César Miró / Héroes bizarros 17

GRANDES DEL CRIOLLISMO DEL PERÚ (5)

César Miró

Bajo el árbol solitario del silencio

Una crónica de Eloy Jáuregui

César Miró es el gran personaje de nuestra cultura criolla desde los albores del siglo XX. Hombre de su tiempo, marxista y poeta. Fue además un gran periodista y escritor. Compuso cuando radicaba en Hollywood el vals “Todos vuelve” que resultó un himno para los seres que están lejos de su patria. Su amplia obra reúne títulos que analizan a la cultura peruana en su totalidad. Volvamos a leerlo más bien. 

1.

César Miró está mirando el mar del Callao y junto al historiador Jorge Basadre hablan de esa deuda en sus existencias, el compromiso con el Perú. La brisa marina no obstante los aleja de aquellas playas. Y no están a bordo de un barco ni veranean en algún balneario de Lima. Están presos en la isla San Lorenzo frente a la capital peruana. Es mayo de 1927 y el presidente Augusto B. Leguía los ha acusado de urdir un complot en su contra. Era duro aquella vez demostrar lo contrario en un país anémico de democracia. Miró pasaría confinado y sin visitas  en la fecha de su cumpleaños y luego de unos meses sería deportado junto a Basadre a Montevideo. Miró era joven y contaría después que todo aquello era una patraña y que valió la pena esa experiencia para conocer  a su país con la dolorosa perspectiva de las distancias.

Y una tarde en su casa de San Borja, mientras el frío castigaba a todos y a nosotros no, César Miró al final de una larga entrevista que le hice para Panorama de Canal 5 instalados en su sala, de pronto se dirigió a su estudio. César Miró que tenía 89 años regresó de su biblioteca trayéndome un regalo que hasta hoy guardo con la mayor de mis ternuras y cariños, su libro Los oficios de Don Ricardo –una de las mejores biografías de Ricardo Palma– impreso dos años antes por Ediciones Cuper. El obsequio ya estaba preparado porque apenas abrí el texto había una dedicatoria: “Para Eloy Jáuregui, cordialmente,  César Miró, San Borja 1996.” La letra, ahora que la observo, tiene del temblor gélido de aquella vez pero cada vez que la leo solo encuentro un calor de un hombre sabio a quien conocí de su trajín periodístico y de quien admire su afecto e ilustración.

Miró fue el último limeño criado para que mantuviese aquel estigma del “mazamorrero y pura cepa”. César Alfredo Miró Quesada Bahamonde había nacido en Lima el 7 de junio de 1907 en el distrito de Miraflores. Sus padres, Alfredo Miró Quesada Carassa y Rosa Mercedes Bahamonde Polo, pertenecía a la dinastía Miró Quesada tan caro al destino del diario El Comercio. Él me contaba que cuando vivió en Estados Unidos lo llamaban “Míster Quesada” por lo que decidió firmar solo como César Miró y así figura en libros y discos.

Después de cursar estudió en los colegios San Agustín y La Inmaculada, a los 15 años se acerca a José Carlos Mariátegui quien le edita sus primeros poemas en la revista “Amauta”. Entonces Miró contaba que era complicado en aquel tiempo ser cercano de Mariátegui y aunque conversaban de los problemas universales y del futuro del mundo él prefería tratar más bien temas sobre arte y literatura. Pero era inevitable, Miró que era un humanista estaba forjando una visión socialista que nunca negó.

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2.

César Miró fue hombre de esquina en esa Lima de los años veinte del siglo pasado. Contaba que el Centro era aldea de chismes y maledicencias. En uno de los cafés del Jirón de la Unión, de pronto un tipo lo saludaba sacándose el sombrero. Luego descubriría que era Luis Alberto Sánchez que de nada le hacía reverencias. “Es que se había enterado que yo era Miro Quesada y eso era bueno para sus avideces”. Pero además, fue desde muchacho, travieso y palomilla. Así decidió abreviar su apellido. Su familia era de derecha, él de izquierda. En muchos textos se declara por el socialismo. Cierto, era gran amigo de José Carlos Mariátegui y cuando apenas cumplió los veinte años ya era animador de las tertulias en casa del “Amauta”. Aquello también lo hizo acreedor de un lujo de ese entonces. Formar parte de los archivos policiales, ganarse una temporada en prisión y ser permanentemente invitado al destierro.

