Alfonso Tealdo / Héroes bizarros 207

Especial: Alfonso Tealdo

UN CAZADOR INSOMNE

(Y una entrevista de Tealdo al último sobreviviente del Huáscar)

Un perfil de Eloy Jáuregui

ALFONSO TEALDO

 

Seguro que los jóvenes periodistas no lo conocen. Pero ya no hay como él. Alfonso Tealdo Simi fue uno de los periodistas más inteligentes e incisivos que trabajó en la prensa peruana. Un ser de otra laya. Su frondosa carrera en la prensa escrita y radio lo llevó a diversos programas televisivos como “Ante el Público”, “Mesa Redonda”, “Pulso” y el recordado “Tealdo Pregunta”, en los que demostró sagacidad y aptitud de polemista. Fue Premio Nacional de Periodismo. El maestro Tealdo falleció el 31 de julio de 1988. Valga esta crónica para denunciar cuánto nos hace falta.  Ya no hay como él.

1.

Lo extraño a Alfonso Tealdo. Un periodista de fuste y filigrana. Con empaque. De orillas profundas. De médula moderna. De conocimientos vastos. Fue el primer hombre de prensa multidisciplinario. En pocas palabras, sabía demasiado. Culto, no fue bohemio ni criollo, fue humano de inmensidades. Y a pesar que nació hace casi un siglo, Tealdo hoy sigue brillando y no como tantos carcamales que siguen en el periodismo y van llevando como su única dignidad la decrepitud. Los hay, algunos hasta dirigen diarios. Jamás cambiaron, ni se actualizaron, ni se capacitaron. Ahí moran con sus viejas Remington como quien carga su ataúd. Tealdo no, era distinto y diferente.

Yo era pichón cuando Alfonso conducía su programa “Tealdo Pregunta”. Entonces Panamericana Televisión era un señor canal y no es estercolero que es hoy. Tealdo aparecía solo sentado en una silla moderna casi sin escenografía. Luego se abría la toma y aparecía su entrevistado. Podía ser un científico, un chamán, un publicista, un abogado, un criminal –que es casi lo mismo. Y Tealdo ahí. Con el estilete de la curiosidad que no es morbo, que la quintaesencia del que quiere saber, de ese que crece cuando aprende. Y en ese tema Tealdo era el mejor. Hoy se recuerda los episodios protagonizados con el ex comunista –que no existe por química— Eudocio Ravines. Y es memorable sus peleas con el “Negro” Genaro Carnero Checa que fue también un personaje con P mayor.

Cuando escribo sobre los viejos periodistas recuerdo a Alfonso Grados Bertorini o a Arturo Salazar Larraín. No a  los fantasmas que moran en la ira de los mediocres rencorosos que no le dieron brillo a sus antepasados. No me refiero a los que manejan la prensa amarilla ni a la “tele-basura”. Ellos no merecen el perdón. Me refiero a la gran prensa en general, de los estándar y de los tabloides, de las revistas frívolas, de las publicaciones universitarias –‘De Magaly TV’ no hablo. De “Peluchín” y “Metiche”  tampoco.  ¿Y antes era mejor el periodismo? Sí señor y no soy pasadista. Desde González Prada y más. De Vallejo y Mariátegui por nombrar a algunos de nuestros maestros, que fueron intelectuales pero también periodistas. Su talento estaba en el manejo de la lengua –su embrujo, su alquimia–. Como Alfonso Tealdo. Con esa habilidad para soñar, hincar desgarrar y encomiar. Con seguridad y desparpajo, para inmortalizar el texto. Todos vivieron del periodismo, pero escribían ensayos, crónicas y por supuesto, además poesía.

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César Hildebrandt entrevista a Alfonso Tealdo.

2.

Es que la escritura es musical, casi una partitura de estruendosos silencios o la música callada del asombro. No existe otra manera de seducir. Y asistimos al fulgor del “Storytelling”, esta suerte de plataforma narrativa tan utilizada para el embeleso de la publicidad y que es el arte de contar historias. Historias de lo real –no de la realidad–. Historias que necesita este país de todas las sangres, anómico y anémico para vivir en paz y con armonía.

