Máximo Damián / Héroes Bizarros 201

Máximo Damián:

EL VIOLÍN QUE HACÍA LLORAR A ARGUEDAS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Un 12 de febrero del 2015 fallecía en Lima a los 79 años “El violinista de Ishua”, Máximo Damián. Todo un personaje del universo andino que llegó a Lima y vivió y pagó dramáticamente el precio de ser provinciano. Muy enfermo esos días, volví a sufrir del deporte nacional del olvido. Pero semanas antes, ya había sido enterrado por el olvido del Ministerio de Cultural que añadió otro muerto ilustre a su propio panteón de su torpeza elitista y burocrática. Máximo Damián, no obstante, desde el cielo sigue tocando en los fastos de la memoria y en el recuerdo de su “padre”, don José María Arguedas.

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El poema se llama “Figura en obsequio de la sombra”, pertenece a mi libro Profundo vello (Bizagra 2010)  y tiene un epígrafe en quechua: “Chuqchaytan wayra / Apachqan huaq huaqllamanta”. En español quiere decir: “El viento se está llevando / uno a uno el sueño de mi cabellera”. El epígrafe lo dijo esa vez Máximo Damián según tradujo el compositor Arnulfo Fuentes, mientras Hugo Crespo escuchaba. Cierto, ese domingo almorzábamos los cuatro en La Retama, el restaurante ayacuchano de Crespo en la Residencial San Felipe y Máximo Damián estaba contento, había tocado su violín con una dulzura portentosa y en una semana iba a viajar a España.

Damián que siempre fue el violista de José María Arguedas, llegaba temprano a mi casa cada mes y traía siempre, o una botella de pisco o una de caña. Entonces escuchábamos música peruana y veíamos videos de La Lira Pausina o Los Errantes o Jaime Guardia y ahí no más se ponía a recordar de cuando era niño allá en el Valle de Sandondo y luego, cuando llegó a Lima en los cincuentas y terminó tocando en el Coliseo Nacional. Entonces siempre evocaba a don José María, y a nuestros padres, y a nuestras novias, que eran varias.  A Máximo Damián lo conocí cuando ambos trabajamos en el Banco Central Hipotecario y él se había comprado su casa en Maranga donde se fue a vivir con su esposa Isabel Asto, entonces siempre había motivo para celebrar.

En mi libro El más vil de los oficios (Lancom, Lima 2012) Contaba de esa vez que estuve en la casa de Máximo Damián en Maranga y otra vez estaba contento. Entonces una y otra vez contaba de cómo había enamorado a doña Isabel Asto, su esposa, y cada versión era distinta. Y ella entonces lo abrazaba y se ponían a cantar “Cocaquintucha”. Aquel huayno de San Diego de Ishua, distrito de Aucará, provincia de San Juan de Lucanas en Ayacucho, que los paisanos entonan a la hora del aliento. Y me invitaban un pisquito y la memoria de José María Arguedas estaba presente en todos los rincones de la vivienda. Todo era sentimiento y eso lo explicaba después el maestro Damián a sus 77 años y ya con problemas en los riñones. Por ello cada fin de semana tenía que recibir su hemodiálisis. Pero igual, hablaba de San Gregorio, el guardián de la entrada al cielo. Y luego estaba contando de los huamanis y apus, allá donde iban a dar los muertos, donde moran sus padres y toda su memoria.

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Y desde aquella tarde de ese lunes del invierno limeño de 1952 cuando doña Tarcila, la vecina del corralón, llegó apurada a contarle a tía Matilde que un tipo blanco, de bigotes y de traje oscuro estaba preguntando por él, Máximo Damián Huamaní ya no fue el mismo. El escritor José María Arguedas lo había ubicado en su humilde casa del corralón de la cuadra 9 de la avenida Sucre en Pueblo Libre porque le dijeron que ahí vivía aquel que iba a ser su amigo inmemorial. Aquel, el violinista que hacía llorar a los pajaritos y a los que era rociados por el agua de los puquiales. Y ese señor distinguido se presentó con todos con mucha amabilidad y se dirigió a Damián en quechua y se dijeron un par de cosas y desde esa vez fueron amigos.