Precisamente, el gran periodista Domingo Tamariz recuerda una fecha importante esa vez cuando se conmemoraba los cien años del nacimiento de José Carlos Mariátegui y Miró era uno de sus pocos amigos (entonces cinco) que aún vivían: “Recuerdo que esa vez lo fui a visitar para que me hiciera algunos recuerdos del “Amauta”. Lo fui entonces a ver a su oficina de la APDAYC, de la cual era presidente. Vestía entonces informalmente, en mangas de camisa, a tono con el verano de ese año (1994). Y en su serena longevidad, que llevaba tan dignamente a los 88 años de edad, no hice más que escucharlo, porque de sus labios brotaban recuerdos, anécdotas, en un lenguaje tan fascinante, que hubiera sido tonto interrumpirlo”.

Cito un recorte del diario La Crónica del miércoles 8 de junio de 1927: “Se ha descubierto un complot comunista. Prisión para el Sr. José Carlos Mariátegui sindicado de ser uno de los más activos dirigentes del comunismo en Lima y otros”. Dos años luego el mismo diario publica en la página 5: “Una gran redada policial se desarrolló el lunes 11 de noviembre de 1929, con la detención de José Carlos Mariátegui y un grupo de intelectuales cercanos a la revista Amauta. El gobierno Leguiísta, a través de su ministro de Gobierno, Benjamín Huamán de los Heros, lanzó la acusación del “Complot comunista” con la intención de desactivar al naciente Partido Socialista, tal como denuncia el mismo José Carlos Mariátegui en una carta dirigida a César A. Miró Quesada” Bueno pues, César A. Miró Quesada no es otro que César Miró.

Miró fue Presidente Vitalicio de la APDAYC, de la Sociedad Bolivariana, embajador del Perú en la Unesco y miembro permanente de la Academia Peruana de la Lengua. Aquella vez de mi entrevista le pregunté para qué sirven los académicos. Don César se puso incómodo: “Vea usted Jáuregui, si se refiere a por qué pertenezco a la Academia Peruana de la Lengua y es porque en el Perú sobra la anemia y la anomia. La anomia es la desobediencia a las normas. Por eso todo el mundo habla y escribe como quiere. Para mí es un privilegio y honor pertenecer a esta entidad porque recibo el respaldo y la aprobación de la institución cultural más importante del idioma castellano ¿estamos?”. Sí pero para que sirven los académicos, insistí. Entonces se sonrío: “Vea Jáuregui, nosotros hacemos el diccionario. ¿Le parece poco? En síntesis la academia solo  limpia, fija y da esplendor al idioma. Eso es todo”.

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Miró, una vida de lucha gremialista.

3.

Cierto, como Ricardo Palma fue un hombre polifacético. Escritor profuso, doctor en periodismo, profesor universitario, poeta y compositor. En aquella Lima de los años veinte conoció a escritores, artistas y políticos de una de la más brillante generación de intelectuales peruanos. Siempre recordaba a su amigo en Francia, a César Vallejo con quien se hizo de una amistad férrea en bares y cafés limeños y a quien encontró en 1929 en París donde gozaron intensamente de las virtudes francesas. Miró fue precisamente quien desmitificó aquella imagen del poeta Vallejo, triste, solo y opacado. Al contrario –lo recordaba siempre con esa sonrisa pícara—, Vallejo fue aquel hombre vital que gozó vehementemente de los delicias de la vida y hasta que se enfermó. De otra manera, no hubiese escrito la poesía poderosa y única que hoy nos sigue asombrando.