Fui vecino de Don Alfonso en la Residencial San Felipe donde pasaba inadvertido. Y fue hijo de Humberto Tealdo y de Catalina Simi. Hizo sus estudios en el antiguo Colegio Anglo-Peruano, hoy Colegio San Andrés de Lima, del cual egresó obteniendo el Bentinck Prize del año 1932. Desde sus años escolares demostró sus dotes escribiendo en la Revista Leader, siendo su primer artículo relacionado a Mahoma. Aunque con inquietudes por la ciencia (representó a su colegio en certámenes interescolares), con la influencia de sus profesores Raúl Porras Barrenechea y Jorge Guillermo Leguía se preparó para seguir estudios de Letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos pero, debido a que esta se encontraba clausuraba, siguió estudios superiores en la Pontificia Universidad Católica del Perú, de donde egresó con satisfacción de haber encontrado excelentes maestros.

Y así como hoy me alegro de haber conocido al maestro Juan Gargurevich –que ese señor sí sabe—y Humberto Castillo Anselmi “El Chivo”, debo certificar que Alfonso Tealdo Simi fue uno de los periodistas más influyentes de la segunda mitad del siglo pasado. Fundó publicaciones que sacudieron los esquemas de su época, como “Equipo” (1947), “Gala” (1948), “Ya” (1949), “Pan” (1949) y “El Diario” (1961). Su prosa era incisiva, su verbo ágil y avispado y su estilo deslumbrante. De inclinaciones políticas controversiales, atacó a Pedro Beltrán Espantoso y a su periódico “La Prensa”, para luego escribir en “La Prensa” y sacar el diario vespertino “El Diario” con financiamiento de Beltrán. Y en 1976, aceptar el encargo del dictador Francisco Morales Bermúdez de dirigir “El Comercio”, cuando este periódico se encontraba sometido al régimen.

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Tealdo entrevistando al director de Caretas, Enrique Zileri.

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Alfonso Tealdo se casó con Lourdes de Rivero Bustamante, y tuvo 3 hijos: Ana Rosa, Alfonso y Gabina. Luego de laborar en la radio, en 1958 pasó a la televisión siendo un incisivo entrevistador en programas como “Ante el Público”, “Mesa Redonda”, “Pulso” y el recordado “Tealdo Pregunta”. Tuvo también la dirección de programas noticiosos como “El Panamericano” y de entretenimiento como “Perú 74”. Mientras, fue un padre ejemplar, un maestro singularísimo, un predestinado para el asombro. Y vamos que esa fascinación no era por el lugar común ni la militancia ramplona. No. Tealdo fue único por haber labrado su propia técnica. Cosa que hoy no abunda. El periodista con sello propio, con pasmo y sorpresas.

Al maestro Tealdo uno le contaba cosas. Como esa vez cuando asistí a mi primera clase de Redacción I en la Escuela de Periodismo en la UNMSM, un desusado profesor, aquel que sentenciaba: “el periodismo es un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad”, afirmaba también –con sus tizas de colores y su mota—que para llegar a ser profesionales medianamente competentes había que saberse de memoria las ranciedades de los textos de G.M. Vivaldi  –el ya fosilizado catedrático español, no el músico de “Las 4 estaciones”– y de José Luis Martínez Albertos, aquel del la antigualla teórica en la Complutense de Madrid.

En aquel tiempo yo era lector afiebrado de González Prada, de sus “Horas de lucha”,  de “Pájinas Libres” [Sic] y de su poesía y baladas en las que aniquilaba a la mediocridad vigorosa de esas horas. Pero fue con su memorable “Discurso del Politeama”, en tiempos de las ruinas de la guerra con Chile, donde admiré el filo del maestro: “los troncos añosos y carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo y sus frutas de sabor amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores nuevas y frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”.

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En el Cafe Berisso con Paz Caferata y “Gorky”

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De aquel tiempo viene el dilema como sistema de este tema. En el Perú y en América Latina, la puja se ubica en el mismo ombligo de lo que se entiende por ‘pasadista’ versus aquello que comprende de vanguardias. No me refiero a lo posmoderno o al concepto “hipermoderno” a la manera de Gilles Lipovetsky. No, ya advertía en esos días dos tipos de periodismo excluyentes: el buen y el mal periodismo. Pongo punto. Luego, mis lecturas de Reed, Capote, Wolfe, Talese, Thompson, Mailer, amén de mi Hemingway de cabecera y mis Dos Passos de borrachera, inyectaron la luz que existía una arquitectura del texto integral, de una poética y de una erótica, que se escapaba del canon del viejo estilo español.

