, un aire sí que tenía. Lucia también era la protagonista de un cuento de hadas porque de dependienta de la famosa pastelería Galli de Milán había pasado a convertirse en una actriz que trabajaba con los directores más importantes de la época. Un cuento que pertenecía a todas las chicas de mi generación y que hablaba de renacimiento, de gloria y de felicidad”.

Ambos fueron a pasear por un jardín cercano y la joven se preparó para el habitual cortejo en estas circunstancias. La diferencia de edad no parecía un impedimento en ese ambiente, aunque él tenía 39 años y ella estaba a punto de cumplir 17. Pero Carlo no se dedicó a loarla, sino que se interesó por su carrera y le preguntó qué aspiraciones profesionales tenía. “Me transmitió una sensación de seguridad y de familiaridad, como si nos conociésemos de toda la vida”. El productor le pasó sus datos para que fuera al día siguiente a su estudio a hacer una prueba de cámara. Sofía se encontró desfilando en bañador con un pitillo en la mano, cuando no había fumado nunca y era consciente de estar haciéndolo fatal. Un técnico protestaba: “Don Carlo, es imposible hacerle fotos. Tiene la cara demasiado corta, la boca demasiado grande, la nariz demasiado larga”. Ponti le sugirió que debería retocarse la nariz para acortarla un poco; ella se negó en redondo, consciente de que su belleza no se componía de intachables rasgos armónicos, pero existía y era notable. Un maquillador acabó por mover las luces de un modo adecuado para su rostro y la prueba dio sus frutos. Carlo y Sofía firmaron un contrato que acabaría siendo el germen de una historia que se prolongaría hasta el final de sus días.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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