César Calvo / Héroes bizarros 118

César Calvo:

Puedo decir que vivo, que he vivido como un condenado

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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En estos días Cesar Calvo hubiese cumplido 80 años. No parece. César Viacheslav Calvo Soriano, que así se llamaba y a mucha honra, había nacido en Lima un  26 de julio de 1940 –muchos creen que es de Iquitos– y fue un ser vital, creativo, casi un brujo.  Desde inicios de los 60 conjugó el ser poeta, escritor, periodista y compositor. Viajero impenitente se convirtió en una autoridad cultura amén de ser un agitado actor político en tiempos de las guerrilla y las militancias viscerales desde mediados del siglo XX. Su impronta está escrita junto a otros personajes de la literatura peruana y universal. Calvo fue traducido al ingles e italiano. Y no parece, Calvo murió en Lima el 18 de agosto de 2000. Esta es una crónica sobre su trascendencia y la admiración y cariño que guardamos por su vida. 

 

En memoria de Mario Razzeto

 

1.

Al viejo le gustaba el vino, los cuentos de Chéjov, el boxeo y en esos días no entraba en su gozo: Mauro Mina había derrumbado por KO al negro norteamericano Eddy Cotton en una memorable noche en el Estadio Nacional y ahora estaba a tiro del título mundial de los Medios. Una tarde de abril, el joven poeta llegó hasta la pequeña librería que el viejo regentaba en el Parque Universitario. El poeta traía la noticia. A Mauro le habían detectado un desgarro en la retina del ojo izquierdo y jamás pelearían por el cetro universal. El viejo se puso triste. Entonces el poeta descubrió aquel paquete que escondía debajo del gabán beige. Era una botella de Volpolicella, el vino que Hemingway bebía en Venecia amando a la condesita Renata. Al viejo se le abrieron los ojos y el corazón. Así, el poeta sentencio: El amor da quitando lo que el vino quita dando. No dijo más. Desde esa vez fueron más amigos que nunca. El poeta estaba enamorado a su manera de su condesa y no era correspondido por una dama de la alta sociedad. El viejo confirmó con los años que lo mejor de la vida eran los amigos, la familia y la literatura. El joven poeta era César Calvo, el viejo, Néstor, mi padre.

En una ciudad asombrada de sí misma que crecía sin orden ni concierto. Una vieja ciudad de gente muy joven que cultivaba los gestos y las formas heredadas de un pasado remotísimo, mi padre administrando con prez su pequeña librería –una parada obligada por escritores de aquel Perú de fines de los cincuentas–de viejo. Viejo él, murió una tarde aún con el polvillo dorado de longevos textos en las uñas. Libros del amor para su vida. Viejo él, se despidió inédito –la sabiduría oral es silente– interrogando por la salud de su guardapolvo beige que colgaba cual insignia del honor en el perchero de su librería del parque Universitario, muy cerca al establecimiento de don Juan Mejía Baca.

Escribía poesía desde que se quedó detenido frente a los ojos de su abuelo paterno y se dijo que siempre sería poeta. César Calvo (Iquitos, 26 de julio de 1940 – Lima, 18 de agosto de 2000) fue todo un personaje, ingenioso a mansalva y loco por la vida. Esa fue su ideología y la amistad. Se deprimía por el país y sus gentes. Así decía que recuperaba su júbilo y su fuerza acordándose de sus antepasados pero reconocía que no tenía ningún derecho a la tristeza. Por eso impuso un verso de ritmo nuevo y de gran imaginación. Él y su generación fueron de esos escritores que vivieron muy rápido y con una vehemencia incontinente. Por ello Calvo en su poema Ciudad de los reyes (1968) escribe: “Puedo decir que vivo, que he vivido como un condenado”. Cierto, así fue su vida.

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El poeta en una entrevista con bastón en el Centro de Lima.

2.

César Calvo, provinciano de/en Lima, ya desde aquellos años, era todo un personaje más allá de su elegancia inglesa [alguna vez confesaría que los seres dignos deben ser elegantes antes que dignos] o su voz estentórea y/o brillante que sumó a sus aspecto –era alto y perfilado—el misterio de los poetas enigmáticos. Así, poseía el don de la ubicuidad y estaba presente donde nadie menos pensaba y también desaparecía por temporadas del Patio de Letras de la universidad de San Marcos [epicentro de escritores  e ideólogos sin edad y las ideas convulsas del país] o se alejaba de aquella pandilla de escritores inspirados y locos tiernos porque era así, un viajero impenitente. Ora mandaba una postal desde Buenos Aires donde exigía rigor para amar, ora alguien en el mítico y gigantesco bar Palermo juraba que el poeta había aparecido retratado en una revista brasileña del jet-set cuando asistía a una fiesta benéfica organizada por un conde de abolengo comprobado.

La universidad se San marcos tenía su emblemático Patrio de Letras y entre el crecimiento y la modernidad del país existía firme, y entre los años de la dictadura odrísta y sus maneras autoritarias, fue un espacio natural de resistencia. En Lima, la vida transcurría desencantada entonces entre su sarro espiritual y la suciedad del ánimo; al compás de las ofertas de la tienda Kelinda, las rarezas electrónicas de Musitrón, el catchascán en el Luna Park de la avenida Colonial, las hebras del velorio sonoro a lo lejos de Pedro Infante y un ritmo muy extraño que había traído un gringo llamado Bill Halley y sus cometas: el rock and roll y los grandes banquetes en los chifas de la calle Capón. En aquel tiempo, el postulante a la presidente de los EE.UU., Richard Nixon había querido visitar la añosa casona de San Marcos y los estudiantes se lo habían impedido a patadas. Calvo, se dice, estuvo en la primera línea de los jóvenes dinamiteros. El poeta siempre lo negaba.

En realidad Calvo, que fue un estudiante dedicado y que se entusiasmaba con la ingeniería química. Una mañana del verano de 1959, confesaría que se le cruzó la musicalidad de los elementos químicos y sus valencias y ahí, frente al maestro Raúl Porras Barrenechea, decidió en el examen de ingreso a San Marcos, recitarle Tristitia, el poema de Valdelomar y explicarle que él también escribía y cierto, que ingresó, aprobado por los tres jurados, pero ingresó a Letras y ese fue su asombro y desafío. Así, era pues aquella Lima la ciudad de la presentación de El Sexto, el libro que José María Arguedas escribió de sus experiencias en la cárcel capitalina y todavía no pasaban los efluvios musicales que dejara el maestro Igor Stravinski cuando llegó para dirigir la Orquesta Sinfónica Nacional.

