Con Ava Garner en el cine Orantia

 

POLVO DE ESTRELLAS:

CON AVA GARNER EN EL CINE ORRANTIA

Un relato de ELOY JÁUREGUI

En aquel tiempo, solo las iglesias y las salas de cine eran mi perdición. Dios y las estrellas de cine tenían el mismo valor de fe, mi evangelio personal, mi catecismo propio. Las stars systen poblaban mis delirios y mis safaris. Iba al cine por la tarde no a cualquier hora. En Surquillo, Miraflores, San Isidro, las encontraba a ellas. Las de Hollywood, la únic a Ava Garner y también Zsa Zsa Gabor, Greta Garbo. Las italianas vespertinas, Sophia Loren o Gina Lollobrigida. Las mexicanas rotundas Dolores Del Río, María Félix, Ana Bertha Lepe. Cierto a falta de ellas chapaba las producciones de John Ford, De Sica, Zavattini, Luis Buñuel. Aceptaba a Cantinflas y por qué no al Indio Fernández. Me gustaba “Gigante” con Elizabeth Taylor ya entrada en carnes y ver los clásicos: “Intolerancia”, “El gabinete del doctor Caligari” o “Acorazado Potemkin. Mi cine fue el Orrantia. Ahí me hice un cínico: un amante del cine. Un amante de Ava Garner.

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1.

Conocí temprano a Ava Garner antes que a Zsa Zsa Gabor pero después de Greta Garbo en el Cine Orrantia una tarde. Las 3 de la tarde es la mejor hora para el erotismo oftálmico, la matiné del ojo como ojal para estar con ella dentro, ojalá. Y en aquel tiempo, yo mozalbete, estoy seguro que George Bataille no me conocía de fisgón más bien de deshollinador, ahí, en ese espacio de las estrellas de cine donde yo era un navegante sideral y asceta. Digo que Bataille estaría de acuerdo conmigo que el erotismo es ese toque que nos reconcilia con nuestra naturaleza arbórea, nos da conciencia de ser un ser otro, un tipo diferente, un ente distinto.

Y distinta también era Ava Garner en “La condesa descalza” un film de Joseph L. Mankiewicz que hizo que le quitase los zapatos y amén de otras prendas íntimas. Fui ducho en el planeta de las stars-system y damas de la cinematografía norteamericana aunque Ava Garner era mi Eva latina y yo su Adán morocho. Ava Garner fue mi musa en el Hotel Bolívar, borracha, incluso antes que yo naciera. Y Ava era “el animal más bello del mundo”, según los zootécnicos de la pasión. Cierto, se llamaba Ava Lavinia Gardner. Y le gustaba andar calata. Una pulmonía acabó con su vida a los 67 años en su casa de Londres ese 25 de enero de 1990 y enviudé precoz.

El cine es el apio del pueblo, ya lo dijo Marx, Groucho Marx, el judío de derechas hechas y deshechas. Y crea adicción y pasión. Como las carnes del burgo: los anticuchos, por ejemplo. Plato del asfalto, de esquina, de carretilla. Carne de corazón penetrada por pincho o caña. Picante, como el sexo prohibido; amor de la calle, para algunos. Pero el cine, sigo, ofertaba la bicefalia, el sueño y la mujer. Y todos teníamos mujeres en la pantalla como la antigua tuberculosis. En Surquillo nos decía el cura que si uno era pajero, había que pasarse por la pantalla. Sí, la TBC sin ecran ni cortinas, a todo pulmón, el cine mortal del portal. Así, Disolutos, seríamos amantes consentidos por nuestras esposas. Las estrellas del cine se metían a la cama de nosotros, y éramos felices.

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Ava Garner en el Hotel Bolívar de Lima.

 2.

Y en ese entonces, el Cine Orrantia era sala de estrenos aunque los vecinos de San Isidro lo consideraban como un cine de barrio. El cine en la Lima de ese entonces era patrimonio de la comarca o parroquia. Barrio sin cine era como pueblo sin iglesia. El cine simbólicamente fue patrimonio de la autoestima barrial. En ese San Isidro de finales de los cincuentas, solo el Orrantia y el Drive inn de Limatambo.

Lo he contado en otra función, que llegaba temprano y muy nervioso al cine por las tardes. Entonces existían las entradas numeradas y la boletera era experta y consejera en la película que uno había escogido como pecado. Y luego frente al telón y sus luces que se iban apagando en degradé como uno iba abriendo los ojos como un degenerado. El telón del cine fue siempre mi talón de Aquiles. Yo en ese entonces, Ulises sin perro  –de la RCA Victor– que me ladre y huérfano de James Joyce, regresaba casi siempre a Itaca todas las tardes y a oscuras como un Homero hecho de sólo tacto. ¡Ah Itaca! la isla Itaca, mi segunda patria en la pantalla. Bueno, a los 13 años, uno sospecha que no sólo le falta bigotes sino algo más contundente, aquel peñón en matiné. Insisto, ya han asegurado cientos de cínicos –los amantes del cine– que la hora ideal para el sétimo arte es como en los toros, la tercera hora PM.

