Relatos / Tarantino 5 veces amoroso

TARANTINO, 5 VECES AMOROSO

Un relato de ELOY JÁUREGUI

1.

Siempre me gustó la lencería negra. Un sostén desarraigado (como aquel sobre los enormes pechos de Sophia Loren) y un calzón breve y de encaje bregando contra la tormenta púbica. Y eso era lo mío. Mis sueños de púber, mis pesadillas sin ladillas, todavía. Así, mientras recordaba mis hazañas del celuloide en aquel Piso 11 del Hospital Rebagliati y luego de tremenda cirugía en el abdomen (dicen que tenía una chapa de Cristal junto al hígado) y con los aromas de la anestesia antigua, veía el desfile de médicos y enfermeras en el rincón posoperatorio.

Cuando me trasladaban a mi habitación y de soslayo pude observar sus muslos embutidos en unas medias blancas debajo de un mandil albo de una de las enfermeras, aquella que se parecía a mi prima Paola. Mi delirio se hizo río de incontinencia luego, por la madrugada y el dolor me obligó a tocar el timbre para que me calmen el dolor. Nada pudo ser más placentero ver ingresar en la penumbra de la habitación a esa enfermera, casi Paola. Cálmese, me dijo con una voz a lo Virgen María. Yo le dije del ardor insoportable en el bajo vientre. Ella levantó la sábana, me revisó la venda y me comenzó acariciar con un ligero masaje. Dios mío, esa yema de sus dedos era tormento y delicia. Yo sentía que todo se me ponía duro. Ella también. Luego se puso a jugar con el miembro erecto. Yo había olvidado ese tajo ardiente que me quemaba las tripas.

Tienes que ser más hombrecito, me dijo al oído empujando sus frases con su lengua. Luego me comenzó a besar todo el cuerpo hasta hacerme perder el sentido. Era de madrugada, como hoy. Ella duerme a mi lado ahora. Todavía tiene los muslos perfectos. Es mi amiga cariñosa y los lunes le hace creer al esposo que tiene guardia. Yo sigo enfermo por ella un piso más arriba. En psiquiatría.

2.

Soy secretaria desde que murió papá. El corazón lo mató por culpa de mi madre. No hago más que odiarla desde esa vez, peor no tiene caso. Y pensar que él fue mi primer hombre. Ese hombre que me acariciaba cuando en el sueño me asaltaba él mismo, convertido en fantasma. Luego lo amé porque me descubrió como mujer. La delicia de sus caricias me potenciaron las formas de mi cuerpo antes de cumplir los 15 años y yo lo buscaba para dormirnos entré él y la canalla de mi madre.

Él me enseño que mis labios tenían vida propia sobre todo cuando lo besaba en sus partes íntimas y poderosas. He tenido cientos de experiencias luego. Hoy he cumplido 26 años y amo a Leoncio. Pero él, a quien idolatro por ser un hombre tan tierno, no sabe que enloquecía con los ronquidos de mi padre detrás de mi orejita. Esa voz que salía de su garganta gutural y que me contó las historias más extraordinarias cuando yo era niña. Luego hurgó en mi cuerpo hasta hacerme estallar de placer.

Soy secretaria, repito, y tengo amantes de fines de semana. Me llaman, me chatean, me persiguen. Saben que soy una mujer voluptuosa. Incluso, Nacho, mi jefe, me coloca al borde de la locura cuando me penetra. No imagina el tonto que mi padre lo hacía mejor y me convirtió en un ser insaciable. Una hembra a quien todos los hombres le provoco que volteen toda su cabeza para verme mis nalgas duras y mis muslos redondeados. Ese padre mío me engendró y al mismo tiempo me hizo ser una bestia de la mayor de las lascivias. Qué lástima que se haya muerto cuando mi finada madre nos descubrió haciendo el amor como unos cuadrúpedos descontrolados en su cama donde me engendraron el mismo día de su aniversario de casados. QEPD.

3.

Me contó que nunca había tenido un orgasmo desde aquella vez cuando estaba para cumplir los 15 años y su primo hermano la violó en una fiesta patronal, allá en Nuevo Chimbote. Su pasaporte sexual era intenso. “Solo buscarme vengarme del destino”, me dijo. Cuando ingreso a la escuela de la Policía Nacional, vivió tres meses miserables. Un capitán instructor la quiso llevar a un hotel una noche que celebraban el cumpleaños del Instructor en jefe.