Cuenta el periodista Domingo Tamariz: “Cuando se conmemoraron los cien años del nacimiento de Mariategui, Miró era uno de sus pocos amigos (entonces cinco) que aún vivían. Recuerdo que esa vez lo visité en su oficina de Apdayc, de la cual era presidente, para que me hiciera algunos recuerdos del Amauta. Vestía entonces informalmente, en mangas de camisa, a tono con el verano de ese año (1994). Y en su serena longevidad, que llevaba tan dignamente a los 88 años de edad, no hice más que escucharlo, porque de sus labios brotaban recuerdos, anécdotas, en un lenguaje tan fascinante, que hubiera sido desatinado interrumpirlo. Al ausentarse de ese mundo tan amoldado para él, como fue el periodismo y la televisión, dejó un vacío que se hizo sentir no solo entre los exquisitos, sino también entre la gente de pocos o ningún pergamino. Porque pocos como él le dieron a ese mundo la pincelada maestra de César Miró”.

Cuando vivió en 1937 en Hollywood trabajó en la industria cinematográfica (escenógrafo y actor) y editó su libro “Hollywood, ciudad imaginaria”, un breve  tratado del cine como arte y como negocio en los Estados Unidos. Luego le encargaron componer una canción para la película “Gitanos en Hollywood” sobre el destino de los inmigrantes. Miró crea entonces su tema que él jamás sospechó lo iba a instalar en la esfera de los seres inmortales: “Todos vuelven”. Contaba Miró que ni siquiera era un vals y menos que estaba destinado a ser clasificado en el baúl de la música criolla –hay un grupo de “criollos” que siguen con la monserga y tesis trasnochada sobre el tema–. Y afirmaba que aquel trabajo en su casa de Los Ángeles en 1939 apenas le tomó un par de días y que con su guitarra fue autor de la letra y la música. Eso –explicaba—, detestaba la versión posterior de Rubén Blades.

César Miró merece un reconocimiento que esté a la talla de su aporte a la cultura peruana y que no solo se le recuerde como un melancólico compositor criollo. Su medio centenar de libros multidisciplinarios, su sensibilidad social, su gran periodismo –llegó a ser editor de Variedades—y su amor por el Perú nos ocasionará siempre una deuda. Cesar Miró falleció en Lima a los 92 años el 8 de noviembre de 1999. Nos paramos ante su ejemplo.

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Todos Vuelven

    Todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol, todos vuelven al rincón donde vivieron, donde acaso floreció más de un amor.   Bajo el árbol solitario del silencio, cuántas veces nos ponemos a soñar, todos vuelven por la ruta del recuerdo, pero el tiempo del amor no vuelve más.   El aire que trae en sus manos la flor del pasado, su aroma de ayer, nos dice muy quedo al oído su canto aprendido del atardecer.   Nos dice su voz misteriosa, de nardo y de rosa, de luna y de miel, que es santo el amor de la tierra, que es triste la ausencia que deja el ayer     VIDEO CON RUBÉN BLADES.   https://www.youtube.com/watch?v=0a2yo7tocdU    

MIRÓ, POETA Y MARXISTA

Es relevante reproducir una nota decidora sobre el perfil ideológico socialista de César Miró, extraído de las páginas de la revista Bolívar, dirigida por Pablo Abril de Vivero en 1930. La nota intitulada “Madrid”, consigna:

“César Alfredo Miró Quesada en otro de los poetas hombres que sienten desde el esqueleto la necesidad marxista de lo objetivo. Es un hombre nuevo que no equivoca los valores de la decadencia con los valores revolucionarios. Miró Quesada ha nacido al arte y a la polémica marxista, bajo la fe creada en el Perú por ese gran hombre heroico –según el decir de Waldo Frank- que se llama en todo el continente americano José Carlos Mariátegui”.

Entrevista a César Miró por Ricardo Melgar Bao:

-Queremos preguntarle su testimonio acerca del campo intelectual y político de su tiempo.