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César Calvo con la actriz peruana Patricia Aspíllaga.

3.

Reynaldo Naranjo vive en una casa apacible y llena de calor y poesía. Ahora recordamos a César Calvo mientras el disco de vinilo gira y gira con la voz alta de Calvo: «Mi canto va en la noche/ luna encendida/ con la luz de tu cuerpo/ con la luz de tu cuerpo/ desvanecida/ desvanecida», frasea Calvo con su voz grave. En 1967, Naranjo y César Calvo grabaron con el acompañamiento de Carlos Hayre un larga duración en el sello R.C.A. Victor bajo el sello editorial El Río. Extraño que dos jóvenes poetas hayan tenido esta oportunidad y el disco existe pero sólo ciertos escogidos lo poseen.

Y eran más que amigos desde 1959 cuando se conocieron en el Patio de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Entonces Calvo llegaba con traje cruzado y corbatas de seda. Más allá de usar un fino bastón labrado, Calvo sorprendía por su forma de elegancia. Una noche de grupo, mientras la cerveza doraba sus gargantas, César Calvo confesaría que su abuelo materno regentaba una sastrería de alta costura y muy cerca de la Plaza de Armas. El abuelo me da permiso para probar los ternos antes de venderlos, les confió esa vez a Naranjo y Carlos Franco que lo interrogaban absortos en una chingana de una calle que se rozaba a la universidad.

Calvo escribía poesía desde que se quedó detenido frente a los ojos de su abuelo paterno y se dijo que siempre sería un gran poeta joven. Ya en San Marcos, tenía que ver con todos porque era un gran conversador y de una memoria sorprendente [Nicolás Yerovi lo describe como: ingenioso y alegre a mansalva, loco por la vida] y apenas atrapó la confianza de sus compañeros del Patio de Letras, los guío hacia un bar de japoneses que se ubicaba al costado del Salón Blanco, el café de los estudiantes más aplicados de la universidad. En verdad, el sitio no pasaba de ser una pocilga de mala muerte con un gran espejo biselado pero roto exactamente por la mitad. Calvo, una noche de viernes, entre el bullicio de las emociones desatadas levantó su copa de pisco y dijo en alta voz: «yo te bautizo como el Salón de los Espejos». Entonces, desde aquella vez memorable, el  cuchitril agarró brillo con tan pomposo nombre y los poetas más corajudos se citaban a voces: «Nos vemos en El Salón de los Espejos».

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4.

El bar de marras tenía su discreto encanto y hasta allí llegaba Héctor Cordero y Velarde, surrealista personaje limeño que se hacía llamar Presidente del Perú, de Aire, Mar, Tierra y Profundidad. También aparecía el enloquecido sacerdote Salomón Bolo Hidalgo, un religioso pecaminoso hasta sus cachas, y se aseguraba que Martín Adán había escrito un soneto sobre una mesa de madera. Llegaban también cuanto chiflado necesitaba auditorio. Los jóvenes de traje a rayas y anchas corbatas, discutían con ardor hasta que se les quebraba la voz o se quedaba sin plata. Los muchachos de ese centro de estudios que soñaban con un país distinto y más justo. El recordado Alfonso Barrantes Lingán, un líder estudiantil innato o José Carlos Vértiz, presidente de la Federación Universitaria de San Marcos o los otros soñadores apristas que profesaban una ciega devoción por Haya de la Torre.

Un par de años antes, en San Marcos, el llamado Grupo Cahuide, suerte de célula militante de fachada, ocultaba a jóvenes preocupados por los dogmas marxistas. Ahí estaba un imberbe Mario Vargas Llosa, el joven Félix Arias Schereiber y la lúcida Lea Barba. Fue Calvo, en ese entonces, quien junto a grupo de comunistas adolescentes y otros poetas radicales, impulsaron la formación de  Vanguardia Estudiante Revolucionaria que tiempo después lograron atraer a un grupo de belaundistas y otro de la Democracia Cristiana, para conformar el épico Frente Estudiantil Revolucionario, el FER. Calvo explicaría su militancia de esta manera: «En pleno ochenio, San Marcos era un bastión del aprismo. Quienes me llevaron a la Juventud Comunista fueron Carlos y César Franco que eran mis amigos. Héctor Béjar y Juan Pablo Chang que tenía años en la universidad, también eran mis amigos. Yo caminaba con Samuel Agama y Pancho Guerra. Después conocí a Javier Heraud que era de la universidad Católica y nos hicimos como hermanos a raíz del concurso El Poeta Joven del Perú».

Y el Perú no terminaba  de restañar sus heridas del ochenio de Odría. San Marcos, para muchos, fue aquel campo de batalla donde las ideas se desbordaron y se oyeron en un país harto del autoritarismo. Este hecho histórico y este catastro universitario forjó una nueva actitud en los creadores que hicieron suya una gesta también histórica: la Revolución Cubana. El triunfo de Fidel Castro y la caída de Batista fueron celebrados tanto como suya por estos muchachitos de la palabra armada.  Diría Calvo: «Me acuerdo que eran un deleite las clases de Raúl Porras y Luis Alberto Sánchez. Pablo Macera iba como asistente de Porras y se turnaban con Araníbar. Alberto Escobar me enseñaba interpretación de texto y yo lo admira mucho». Y los jóvenes poetas de la primera sección de la generación del 60 –incluyo a Calvo, Naranjo y tal vez, Corcuera–, siguieron la luz creadora de sus predecesores, Juan Gonzalo Rose, Gustavo Valcárcel, dos de los llamado «Poetas del Pueblo» o Alejandro Romualdo, aquel vigoroso escritor que luego de publicar La Torre de los Alucinados, se alejó del magnetismo del gran poeta Jorge Eduardo Eielson. Entonces, era los años del Centro Cultural Jueves y de los debates en el Instituto José Carlos Mariátegui, muy cerca de la avenida Tacna, donde la sangre literaria corría por la encendida pugna entre los poetas del real socialismo y los poetas puros.

