Arturo Zambo Cavero / Héroes bizarros 207

GRANDES DEL CRIOLLISMO DEL PERÚ (VII)

Arturo “Zambo” Cavero:

EL PAPA NEGRO DE LA JARANA

Un perfil de ELOY JÁUREGUI

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Arturo “Zambo” Cavero, uno de los más grandes cantores del criollismo costeño del Perú, falleció hace más una década a los 69 años. Y cómo lo extrañamos. Sus padres lo trajeron a este mundo en el callejón conocido como la “Banderita Blanca” del centro de Lima. Fue hijo de Juan Cavero, nacido en Huaral, y de Digna Velásquez, natural de San Luis de Cañete y lástima, fue el último gran cantante de la música criolla de Lima.

i.m. Carlos Chino Domínguez

1.

En aquel tiempo. con sus zapatos bien lustrados y disertando sobre el Caldo Nacional, piedra angular de nuestro sentimiento mestizo, mitad cholo, mitad japonés y mitad sacalagua, así apareció Aruro El Zambo Cavero. Wagner del festejo, Hitchcock del valsario. Y ahora nos sale con la noticia que está arreglando su pasaporte y que hay que esperarlo junto al café de Palacio de Gobierno como quien aguarda al presidente de la República. Pavarotti u Orson Welles del pobre, qué más da si su dimensión es tan amplia e infinito-kilométrica como su arte refregado en las arterias. Para los que lo oyen, no sin comprometerse, cantar bajó la noche cremolada de Lima, su voz es como sentenciara el poeta francés Paul Valéry quien dijo de Leonardo, que la pintura hacía las veces de la filosofía. Para Arturo Cavero, el canto hace las veces del filosofar y de la poesía.

Y es profesor recibido –y recibiendo como los buenos toreros– porque estudió en el Instituto Pedagógico Nacional de Varones. Llegaba tarde por eso de ser músico de madrugada, y luego hizo suyo un título y diploma en la universidad de San Marcos y asistió a cursos de maestría en la Universidad de Lima y otros más en la «Villarreal» donde lo confundieron siempre con el rector. Así que no es ningún cojinoba y por algo en su casa sólo nace pasar a sus muy íntimos y no pierde ocasión de destaparse un Cartavio con su cocacolita y ayudar en la cocina con un pallar en punto Oster con su chalona en sofrito de romero y cebollas chúcaras que para eso está la mano de su «madama», su flor honoris causa con quien tiene unas hijas que son su obsesión. Y toca cajón caja fuerte, calabaza o ataúd porque lo importante no es el instrumento –el aparato u órgano– sino ese pedazo de molleja que los criollos han bautizado como corazón. ¡Y no va ser!

Para el mozo del «Haití» que ha presenciado hasta cuatro golpes militares, los gases lacrimógenos sólo sirven para lavarle los ojos mientras en los jirones que se desangran sobre la Plaza de Armas, las masas vociferan en la sanguaza del descontento, contra el alcalde y gobernantes, una grita que conmueve al mismo sordo monumento del criador de chanchos que un buen día conquistó el Imperio del Sol. «¡Estos son, aquí están, los jodidos del Perú!». Es mediodía en pleno centro de Lima y el policiaco varazo ciego pega en el lomo del pobre, agarra carnes desnutridas de madres lloronas y le da duro a la insolencia amoratada. ¡Qué se frieguen por revoltosos! ha sentenciado un burócrata recalcitrante en la otra mesa y ahí mismo le enganchan una cuenta con cover y valor agregado a los recursos naturales.

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Arturo Cavero y Oscar Avilés.

2.