Ella había aceptado. “Extrañaba que me maltraten cuando me tiraban”, me dijo y añadió “ese era el momento. Una vecina los vio y de vergüenza tomó un taxi y se fue a su departamento en Buenos Aires y se masturbo con un inmenso pepinillo para la ensalada de su lunes hasta la mañana del domingo. Cuando me contaba sus cosas mientras me azotaba en la celda, una baba lujuriosa le corría hasta sus pechos.

Teresa es policía de tránsito en el Centro de Chimbote. Yo cometí la infracción más tonta de mi vida. Le ofrecí dinero para que no me ponga la papeleta. Ella se trepó a mi auto y me llevó hasta un garaje donde había un cuarto con un colchón y harta ferretería sexual. Primero me esposó a un tubo de la pared y con una sola mano hizo que me desvista. Ella también se quedó sin ropa. Tenía un cuerpo divino. Sus nalgas eran imponentes. Así, media hora estuvo besándome e hizo que me viniera en su boca. Luego se aleonó. La penetré mientras rugía. Entonces convulsionó. Era como hipos en todo su cuerpo. En el colchón se quedó dormida boca a bajo. Cuando despertó rompió la papeleta y me hizo otra más grave. “Mi venganza no termina”, me dijo y otra vez me la chupó hasta sacarme sangre. “El deber es el deber”, me dijo y me dejó en libertad. Jamás he querido tanto que me encarcelen otra vez.

4.

No la veo hace unos meses. La conocí en el burdel de Clarita. Ese bar de Lince que hoy está clausurado por que era un antro de venta de carne humana las 24 horas del día. Mariana se llamaba. Eso dijo la primera noche cuando me atreví rozarla con mi mirada. Era joven pero tenía la noche clavada sobre su cuerpo de maravilla. Aún así manejaba un encanto que la hacía la única mujer de aquel panal que arrastraba todos los reflectores de la cantina.

Clarita es un burdel para periodistas. Todas las mujeres saben de la estructura de la noticia, de la ‘pirámide invertida’ de infografías y de encabezados. Se debate de los valores éticos del Consejo de la Prensa Peruana y de los arrebatos de Alan García. Mariana sabe de ‘constructos’ mediáticos como de la blogosfera. Le gusta cómo escribo más que cómo la beso.

Ella me inspira y aspira. Ella es un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad. Cuando se queda dormida por la madrugada allá en mi casa la oigo que murmura mensajes que traduce de la CNN en inglés. Le gusta hacer el amor con la televisión a todo volumen. Entonces su sombra desnuda sobreponiéndose a la pantalla me hace un amante glocal. Ya lo dije. Hace meses que no la toco y extraño sus primicias. La ley, la cordura y la Municipalidad de Lince no pudieron ser más injustas.

5.

La esperé luego de llamarla al celular toda la tarde. Mi departamento es breve. Ella también. Llegó al anochecer. Apurada. Que estaba en exámenes. Que necesitaba para la pensión. Que su mamá sospechaba a qué diablos se dedicaba. Le preparé la cena. Le gusta la carne y las ensaladas. Le gusta el vino Los árboles. Le gusta bailar tango. Vivió en Buenos Aires dos años. Ahí supo de su arte divino.

Ahora alcanza los 30 años pero parece de menos y está molesta porque no tiene el título. Entonces es asistente de secretaria de una casa de Estudio Superior en la Av. Arequipa. Hizo lo de siempre. Que la plata primero. Le pagué. Como siempre le pagué. Ella vio su reloj. Se tenía que ir rápido. Su padre también sospecha y su novio dice que la viene siguiendo. Apagué la luz. Ella empezó despacito. Me tomó el hombro. Y lo frotó. Tiene dedos mágicos. No recuerdo lo que sigue.

Ella es masajista y es ciega desde que la atropelló una combi saliendo de la disco. Ella supone que soy rubio. Yo supongo que es más bella y me quedo dormido. Mi perro Henry sabe que los dos mentimos. Que los dos somos la parte más cruel de la ceguera que sólo los canes conocen y dominan aunque no ladren.

*Relato de mi libro “Porque tu amor es mi espina” 2015.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

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