BOLEROS / Contigo en la distancia

Contigo en la distancia

Un texto de VÍCTOR HURTADO OVIEDO

Todo bolero encierra una filosofía: muchos son platónicos; algunos, estoicos; pocos, cínicos (de corazón despechado; o sea, trasplantado). Los que no se han hallado aún son los boleros presocráticos, mas todo es cuestión de buscar con fe (es decir, con la paciencia que dispone de mucho tiempo). La filosofía de Contigo en la distancia postula que el amor verdadero incluye una elasticidad garantizada. Los amadores pueden separarse, pero no el amor de ellos. Como los boleros son de culto, tienen sus canónigos.

Víctor Hurtado Oviedo y Cheo Feliciano.

Cuando «Luis Miguel» ataca un bolero, el bolero le responde en defensa propia; entonces se traban, y otros graban tan desigual combate. Allí están las consecuencias, llamadas «discos», que quedan redondos solamente por la forma. Sordo a las críticas y a todo, «Luis Miguel» sigue atacando las letras de los boleros, impune y sudoroso, pues en la justicia poética no hay pena de muerte.

Por dicha, aunque los raspe el témpano de hielo de su interpretación, los boleros son insumergibles. Uno de los sobrevivientes se llama Contigo en la distancia, creado por el ya mítico cubano César Portillo de la Luz en 1946, en un momento de inspiración tan absoluto que sus escalas musicales aún nos iluminan de sol a sol. La autobiografía de César Portillo debió llamarse Un solo de mi.

Todo bolero encierra una filosofía: muchos son platónicos; algunos, estoicos; pocos, cínicos (de corazón despechado; o sea, trasplantado). Los que no se han hallado aún son los boleros presocráticos, mas todo es cuestión de buscar con fe (es decir, con la paciencia que dispone de mucho tiempo).

La filosofía de Contigo en la distancia postula que el amor verdadero incluye una elasticidad garantizada. Los amadores pueden separarse, pero no el amor de ellos. Como los boleros son de culto, tienen sus canónigos. La versión canónica de Contigo en la distancia fue la de Lucho Gatica hasta que el gran José Cheo Feliciano lo grabó en 1972 en Buenos Aires con la orquesta del argentino Jorge Calandrelli. Así cantado, ya todo el bolero está dicho. No puede pedirse más, salvo que uno se meta en política y resida en la oposición; id est, esa gente loca de mucha cuerda (nótese el hábil juego de palabras).

Pasando al lado B del disco compacto, digamos que la distancia es un asunto de la música, pero también de la moral e incluso de la guerra. Así, el biólogo Irenäus Eibl-Eibesfeldt indica que, entre los mamíferos, es raro el asesinato de un miembro del mismo grupo, y que los seres humanos hemos heredado la resistencia a matar a quienes nos sean conocidos o cuyo sufrimiento mortal podamos ver (Amor y odio, capítulo VI).

La compasión es congénita. Los mamíferos luchan sin armas, de modo que el perdedor inicia ritos de sumisión, y el ganador los acepta. En cambio, ciertas armas anulan cualquier rito. Desde la flecha hasta el misil, las armas han creado distancia; es decir, indiferencia; y, a mayor distancia, menor compasión.

Las armas de largo alcance son un milagro diabólico para los fanáticos: distancian la agresión y reducen la culpa de matar al «enemigo». Tanto como la distancia física, la espiritual puede causar la muerte. «Nadie puede odiar a un pueblo en el que tiene amigos», escribe el etólogo Konrad Lorenz (Sobre la agresión, capítulo XVI). Un bolero es así de sabio; además, trae música. Gracias, Portillo de la Luz. Aunque ya vivas en la muerte del más allá, seguimos contigo en la distancia.

César Portillo de la Luz.

Danzón barroco

Los ojos de Eugenio d’Ors toman la sombra bajo el frondoso alero de sus cejas. Aunque es catalán de pro, a don Eugenio lo fascina una reja andaluza, enredadera de curvas que hace, de su metal, un incendio de trazos ondulados hacia el cielo. La reja culmina en un angelote que levanta un brazo, casi antorcha cuya mano será un fuego. Esto sería lo normal, lo clásico y lo renacentista; sería, pero no lo es. De pronto, la mano traiciona a la ascensión del brazo. El brazo sube, pero la mano apunta hacia abajo. La figura «no sabe lo que quiere». Esta traición se llama «barroco».

El propio Eugenio d’Ors ha barroquizado ya su nombre con una d y un apóstrofo «de su propia inspiración», cual tan bien decimos los cursis cuando admiramos a un genio. Ors ―ya d’Ors―  ha observado aquel brazo de hierro que sube; va a casa y escribe un espléndido libro (en él, ambas palabras son una redundancia). Tal libro es El arte de Goya (1946), cuyo capítulo I es una goyesca digresión sobre una de las esencias del arte barroco: la contradicción interior. El genio es un ser que imagina cosas sin estar loco. El genio de aquel español imagina un origen «salvaje» para el barullo de formas que son la pintura, la escultura y la arquitectura barrocas.

Ya en el siglo XVI, los «descubrimientos» del Asia y de América motivan dibujos y pinturas asustados de tanta naturaleza feraz: ríos oceánicos, firmamentos de selvas, hombres felinos… No existen, pero no importa su falsedad, sino su poderío arrasante. Tal naturaleza «entra» en Europa e impone otro orden al arte: no la geométrica serenidad renacentista, sino curvas y vuelos sin un centro; luces y sombras violentas; líneas que «no saben lo que quieren». Todo termina siendo profuso, confuso, difuso.