Con don Carlos El Chino Domínguez ya apuramos el segundo Cuba Libre inventado antes de la revolución y Arturo Cavero no llega. Aparece el Dr. Germán Peralta pulcramente trajeado y preocupado por llevar en camión a los Zurbarán desde el convento de los Descalzos hasta Cajamarca pasando por Tembladeras y por un libro desmitificador sobre la presencia del negro en el Perú que ya se halla en imprenta, y Cavero no llega. Es que mañana se va a España con el maestro Avilés explica su hermano que también le hace la guardia para entregarle unos sobres melancólicos cual huacatay de la añoranza misteriosa, pero qué importa. Y de pronto una inmensa humanidad como un globo aerostático en azul Y oro que hace su aparición por el Portal de Botoneros. ¡Ahí está! Gritan los ambulantes, policías y dos morenas buenamozas postulantes a la «Repisa de Oro».

De arranque pide una silla de plaza y media para depositar sus 122 kilos y en prima exige un trago doble de ron con un solo cubito de hielo porque a pesar de la calentura del clima y las bombas, la cerveza le hace daño desde chico, es decir cuando era delgado y jugaba al trompo sedita con el omóplato. Ahí mismo se arma el cambalache con sobre tiempo. Que fue nacido en los Barrios Altos, en la mismísima Mesa Redonda donde hasta ahora vive la autora de sus días –Callejón empedrado de insomnios con dos baños y un caño, antena parabólica y enfermería propia–. Que se hizo de amigos a granel por su buen trato y sobre todo porque sabía respetar a sus mayores. Que fue brigadier en la G.U.E. Hipólito Unanue -cuando quedaba en el local que actualmente es «La Casa del Pueblo»- no por abusivo sino por querendón. Y además tocaba el bombo en la banda con desesperante maestría: «o sea sobrino, que yo mismo era el que llevaba el compás de todo el colegio, y junto a Oshiro, impartía ordenes a la formación, y siempre la chocaba para la salida, pero como uno era caballero de un conchetu… no pasaba. Por eso, un mandarín puede mandar sólo con la mirada, como Bolognesi o Grau, sin ser prepotente. Eso me enseñó mi viejita a punta de cocachos y besos en la frente.zambo-79

El Zambo tocando el “chacombo y Abelardo Vásquez en el “checo”. Panamericana Televisión 1979. Atrás, don Pepe Durand y Pipo Vásquez.

3.

Y uno que lo conoce aconchabado desde que apareció para el gran público con don Óscar Avilés en un larga duración con tapa negra y blanca donde interpretaba «La Abeja» no puede dudar que ese señor qué está al frente, es un artista que descubrió en las luces de la vida misma, la médula del sentimiento urbano-criollo que le legó su cultura, el barrio y su pueblo. Ahí está explicando como si cantara, la filosofía sin bladers de la existencia, y como si cantara, está aplicando a su discurso un asincopado de verdades que casi todos saben pero que pocos aplican.

Y de pronto también se hace un silencio porque el zambo pasa de la logística mística a la geopolítica macrobiótica y de la cirugía espacial a la culinaria nacional. «Qué bárbaro don Arturo -le dice el mozo cincuentenario- cuánta sabiduría y sin sacarla». Y Arturo que agradece al ingeniero Carlos del Río por la atención prestada y que se disculpa por haberse retrasado con eso de los trámites, que mañana a las dos se marcha a Madrid y después si Dios quiere y la Virgen del Carmen lo permite, se pegará un salto a Italia, que le gustaría ver a Brasil en el mundial y luego a Chicago y de ahí a Nueva York y vuelta a Santiago de Chile y que tiene que regresar para cargar al Señor de los Milagros en octubre y así va pasando la vida. ¡Y no va ser!

«Óigame, yo era bueno en el bongó. Allá a finales de los cincuenta ya tocaba con Ñiko Estrada y Coco Lagos. Cuando vino a Lima el cuarteto «Los Rivero» quisieron llevarme con ellos porque pensaron que era cubano por el swing. Pero como estudiaba mañana, tarde y noche y en la casa no querían saber nada con viajes ni amanecer fuera de mi cama, así que me quedé pero me di el gusto de acompañar a Xavier Cugat casi quince días. Antes, con otro ritmo ya había debutado profesionalmente con la música de raíces negras que interpretaba con tanto sabor el maestro Juanito Criado, «el arquero cantor», con su conjunto «Patria, Amistad y Criollismo».