C. M. Claro, mi tiempo es muy político, por una doble razón. Porque la dictadura de Leguía atacaba continuamente a la labor de Amauta y de Mariátegui, tanto que la policía inventa por ahí un complot y vamos a dar a la Isla de San Lorenzo yo, que era menor de edad, Jorge Basadre, el ilustre historiador de la República y una serie de presos más que no conocíamos, nos encontramos en la Isla de San Lorenzo. Yo no sé cómo, y por coincidencia, toda la obra de Mariátegui la escribe hasta 1930 en que él muere y cae la dictadura. Es curioso, es coincidente, nada más. Pero esto quiere decir que Mariátegui tuvo que trabajar muy cuidadoso de cada palabra, porque en esa prisión que sufrimos en la Isla de San Lorenzo, se suspendió Amauta por siete meses y ahí estaba la puntería de la dictadura, de suprimir esta revista porque la dirigía José Carlos Mariátegui. Por otro lado, hacíamos poesía. Yo en Amauta publiqué solamente poemas. En los 32 números habrá unos 13 o 14 poemas míos.

En ese momento, estábamos saliendo del simbolismo, del modernismo de Darío y desde luego del arco del surrealismo y el ultraísmo, todos los ísmos de esa época. Pero no como una cosa declaradamente significativa en ese momento, porque en general hacíamos poesía sin pensar en las escuelas. Lo que sí nos interesaba era la trayectoria de Mariátegui. A Mariátegui se sumó gente que lo estimábamos mucho, entre ellos estaba Blanca Luz Brum, que acababa de llegar de Uruguay, de enviudar de Juan Parra del Riego, el poeta peruano que murió en Uruguay y llegó con un hijito.[9] Dentro de esa misma maraña de sucesos y de acontecimientos, y más que nada porque por un impulso del día, yo me casé, por poder, con Blanca Luz.[10] El matrimonio duró poco y ella más tarde sería la mujer de David Alfaro Siqueiros.

-Cuando mencionaba esta inquietud poética, que va desde Darío al surrealismo, me estaba acordando, aparte de sus poemas, de otros nuevos poetas que yo creo que son de su generación. Nicanor de la Fuente, “Nixa” y de Juan José Lora. Uno y otro, compartían más o menos, me imagino, con sus matices de estilo y de temáticas este perfil de buscar una poesía de vanguardia.

-C. M. Bueno, en esa época, hablo de los años 20. El año 1923, que vuelve Mariátegui de Europa, de Italia, de Francia, de Alemania. Preferentemente de Italia. A él le entusiasmaba mucho Piero Gobetti. El año 23 en el mes de marzo vuelve Mariátegui de Europa y en el mes de junio, tres meses después, parte Vallejo a Europa. Lo que yo pienso como algo que me parece imposible es que no se hayan visto. Mejor dicho, que no haya ningún documento en el que conste que Vallejo y Mariátegui se encontraron en Lima. En esos tres meses que hay entre la llegada de Mariátegui y la salida de Vallejo.

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César Miró con Blanca Luz Brum y un amigo. Postal a José Carlos Mariátegui. Invierno de 1928.

-Dígame, don César, ¿cómo en que llega al Cono Sur? ¿En qué momento?

-C. M. Bueno, yo llego desterrado a Chile. Me quedé una temporada en Chile donde hice muy estrechas amistades. Me incorporé al grupo de Vicente Huidobro. Estaba Salvador Reyes, Díaz Casanueva. Salvador Reyes me obsequió después un libro. Eran muy amigos míos. Pero ocurre que, yo no lo sabía, cuando yo llegué a Santiago, el año 27, fui a buscar inmediatamente a Vicente Huidobro, sin saber que estaba, pues, en una guerra a muerte con Neruda. Era una cosa muy tenaz y muy agresiva. Fue tanto que yo no podía en ese momento acercarme a Neruda, porque hubiera provocado el gran resentimiento de Huidobro, tanto que cuando pasaron unos años y le invitamos una comida a Neruda, que acababa de llegar a Lima, él vino directamente hacia mí y me dijo: “Tú eres muy amigo de mis enemigos”, con esa voz nasal que él tenía. Y yo le dije: “No, yo soy amigo de Vicente Huidobro porque fui a visitarlo, pero no tengo la culpa de que ustedes se hayan pasado la vida peleando”. Luego pasaron los años, murió Huidobro y Neruda había conseguido todos los premios, las satisfacciones. Por ejemplo, él tuvo el Premio Lenin [1953], pero también tuvo el Premio Nobel [1963] y también fue embajador en Francia, siendo declarado comunista. Con Huidobro no había ningún inconveniente, tal era la importancia y el prestigio que tenía Neruda.