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En la casa de Chabuca Granda con Julio Ramón Ribeyro.

5.

Ella es bella y más bella todavía porque es poeta. En los años sesenta, adolescente aún, recuerda que  Calvo incursionaba a menudo en las aulas de la Universidad de San Marcos para dar recitales de poesía. Ella admiraba al poeta que era alto, de tez bronceada, muy guapo, pero con el gesto ceñudo a lo Baudelaire. Entonces ella era hermosa y más hermosa todavía porque estaba enamorada de la figura de ese dandi vestido con traje blanco impecable, con la que a veces se cruzaba por el Jirón de la Unión. A sus diecisiete años, la poeta creía que era a ella a quien miraba dejándole impregnada de una aureola maldita. Cierto, ella inmediatamente lo relacionaba con sus poetas preferidos: Rimbaud, Verlaine y Lautreamond. Luego lo perdería de vista y no supo más de él. «Jamás conversé con él» dijo ensoñadora, pero afirmaba que su leyenda llegaba hasta ella a través de sus amantes y musas.

Pero San Marcos fue también el interregno de los fundamentalismos. El poeta Naranjo –a la sazón, secretario de cultura de la FUSM y Calvo fungía de secretario de RR.EE.–, recuerda aquella vez cuando regresó de Buenos Aires el poeta arequipeño Alberto Hidalgo [era un ser tan espectacular que hasta otro ser espectacular como Jorge Luis Borges lo detestaba]. Los apristas que todo lo controlaban no quisieron ceder el Patio de Letras para el homenaje al rapsoda alucinado. Los poetas enrumbaron al Patio de Derecho. Igual, los  «búfalos» mostraron sus lanzas. Entonces Calvo asumió la defensa del visitante que estaba a punto de ser linchado y a carpetazos lo defendió jugándose entero hasta que el innombrable Hidalgo pudo escapar por el techo. Calvo no era amigo de Hidalgo; pero a un poeta no se le toca ni con el pétalo de una cachiporra, así dijo

Calvo que había nacido en las vísceras de la jungla en Iquitos en 1940, se acomodó –con su madre y hermanos– con una seguridad asombrosa en uno de los barrios con mayor prosapia de la Lima Colonia, el viejo jirón Carabaya junto al hotel Maury. Entonces fue coleccionado personajes en aquella galería de seres limeños desarraigados, sin brillo pero con historia. Seres que amaban el fútbol, los caballos, la timba y cantaban valses de Covarrubias y boleros de Ortiz Tirado para no perder la calma. Aquel fue su referente. Hombres agobiados de vida y que se mezclaban con sus miserias en los bares que los jóvenes poetas recorrían a la salida de clase. Entonces Calvo tomo distancia con los designios de las certezas, dudó de su destino y rompió los sortilegios. A él nadie lo aplastaría, además, tenía su familia, su madre que lo acompañó hasta su muerte y sus hermanos a quienes protegió sobre manera con su ternura.

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6.

Era también los tiempos de «Platero», un vetusto Ford rojo, coupé del año 32. El auto sin dueño que era de todos y para todos. Y los jóvenes sanmarquinos lo bautizaron así porque llevaba siempre un poeta al volante y porque suponían que su trote no era más veloz que aquel del ilustre burrito de Juan Ramón Jiménez. Calvo junto a Mario Razzeto, Fernando Tola, Arturo Corcuera y el mismo Javier Heraud le compusieron un himno que cantaban eufóricos y estridentes. Como recuerda Corcuera, los semáforos y los policías de tránsito lo odiaban. Las muchachas de la Católica y de San Marcos soñaban con cabalgar en «Platero». Una vueltecita con poeta y todo era parte de los ensueños de esas nerviosísimas estudiantes, románticas y primorosas.

Como le confesaría al poeta Yerovi, Calvo tuvo su primer trabajo a los doce años, en sus vacaciones, como ayudante de un encuadernador ganando cinco soles diarios. «Después fue de todo un poco, hasta portapliegos de la Prefectura durante un tiempo fugaz; como corrector de pruebas en una imprenta, a los dieciocho años entró al diario Expreso como «titulero», era la época del gran periodista Raúl Villarán; luego fue llamado por Manuel Jesús Orbegoso para el lanzamiento del diario vespertino El Comercio Gráfico. Era el tiempo en que El Comercio tenía una línea nacionalista sobre el petróleo. ¡Qué pocas labores, en fin, no habrán sido las de César Calvo en todos estos, sus agitados años!

A Javier Heraud no pudieron matarlo. Y fue el fundador de la llamada Generación del 60. A Luis Hernández no pudieron matarlo y yace en el panteón de los artistas inmortales. Calvo que era mortal hasta en sus endecasílabos fue ese personaje que escribió  Poemas bajo tierra (1961), Ausencias y retardos (1963), Poemas y canciones (1967) y Pedestal para nadie (1975). En narrativa, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía (1981). Esa fue su ideología la poesía y la amistad. Alguna vez les confesaría a los hermanos Tamashiro –sus hermanos de la sístole y diástole– que no acostumbraba a deprimirse por razones personales, sino por la situación en el país y de las gentes de otros pueblos. Así decía que recuperaba su júbilo y su fuerza acordándose de sus antepasados: de Túpac Amaru y hasta de su abuelo Víctor Soriano, quien tuvo que pasar las de Caín para alimentar a 18 hijos; entonces decía que lo suyo era una ridiculez, y que no tenía ningún derecho a la tristeza.

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7.