Y cuando observó su mirada profunda, Máximo pensó que a ese hombre de bigotes y ojos claros lo conocía de otros tiempos y en realidad jamás lo había visto. “Vamos -le ordenó- trae tu violín, acompáñame que nos esperan”. Así le dijo José María en perfecto quechua lucanino y Máximo lo siguió, siempre lo siguió. Y abordaron el noble VW de Arguedas y enrumbaron al local de la Casa de los Artesanos del jirón Cusco. Arguedas ya lo había escuchado pero esa noche, Damián estuvo brillante y tocó apenas tres huaynos de Lucanas -esa región de Ayacucho tan soñada y desgarrada de temores-, tres canciones apenas, las suficientes para que solo lo quieran e hizo que José María Arguedas lo sienta suyo, como un pariente entrañable a quien consolaba su humilde violón, ese instrumento de maravilla, antes hispano luego serrano, igual que el arpa o la guitarra, tan andinos como el Wamani, o el Apu mayor de los rucanas, tan vivos como la memoria de las melodías de los vientos y los cantos de las cataratas de las tierras de las cumbres celestiales.

Ya con Máximo Damián radicado en Lima se hicieron de una amistad conmovedora. En ese lenguaje cifrado de su entrañable quechua inventaron un código de secretos que resolvían con humor y ternura. Arguedas también cantaba huaynos ayacuchanos acompañados elementalmente con una guitarra. Y el violín de Máximo Damián los acariciaba con sus notas. Con el tiempo, el “Violinista de Ishua” que así comenzaron a llamar a Damián, supo traducir aquella amistad aromada por la memoria de la flor de retama que crecía al borde de las cumbres andinas. Arguedas era de Andahuaylas y aunque era de diferente laya, ambos estaban hermanados por el sentimiento andino y las músicas de las tempestades.

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Tres grandes maestros de la música ayacuchana. Máximo Damián, Raúl García Zárate y Jaime Guardia.

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Damián fue el músico por excelencia de un baile único en el mundo.  La danza de las tijeras (danzak’ en quechua) es un baile masculino en el que dos ejecutantes, acompañados por sus respectivas orquestas de violín y arpa, danzan en turnos que forman parte de una competencia coreográfica de elásticos movimientos. Cuando le toca el turno a un bailarín, este no solo repite los pasos de su competidor, sino también crea figuras más complicadas que deben ser superadas en el siguiente turno por el otro bailarín. Para complicar más la danza, los danzantes manipulan en una de sus manos dos piezas sueltas de tijeras mientras bailan. El choque interrumpido de las dos partes de las tijeras produce sonidos parecidos a los de una campana pequeña, estridente y rotunda.

Y fue pasando el tiempo. Y Damián se hizo de un nombre y tocaba aquí y allá. Arguedas tenía otro destino. Y por su grandeza intelectual fu nombrado director de esto y de aquello. Se veían poco después, y ya Damián fue profesor, un ser de redenciones, querencias y harawis perpetuos. Entonces cuando lo nombraba, con esa manera tan especial de entregar su corazón, me contaba: “Al doctor le gustaba su pisco Vargas, y que bonito cantaba y se comía el queso picca, que mi mamá Toribia le mandaba desde Ishua, en su panca, con su ajicito, ajitos y cebollitas”. Y cuántas veces José María le cantaba bajito el “Lorocucha” y cuántas veces le pidió que no lo llamara doctor. Pero Damián le respondía: ¿está bien doctor? Y para Máximo era siempre “el doctor José María”, el intelectual, el de los libros que contaban clarito las costumbres de la tierra, el enamorado de la música, los retablos, los tejidos, ese que hablaba como ninguno. Y frente a todos, Damián era el violinista. Pero no cualquier violinista, sino el amigo de José María Arguedas. Y desde entonces los dioses tutelares lo acompañó, a don Máximo, a doña Isa, ya ahí moraban en la memoria de los inmortales.

Y recuerdo que esa vez Máximo Damián no se cansaba de mostrarme sus fotos y retratos. Ahí está cuando se casó con doña “Isa”. Y tuvieron tres hijos. Y siempre fue el maestro querido de cuánto folclorista que llegó a Lima buscando el porvenir. Y fueron duros esos días. Cuando comenzó a trabajar en una textilera  y jamás le reconocieron sus años de servicio. Y luego cuando el educador Carlos Cueto Fernandini y el crítico Alberto Escobar lo recomendaron para empleado en el Banco Central Hipotecario del Perú. Por eso tiene su casa humilde pero cálida frente a un parque en Maranga donde una pintura de Teodoro Núñez Ureta ha perennizado al músico recio que también fue su padre Justiniano Damián.