Y en eso me alumbraba Alfonso Tealdo y su épica entrevista a Orson Welles. Ambos, solos como dos astronautas en medio del silencio sideral. Y vamos que es de esas piezas del periodismo ejemplar.  Una de los mejores de su carrera. Será por los piscos sour que liquidó con el director de cine. O porque consiguió sorprender al gigante de la cinematografía con peculiares preguntas. Y aquella improvisación y de eso que llaman “repentismo” es de genios. Que uno es un matador de toros y tiene que hacer lidia en los terrenos de la muerte. Y ya no hay más que el temperamento, la personalidad, el fondo. Que es el nutriente para forjar talante. Y eso fue Tealdo, un periodista de agudezas, de perspicacias y chispa.

Por ahí he leído que en su conocida columna “El Mirador”, bajo el título de “Yo no soy nazi”, el 26 de mayo de 1944 explicó entonces su posición política. “Yo no soy nazi porque no soy alemán. Yo, tampoco, soy fascista, no obstante el 75 por ciento de mi sangre, porque esencialmente la sangre es el suelo donde uno nace y yo he nacido en el Perú. Yo no soy filatélico y a mí nunca me ha gustado ponerles etiquetas a mis ideales políticos y a mis creencias sociales”, escribió: “No soy, de otra parte, un pesimista que no cree en nada, pero tampoco un optimista que cree en todo”. Y leo en el blog “garganta profunda” de la UPC, que su hija Ana Rosa Tealdo relató un día habitual de Alfonso Tealdo: “Era un hombre muy dedicado a su trabajo.

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En sus cuarteles de invierno, con su gato. Residencial San Felipe.

5.

El magnífico periodista Domingo Tamaríz lo recordaba así en su libro “Memorias de una pasión”. Tomo III Lima 20016: “Llegó a la televisión y al toque sentó cátedra al frente de El Panamericano y, luego, como creador y conductor de programas recordables como Cartas sobre la Mesa, Tealdo Pregunta y Pulso. Estas emisiones, que invariablemente se ocupaban de temas de la coyuntura, tenían un panel de invitados que integraban conocidos periodistas, como Mario Herrera Grey, Lucho Loli y Amadeo Grados Penalillo, y luego César Hilderandt, Ricardo Müller, Agustín Figueroa y Manuel Tarazona, entre otros. Alfonso Tealdo es, pues, uno de los grandes periodistas peruanos de su tiempo; como pocos, triunfó en la prensa escrita, en la radio y en el periodismo televisivo.

En la revista “Pan” de 1950,  Alfonso Tealdo logró que se iniciaran como periodistas Alfonso Grados Bertorini, Mario Miglio Manini, Arturo Salazar Larraín y Jorge Moral, entre otros. La revista tuvo una vida breve: sacó apenas dieciocho ediciones. Eran los años en los que el periodista amaba la noche; cuando, cumplida la jornada del día, recalaba en una serie de bares que han devenido históricos: el Zela, el Chez Vítor, el Romano, el Cúneo-Bandirola, que Tealdo frecuentaba con un grupo de bohemios famosos como el pintor Sérvulo Gutiérrez y el poeta Jorge Pool.

Como todo monstruo del periodismo, tuvo muchos admiradores, y también una buena cantidad de detractores. Pero lo que no se le podrá negar es su aporte al oficio. Alfonso le impuso al periodismo ese aire de modernidad que caracterizó especialmente a las revistas a partir de 1947. En mis vastos años de carrera he conocido pocos periodistas tan geniales, de prosa tan deslumbrante y tremenda facilidad para crear frases y provocar polémicas.

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En tiempo de Velasco, Alfonso Tealdo fue un activo periodista que llegó a ser director de El Coemrcio. Juan Gargurevich lo recuerda así: “No tuvo suerte Tealdo, el mejor entrevistador de la historia de nuestro periodismo, cuando aceptó la dirección de “El Comercio” reemplazando a Helan Jaworski, el 17 de marzo de 1976. Porque con el decreto que reemplazaba a todos los directores de los diarios expropiados, se expidió otro, el 21466, que suspendía la estabilidad laboral de los periodistas, tal como lo había hecho el gobierno velasquista con el Decreto Ley  21204.

Tealdo fue bien recibido por los colegas de la redacción pues llevaba al diario su indiscutible prestigio profesional y una experiencia de muchos años dedicados al periodismo impreso y televisivo. Preocupado por aquel decreto que en otros diarios sirvió para despedir a varios periodistas (en “Expreso”, por ejemplo, donde Juan José Vega no tuvo miramientos), Tealdo redactó un editorial citando “los considerandos” del decreto: “…se ha detectado en la mayor parte de éstos (los diarios) infiltración de personas de ideologías diferentes a la definida ideología del Gobierno Revolucionario, con la finalidad de usar dichos órganos de expresión nacional para fines distintos a los que inspiraron la socialización de la prensa”.