Calvo trajo un verso de ritmo nuevo y de gran imaginación. Para los exégetas de esa generación, Calvo y sus amigos fueron aquellos  poetas que vivieron muy rápido, demasiado rápido y con una vida muy intensa. Heraud,  Hernández, Ojeda o Hernando Núñez, desaparecidos prematuramente, fueron los estandartes de los otros jóvenes arrebatado de belleza en San Marcos. Calvo fue un hombre poseído por el espíritu de la lengua y la música callada de los silencios estentóreos. Después de esa época de San Marcos, César Calvo intimó con la compositora Chabuca Granda a quien conoció en casa de Mané Checa Solari. Calvo recordaría después que en esa reunión donde estuvieron Szyszlo y Blanca Varela y Pepe Durand, descubrió a una Chabuca guapísima. Era 1961, entonces Calvo se le acercó y le dijo de sorpresa: «Señora, yo me llamo César Calvo y quiero que me disculpe una cosa, yo soy mitómano de profesión y ando diciendo que su canción Puente de los Suspiros usted me la dedicó a mí; que yo soy el poeta ahí que la espera en el puente». Chabuca estaba pasmada.  Calvo insistió: «Quiero pedirle un favor, no me desmienta cuando le pregunten. Gracias» Y ahí empezó una amistad que fue eterna por decir lo menos. Cierto, Calvo ya vivía en ese tiempo en el Puente de los Suspiros, en la bajada, exactamente en el 363.

Una mañana de agosto del 2,000 y cuatro días antes de su muerte, César Calvo irrumpió en una reunión que celebraban en el pequeño estudio del diseñador gráfico Alberto Escalante, los poetas Reynaldo Naranjo, Genaro Carnero Roqué, Arturo Corcuera y el editor Óscar Araujo quienes ultimaban la edición del libro Como una espada en el aire. Calvo estaba de buen talante y sus amigos pensaron que en cualquier momento iba poner al descubierto su secreto. No fue así. El poeta llamó a Alberto Escalante a una oficina contigua y luego de asegurar bien la puerta le dijo casi en secreto que la noche anterior  acababa de terminar la saga de sus cuatro libros El Sexo y otro Dioses. El resto fue aquel espíritu que heredamos los que hoy lo recordamos como aquel que decía ser un rabioso jardinero que una mañana nos cortó la belleza de su ser.

 

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César Calvo explica por qué escribe poemas

En esta conferencia del 9 de julio de 1974, el poeta César Calvo hace una emotiva y honesta retrospectiva de cómo fue haciéndose poeta. No solo eso, sino que además en forma de verso responde a la eterna pregunta de por qué se escribe un poema. La charla se realizó en el ciclo «El escritor ante el público», en el Instituto Italiano de Cultura de Lima.

 Por César Calvo Soriano

Para comenzar de alguna manera, y no por el comienzo, confesaré que mi primer intento de libro fue escrito por varios amigos allá por el año de 1958. Juan Gonzalo Rose, Javier Dávila Durand, Germán Lequerica y César Calvo, entre otros, me regalaron esos derechos autorales con sus respectivos asientos en el preParnaso. Lamentablemente, no pude gozar tan fraternos obsequios pues el poemario (incautamente titulado Carta para el Tiempo e inmerecidamente mencionado en el Primer Concurso Hispanoamericano de la Casa de las Américas), el poemario, digo, no llegó a publicarse jamás. Y no llegó a publicarse jamás debido, entre otras razones, a que uno de sus autores sucumbió a la espléndida iniciativa de quemar los originales. Debo decir que los quemé también en mi memoria. Hoy sólo recuerdo brumosos perfiles y no versos; una temperatura sedosa o arisca o fatua; un aliento de cortinas y de infancia, y acaso sí los nombres de los personajes, de los queridos reinos que atravesaban sus páginas, que subieron por ellas y bajaron como por la escalera quebrantada del vecindario limeño que me aprendió a vivir.

Entre aquellos poemas incendiados habían también cantos que anhelaban ser políticos, porque en ese entonces todos los visitantes, todos los habitantes de este mundo tenían diecinueve años dentro del corazón, dentro del mío; y ustedes, por ejemplo, eran altos y pálidos y hermosos en mi memoria o en mi desconocimiento; y yo me negaba a recién salir de una adolescencia alborotada, prefería confundirla y confundirme con mis propias hambres de escribir y existir, y me era otoñal, me era gélido, me era muy difícil aceptar los distingas entre rebeldía y delincuencia, entre amor y cuerpo en llamas, entre palabra confiada y balbuceo altisonoro escrito (equivocas que, por lo demás, suelen seducirme hasta la fecha). Llevaba ya tres años en la Universidad de San Marcos y dos en el Frente Estudiantil Revolucionario. Más deseoso de agradar escribiendo arengas que de trabajar rastreando poemas, me gané el tiempo de puro perderlo: rondaba a las cachimbas melancólicas y recitaba en las aulas y en los mítines, esquivando las expresiones crítico-lacrimógenas de la Guardia de Asalto, cuando no respondiendo con palos a los discutibles criterios estéticos de la matonería del Apra.

En 1960, paralelamente a mi furtiva participación en un frustrado grupo de guerrilla urbana que organizaron varios compañeros, varios amigos igualmente imantados por la heroica experiencia de Fidel Castro, escribí mi primer cuaderno creo que verdadero: Poemas bajo tierra. Esos versos compartieron con los cánticos de El viaje de Javier Heraud, el primer premio en el concurso «El poeta joven del Perú», llevado a cabo por el incurable empeño del poeta Marco Antonio Corcuera. A fin de adelantar algunas excusas surrealistas de mi arte poética y mi vida, debo declarar que me fue más problemático cobrar el premio que escribir el libro premiado. El asunto fue así: con Mario Razzeto, también distinguido, como se dice, en aquel concurso, partí un atardecer rumbo a Trujillo, donde nos esperaba Javier para recibir los galardones, así también se dice, y más que nada para recibir los cheques correspondientes. Pues bien. No llegamos a tiempo a raíz de un lamentable error de la policía política de Prado, la cual ‒confundiendo a Mario Razzeto conmigo, y a mí con Mario Razzeto, ambos entonces con orden de captura‒, nos apresó a la altura del río Chillón (río de nombre muy apropiado) y nos devolvió amablemente a Lima, a uno de los sótanos de Radiopatrulla de la Guardia Civil, en La Victoria (barrio de nombre igualmente apropiado). Para recuperar nuestra libertad, y siguiendo los ordenamiento s parasicológicos descubiertos por Dadá ha mucho tiempo, Mario Razzeto y yo no tuvimos más remedio que falsear y/o intercambiar nuestras identidades. O sea que Mario Razzeto se hizo pasar por Mario Razzeto, yo me hice pasar por César Calvo, y así dejando atrás a un comisario confuso para siempre pudimos cosechar, como se dice, algunos ralos aplausos trujillanos al día siguiente de la entrega de premios.