Después he visitado otras gentes. Por ejemplo, en París yo conocí a Barbusse, precisamente porque en La escena contemporánea, uno de los dos libros que publica Mariátegui en vida –publica La escena contemporánea y Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana-, hay un gran elogio a Barbusse. Entonces yo, llegando a París, me fui a visitar a Barbusse, a conversar con él. Le agradó mucho que yo lo visitara, porque le gustaba mucho la amistad de los jóvenes y tenía especial simpatía por los escritores hispanoamericanos. Después, a los pocos años, no sé cuántos, se fue porque él era comunista. Se fue a Moscú a curarse un cáncer que no se curó y murió.

Y en Uruguay_

C.M.  dieron un pasaje de Lima a Montevideo. O sea, a Uruguay, que era la tierra de Blanca Luz. Es la única explicación. Luego el viaje a Europa, la aventura de París, esa cosa bohemia, esa atracción poderosa que tiene París en los escritores, en los artistas. Ahí fercuente a César Vallejo. Paso de ahí a España y vuelvo al Perú. En España sacábamos la revista Bolívar, con Pablo Abril de Vivero. Su hermano Xavier también colaboraba en la revista. Ahí colaboraba también Vallejo y yo le hice a Vallejo, a pedido de él, pues yo dibujaba, un apunte para un artículo sobre el poeta Mayakovski, que se suicidó y que iba a ser uno de los capítulos de su libro Rusia…  Bolívar sale en 1930. Y yo me imagino que en ese año estaba en España.

Y ahí es donde reciben la noticia de la muerte de Mariátegui. ¿Cómo digiere la información?

C> M. Fue una cosa tremenda para nosotros. Ese hombre que admirábamos tanto, porque ya nos dábamos cuenta de lo que representaba en la cultura peruana y su imagen en el continente era realmente espléndida. Era un pensador con un valor personal que iba más allá de la ideología. Su pensamiento sobrevive, primero porque los problemas que él denuncia todavía no se han resuelto, o se han resuelto a medias, o mal. Se hizo una reforma agraria incompleta, el problema del indio subsiste igual, el problema de la educación está peor que antes. Y esto porque ha crecido la ciudad y no han aumentado los hombres capaces de resolver estos problemas. Eso es indudable y comprobable, no es una conjetura sino una comprobación.

 ¿Quiénes más integraban el grupo de la revista Bolívar?

C.M. En el grupo de Bolívar estaban Pablo, Pérez Domenech, un escritor español que había vivido mucho en el Perú. Se publicaban colaboraciones de escritores eminentes, ya importantes de América, como Alfonso Reyes, o el mismo Neruda. Escritores que en eso momento eran significativos.

-¿Y a qué se dedicaba en París, aparte de frecuentar estos círculos?

CM. A defenderme, como se dice en París. A mi mandaban un poco de dinero, por unas colaboraciones y de vez en cuando había oportunidad y ganaba un poco más de dinero, pero siempre se pasan pellejerías.

– ¿Alguna anécdota especial?

M. Yo conocí ahí, y estábamos en un grupo, a César Moro, o sea Alfredo Quíspez Asín, que adoptó César Moro como seudónimo. Alguien me contó que él decía que yo firmaba como César Miró para que me confundieran con él [risas]. Estaba Vallejo, Jorge Seoane –hermano de Manuel Seoane, el segundo del APRA– José Torres de Vidaurre, un poeta lorquiano, muy inteligente. Había mucha gente valiosa, Raúl de Verneuil, un compositor extraordinario. Era sobrino de González Prada, porque González Prada se casó con la señora de Verneuil, que era tía de Raúl. Nos reuníamos siempre en algún café de Montparnasse: en Le Dôme, La Rotonde y después en una café que había cerca del Bulevar Saint-Michel, que se llama La Source. Ahí nos reuníamos a conversar.