Pero tranquilizó a los colegas diciendo que no abusaría de las facultades conferidas. Y cumplió: no despidió a nadie y solo llamó para acompañarlo en la página editorial a Mario Herrera Gray, otro veterano periodista de gran solvencia y experiencia. Pocos días después de hacerse cargo de la dirección, la noticia de la muerte de Luis Miró Quesada, el director retirado por la expropiación, causó conmoción en el diario. Tenía 95 años y había impuesto un estilo de conducción paternalista de generosidad con los allegados, antisindicalismo severo y control absoluto de contenidos. Tealdo ordenó que se hiciera una generosa nota: “Su deceso enluta al periodismo nacional y unifica a nuestra patria en torno a la reivindicación de los valores que supo defender durante su vida”.  Por supuesto, la familia no colocó el clásico aviso de defunción.

Tealdo no aprovechó de la bonanza económica del diario, no se aumentó el sueldo y tampoco pidió cambio del trajinado WV asignado a la dirección. Y aceptó con resignación (quizá con alivio) que le pidieran la renuncia. Su nombre apareció por última vez en la primera página el 27 de junio de 1978. Al día siguiente estaba Juan José Vega, quien dejaba los diarios “Expreso” y “Extra” en manos de Pedro Felipe Cortázar, periodista prestigioso de las canteras de la vieja “La Prensa” de Pedro Beltrán.

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“A mí me llevó varias veces a la redacción porque le gustaba compartir lo que hacía. Le gustaba comprar los periódicos muy temprano. Era el primero en abrir los paquetes que llegaban a los quioscos. Mi padre era un hombre muy sencillo, algo que mantuvo incluso cuando lo nombraron director de El Comercio. No recibía regalos de nadie y tampoco se aprovechó de su puesto. En esa época continuó manejando su viejo Volkswagen”. cuenta su hija Ana Rosa. Y Tealdo murió con esta frase: “Se nace para muchas otras desgracias, pero no se nace para ser periodista”. Cierto, como Guillermo Thorndike, como Raúl Villarán. Como esos viejos maestros que nos dejaron la dignidad como camino y la inventiva como destino. Eterno Alfonso, el maestro.

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Alfonso Tealdo revisando su archivo fotográfico con su esposa.

Alférez de fragata Manuel Elías Bonnemaison:

Con el último sobreviviente del Huáscar

Por Alfonso Tealdo

Gracias a su hija, Ana Rosa Telado de Rivero, reproducimos esta crónica y entrevista publicada en la Revista Turismo en 1942. Un testimonio poco conocidodel maestro Tealdo.

 

El último sobreviviente de la plana mayor del “Huáscar” me esperaba el 8 de octubre, a 63 años exactos de la batalla naval de Angamos. El alférez de fragata Manuel Elías Bonnemaison, me recibe. Y es como un reportaje a los ojos mismos de la historia. Setenta y siete años y barba de nieve. Navega, pequeñito, en los óleos de las paredes, el barco del honor peruano. Navega como en el pecho de este hombre envejecido. Como en el mío. Como en el de todos los que sabemos que la historia es algo más que un libro que se abre, que se lee y que se cierra. Navega, otra vez y otra vez, en este día de sal en los labios y de pólvora en la frente. Surca las aguas el barquito blanco. El barco que, después fue pintado de rojo en Talcahuano, quizás si para completar desde el destierro los colores del Perú.

Y un niño de catorce años se acercó a Grau, en 1879, y le dijo: “Yo quiero ser marino”. Y Grau replicó: “Bueno”. El “Huáscar” tenía 60 metros de longitud, 1,100 toneladas de desplazamiento y dos cañones. Metro y medio -la estatura de un infante- era lo que sobresalía de la obra muerta. ¿Por qué no iba a tener, pues, un guardiamarina de catorce años?

Año de 1866. En los astilleros de Cammell, Lairdd, en Berkenhead, está concluyendo la construcción de un barco diminuto. Es para la armada del Perú y llevará el nombre de un emperador peruano. Es del tipo del “Monitor”, nave que aparece en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Trece años más tarde, es el más famoso de los barcos. Y es que son los astilleros de la fama los que lo agigantan por la gloria. El patriotismo lo eriza de cañones invencibles. El honor lo blinda. Es del acero que hacen los hombres con su desesperación y con su sangre. “Es el más formidable blindado que ha cruzado los mares”, dice Teodoro Roosevelt.

-¿Cómo era el Huáscar?