Pero sospecho, con terror, que no estoy aquí para hablar de esas cosas sino de otras peores, si cabe. Intentaré intentarlo. Al parecer, se trata de exponer cómo escribo. Y por qué. Diré de antemano que me lo he planteado varias veces y que nunca he conseguido sonsacarme una misma respuesta. En un primer momento (y eso que no existen los primeros momentos), llegué incluso a declarar que yo no era poeta, que yo escribía únicamente para demostrar que la poesía no era privilegio de los poetas. Cuando lo hube demostrado (por lo menos a mí), dejé de creer en ese anzuelo para cocineras trágicas, no sin antes haber fatigado unas cuartillas que todavía andan por ahí engrosando ciertas antologías de poesía revolucionaria. Era la hora de las manifestaciones obrero-estudiantiles contra la dictadura de Odría, contra la dictablanda de Prado, hora de reuniones clandestinas en la Juventud Comunista. Luego, en 1961, Javier Heraud y yo quisimos escribir juntos un libro, un Ensayo a dos voces. Sólo conseguimos trabajar el poema inicial. Era la hora de la fraternidad absoluta, devoradora de tardes y caminatas insaciables. La hora de la generosidad absoluta y compartida. Aceptábamos el poetizar únicamente como resultado de un asombro común, colectivo en su origen ‒en sus garfios oscuros‒ y colectivo en su finalidad, en su búsqueda, en su abordaje y sus revelaciones.

Después, poco después, me ocupó totalmente la certeza de que sólo podía escribir sobre un cuerpo sediento, encimado al relámpago perpetuo del que habla Manuel Scorza, amarrado al jadeo como a la única hoguera que podría salvamos o ‒para repetirme‒ escribir como quien galopa por una playa infinita, desnudo y bañado en sangre, dando gritos de goce y de victoria… así abrasé (con c y con s, de brasa y de abrazo), así abracé los versos de Ausencias y retardos, editados en 1963.

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Después hice canciones. Aquí, por ejemplo, pierdo nombres, armarios cálidos, pierdo cosas que me ocurrieron con tan breves, con tan eternos hermanos. Estoy pensando en Samuel Agama, en Arturo Corcuera, en César Franco, en Reynaldo Naranjo, en 1958, 59, 60 y más. Mucho más. Y al mismo tiempo quisiera no recordar nada, porque uno disfraza, uno se disfraza al volver hacia atrás los ojos, se pone los gestos en la nuca, el cabello en la ara, no se ve nada. O ve lo que quisiera haber visto, lo que quisiera haber vivido… Bueno … Dije que hice canciones. Y debí decir que hice otras canciones. Canciones a mi padre, a mi primera casa, a los amores eternos cada vez más fugaces, a las plazas de pequeñas ciudades, a los invencibles hermanos de Cuba, a los puentes insomnes, a los compañeros que combatían desde el MIR Y desde el Ejército de Liberación Nacional. Algunos de esos cantos fueron grabados con Carlos Hayre y Reynaldo Naranjo en un disco que ya no recuerdo. Otros los recogió Chabuca Granda y Luis Gonzales. Otros se perdieron así nomás. Y otros adquirieron vanidad de poema, se divorciaron de sus lentas músicas y fueron a parar a un nuevo intento de libro, El cetro de los jóvenes, publicado en la Colección Premio de la Casa de las Américas, en 1966. Era la hora del antifaz y el peligro, la hora del infructuoso, del temeroso apoyo urbano que ofrecimos al movimiento guerrillero; la hora de las reuniones de etiqueta  de donde salíamos a hurtadillas para poner bombas en la noche inofensiva, vanos estruendos en ciertos rincones de la impasible Lima.

Es resumen, ni antifaz ni peligro verdaderos. Sólo la desperdiciada posibilidad de un suicidio generoso ‒siempre al servicio pero nunca a tiempo‒ que yo busqué negándola, cambiándome de nombres en hoteles de engañosa memoria, hasta que un día desperté sin distinguir en realidad mi rostro, perdido entre máscaras como un naipe en un mazo de barajas ajenas y gastadas. Juan Pablo Chang, con otras palabras, me diría después, en París, generosamente, que fue la soga del ahorcado la que no pudo sostener nuestro cuerpo, y que con ello aquel dudoso arrojo terminó con un palmo de narices en tierra, al pie del árbol, palabras. Palabras puesto que él, como Javier, tuvo el coraje de hallar un árbol fuerte, una rama saciada en cuya sed morir, en un momento desesperado que nos metía los ojos hacia un callejón sin salida, y acaso era preciso colmar el abismo con nuestros cadáveres, a falta de otros puentes. Y en el fondo de todo, aquella soledad que inventa sentimientos y que inventa poemas, y en cuya compañía suelo aún descubrirme el corazón en el lugar del pómulo ‒así dice algo escrito‒, el corazón en el lugar del pómulo, los gestos del adiós anticipándose a la mano, y un gran vacío en medio no sé si del amor o de los brazos.

Si es que no me distrae la memoria. Y es entonces que escribo. Nunca del mismo modo no por los mismos rumbos, no con el mismo paso ni a la sombra de una misma lámpara. Todo lo que he dicho antes, todo lo que he sido antes, se ha juntado, tal pareciera, en una única boca. En una palabra. En una letra sola, emparentada desde hace siglos con las grandes estrellas aún no descubiertas. Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obedece a sus propias, intransferibles leyes. Tiene su tiempo de luz, como las vendimias, y su sed de llorar, como los hombres. De allí que definir me resulte tan fácil e imposible al mismo tiempo. Pienso en Nicanor Parra y en las incansables respuestas que nos dimos una tarde, allá en lo alto de su casita en los andes chilenos, cuando nuestros hermanos del Sur vivían mediodías nocturnos Y no la pesadilla de traiciones y sangre que resisten ahora, y cuando Enrique Lihn exclamó de pronto en el centro de un gran vaso de vino: ¿Para qué coño se escribe, a fin de cuentas, un poema? Y aquí voy:

Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo.