Tocaba cajón, cajita y quijada de burro, sería por 1957. Después pasé por diferentes orquestas hasta quedarme un buen tiempo con La Sonora Capri que dirigía Carlos Manrique en el «San Joi Lao» de la calle Capón. Yo remplazaba en la batería al hermano del «Pato» Villalobos que como era guardia civil, los días que estaba de servicio, no podía tocar y así me daba la oportunidad para aprender y hacerme conocido en el ambiente. En realidad a mí me gustaba todo lo que era percusión y mis fuentes eran evidentemente las cubanas, usted sabe, por la influencia de los discos y las bandazas que llegaron por aquellas épocas».zambo-99

Arturo Cavero y su compadre Carlos “Chino” Domínguez.

4.

Pero ya se abrió el apetito y no falta quien diga que hoy es martes del soberbio Frejol con Seco en la casa de La Tía Pilar en el «Callejón de la Confianza» en plenas tripas del jirón Puno. Se pide la cuenta con moderación y democracia y hacia allá nos marchamos en dos carros previas fotos en la Plaza de Armas y paran los autos y el tráfico se encoleriza porque todo el mundo le pasa la voz a don Cavero que ahora luce el pelo completamente blanco y no pierde la oportunidad de saludar a uno y otro, y a una señora que todavía guarda la línea y a un soldado que se hace famoso no por cuidar el palacio sino porque posa para «El Chino» Domínguez.

Ladran los perros, Sancho, mientras cruzamos Abancay pero ahí no más salta la liebre o el gato porque se acaban de dar cuenta que hace tres días falleció don Carlos Donayre García el esposo de La Tía Pilar, y con duelo no hay frejoles así vaya a comer el Papa, porque don Carlos era hermano de César Caycho que fue gran músico y tocaba contrabajo y batería en la orquesta de Roberto Mori y también acompañaba a Julio Mori, Y era secretario de economía de la Hermandad del Señor de los Milagros y una mañana lo atropelló un carro precisamente regresando de la procesión aunque otros dicen que se venía bien sazonado del «CSM Domingo Yufra» ¡Hay señor Santo y Poderoso! Y nos estamos quedando solos y muy mal acompañados.

«Mi padre se llamó Juan Cavero y fue natural de Huaral. Estando chico me sorprendí cuando me dijeron que tenía 14 hermanos de sangre. El viejo era bien movido y fachoso. Nunca le gustó que fuera músico y menos que tocara la batería porque decían que la bohemia era sinónimo de trasnochadas y ésta de la tuberculosis. Así que con el juramento de no descuidar los estudios me daban largona. Yo tocando la batería ganaba 30 soles por noche pero tenía que dejar Para la casa 20 soles no porque faltara plata sino porque a mi mamá le gustaba tocar la plata que yo ganaba, por puro gusto no más. Un día mi madre me compró una olla especial marca «Récords», grande bien grande y de doble fondo. Las vecinas como me veían llegar de madrugada le habían recomendado que no descuide mi fósforo así que mi mamá la tarde anterior se iba a Billinghurst y compraba una docena de cabezas de bonito, otra de machete y un cuarto de gruesa de choros, toda la noche hervían en la famosa olla más otros ingredientes secretos y calculando diez minutos antes que yo llegue –jamás me retrasé– le agregaba un kilo de fideos canuto. El aroma salía hasta la calle y era un caldo gomoso y blanco como la leche, un verdadero sopón del zócalo continental que me arrullaba o me tumbaba, y entre cucharada y cucharada mis ojitos se cerraban soñando con un mundo mejor en los brazos del silencio goloso»

–Oiga sobrino, usted es mi amigo –dijo el finado Humberto Cervantes– pero es bien malagradecido.

–Por qué tío Humberto –atinó a preguntar Arturo abriendo los ojos como un globo terráqueo de colegio.