Otra causa del barroco sugiere D’Ors: el descubrimiento, por Kepler, de las órbitas elípticas. Los planetas no rondan en círculos al Sol, sino en curvas con ovoide silueta. El círculo (la serenidad) ha muerto; ¡viva la elipse! (la incertidumbre), que tiene dos centros. Cuando trazan su elipse, los planetas parecen despedirse del Sol, pero vuelven; en fin, «no saben lo que quieren».

Años después, repitiendo, ampliando lo dicho por D’Ors, el cubano Severo Sarduy funda un bosque de ideas en su libro Barroco). Una tenue estela barroca quizá airee otras artes: en la incertidumbre del danzón cubano, por ejemplo (¡ay, que la madre del catalanísimo don Eugenio nació en Cuba!). A su básico ritmo de son, otro ritmo se le cruza y lo corta: por esto es difícil bailarlo. A veces, ni el danzón ni el arte saben lo que quieren.

Dandi jarocho

Don Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso Rojas Canela del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino fue una miniatura de tamaño natural. El bolero ―que es grande― no se encarnó en él solo por falta de espacio, pero el bolero era él como Mahoma es el islam. Su cuerpo de ramas secas fue un trazo de pincel chino humedecido en barro indígena, en el cieno perfumado y ocre del que se hicieron las vasijas antiguas del golfo de Yucatán: talle de estrechez de asombro, como un cuchillo de frente.

Admira que de aquella magrura haya emergido tanta pasión inacabada, tanta hambre como de posguerra que consumió hasta el mínimo instante. En el fondo de esa potencia para sobrevivir al frenesí, estuvo el desborde loco del amor, capaz de alimentar los más extremados desmanes, los escándalos, los llantos y los arrepentimientos.

La suya fue una cara sucesiva, de reencarnaciones incontables. Antes de mirarlo por primera vez, uno sabía que ya había visto el rostro de Agustín Lara en alguna piedra rota, en un pájaro mínimo o en la arena calcinada por el sol del Caribe. Un tajo célebre de mujer celosa había ofendido a esa cara.

Los labios finos de este dandi jarocho ―entrenados para el beso― jamás olvidaron el cigarrillo, trampolín en llamas del que nunca se decidió a saltar el punto suicida de la brasa. Ejerció la galantería como un sacerdocio, y no sabemos si ―al final― también como una farsa pues toda sinceridad puesta ante un público, termina un poco en impostura.

Su numen feraz de padre pródigo engendró madres de cabellera blanca, novias imposibles y mujeres malas. Así, fue uno de los últimos platónicos, no porque le bastase el amor casto ―lejos de él la tentación de la pureza―, sino porque nos donó un museo de eternos arquetipos: la madre-Dolorosa llorada por el hijo perdulario, la prometida de blanco inmortal, la dama impracticable, la chica burlada por el hombre cruel, y la efe cíclica de la mujer fatal, falsa, falaz, fatídica, fingida y funesta.

Lara no inventó el bolero pues este honor secreto tiene otro dueño: Pepe Sánchez, cubano, sastre y mulato, quien compuso Tristezas, primer rey de la dinastía gloriosa. Sin embargo, Agustín Lara creó de otra manera ese ritmo perdurable: lo convocó a crecer, le dio alas del tamaño del mundo y lo lanzó a volar a través de las generaciones, que son territorios de tiempo.

El genio jarocho marcó también al bolero, «para bien o para mal» ―cual se excusan los centristas―, con las improntas del cariño interesado (amor de bolsillo), la traición, el desengaño, la malquerencia, la falsía, el dolor y otros agotadores sentimientos. Toda esta mitología inconsolable ha convencido a gente de mucha fe de que sólo quien sufre como vendedor de enciclopedias tiene derecho a sentir un bolero; pero esto es solo la convención de las lágrimas. En realidad, uno puede vivir a la luz de esa música y ser, aunque no lo quiera, indiscretamente feliz.

Agustín Lara cuelga de las horcas sedosas de las academias pues muchas de sus letras veneran lo cursi, y hay algo de razón en ello. Ponemos un disco de Agustín Lara, y, tras una ronda de huesos sobre un piano, su voz de pésame entra conversando en la canción y dinamita la retórica:

―El mundo se me abre a mis pies como si mis pecados hubieran deshecho la tierra, y, dentro de mi sublime inconsciencia, se pudiera sentir, sacando el corazón por la ventana de la vida, un rocío bienhechor que fecundara el último retoño de mi fantasía.

¡«Sacar el corazón por la ventana de la vida»!, ¡«fecundar el último retoño de la fantasía»! Por gruesas, estas líneas no hubiesen pasado la aduana de don Rubén Darío; mas todo creador gigante es un huracán que trae vientos nuevos junto con hojas muertas, y en el propio Rubén hay tales hojas como para alfombrar un otoño. Agustín Lara es Rubén Darío tocado en una pianola, y Rubén Darío es un indígena portentoso que camina sobre el verso con pies griegos. En fin, es cosa de ellos: Rubén Darío, Agustín Lara: que entre los genios se entiendan.

Cada cual tiene sus boleros como se tiene a sí mismo, y nadie es intercambiable (excepto los candidatos, que siempre son las mismas caras nuevas). La música amada no es solo una ondulación que se desdobla en el aire: es también un tiempo pasado; es una escena, un encuentro que viene otra vez; es toda una época que insiste en buscarnos y quizá sea el tiempo viejo de la juventud. El bolero es un dulce felino de siete vidas que muere y mata de amor y deja a todos sobrevivientes.

Agustín Lara.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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