Se escribe un poema para hacer más fraternos a

los hombres,

o sea para intentarlo,

o sea para que la poesía sirva para alguna cosa.

Se escribe un poema para no sentimos el centro

del mundo.

Se escribe un poema para ahuyentar a una

muchacha.

Se escribe un poema para sacarle un par de libras

a un amigo.

Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.

Se escribe un poema para que los maridos nos

odien mucho más.

Se escribe un poema para que el poema nos

acompañe,

para no estar tan inexplicablemente solos.

Se escribe un poema para duplicar el orgasmo

o al menos para ponerle un espejo delante.

Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer

otras cosas,

como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.

Se escribe un poema para que nuestra tía más

querida

pueda decir a todos que tiene un sobrino que

escribe un poema.

Se escribe un poema para rascarse la barriga en

la playa,

para emborracharse en Surquillo sin que a uno lo

asalten los señores chaveteros,

para darse un descanso entre polvo y polvo,

para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura,

para que a uno le consientan todo,

para que a uno no le consientan ni un comino.

Se escribe un poema para que los psiquiatras no

nos cobren,

y para que aquella rubia se sienta inmortalmente

poseída,

y para que los hermanos como Angel Avendaño no

sientan tanto frío

en las prisiones,

y para que el general Velasco lea estas líneas

y sepa que Avendaño sigue preso

por orden de una culebra disfrazada.

Y se escribe un poema para viajar a los congresos

de escritores

con todos los gastos pagados,

y para ponerle el cascabel al gato, .

y para poder comer con la mano en los salones

Si nos viene en gana,

y para morirse de hambre,

y también para no morirse de hambre,

y para quedar como un perfecto cojudo en todas

partes,

y para usar calzoncillos de colores sin que se nos

acuse de maricas,

y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con

sus novias

creyendo que lo somos.

También se escribe un poema para no afeitarse

nunca,

para ir al baño sin remordimientos,

para ir al comedor sin remordimientos

para ir al dormitorio sin remordimientos,

y se escribe un poema para sentirse culpable de

todo

y con esos materiales llegar a escribir algún poema.

Y también se escribe un poema para reírse a gritos

y para vivir también se escribe un poema.

Y para tener un pretexto para no vivir

etcétera.

Y a propósito de etcétera:

se escribe un poema para no escribir cosas peores,

como cartas de amor, cartas financieras, facturas

por pagar, tratados de filosofía miraflorina,

y se escribe un poema por incapacidad,

cuando se ha fracasado como wing derecho en la

selección del colegio, cual es mi triste caso.

Y se escribe un poema para intensificar la vida,

como dice Stéfano Varese.

y se escribe un poema, finalmente, se escribe

un poema

para que en algún lugar del mundo, mañana o

para que en algún lugar del mundo, mañana o dentro

de veinte años la pareja que está por suicidarse

alcance a leerlo, y desista, desista por

lo menos unos días, y comprenda que la vida

es siempre hermosa

a pesar de la vida … y a pesar del poema.

 

Pero estaba hablando, creo, de París. Y de un amigo. Algo de un árbol y una soga, algo de un palmo de narices en tierra. Precisamente en París terminé un libro que inicié en La Habana, allá por 1968. En realidad lo concluí -en 1970-, ya en Lima. Se llama Pedestal para nadie, y no le gusta nada a Pito Loayza. A Leoncio Bueno, en cambio, lo apasiona. Mi vanidad se inclina hacia Leoncio, como podría esperarse. Bueno, este libro está dedicado a un gran compañero en la amistad y en la poesía: Carlos Delgado. Carlos me ayudó a corregir varias cosas, y podría decir demagógicamente, que algunos de sus aportes hicieron merecedor, a este libro, del Premio Nacional en el 71 o en el 70, por ahí. Y aquí he escrito unas líneas sobre ello, porque sino se me pierden.

Calvo 6

Pedestal para nadie es, en verdad, mi primer libro, por cuanto en él atisbo puertas que antaño descifré a oscuras; logro mirar entre la cerradura y veo, allá delante, detrás de las maderas, colinas que resplandecen en los cuartos, veranos habitados de fuerzas y países, parejas innumerables colmadas como sueños de anticuario, toda esa forma de soñar y vivir poesía que perseguí tantos años sin saberlo. Allí, como en la vida, nunca hay un solo tema que se inicia, desarrolla y concluye, sino constelaciones, constelaciones impredecibles, que se rozan a veces para nada y a veces para siempre. Nunca una sola vida o su reflejo breve, sino infinitas brevedades, eternidades efímeras que se entrelazan aniquilándose, que se entrelazan alimentándose. El asunto son varios y es ninguno. No hay asunto: hay ritmo: hay el fantasma de un oleaje, sus cabellos en la playa, invisibles y amargos, de mármol, hechos de mármol y de memoria. Y el poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida.

Naturalmente, las posibilidades y el sentido de esto me nacieron después de haberlo escrito, conversando un día con José Miguel Oviedo, quien me impulsó a insistir y a insistir. Porque ahora creo, además de no creer, creo que la poesía es como el bastón de un ciego, que con ella en la mano es posible seguir el camino pero no es posible verlo … Es como si todas las personas que uno ha sido en su vida, como si todos los países, los destinos, los desatinos y los resplandores que uno ha sido en su vida, se turnaran la dirección del rumbo, y de esa gigantesca migración de oscuridades naciera la mañana como detrás de una cortina inesperada. Ahora que digo esto, siento que uno de aquellos que ya he sido me lleva de la mano, me conduce como un ciego que conduce a otro ciego, y las aguas despiertan bajo mi pie, y sólo puedo presentir en sombra esas luces que otros han de beber y han de mirar cantando. Y aquí tal vez radique la más alta generosidad de este insondable egocentrismo que los entendidos han dado en llamar poesía. Y me viene Vallejo: ¡qué ganas de quedarme plantado en este verso!, porque no tengo la menor idea de qué es lo que ustedes quisieran escuchar de mí, y por si fuera poco, yo no sé hablar en prosa … Para salir del pozo y no del paso, tendré que apelar una vez más a la memoria.