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Así lo contaba Damián: “Vamos de viaje Máximo, diciendo. Y fuimos entonces para la fiesta del agua en Puquio. En el ómnibus el doctor Arguedas así con tristeza miraba por la ventana. ¿Por qué tan contrariado estás? le pregunté cuando llegamos al hotel de Puquio. “Te cuento en secreto, Máximo. Me he enamorado de una maestra. Desde hace un año invento visitas de campo y me quedo semanas enteras en el Valle del Mantaro. Vilma Ponce se llama, vive en Apata cerca de Concepción”. ¿Y la quieres? “No sé bien, pero me siento bien con ella. He vuelto a ser joven y con fuerzas y mi enfermedad nerviosa ha desaparecido. Estoy terminando una nueva novela que había abandonado hace tiempo y ya no sufro insomnio”. Luego sorprendido me he quedado. “Creo que voy a ser papá”, anunció de repente. En la cantina de Puquio hemos celebrado. Por su hijo y por su novela “Los ríos profundos” que estaba terminando”.

Máximo Damián ya jubilado como profesor de violín de la Escuela Nacional de Folclore José María Arguedas, sabía que tocaba mejor que nunca y entre traguito y traguito y se entonaba esos cantos que no entraban en los discos y la pasaban recordando la tierra, el olor a la siembra y los amaneceres celestes y el dulce ardor de los pellejos. Pero llegó el fatídico día. Aquel terrible diciembre de 1969, cuando alcanzó a mirarlo detrás de los vidrios de la puerta de Cuidados Intensivo del Hospital del Empleado y José María se moría y Máximo también y, desde entonces, se fue muriendo a gritos y sin que nadie le explique por qué la gente buena se va de este mundo a confundirse con los himnos de los vientos que dejan sus ecos detrás de las nevadas montañas.

Y Arguedas le dejó un testamento y le dedicó su último libro Los zorros de arriba, los zorros de abajo. Y desde ese 2 de diciembre de 1969 luego del suicidio de Arguedas, tenaz e incansable, Máximo Damián siguió frente a la eternidad pétrea de la tumba de su amigo en la cobijadura del viejo cementerio de Lima empuñando su violín y repitiendo aquella melodía puquiana, “Agonía”, que tanto emocionaba a nuestro escritor. Ahí está Damián, ahora en su ataúd, solito no más, como esa vez cuando lo enterraron a su hermano blanco entre sollozos y remordimientos, y aquel huayno ha vencido los rigores de la tierra del olvido y el músico se fue tocando en alumbroso rito la canción del afecto que leía como esa frase inmortal cincelada en quechua y que en español dice: “Vive para siempre, José María Arguedas, 1911-1969” y su poncho de bermejo nogal lo abrigaba de alientos desterrando en su corazón los rigores de la omisión.

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Después lo encontraba en el Centro de Lima. Y Damián siempre tenía secretros: “Te voy contar”, me decía. Y nos íbamos de cervezas. Y hablábamos de los hijos y de la música. Y lo acompañaba a sus espectáculos. A la Carretera Central, a la Panamericana Norte. Y él llegaba a la presentación de mis libros, con Isabel, bien perfumado. “Y vamos a casa” me decía. Y me contaba de sus clases, de cómo le habían salido sucesores muy buenos. Entonces miraba el techo y me decía de los trámites para que le paguen en el Banco de la Nación. Que sus hijos tenían que estudiar. Pero todo tenían solución porque lo llevaba a mi casa y otras vez los videos y el pisquito y los recuerdos.

Y ahora lo estoy viendo en el cine. Y Máximo Damián ha llegado a El Carmen, esos pagos de negros en Chincha al sur de Lima. Tiene su violín y su ternura. Baja de la combi y en la plaza principal lo está esperando uno de los descendientes de Amador Ballumbrosio Mosquera. Javier Corcuera, el director del documental “Sigo siendo” le ha dado unas breves indicaciones. Máximo Damián empuña su violín y comienza la danza. Ahora marchan al cementerio y los negros bien endomingados en dos hileras, avanzan al ritmo que está imprimiendo el “Violinista de Ishua”. No hay choque cultural, su melodía andina se ensambla con el zapeteo y cantos de los negros. Avanzan en trance. El silencio es ensordecedor. Es la música callada de la identidad. El viaje del retorno ha comenzado. La película ha comenzado a correr.