Así que mi segunda Itaca en realidad quedaba en medio de ese mar Jónico lejano de mi Surquillo natal. Mi segunda Itaca era la cazuela del cine Orrantia, frente al primer by pass que se construyó en Lima, obra del dictador Odría y ahí están ahora las fotos pegadas en el puente Villarán para que los pitucos no se anden quejando de los dictadores. Entonces uno tenía la modernidad urbanística en la espalda y después, la postmodernidad cinematográfica tatuada en el pecho que era antes. En el medio siempre estaba el telón. Y los telones del cine Orrantia, imaginaba yo, casi como un intolerante D.W. Griffith ante su Babilonia de celuloide del pobre, los telones decía, siempre me parecieron las sábanas de las estrellas.

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“La condesa descalza” con Ava Garner y Humphrey Bogart.

3.

Y en el Orrantia, uno no subía el telón sino, bajaba las sábanas. Y en medio de aquel trance voluptuoso, aparecían ellas, las estrellas, de mi cazuela, el cielo del cine no aquella que es la madre de todas las sopas. Uno en cazuela, entre los caldos de aquella unipersonal olla de teflón, se cosía a fuego lento, casi en baño e’ María, desnudo ante las diosas, solo como el primer astronauta aborigen frente a la noche espacial y especial. Y si mal no recuerdo, me hice docto en el sabor mítico antes que en el filosófico como es del cine: antes el mito está el pecado. Ya lo dije, en aquel tiempo mi visón del cine era manual. Ducho sobre esas olas nocturnas como un bronceado tablista en el sueño húmedo en una tarde de verano, cuando me hice mozallón.

La matiné del Cine Orrantia tenía parafernalia de festejo y fiesta de la fe. Uno iba a intimar con esa dama que aparecía en los afiches y entredoses. Y había más de culto que de teología aunque el infierno quedaba ahí mismo. Así comprendía a Guillermo Cabrera Infante o infame –amante sin asco de Barbara Stanwyck y sin marcapaso de Ginger Rogers— y entendí que el cine era la vida, y que lo mejor de la vida (y, por ende, del cine) eran entonces las divas y cierto, algunas mujeres. Por ello construí una suerte de vademécum casi un catálogo púber, personal y lleno de escorbuto bajoventral.

Venéreo, fui vacunado contra los géneros cinematográficos: los western, las cintas de Tarzán, todo Charlton Heston y “Marcelino pan y vino”. Es decir, todas las otras ofertas que ofrecía el Cine Orrantia. Luego lo mío fue el neorrealismo italiano: Silvana Mangano, Silvana Pampanini, Gina Lollobrigida y los directores De Sica, Rosellini y después Dino Risi y su maravillosa “Il sorpasso” con Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant hasta que conocí a Sophia Loren –guardo la revista Life del 16/09/1966 donde aparece en la tapa con lencería negra—y la observé por enésima vez en “Matrimonio a la italiana” y me casé cazado al celuloide. Así, mi religión fue el cine y mi pecado carnal más que mortal, las criaturas del celuloide que me convirtieron en acolito más que sacristán de una escena sin pena (o al revés).

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4.

Un atardecer a la salida de la matiné el crepúsculo dorado de la Av. Javier Prado me obnubiló de pronto. Ciego yo casi deslumbrado todavía con Ava Garner en cueros, alcancé a reconocer entre la multitud del paradero de la línea 9 a Gabriela, una muchacha fugaz como son las estrellas fugaces que vivía cerca de mi casa. Y cierto, estaba ahí seria y maciza como lucía siempre en el barrio. Volteo de súbito, me miró y me dijo: “te vi en el cine, no te pasé la voz, estabas tan concentrado en la escena de la ducha…”. Me habló, ella que nunca me había dirigido la palabra y añadió: “es buena esa Eva”. Dijo Eva y no Ava.

Aquello fue un deslumbramiento, la chica más seria y presumida de la cuadra de pronto me reconocía en la oscuridad de la sala y hasta dijo mi nombre. No la corregí y al contrario la escuche durante el trayecto a casa. Era más bonita de cerca y su voz era como las criaturas de la pantalla y fue más sorprendente cuando dijo que sería una actriz de cine y que viajaría a Hollywood. Al tiempo no la vi más. Desapareció. No sé si había viajado a la meca del cine pero desde esa vez solo me quedé con su recuerdo y mientras yo contemplaba a las actrices ella me miraba con su perfil entrañable en medio de las sombras del Cine Orrantia, siempre en matiné, como una estrella.

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Ava Garner y Frank Sinatra.

 

 

 

Del libro de relatos “Ábreme las venas”. Que será publicado en noviembre del 2020.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

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