Blanca Varela / Héroes bizarros 67

 

ESPECIAL BLANCA VARELA:

Bella como incendio del atardecer

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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La poeta Blanca Varela Gonzales (Lima, Perú, 10 de agosto de 1926 – 12 de marzo de 2009) es considerada como una de las voces poéticas más importantes del universo literario. Después de su larga temporada en París, Varela vivió en Florencia y luego en Washington, ciudades donde se dedicó a hacer traducciones y eventuales trabajos periodísticos. En 1962, regresa a Lima para establecerse definitivamente. Sus poemas están traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y ruso. A diez años de su muerte, Lima Gris le dedica este homenaje.

 

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego.
 “Puerto Supe”. Blanca Varela

Detrás de su escritorio, Blanca Varela parecía una mujer solemne e imponente en aquella oficina del Fondo de Cultura Económica en la calle Berlín en Miraflores. No era tanto. Tímida de solemnidad se acomodaba presta tras su mesa en diagonal respecto a la puerta y hablaba con espacios y bajito. Alguien diría de ella y contradiciéndome que era  una dama de apariencia frágil y de recia fibra audaz, y seguro, tampoco le faltaba razón. Enigmas de una poeta. Blanca Varela publicó el 5 de agosto del 2001 un hermoso testimonio autobiográfico en El Dominical: “Alguien ha dicho algo que para mí es cierto: que la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. También es cierto que algunos se curan con los años, y que otros quedamos enredados para siempre en sus buenas o malas artes”.

En esos años, yo era asiduo a la Biblioteca Ricardo Palma de la Av. Larco en Miraflores y por encargo de mi padre, que era librero, antes de regresar a casa la visitaba y aunque ella estaba ocupada, siempre se daba un tiempo para atenderme y algunas veces conversar. Yo le decía señora y ella era la dulzura y la amabilidad caminando. En un recuerdo del mexicano Adolfo Castañón se lee: “La pequeña e inteligente Blanca era rápida como la brisa y simpática como un rayo de luz. Tenía una conciencia escrupulosa del otro, y tal vez esa fue la razón de que haya hecho tantas amistades como un regalo transparente, esa lección ética y estética de sobriedad y convivialidad que de algún modo ya traía un poco en la sangre”.

Ya de joven, Blanca Varela escribía poesía. Sigamos con su testimonio. “Con estos intentos de poemas en mis cuadernos, pasé por la escuela y llegué a la universidad. Conocer a Sebastián Salazar Bondy, recién llegada a San Marcos y frecuentar a través de él a un grupo de jóvenes poetas, fue toda una revelación para mí y un cambio fundamental en mi vida. Lecturas, conversaciones y discusiones apasionantes, comenzaron a llenar los días, las tardes y las noches. En contraste con mi experiencia propiamente dicha de estudiante en un mundo de hombres -experiencia que no fue especialmente grata ni fácil en el mundo de la universidad peruana de mediados de los cuarenta-, mi entrada al grupo de los jóvenes escritores que he mencionado fue absolutamente natural.

Ahí estaban Carlos Germán Belli, Javier Sologuren, Ricardo Silva Santisteban y, ya viviendo fuera del Perú, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Eduardo Eielson. La joven Blanca Varela de inmediato me sintió aceptada por el grupo sin reparos. Ellos le prestaron los libros que leían y así fue descubriendo un universo nuevo de  autores desconocidos en lecturas voraces, incesantes, renovadas y muy poco ortodoxas. Lecturas que no vinieron solas, sino acompañadas con un interés común por la pintura, la música y el teatro.

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Foto: Cortesía La República.

AÑOS MARAVILLOSOS

La muchacha acababa de cumplir los quince años y era hija de la escritora Serafina Quinteras. La bohemia limeña de su tiempo no le era ajena. A su edad, asistir a la peña Pancho Fierro de las hermanas Bustamante –Celia era la esposa de José María Arguedas— la obligaba al canto y a tocar guitarra. Y un año luego ingresaría a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar letras –en la vieja La casona del Parque Universitario— y ahí fue admirada por los jóvenes poetas de lo que sería la brillante generación del 50.

Cierto, y conoció a un joven pintor que se escapaba de los predios de la universidad Católica de la Plaza Francia para celebrar la vida. La muchacha se había enamorado y ya se hacía llamar Blanca Varela. El pintor era Fernando de Szyszlo. En 1947 se casaron de un arrebato como un relámpago feliz y viajaron, viajaron mucho y de tanta felicidad nacieron Vicente y Lorenzo.