–Mire Cavero, yo he sido Sargento Primero –repuso el popular «Oiga» con rigor castrense– igualito que Sánchez Cerro y don Manuel Odría.

–Y eso que significa –lo interrumpió el zambo–.

–Que yo hubiera llegado a alférez, y después a capitán, y luego a comandante y de ahí no paraba hasta presidente de la república –anunció levantando la voz y las cejas y fue categórico–: ya ve todo lo que se hubiera perdido.

–Ahhh, tiene usted razón –balbuceó aturdido y en punto de KO el buen Arturo–.

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LIMA, 20 DE OCTUBRE DE 1985 ARTURO ZAMBO CAVERO EN EL SACHUN FOTO: EL COMERCIO

5.

Y no habrán ocurrencias que aquellas que dejara grabadas el maestro Cervantes –hijo del capitán Cervantes, jefe de la V Región y fundador del república de Iquitos– que en las palabras de Arturo Cavero son celebración y fiesta. Es que el «Zambo» fue su pupilo en un millón de jaranas y lo acompañaba a serenatas, cortapelos, corcovas y presentaciones en la radio, y todo por el mismo precio. Y vamos que de ahí rescató el zumo de la pendejada. Igual ocurrió con la maestría de don Luis «Pindongo» Romero Luna y de Pancho Estrada, de aquel tío Isla y de Isusqui pasando por don Juan Ríos, Bahamonde y el incomparable Augusto Ascues. ¡Que no aprendió Arturo! Y después llegó la mano de Rómulo Varillas de Pancho Jiménez natural de Chiclayo y todo aquello que significó la universidad del Criollismo: El conjunto Fiesta Criolla, y pare de contar.

«Mi abuela Filomena natural de Cañete me habló del tío Leopoldo Isusqui y del tío Calino. Eran unos tigres con la guitarra y zamba que pasaba, zamba que se enamoraba. Es que el amor es como el «frejol colao», dulce, denso y a veces empalagoso, y va junto con la música porque amar sin música es como comer sin troncha de carne. Mi tía Tomasa Victoria, hermana de mi papá, fue soprano. Así que por algo uno no nace cantor y musicante. En mi casa había primero un radio RCA pero sólo captaba cuatro estaciones hasta que un buen día lo cambiaron por un Philips que trasmitía desde Japón. Después mi mamá se ganó una dupleta familiar que se armaba en el callejón y compró un señor radio marca Telefunken. Era como tener a las orquesta en la sala-comedor. Entonces uno por más bruto, aprende, además quiero decirte que el artista nace pero en el juego de la vida se modula. Hoy existe renovada tecnología y hay muchos cantantes que son de laboratorio. Pero otra cosa es el arte que modestamente esta encima de la filosofía. El arte es sublime como el chocolate. Por eso uno es sabrosón, como aquel rey africano que tenia 700 mujeres pero hubo una revuelta y sólo le dejaron 49, así que aquel hombre comenzó a morirse de pena. Y no va ser».

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6.

Bueno pues, enrumbamos a La Victoria y en la pescadería y salón de té, que está frente a donde funcionaba la sede de Alianza Lima, juntamos tres mesas -«una más para poner las espinas»- dice el maestro que ya está pidiendo le cuadren una auténtica chita en punto de kión y remata antes de empezar con una pintadilla con aretes y lechugas al vinagre repujadas en aceite de oliva. Ya no ya! Entonces el dueño que para variar es hijo del sol naciente sabe lo que es debilidad y ahí mismo nos regala con una cisterna de «Lija» que no es otra cosa que un vino rascabuche con su kola y que fue inventada en las entrañas de los Barrios Altos. El reloj Seiko de Cavero brilla como una sirena junto a la osamenta de lo que fue hermoso pez. «Y a lo lejos de la playa se divisa una linda pescadora que se baña».