Además, yo no frecuentaba grupos con asiduidad, ni siquiera por curiosidad. Yo siempre he sido muy independiente. Había cosas que ni entendía ni me interesaban. Teníamos un grupo de amigas, costureritas. Nos divertíamos mucho, eran chicas muy guapas, muy simpáticas y una hablaba perfectamente el español y cantaba tangos. Era francesa, nunca había salido de París. Entonces un día yo le pregunté “¿por qué y cómo aprendiste tan bien el español?”. Y me contestó de una manera muy graciosa. Me dijo: “me viví dos años con un arequipeño”. Se llamaba Madeleine, era una rubia flaca de ojos verdes, celestes más bien. Muy inteligente, muy simpática, muy amiga nuestra, que hablaba un español bastante bueno. Lo había aprendido nada más con el sleeping dictionary [risas].

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¿Y usted escribía y comunicaba también en París?

C M. Yo no dejé nunca de escribir. Incluso hubo una época en que logré formar un trío y nos fuimos por ahí por los pueblos cantando, llegamos hasta Chile. Era algo muy frecuente en Europa, los estudiantes formando pequeños conjuntos y cantando. En Lima podía ser una cosa escandalosa, pero nosotros seguíamos una vida ejemplar, porque teníamos que cuidarnos la voz, estar bien, aprender las canciones, teníamos trabajo.

¿Quiénes conformaban el trío?

CM. Un tenor de ópera brillante, se llamaba Marcial Calonge. Primera figura, primer tenor de ópera. Había expuesto la Caballería Rusticana, la Sonámbula y el pianista era un muchacho chileno, Claro Castillo. Que cuando yo le propuse formar el trío, me dijo: “¡encantado, formidable! Me parece muy bien, cuenten conmigo. Yo dejo todo lo que estoy haciendo”. “Muy bien, y ¿cómo te llamas?”. Me dijo: “Capetanópulos”. Entonces le pregunté “¿cómo se llama tu mamá?”. “Castillo”. “Te vas a llamar Castillo porque con Capetanópulos no vamos a llegar a ninguna parte”. Era un griego, de Iquique.

Algunas personas suponen que yo hacía una vida bohemia, ¡qué ocurrencia!, yo tenía que cuidarme mucho para estar bien de la voz, para estar en perfecta forma. Así que no hacíamos vida bohemia, nos acostábamos temprano, no bebíamos, no fumábamos. Era una vida ascética, de sacrificios, pero me divertía mucho esto de ir por los pueblos cantado. Hasta que terminamos en Santiago, donde se disolvió el trío porque Calonge, el tenor, era empleado del Ministerio de Hacienda y un día desapareció del hotel de Santiago sin decir nada. Se le había vencido su licencia.

¿Eran canciones peruanas?

CM No, le llamamos “trío sudamericano”, porque no había suficiente repertorio peruano. Entonces cantábamos canciones mexicanas, alguna tonada chilena y, desde luego, siempre algo peruano. Pero no había suficiente repertorio. Todavía, a pesar de que vivía entonces [Felipe] Pinglo, no era famoso. Pinglo es famoso después de 1936, después que se muere. Entonces no solamente es famoso, sino que es una época de la canción criolla.

Usted tiene también una vena muy valiosa como compositor.

Por ese entonces me salió la afición a la composición y compuse “Todos vuelven”, canción que hice en Hollywood para una película que no se hizo, porque nos retrasó la financiación una persona que iba a poner el dinero. Íbamos a hacer una película con extras en Hollywood. Con extras de México, Cuba, Colombia, del Perú.

Fuente: Pacarina del Sur – http://pacarinadelsur.com/home/huellas-y-voces/1773-testimonio-de-cesar-miro-blanca-luz-brum-jose-carlos-mariategui-y-la-intelectualidad-socialista-itinerante – Prohibida su reproducción sin citar el origen.
MELGAR BAO, Ricardo, (2019) “Testimonio de César Miró: Blanca Luz Brum, José Carlos Mariátegui y la intelectualidad socialista itinerante”, Pacarina del Sur [En línea].
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César Miró y el poeta César Calvo.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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