Y el señor Manuel Elías Bonnemaison, me dice:

-Pequeño, con sólo dos cañones de cargar por la boca. La torre dentro de la cual giraban era movida a mano. Su blindaje era de cuatro pulgadas y su andar de 12 millas por hora. No podía disparar ni para adelante ni para atrás, pues lo impedían el castillo de proa y la toldilla de popa.

-¡Barco de carne y hueso!

-El “O’Higgins”, nada más, era cuatro veces mayor. Los acorazados adversarios desplazaban 3,600 toneladas cada uno, tenían seis modernísimos cañones y su blindaje era de 9 pulgadas.

¿Qué iba a hacer la nuez contra el martillo en el diálogo del fuego? Nada menos que esto: batirse seis veces, capturar diez naves, bombardear puertos y, sobre todo, tener siete capitanes en dos horas.

El arquitecto

El verdadero arquitecto del “Huáscar”, Miguel Grau, nació en Piura y su maestro fue un poeta. La orfandad fue su primera enseñanza. Pues solitario, como el Monitor, iba a ser. Y a esa edad en que los niños tienen lindos veleros para la laguna y arena en las playas para sus palacios de arena, Grau ya es grumete en un buque ballenero. La vida le impuso buques de verdad. Y recorre mares y aprende idiomas. Presta sus servicios en naves nacionales: en el “Rímac”, en el “Vigilante” y en el “Ucayali”. A los veinte años es guardiamarina. En aguas chinas se le ve en 1862. Marcha a Nantes en 1864, y trae al Callao las corbetas “Unión” y “América”. A raíz del Tratado Vivanco-Pareja, se ponen en juego sus sentimientos filiales. Se está muriendo su padre y ese lecho es como el barco del corazón que se hunde. Grau, empero, se sobrepone al dolor, con rebeldía y con intransigencia. Y combate en Abtao. El heroísmo ya le ha puesto un timón definitivo a su alma. Ya sabe que el crepúsculo del sol está lejos de la aurora.

La carta

Desde su Monitor, en Pisagua, el 2 de junio de 1879, el “Caballero del Mar”, escribe:

“Distinguida señora:

Un sagrado deber me autoriza a dirigirme a usted, y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor, que hoy justamente debe dominarla. En el combate naval del 21 próximo pasado que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno esposo, el capitán de fragata don Arturo Prat, comandante de la Esmeralda, fue, como usted no lo ignorará ya, víctima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria.

Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle las para usted inestimables prendas que se encontraron en su poder, y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún pequeño consuelo en medio de su desgracia, y por eso me he anticipado a remitírselas.

Reiterándole mis sentimientos de condolencia, logro, señora, la oportunidad para ofrecerle mis servicios, consideraciones y respeto con que me suscribo de usted, señora, muy afectuoso y seguro servidor.

Miguel Grau”.

Angamos

Mientras el “Huáscar” esté en el mar, el Perú no será invadido. Lo sabe Grau, el muy afectuoso y seguro servidor de su patria. El blindado más famoso del mundo no puede descansar. Ya no lo verá más el Callao, el lejanísimo puerto de la esperanza. El día 4 de octubre, apresa al bergantín “Coquimbo” en Sarco. Hay moluscos y algas marinas en el casco del Monitor, y limpiar los fondos es urgente. Pero, ¿qué importan dos millas más o menos para el andar, si la nave negra del Destino es la que espera? Al sur, pues, siempre al Sur. El “Huáscar”, el día 5, entra a Coquimbo. Es descubierto y el enemigo ya sabe. Entonces, al Norte fallan las máquinas. El día 7, nuevas composturas.

-El día 8 -me dice el señor Elías Bonnemaison- fuimos localizados. A la una de la madrugada entramos a Antofagasta. El “Huáscar” recorrió la bahía y salió. Pero ya estábamos atrapados. A poco de navegar, avistamos tres humos por la proa. Eran tres barcos enemigos: el “Blanco Encalada”, la “Covadonga” y el “Matías Cousiño”. Así recorrimos la distancia de 30 millas, y entonces nos creímos a salvo. De pronto, el vigía desde la cofa dio la voz: “¡Humo a la vista hacia el N. O.!”.

Pero la emboscada no fue hecha en virtud de las leyes estrictas del mar. La pequeña nave tuvo que ser engañada. También había de luchar contra el gran acorazado de los falsos informes. “El “Blanco Encalada” está en malas condiciones: necesita ser reparado”, se decía. Entonces el Monitor no forzó sus débiles y pobres máquinas, y a nueve millas por hora enfiló hacia el Norte. Y entonces fue el grito del vigía “¡Humo a la vista hacia el N.O.!”. ¿Serían los transportes que conducían tropas a Antofagasta, de acuerdo con las informaciones recibidas?