Don Domínguez también entra al pleito y de la chita sólo queda el sabor del recuerdo adormilado en los rescoldos de la foto y en el claroscuro de ese «Ángelus Novus» de la amistad y la emoción. Es que así es Cavero, una humanidad para el país injusto que no deja de entonar un himno a sus muertos. Hoy en España está cantando como un Plácido Domingo de Callejas polvorientas y acequias rumorosas. «Tuve la suerte de trabajar con mucha gente que vino después del Himno Nacional. Por eso soy peruano hasta la médula. Un muchacho de barrio con memoria audio-visual y ahora estoy por el frejol Castilla y su frazada de cerdo al rincón del corazón, es decir de John Dewey y el pragmatismo de la educación hasta Felipe Pinglo Alva y el Espejo de mi Vida Y no va ser».

Fragmento de mi libro USTED ES LA CULPABLE. Editorial Norma. Lima 2004.

* Arturo Cavero Velásquez nació en Lima, 29 de noviembre de 1940 y falleció también en Lima el 9 de octubre de 2009. Sus padres vivieron en el callejón conocido como la Banderita Blanca del centro de Lima. Fue hijo de Juan Cavero, nacido en Huaral, y de Digna Velásquez, natural de San Luis de Cañete, enclave de la cultura afroperuana. Su apelativo “Zambo” le fue dado por el periodista de espectáculos Guido Monteverde.

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BONUS CRACK

ARTURO “ZAMBO” CAVERO AL ROJO VIVO

Una entrevista de Mario Campos.

En su edición número del 23 de noviembre de 1996, la revista Somos de El Comercio publicó una entrevista realizada por Mario Campos al ‘Zambo’ Cavero. La reproduzco aquí.

Cavero tiene mucha calle, muchas serenatas, harta jarana. Ha cantado 26 veces en Estados Unidos. También en Francia, Suiza, España, Suecia. Aquí es el último criollo, el último santón de un arte que, gracias a gente como él, no muere. El 29 es su santo. Quiere mucho a Rómulo Varillas y jura que se va a cuidar, que va a bajar de peso. Pero antes, escúchelo, con cajón y sin él.

–Arturo, ¿cuánto pesas?

–En la entrevista saldrá.

–¿Cuánto pesas, pues?

–Ya te he dicho que en la entrevista saldrá.

–¿No se resiente tu salud?

–Cómo no se va a resentir si ni mis rodillas me hablan. Pero, franco, franco, voy a entrar en tratamiento, porque desde que estuve en Suiza, me he pasado, y ya las rodillas no me resisten, me duelen y no puedo seguir así.

Los limeños llaman “huecos” a los restaurantes donde no sólo cocinan muy bien y donde hay una atención cariñosa y familiar. Los limeños llaman “huecos” a los lugares que les sirven de refugio. Y de esos, Arturo Cavero tiene miles en Lima: en La Victoria, en Lince, en los Barrios Altos, en Breña. Un buen “hueco” tiene su secreto: un plato, una delicia, que sólo sirven ahí. Y Cavero habla de sus “huecos” como un guía turístico, con avidez, sorprendiendo siempre, porque él sabe dónde sirven la mejor patita, los mejores chicharrones, y el cebiche y la carapulcra, y todo lo que queda del acervo criollo, del cual, él Arturo Cavero Velásquez, es el último santón, la última gran figura de masas.

En un “hueco” de Lince conversamos. En la calle lo han saludado, de los carros le han gritado –“zambo, zambo” le han dicho–, los vendedores de un mercado cercano le han hecho fiestas: Arturo, Arturo y Arturo picando de aquí, matándose de risa con la gente que no sé qué le dice, pero él es así: un palomilla gordo, un niño inmenso en cuya alma se quedaron los sonidos de todas las jaranas que en Lima hubo y las voces de los cantores, las guitarras, el redoble de los cajones…esa alegría.

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–¿Y dónde los escuchabas?