Pero nadie, quizá influyó tanto en su escritura y en su vida como Sebastián Salazar Bondy. Gracias pudo conocer, y por primera vez también, a escritores de carne y hueso; poetas y novelistas que caminaban por las calles de Lima. Los mayores, los mejores, que siempre había admirado y mirado de lejos con un respeto casi reverencial. Entre ellos, dos en particular: un novelista y un poeta. O, mejor dicho, dos poetas quienes le revelaron cosas muy diferentes pero igualmente valiosas. Eran José María Arguedas y a Emilio Adolfo Westphalen, y a sus respectivas obras y personalidades.

Cuenta Blanca Varela: “La poesía que escribo no sería la que es sin esas dos influencias que jamás se me impusieron de manera inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutil, misteriosa, velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la realidad: creando ecos, correspondencias y formas que la imaginación puede trabajar y devolver trasmutados, convertidos en escritura”.

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Portada de la revista “Lima Gris” Nro. 16. 12 de marzo 2019.

EL VIAJE A EUROPA

Contaba la poeta que su viaje a París fue el hecho más importante de su vida. Después ya no pudo volver atrás: “Siempre he pensado que el destino ha sido demasiado generoso conmigo, en lo que se refiere a mi vocación por la literatura, pues siempre la ha alimentado con extraordinarios encuentros y amistades. Existen, es verdad, un instinto y un azar “electivos”. Sólo así puedo explicarme también por qué tuve la suerte de toparme durante aquel frío y oscuro invierno de un París de posguerra con una persona como Octavio Paz. Sin su ejemplo, jamás hubiera perseverado en mi empeño de escribir poesía, o tal vez hubiera pasado a su lado maltratándola, confundiéndola, traicionándola. Y en verdad no me estoy refiriendo en absoluto a los resultados, sino a la intención que se puede o debe tener frente a ella. Intención presentida ya en la actitud de Westphalen”.

Esos años todavía París vivía las consecuencias de la gran guerra y la pareja Szyszlo y Varela tenían lo justo para vivir. Así conocieron al poeta mexicano Octavio Paz quien quedó encantando con los peruanos. Escribiría de esa época Paz: “Blanca Varela es una poeta que no se complace con su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia”.

Pero en esos días también conoce de las fuentes del surrealismo y otra vez aparece la figura de Westphalen: “Si bien es cierto que ya había tenido noticias, por pequeñas lecturas previas, de la existencia histórica de André Breton y su grupo, Westphalen significó la encarnación viva y próxima del surrealismo, su libertad y su rigor. El mundo -mi mundo- se hizo mayor, más grande y respirable gracias a la lectura de su poesía. No sólo era la belleza de las imágenes lo que me seducía, ni lo insólito de ellas ni la posibilidad de encuentros con el azar. Había en la lección de surrealismo que me daba Westphalen, algo que trascendía la pura literatura, y que tenía que ver con la dignidad del espíritu y de la inteligencia”.

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Blanca Varela y Fernando de Szyszlo. Los años maravillosos.

SU ARTE POÉTICA

En esos años fue que comprendió y aprendió que la poesía era un trabajo de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape. En un ensayo, en el que se refiere precisamente a esa época, Octavio Paz ha contado cuál fue la experiencia de un grupo de personas, escritores y artistas en su mayoría latinoamericanos, que compartió con él aquellos tiempos poco felices que significaron los años inmediatamente posteriores a la última guerra. Habla de un túnel largo que se abrió ante ellos, un túnel que exploraron juntos, “como se explora un continente desierto, una enfermedad, una prisión”.

La escritura de Blanca Varela fue consolidándose pétrea y concisa. Algunos críticos incluso dicen que es austera, a veces descarnada y siempre inconforme. Hay pues una condición animal que se intuye en efecto una reflexión sobre la soledad, la incomunicación y la condición maternal. Habría que señalar también la raigambre en el pensamiento existencialista, sobre todo de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre a quienes conoció y bien en ese tráfago parisino que hizo que ella conjugara la exploración de los laberintos del subconsciente, la cotidianidad signada por el tedio y la amargura, y la expresión dolorosa de la vida condenada a no alcanzar la plenitud. Acaso por eso su poesía es un intento de desmitificación del discurso, y todo en ella se opone a las imágenes de lo sublime y lo perfecto; así, parafraseando unos de sus libros, su canto es “villano” o la vida una suma de ejercicios “materiales”.

Generosa en sus recuerdos, Blanca Varela evocaba a Arguedas. Conocidas son sus temporadas veraniegas con los amigos comunes en el puerto de Supe al norte de Lima: “Por otro camino, no fue menor ni menos importante la enseñanza de Arguedas. Su manera de vivir, de hablar, de ver el mundo, y especialmente su obra constituyeron la revelación de una verdad oscura, dolorosa e impronunciable, con la que hemos nacido todos los peruanos, aunque pretendamos ignorarla. A él le debe mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más profundo, algo semejante a la sangre o las raíces. Algo que más tarde, mucho más tarde, en París, se convirtió en mi primer poema legible y adulto, al cual titulé en secreto homenaje a Arguedas: “Puerto Supe”.