-En esta creencia pusimos proa a ellos sin preocuparnos de la Primera División, que estaba a la vista, pero fuera de tiro. Pero los buques avistados no eran transportes: era la Segunda División enemiga, compuesta por el acorazado “Cochrane”, el “O’Higgins” y el “Loa”.

Todavía hay un cuadrante libre para escapar. Pero para algo el “Huáscar” es el blindado más formidable del mundo. El grave señor Destino así lo quiere: al cambiar el timón de navegación por el de combate, se rompe un aparejo y el Monitor queda sin gobierno. Da vueltas, como el mundo. Vira sobre el costado de estribor. Y se acercan los adversarios. A ellos no se les rompe el timón de combate. A ellos, no.

-A las 8 y 55 de la mañana fue afianzado el pabellón en la torre de combate. El “Huáscar” dispara sus cañones con rapidez y decisión. Formidables andanadas de la artillería gruesa enemiga pasaban por alto. Pero, acortadas las distancias, pronto fueron los blancos.

El mar es enorme, pero a veces más pequeño que la gloria. A babor y estribor del “Huáscar”, a 500 metros apenas, hay acorazados enemigos. Se cierran los horizontes. Horizontes de acero y de fuego. Ahora es una selva. El Monitor ha perdido uno de sus dos cañones. No importa, en la torre de comando está Miguel Grau. Y enormes boquetes hay en la línea de flotación. Son muy útiles ventanas para que la Historia mire. Son para la visita del agua, para que se hunda el pasado, pero el “Huáscar”, no.

-Una nueva andanada destroza la torre de comando y hace volar al espacio el cuerpo de nuestro heroico jefe, que fue arrojado al mar por la fuerza de la explosión. El impacto hiere también, mortalmente, al Teniente Ferré. El Comandante Aguirre, entonces, decide lanzarse con el espolón contra el “Cochrane”…

Pero el “Cochrane” no es el blindado más famoso del mundo. Tiene doble hélice y es un guerrero ágil. Gira sobre su eje y elude al “Huáscar” y a 50 metros dispara toda su artillería. Y quedó en silencio el último cañón del Monitor. “No es nada”, dice el Comandante Aguirre, herido, y muere sobre la cureña vencida. Los trozos de madera, los fierros retorcidos, los muebles y otros adminículos mezclados con los cuerpos humanos formaban un montón informe… Sólo quedó en pie el doctor Rotalde. No había quedado del botiquín ni un instrumento, ni una venda, ni un remedio.

Sí había un remedio.

-Entonces, se hizo cargo del comando el Teniente Rodríguez. Quiso, nuevamente, poner en acción el timón. Arreglar la torre de combate. ¡Todo era inútil! Una bala de cañón lo decapitó.

Y siguió el desfile de los capitanes. Pero había un remedio.

-¡Todo era inútil! El Comandante Carbajal, al frente de la maestranza, trataba de reparar los cañones. Los incendios y las brechas se sucedían. No había municiones ni para las armas menores.

-Fue entonces cuando el Teniente Gárezon tomó la resolución de hundir el barco volando la Santa Bárbara, pero ésta se hallaba inundada habiendo en la sentina más de tres pies de agua. Hasta la bandera había sido derribada. Dos voluntarios la izaron en el palo mayor. El “Huáscar”, inerme, describía círculos en trágico desfile ante la artillería adversaria. Y el fuego seguía, terrible. Por segunda vez fue derribada la bandera. Un marinero tuvo que amarrarla al palo, pues hasta las drizas habían sido destrozadas.

-Entonces se dio la orden de abrir las válvulas para precipitar el hundimiento del “Huáscar”. La orden fue dada, pero era necesario parar las máquinas. A 50 metros estaban los barcos enemigos. Y fueron abiertas…

¿Había remedio? El Teniente Palacios, descubierto sobre la torre, quemaba su último cartucho. Un revólver contra acorazados: eso es Angamos.

-El “Huáscar” quedó, entonces, a merced de las olas, mudo e indefenso, incapacitado para ofrecer la menor resistencia. Esperábamos sólo el momento de hundirnos. Un puñado de hombres que habíamos sobrevivido a la acción permanecimos en cubierta rodeando al Teniente Gárezon que se mantenía con solemne gravedad. Comprendió entonces, el enemigo, y ordenó a sus brigadas de abordaje la ocupación de nuestra nave.