Y ahora, me cuesta creerlo que Máximo Damián esté muerto y lo estamos velando con la familia, con los músicos, con los amigos. Desde hace un tiempo sufría de diabetes y a pesar que se cuidaba, esa salud se vino a menos hasta que el martes 10 de febrero se puso malo y su mujer “Doña Isa” lo llevó al hospital Rebagliati donde falleció a los dos días. Y cierto, entonces aparecieron los hueleguisos de siempre, la ministra, el gerente, el asesor –esos que jamás lo quisieron– y dolidos aparecieron en los diarios declarando a favor del artista nacional, de la cultura peruana, de la memoria del pueblo. Máximo Damián no necesitaba ese llanto, él se había marchado a las profundidades del nevado Coropuna donde moran los inmortales junto a su amigo José María Arguedas.

Máximo Damián no está publicado en los fastos oficiales. Apenas una pincelada, un mínimo detalle. Pero así somos por aquí. Ingratos hasta el colmo. Yo sí siempre lo miro, le rezo, le canto, Es mi amigo inmortal. Y como dejara testimonio el escritor Alfredo Pita: “Máximo Damián, el hermano de José María Arguedas, el hermano nuestro, ha muerto. Mi corazón sangra, pero también baila, porque los vi gozar, los escuché reír y cantar, porque tuve el privilegio de conocer a tan grandes maestros. Ya estás con José María, con tu violín para siempre, Máximo”.

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DOS TESTIMONIOS

Desde los años cincuenta, en que Máximo Damián se afincara por estos rumbos, su música se empezó a desparramar por todo el Perú. Conforme se liberaron las ataduras de los runas que durante cuatro siglos permanecieron como siervos atados a los latifundios y minas, la música, la danza y el espíritu de los runas recuperó su espacio y su lugar. A esta reivindicación se le ha dado por llamar andinización, (como si alguna vez el Perú hubiese dejado de ser andino). De este nuevo despertar de la cultura andina, de esta versión moderna del Inkarri, Máximo Damián es el Tusuq Laiqa, el gran y sumo sacerdote, el que marca el ritmo y el compás de la danza de las tijeras. Antaño lo hacía el danzak’ mayor, pero este rol ha sido modificado (el rol principal del conjunto de danzantes de tijeras, lo desempeña actualmente el violinista), y si este violinista es Máximo Damián con mayor razón. Este “carguyoc”, le ha sido conferido por los huamanis de San diego de Ishua, Lucanas. En las notas agudas y broncas, cerriles de su violín hablan los nevados, los vientos y la lluvia, trinan los pájaros y las aguas nos llegan rumorosas. Música, llena de magia, de amor y pulsación cósmica que se escucha mejor, divinamente, cuando se ejecuta en temple “diablo”. A don Máximo Damián, de la estirpe de los Tusuq Laiqa del Taki Onqoy, ratificado maestro de la danza de tijeras por José María Arguedas, nosotros le rendimos este merecido y sincero homenaje. / Vicente Otta.

“El Dr. José María era persona contenta, qué cojudos aquellos que cuentan que era triste. Si todo el día contaba chistes y le gustaba su pisco Vargas, que bonito cantaba el Lurucha, Wifala y se comía el queso pika que mi mamá Toribia le mandaba desde Ishua, en su panca, con sus ajicitos, ajitos y cebollitas…” Frente a José María, Damián era el violinista, era como un pariente entrañable a quién consolaba su humilde violín, tan andino como el Wamani o el Apu, tan vivos como las memorias de las melodías de los puquiales y los cantos de Qullana, y Chawpi. Todos los años, el 2 de diciembre, Máximo Damián, frente a la tumba de Arguedas, toca “Agonía” de Rasu Ñiti (arriba, violín en mano), melodía que más le conmovía a su “hermano mayor”. Siempre recuerda al leer la carta que le había dejado Arguedas, donde le pedía entre otras cosas que, el día que lo enterrasen, solo Máximo Damián le tocara su “Agonía”, mientras lo estuviesen llevando al camposanto. Hoy, continua tocando su Agonía en la pétrea tumba del hombre de todas las sangres, la que también es visitada por este cronista. / Rómulo Cavero Carrasco.

Las fotos han sido tomadas de la web de El Comercio y de larevista Lima Gris

“Coca Quintucha”

Máximo Damián e Isabel Asto (Video)

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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