–En el Felipe Pinglo. Yo tendría once, doce años. El Felipe quedaba en la cuadra nueve de la avenida Abancay, yo nací en la cuadra once y me iba hasta el Pinglo a ver las jaranas. Eran dos casas que las habían juntado. Yo no me puedo olvidar de esas voces, los guapeos, ese ambiente.

–¿A quiénes escuchabas?

–A José Moreno, que era un cantante extraordinario y cantaba con Oscar Avilés; a Leturia, a Curro, que grabó con Oscar “Olga” de Pablo Casas; a Cervantes, a Alejandro Cortez, de “Los Morochucos”; y a “Pajarito” Bromley, de “Los Chamas”, y también escuché a “Los 3 Diamantes”.

–¿A Los 3 Diamantes? Al trío mexicano?

–Sí, ellos estuvieron en Lima y en el Pinglo. Yo los estaba escuchando y de adentro me dijeron, Arturo, vaya a comprar una liga y un lápiz Faber. –¿Para qué?

–Ellos no habían llevado guitarras y necesitaban eso para improvisar el “capotraste”, que sirve para transportar las notas. Yo después los vi en el cine, en una película con Lilia Prado, tacatí-tacatí-tacatá-tacatá, con esas piernotas y allí estaba preparándose Resortes, y por ahí Mantequilla, Chicote. Todo eso veía.

–Y ya eras gordo…

–Dale. No, no era gordo. Era espigado, altito.

–Y ya te gustaba la jarana…

–Cómo no. Yo nací en una quinta que se llamaba “La banderita blanca”, y a la otra cuadra quedaba el Pinglo, y más allá el Tipuani. Además, pon que yo estudié en el colegio 403 de Montevideo.

–Ya, pero ¿de quién aprendiste tus primeras canciones?

–De mi madre. Ella cantaba. La primera canción que yo escuché en mi vida fue Alma Mía, de Pedro Miguel Arrese: “el día que me olvides alma mía, no sé si existirás en mi penar…”. Y que en su parte alta dice: “si los lazos que nos unen se llegaran a romper, que se acabe ahorita mismo la existencia de mi ser”. Eso fue lo primero que le escuché a mi mamá, y por eso lo canto hasta ahora, y lo cantaré. Pero, además, quiero decirte que en el barrio donde nací, toda la gente era criolla, y había fiestas, serenatas, y las fiestas eran con pick-ups alquilados, con su cajita de agujas, llevados en triciclos.

–Y escuchaste a Pablo Casas…

–Cómo no, si era amigo de mis padres. Pero también lo escuché en el barrio de Santa Catalina, donde vivían sus primos, los Huapaya.

–Tus padres…

–Recuerdo a mi padre con infinito amor. Era recto, disciplinado y taxista. Fue un señor, dirigente sindical y todo. Y mi madre, mi mamá era el amor.

–¿Y ellos veían bien que a ti te gustara la jarana?

–Lo que pasa es que mi papá quería que yo fuera otra cosa. Le habían dicho que la bohemia tenía que ver con la perdición, con el abandono.

–Eso a tu papá. ¿Y a tu mamá?

–A mi mamá le dijeron que la bohemia me iba a tuberculizar.

–¿A tuberculizar?

Sí, eso le dijeron, pues. Entonces mi madre compró una olla Récord, porque en ese tiempo había ollas a presión, compró una olla de triple aluminio, y se iba a Billingursth a comprar cabezas de bonito y me hacía concentrados de pescado para que no me tuberculizara y, fíjate ahora, no me tuberculicé. Y tanto no me tuberculicé que hoy, que quiero bajar de peso, no puedo.

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–¿Y cuándo empezó la jarana en serio?

–Bueno, yo ya a los dieciséis años tocaba percusión con Juan Criado.

–Juan Criado, el padre del arte negro en el Perú…

–Él les enseñó a todos, y después empecé a hacer chivos con orquesta.

“Chivos”. Traducción: palabra con que los músicos o cantantes llaman a los contratos que tienen en fiestas particulares: matrimonios, cumpleaños y así. La gente de la televisión le llama “bolos”.