Yo nací el 26 de julio (o el 24) de 1940. Cursé la primaria en la Escuela Primaria número 414 de Lima, y la secundaria en el Colegio Nacional Hipólito Unanue. Crecí en un vecindario del jirón Carabaya, entre gente inolvidable: Pluma, Manteca, Currurra, Cara’e sopa. Entre formidables  muchachos, Juan Munar, Miguel Inza, la «conga» Ana, y entre hijos de zapateros remendones, gente hermosa, canillitas de mi edad y de mi pobreza, y otros amigos que me observan desde aquel entonces, parados en su orgulloso asombro. Algunos admiran el que me haya dedicado a escribir cosas, así dicen, aunque secretamente habrán de reprocharme que no haya seguido robando carros a su lado; otros me reprocharán que no trabaje en un Banco; otros, que haya perdido tiempo con la política y otros, que no me hayan durado más de tres meses las esposas … Entre ellos he crecido, pues, si es que he crecido… Vivo ahora en todas partes y en ninguna. Duermo donde me sorprende la noche o el deseo, pero conservo todavía aquel cuarto salobre, en el tercer piso de la cuarta cuadra del jirón Carabaya (lo paga mi hermano Guillermo, y por él he sabido que el alquiler sigue siendo casi el mismo: ochentaitantos soles al mes). No puedo dormir muchas veces bajo el mismo techo, ni en la misma ciudad, ni con el mismo cuerpo. Será porque he viajado desde temprano o, según célebre frase del extraordinario creador que es Emilio Adolfo Westphalen: cómo será pues. El hecho es que he podido recorrer muchas gentes en mi vida, muchos países. Fui por primera vez a Europa, representando al Ejército de Liberación Nacional a un Congreso de Juventudes en Bulgaria. Las ciudades que más me han conmovido son Praga, Río de Janeiro, Cusco y París. Odio Lima. Volveré al Cusco pronto, cuando Avendaño esté libre y los gusanos se hallen lejos. Soy el segundo de cuatro hermanos. Mi padre era pintor, y era también mi hermano. Los demás son: Graciela (que además es mi madre), y después viene Helwa, y Nanya, y Guillermo. No me gustan las drogas ni el alcohol (quiero decir que puedo prescindir de ellos). De cualquier cosa, siento verdadera pasión por la cama, el escritorio y la cocina (quiero decir que entre cocinar, escribir poemas y hacer el amor, yo encuentro más parecidos que desemejanzas).

Amo a este país, y creo que lo amaría igual si hubiera nacido en otro, así como amo tantos países que sólo he conocido desde un avión en vuelo. Creo, sin embargo, como Guillermo Thorndike, que el mundo es una mierda. No el mundo que estamos construyendo, naturalmente, sino la podredumbre que heredamos, esa amarga fanfarria de transistores, automóviles y etcéteras; esa máscara de feriante, ese biombo de prostíbulo que sólo puede encandilar a los ingenuos al grado de ocultarles el mundo de injusticias y barbarie, el mundo de hipocresía y de terror, el mundo de niños envejecidos y de bombas atómicas, el mundo de mierda que ya estamos devolviendo a su lugar de origen.

Creo firmemente en la amistad y en el amor. Los desencantos me llegan, ni siquiera me llegan: sigo creyendo igual. Creo en la amistad, en el amor, en la igualdad de los hombres, en el sicoanálisis de Max Hernández, en nuestro padre Freud, en nuestro abuelo Marx, y en todo lo que no creen, por ejemplo, los fascistas. Creo firmemente en el advenimiento de un mundo justo y digno, sin explotadores, sin hambre, sin penumbras. Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nuestros hijos que es más importante tener un amigo y no un televisor, tener una conciencia limpia y no un automóvil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son  verdaderamente nuestras solamente cuando son compartidas, sólo cuando no han nacido de las hambres ajenas, de las penurias ajenas, sino de las mutuas alegrías y los empeños generosos. Y creo que ese mundo lo haremos ahora, y lo haremos con armas invencibles, escribiendo y amando, y cantando. Y lo haremos aquí, en esta tierra dura, y no en algún sedoso paraíso celestial (tan peligroso, a estas alturas de la ciencia, tan colmado de asteroides en vez de ángeles). Mis primeros versos, por ejemplo, no eran míos. Por eso creo firmemente en la poesía. Mis primeros versos los escribí a los doce años y eran plagios de José María Eguren. Poco después de descubrir a Eguren y a Vallejo (cuyos libros me fueron obsequiados por mi madre, quien tuvo que ayunar para comprados), poco después, digo, tuve que echar por la borda una magnífica carrera de plagiario, por culpa de mi abuelo. Fue la tarde en que descubrí su cabeza, blanca, sobre la almohada consagrada a sus siestas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, abandonado al sueño, indefenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a esconder en la azotea conteniendo las lágrimas. Allí, avergonzado y solo, contemplando un paisaje de techos ruinosos, escribí a mi abuelo una larga carta pidiéndole que no envejezca, ¡y vaya a saberse por qué tuve que redactar aquella carta en verso!

Creo que así comenzó todo.

Desde aquella tarde, vengo haciendo todo lo imposible para no ser poeta. Y, francamente, no sé qué más decir. Les ruego me disculpen.

(Tomado de Lee por Gusto – Junio 21, 2016)

 

Calvo8

Cuatro poemas de César Calvo

 

CIUDAD DE LOS REYES (1968)

 

Pero esta noche Clayton es tan solo una carta,

 

entre cuyos renglones deambulan tres o cuatro carajos,

 

referencias más o menos precisas al porqué y para qué,

 

y la sueco rumana descarada que hizo de mi vida

 

el paraíso más negro de que tengo memoria.

 

Ingenuamente Clayton quema sus naves en la quinta página,

 

y habla de la vida que puede terminar en el amor,

 

aunque supone que hemos de estar en pie toda la noche

 

para alcanzar esa aurora.

 

Carta la suya que no leí antes debido me imagino

 

a un sorprendente instinto de conservación

 

y también, aceptémoslo, a que ignoro el inglés

 

Ya que se insiste en ella sobre lo que subyace debajo de los muertos,

 

el arte no es el mar sino tan solo lo que sostiene al mar y flota en él,

 

y me pregunta Clayton, se pregunta,

 

¿por qué nos es tan duro vivir en este mundo?