¿Había remedio?

-La ocupación se efectuó, precipitadamente, por un número considerable de hombres armados y provistos de todo elemento de salvataje. Corrieron al cuarto de máquinas y, revólver en mano, exigieron el cierre de las válvulas. El Teniente chileno Goñi se dirigió al Teniente Gárezon y le intimó que se arriara la bandera. “La bandera –replicó- está amarrada al palo y no se puede arriar; y conste, señor oficial, que usted la encuentra al tope de la nave”.

Había terminado la batalla. Fueron taponadas las vías de agua y apagados los incendios. El “Huáscar” fue varado en la playa de Mejillones. El barco que se había llamado así porque las naves heroicas no tienen cautiverio. No tienen cautiverio porque están lejos de sus capitanes muertos. Se mueren, también, y resucitan en el alma de sus banderas.

El remedio

Y un niño de catorce años se acercó a Grau, en 1879, y le dijo: “Yo quiero ser marino”. Y Grau replicó: “Bueno”. Y el niño fue a la guerra y ahora tiene setenta y siete años y barba de nieve. Y en los óleos de las paredes, navega, pequeñito, el barco del honor peruano. ¿Había remedio? Sí había remedio. No se hundió el “Huáscar”, pero el pasado se hundió. Definitivamente. Era el remedio. La conciencia de la historia. El porvenir. Y navega, otra vez y otra vez, en este día de sal en los labios y de pólvora en la frente. Todos los días, eternamente, navega en el mar inmenso de la patria el barquito blanco.

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Tealdo, periodista para recordar

Por  Juan Gargurevich

A veintisiete años de su partida, una semblanza del primer y más notable entrevistador de la televisión peruana. Erudito, controversial e irascible, Tealdo no merece estar en el olvido.

Alfonso Tealdo fue por medio siglo el indiscutible rey de la entrevista del periodismo criollo. Yo lo entrevisté una vez, allá por 1985, en su pequeña oficina de Panamericana Televisión, en la avenida Arequipa; charlamos brevemente y luego salimos a tomar café al cercano Berisso. Durante la escasa hora que conversamos sobre la historia de Pulso, su gran programa de panel y otros, Tealdo tomó dos expresos y se fumó una docena de cigarrillos.

Delgado, cabeza grande y frente amplia, muy blanco, lentes gruesos, daba la impresión de ser un manojo de nervios, o quizá lo hallé en mal momento. Se atropellaba un poco para hablar, como impaciente por la charla (en algún momento temí que saliera corriendo), pero él quería seguir hablando… de él mismo, por supuesto, su principal personaje.

Tealdo nació en Lima en 1914 y estudió en el colegio Anglo Peruano. En la secundaria ya escribía y animaba la revista colegial Leader, donde publicó una nota sobre Mahoma, que marcó su debut en el periodismo.

No pudo ingresar entonces a la Universidad de San Marcos para estudiar Letras porque estaba clausurada y, como muchos de su tiempo, enrumbó hacia la Universidad Católica, la única privada de entonces y que mantenía y defendía su estabilidad por encima de los avatares políticos.

Cuando Tealdo estudia Letras en el antiguo local de la Plaza Francia, en 1935, un militante aprista mata al director de El Comercio y a su esposa; suceso que conmueve al país y acentúa la persecución contra el APRA y su líder, Haya de la Torre.

En 1937 Tealdo empezó a publicar algunos artículos en El Comercio. Luego escribió ensayos e hizo entrevistas para la revista Turismo. En 1944 ganaría su primer galardón, nada menos que el Premio Nacional de Periodismo.

No se alejaría más del oficio, incluso en su etapa de diplomático. Durante el gobierno de Luis Bustamante y Rivero (1945-1948) fue nombrado agregado cultural en México y luego retornó a Lima para fundar la famosa revista Gala.

En Gala las relaciones con el alto mundo las pondría Jorge Holguín de Lavalle y la publicidad la conseguiría Doris Gibson. Finalmente la lanzaron a circulación en mayo de 1948 al inconcebible precio de doce soles cuando los diarios costaban 15 centavos y las revistas un sol. Fue un suceso periodístico y social pero un fracaso comercial.

Tealdo decidió luego pasar a la zona informativa y política con el semanario ¡Ya!, que circuló desde febrero de 1949. En su primera carátula se lucía la foto del fakir brasileño Urbano. Este, por coincidencia, eligió el mismo día del lanzamiento para abandonar la urna en donde presuntamente había batido el récord mundial de ayuno.