Sigue Cavero: …

–Empecé a hacer “chivos” en la orquesta del señor Romero, la orquesta Capri. Después toqué mucho tiempo con los camagueyanos, la orquesta Camaguey de los Menacho. Tocaba batería, timbales y también cantaba. Tenía un swing terrible. Luego, en el 61 y 62 toco en el Negro-Negro y me encuentro con Rafaelillo, el chino Wong, Ochoa.

–El Negro-Negro, la gran bohemia de Lima…

–Ahí conocí a Sérvulo Gutiérrez, a Juan Gonzalo Rose, a Alfonso Tealdo, a Jorge Pool, a Hudson Valdivia, una listaza. Pero, fíjate, a los 21 años me gradúo de profesor primario en el Instituto Pedagógico Nacional y gano tres mil soles mensuales. Ahora, fíjate más: yo, tocando y cantando en las orquestas superaba los quince mil soles. Cómo pues, así…

–¿Y lo de Avilés?

–A mi tío Oscar lo conocí en el Pinglo, y después, en una serenata que le dimos por su santo en el Casino de La Victoria. Al tiempo, yo trabajaba con Fernando Loli en “La Tapa”, la revista musical de Polo Campos. Hacíamos un número de maravilla. Fernando con la guitarra y yo con el cajón. Hacíamos “un suspiro de mi pecho aquíi es prueba de mi fiel cariño” y en la parte rapidita que dice: “yo-quiero-que-escuches-imagen-de-mi-alma-que-te-ama-y-te-adora-como-una-aventura-que nadie-ha soñado”. Esa parte rapidita. Bueno, en esa parte, la gente se ponía loca, y se levantaba, y Polo gozaba, y éramos el gran jale, hasta que Polo le dijo a Oscar Avilés: “mira ese número”, y mi tío Oscar me llevó a odeón y ahí empezó todo.

–Cuando Augusto empieza a componer para ustedes, inicia un nuevo rumbo en sus canciones. La fuerza emotiva de siempre pero, ahora con la gracia negra, ¿no?

–Sí, pero lo primero que Augusto compone para nosotros es “Cada domingo a las doce, después de la misa”… Ese vals maravilloso: “cada domingo a las doce saldré a la ventana, para esperarte como antes después de la misa, y en la esquina solitaria voy a ver a mi alma, que espera tus brazos, buscando tus pasos”…Una tristeza… Sí, y después vienen “Cariño malo” y “Cariño bonito”.

–¿Ese cómo es?

— Ese que dice: “dónde se duermen, tus ojos chinitos, cariño bonito”… y que más adelante dice: “y si tú sabes, que te necesito, pasa un ratito, por mi soledad”…

Con “Los Morochucos” Polo hizo “Cuando llora mi guitarra”, “Regresa”, canciones extraordinarias, y con ustedes también tiene un buen tiempo. La serie de los “cariño” es muy buena. Lo curioso es como salta de lo coloquial a lo estruendoso. “Contigo Perú”, “Y se llama Perú”, son la locura en cualquier parte, especialmente en el extranjero. Yo he visto llorar a mucha gente con esos valses.

–Con esos valses que seguro aquí no cantan…

–Y abrazados.

–Con una emoción que aquí en el país nadie tiene…

–Pero aquí la gente también se emociona. A mi se me salió el corazón cuando con Oscar cantamos en el Estadio Nacional, antes del partido con la Argentina. Y te crece el alma cuando escuchas a cincuenta mil personas: “Yo también me llamo Perú, con p de patria”. Ah, es algo que no te puedo contar. Es algo indescriptible. Pero ahí están las imágenes de la televisión. Yo no puedo quitar esas canciones cuando me presento en público. La gente me mata. Todos, todos cantan, y es una felicidad.

–¿Qué otras canciones no puedes dejar de cantar porque sino te matan?