 

y luego de maldecir la reputación Maidenform de las limeñas

 

a fin de cuentas, qué sentido tiene, porqué debo morir.

 

Entre tanto, es de noche, no hace frío y han pasado tres años.

 

Puedo decir que vivo, que he vivido como un condenado,

 

que escribí dos poemas aceptables

 

y mandé traducir el postergado y largo mensaje del buen Clayton.

 

Tres años han pasado, se han pedido refuerzos,

 

distintos personajes dicen las mismas cosas,

 

la sueco rumana fornica en la platea,

 

alguien grita y se arroja desde un palco, llueve en el escenario,

 

el público cansado de aplaudir y pifiar

 

se entretiene en desvestirse mutuamente, como quien no quiere la cosa

 

y yo dale que dale, impenitente, cubierto de basura,

 

preguntando porqué debo morir.

 

Cosa grave dirás, cuando ya no se busca el famoso sentido de la vida

 

y se rastrea en cambio una razón para irse al otro mundo

 

de allí que esto no sea sino una piedra para romper semáforos,

 

una señal de alarma, nada de soluciones,

 

aunque alguna palabra por su cuenta se lance a quitar hierbas del camino puesto que no hay camino, puesto que mi camino son mis pies

 

y tus pies son el tuyo.

 

Aquí entiendo porque te hablé al comienzo de Clayton y su carta,

 

todo este ansioso tiempo que pase sin leerla

 

he caminado sobre el mismo sitio,

 

como suele decirse, estuve cavando mi propia tumba,

 

y la inmovilidad no es precisamente la razón que buscaba.

 

Tú podrás explicarme

 

como fue que concebimos la peregrina idea de vivir,

 

la pendejada del amor eterno, toda esa gran fachada de cartón,

 

con destinos reducidos más tarde a tu saliva.

 

Séame permitido recordar ya en escena,

 

la platea colmada de verdugos oír sus manos rotas aplaudiendo

 

la caída del telón sobre nuestras cabezas, la triunfal seda de la Guillotina.

 

Séame permitido recordarte antes de ello,

 

largo gemido de oro en hoteles cubiertos por la nieve

 

y recordarme, verme, zapato desconfiado dibujando tu nombre

 

entre las hojas de la Place de Pepluie.

 

Creía, entonces, cosas, buscaba una palabra para sobrevivir.

 

Era Paris entonces un altillo del Hotel des Nations

 

y el amor como un pozo que cavamos a golpes en las noches feroces

 

sin saber que la vida requiere de la muerte, muriendo sin morir.

 

O es que una sola vez, bajo mi cuerpo

 

me viste tras de un vidrio humedecido, ordenaste llorando mis cabellos.

 

Si alguien ahora nos preguntara que cosa es un altillo, una moneda, Frank Sinatra cantando por un franco en la Gallerie de L´Odeon

 

sonara tu memoria como una casa sola

 

y yo envejecería estoy seguro en algún aeropuerto de esta tierra, esperándome.

 

Clayton tiene razón,

 

las únicas estrellas nos aguardan en el fondo del pozo

 

y solo son posibles cuando ya no lo son.

 

Nadie durmió jamás en un altillo,

 

Paris no existió nunca.

 

¿Que cosa es una noche frente al mar?

 

No hay mas ciudad que esta ciudad vacía

 

ni más sueño dorado que el insomnio,

 

estos papeles húmedos y vanos.

 

En las Casas de Cita, a estas alturas del verano

 

se insiste mas que nunca, hay buenos tragos.

 

Y si no hacemos el amor este año,

 

al menos, mirando hacia otro lado, haremos el amor.

 

No estaremos en pie toda la noche esperando la aurora

 

no por ello, querida, seremos más amargos,

 

no por ello seremos menos ágiles,

 

acaso así encontremos una buena razón para morir

 

y dejemos de ser, como dice Clayton

 

el cuerpo solitario en la ribera,

 

para ser la ribera, el río mismo,

 

dos cuerpos abrazados que al hundirse, se salvan.

 

Venid a ver el cuarto del poeta

 

Venid a ver el cuarto del poeta.

Desde la calle

hasta mi corazón

hay cincuenta peldaños de pobreza.

Subidlos.

A la izquierda.

 

Si encontráis a mi madre en el camino,

cosiendo su ternura a mi tristeza,

preguntadle

por el amado cuarto del poeta.

 

Si encontráis a Evelina

contemplando morir la primavera,

preguntadle

por mi alma

y también por el cuarto del poeta.

 

Y si encontráis llorando a la alegría

océanos y océanos de arena,

preguntadle

por todos

y llegaréis al cuarto del poeta:

una silla, una lámpara,

un tintero de sangre, otro de ausencia,

las arañas tejiendo sordos ruidos

empolvados de lágrimas ajenas,

y un papel donde el tiempo

reclina tenazmente la cabeza.

 

Venid a ver el cuarto del poeta.

Salid a ver el cuarto del poeta.

Desde mi corazón

hasta los otros

hay cincuenta peldaños de paciencia.

¡Voladlos, compañeros!

 

(si no me halláis

entonces

preguntadme

dónde estoy encendiendo las hogueras.)

Edipo ciego

 

Con ella se ha acostado en aquel cuerpo

donde un padre retorna, sin saberlo

ha mordido su cálida cintura,

la vieja cera de un amor sin nombre

gotea entre sus piernas abrasadas.

Con inútiles paños ha cubierto

aquel espejo donde

envejece de pronto, poseída

por la capa del Rey. Tiniebla es el recuerdo

y los cuerpos jadean sin memoria

pero luego conversan en el muro

sus sombras, viejas cosas, y se sientan,

velan la breve muerte de los hijos saciados.

 

El sabio

 

Permaneció en la ventana

durante largos, largos años, viendo

caer las hojas, la nieve, viendo caer

las hojas

y

la nieve.

Cuando se acordó de sus hermanos

éstos ya eran un pedazo de hierba.

Él durmió feliz: aquella noche

descubrió que los árboles

pierden sus hojas, que la nieve es blanca.

 

CÉSAR CALVO CANTA “LA DESPEDIDA”

(Lo acompaña Carlos Hayre en la guitarra)

 

 

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

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