Se suponía que ¡Ya! sería independiente, pero a las pocas semanas Tealdo proclamó su adhesión a la candidatura de José Quesada Larrea, quien compitió con Manuel Prado en las elecciones de 39 y fue embajador en Argentina del gobierno de Bustamante. Las elecciones estaban previstas para el 2 de julio del año siguiente.

Pronto Tealdo abandonó ¡Ya! y al poco tiempo inició la campaña publicitaria de Pan, su nueva revista: “Pan: será como el pan, estará en la mesa de todos. En la del pobre y en la del rico”.

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Pan tuvo un comienzo auspicioso debido a una ingeniosa campaña publicitaria. El día de la salida, el 8 de julio de 1949, un avión de la empresa Faucett sobrevoló Lima arrojando vales para premios (ternos, plumas fuente, etc.) y ejemplares de la revista.

Pan no se libró de la persecución. La policía notificó a Tealdo que debía cerrarla, y éste acusó a La Prensa: “Ravines no ha triunfado. Mi clausura significa su derrota. Su derrota definitiva (…) Ya lo veré vendiendo algodón azucarado en las calles”.

Los años siguientes son de bohemia intensa, algo de publicidad, de colaboración en periódicos que le aceptan sus ensayos y entrevistas y de algunas aventuras editoriales de poca envergadura como Dedeté, cuyo lema era: “Un semanario contra toda clase de parásitos”, o de sociedad para editar el humorístico Loquibambia, un programa de radio de gran éxito con libretos de Freddy, un talentoso argentino.

En 1958 Tealdo incursionó en la radio redactando La Voz y la Pluma para Radio Nacional, texto que leía el conocido locutor Guillermo Lecca. Luego pasará su programa a Radio Central y más tarde a Radio Panamericana, ambas emisoras de la familia Delgado. Serán los Delgado quienes lo lancen a la televisión con un éxito probablemente inesperado.

En 1960 se inicia Ante el Público en el Canal 13. El programa empezó bajo la conducción de Jorge Luis Recavarren, pero poco después sería sustituido por Tealdo.

 

A este, sin embargo, le esperaba más aventuras en la prensa escrita. La siguiente fue como editor. En 1961, y con el auspicio de Pedro Beltrán y La Prensa, lanzó el vespertino El Diario, un buen tabloide que tuvo una historia fugaz.

Todo indicaba que las elecciones de 1962 serían muy reñidas; se enfrentaban Fernando Belaunde Terry, de Acción Popular, y Víctor Raúl Haya de la Torre, líder histórico del APRA.

Fue la primera vez que la televisión tuvo la oportunidad de cubrir un gran evento electoral. Como se recordará, la era comercial del nuevo medio recién se inició con Canal 4, en 1958 . Cuatro años después, en 1962, apareció el programa Las cartas sobre la mesa, conducido por el redactor de La Prensa, Luis Rey de Castro.

Los años siguientes fueron de colaboración plena con la televisión, unido a los Delgado Parker. Tealdo dirigió el noticiero El Panamericano hasta 1965, año en que fue reemplazado por Julio Estremadoyro. Carlos Paz Cafferata lo convocaría más tarde para el programa sabatino Perú-67. Este cambiaba de nombre cada año. Allí se hizo cargo de la secuencia de entrevistas llamada “Tealdo Pregunta”.

Fue el momento de gloria de Tealdo en la televisión, aseguran colegas que trabajaron con él o recuerdan sus programas. Según ellos, impuso la entrevista-ataque en la que trataba por todos los medios de poner en apuros, implacablemente, a sus entrevistados. Para ello Tealdo investigaba a fondo los temas y como consideraba que las respuestas ya las sabía, interrumpía constantemente a sus ‘víctimas’ y no les permitía desarrollar conceptos completos.

El programa fue suspendido hacia 1973. Solo quedó la secuencia de Ferrando Trampolín a la Fama y Tealdo debió esperar hasta la fundación del nuevo noticiero 24 Horas. Allí le ofrecieron un espacio para entrevistas.

En marzo de 1976 el gobierno militar decidió renovar a los directores de los diarios en vías de expropiación y llamó a Tealdo para dirigir El Comercio, cargo que ejerció hasta junio de 1978. No colaboró más con el gobierno militar y regresó a la televisión para una última etapa caracterizada por la acentuación de la bohemia que finalmente le provocó una enfermedad terminal. Murió el 31 de junio de 1988. Los medios que dieron cuenta de su desaparición lo recordaron como el mejor entrevistador de la historia del periodismo peruano.

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Cronista, poeta y profesor universitario
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