–“Rebeca” y “Olga” se han incorporado. No puedo dejar de cantarlos. Lo que también me emociona es cómo se conmueve la gente, cómo quiere. Y hablo de la gente más pobre, que cuando termino de cantar se quita su reloj, me regala sus lapiceros. Quieren demostrarme que están felices…

–El arte es una forma de la felicidad…

–Sí, pues. Eso lo comprobé cuando canté con “Los Hijos del Sol”, que son muchachos, que no han tenido la calle que tengo yo, pero que tienen tanto talento, son tan buenos, con tanto sabor. Ellos hacen un vals movido, y cuando yo entro a lo mío, cuando entro a mi quimba azambada, ellos me siguen, me agarran, porque son buenos, y eso me da felicidad. Si gusta lo que yo hago, si sigue gustando es porque yo soy feliz cuando canto. Y la música, pues es una felicidad donde todos nos reunimos.

–Aparte de los Estados Unidos, ¿dónde más has hecho llorar a los peruanos?

–Bueno, en España, en Barcelona, en Vigo, en Madrid. Pero donde la cosa fue terrible, extraordinaria, fue en París. Con Oscar hicimos un espectáculo tan grande que los peruanos, los latinos, no nos querían dejar salir. Fue muy emocionante, y siempre con “Contigo Perú”, con “Y se llama Perú”.

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–¿Qué canciones no peruanas amas?*

–Las canciones que cantaba Beny Moré, como: “igual que un mago de Oriente, con poder y ciencia rara, logré romper las cadenas”. Y ese bolero tremendo que dice: “Cómo fue, no sé decirte qué pasó, cómo fue, no sé explicarte qué pasó, pero de ti me enamoré”. Yo conocí a Beny.

–¿Conociste a Beny Moré?

–Sí. Canté con él. Buenísimo como artista y como persona. Era alto, había sido boxeador. Nosotros nos presentamos en un espectáculo donde la estrella era Beny Moré, en el Western, y yo me pongo a tocar el cajón. No te olvides que de mí aprendieron todos, ¿ya?. Bueno, yo estaba tocando un festejo y una noche Beny escuchó ese golpe, se sentó a escucharme y después se puso a tocar igualito que yo, como si hubiera nacido negro peruano. Es que lo negro es universal.

–Beny Moré, lo más notable de la música tropical.

–Y también me gusta todo lo que cantó con Pérez Prado, no? Una maravilla. Pero no sólo Beny me gustaba, también Rolando La Serie, que era baterista de su orquesta, y que es un gran cantante.

–¿De qué sabores está hecha tu alma?

–Mi madre cocinaba sensacional. Preparaba un pescado guisado…Buenas noches! Mi padre también cocinaba su pescado con unas cebollas, ay!, con unos tomates, y esos trozos de pescado con su arroz bien graneado, con su concolón. Pero mi madre era la reina de la cocina. Me hacía arroz con frejolito de Castilla, con camaroncitos chinos y trozos de tocino, y encima me ponía unos huevos fritos, y una salsa de rabanitos con cebollas que Buenas noches…¡oiga usted! Y también me hacía patitas con maní, ay Dios, un cau-cau y frejoles con papada… ¡por favor!, si nosotros vivíamos a dos cuadras del Mercado Central.

–Estás feliz, Arturo, eres feliz…

–Tengo nostalgia de mis padres. Hubiera querido que estuvieran vivos, que disfrutaran de mí. La abrazaría a mi mamá. Le besaría su cabeza. A mi papá también. Quisiera comprarle un sombrero, una casaca bien bonita. A veces, cuando estoy en el extranjero, pienso qué no les llevaría a ellos. Tengo nostalgia de mis padres, sí. Nostalgia del tiempo que ellos vivían. Ellos eran mi único mundo. Tengo el corazón lleno de amor, estoy lleno de recuerdos, pero me voy a cuidar, sí, te juro que me voy a cuidar.

SU ÚLTIMA CANCIÓN

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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