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Con sus hijos Lorenzo y Vicente.

PARÍS TENÍA QUE ACABARSE

En su testimonio citado de “El Dominical” Blanca Varela cuenta: “Si es cierto que conocí al Breton de los libros y los manifiestos por obra de Westphalen, la amistad de Paz me permitió acercarme a él de otra manera y sentarme a su mesa en el café de la Place Blanche. Allí pude escucharlo a mis anchas y admirar la majestad leonina de sus gestos y de su mirada. Pero París tenía que acabarse. Era como si se hubiera terminado, agotado un tiempo, un ciclo, y que en otro lado del mundo, justamente desde donde había partido, en el Perú, me estuviera esperando lo que precisamente había salido a buscar. Florencia fue la ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones, que siempre, hélas, son las últimas. Pero no se trata de un regreso forzado sino de una elección alimentada por un propósito”.

Y la tierra la jalaba. Por ello decidió regresar al Perú.  Y fue un retorno que tenía que ver con preservar una recién nacida identidad, que tenía que ver profundamente con lo que estaba tratando de expresar con sus poemas: “Fue también por eso, seguramente, que ya desde antes había estado tratando de no perderme en el vértigo de aquellos tiempos, de no ser devorada por un mundo que me era extraño, con otra lengua, otras costumbres, otros dioses y otros muertos. En aquel trance había echado mano a lo único que, en ese magnífico caos, reconocí como mío: mi memoria. Y traté de recordar los cantos peruanos, lejanísimos y misteriosos de Arguedas, y de nombrar y recrear mis paisajes de infancia, y llevar mis animales y mis astros, enormemente altos y distantes, hasta mi pequeña ventana de la Rue de Lanneau, en pleno Barrio Latino”.

Blanca Varela así se reencontró con la costa peruana, sus playas, sus desiertos y organizó su mundo según su condición de poeta y de mujer. De aquellos días nos queda el ejemplo de su intensa actividad en la promoción cultural. Secretamente, Blanca Varela seguía puliendo sus versos por las noches o las madrugadas en su casa de Barranco, frente al mar, mientras leía poesía clásica española. Canto villano, Ejercicios materiales, El libro de barro fueron saliendo de sus manos como fulgurantes piedras pulidas.

Nombrada directora del FCE en Lima y a pesar de los tiempos duros, con su voluntad y su conocimiento preciso del terreno –era una señora no sólo digna sino tremendamente práctica– fueron armando, con ayuda del poeta y tipógrafo Abelardo Oquendo, una breve biblioteca peruana con ediciones y coediciones propias. Gracias a ella, a su amistad inteligente, a su magnetismo y tesón figuran en el catálogo del FCE los nombres del Inca Garcilaso, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas, Franklin Pease y muchos otros.

De sus libros, siguen siendo imprescindibles “Ese puerto existe” (1959), con prólogo de Octavio Paz. Luego publicó los poemarios Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993) y Concierto animal (1999). De las varias recopilaciones de su poesía, merecen mencionarse Canto villano (1996) y Como Dios en la nada (1999). En 2001 fue distinguida con el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, y en 2006 con el Premio Internacional de Poesía García Lorca. Recibió también los premios poesía Ciudad de Granada (2006) y Reina Sofía (2007). Blanca Varela falleció en Lima el 12 de marzo de 2009 a la edad de 82 años.

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PRESENTIMIENTO DE LA LUZ

Vida y obra de Blanca Varela
Casa de la Literatura Peruana
Agosto 2016 – Marzo 2017

Esta exposición, realizada en el marco del 90 aniversario del nacimiento de Blanca Varela, en la que se muestra por primera vez al público la totalidad de su archivo personal gracias a la generosa colaboración de sus familiares, es un intento por comprender los verdaderos alcances de su poesía, por hacernos cargo de su legado, de su particular presentimiento de la luz hoy para la vida de mañana.

Cliquee aquí para ver catálogo:

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Blanca Varela:

De Santa Beatriz a París

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Hablar de Blanca Varela es descubrir una voz única de la poesía escrita en el Perú, durante la Generación del 50. Nunca puede una definirla de algún modo, sino que en cada lectura el poema desprende una piel nueva, se deshace de sí mismo para mostrarnos sus matices, para decirnos que aún no hemos leído todo, que hace falta volver a leer. Para decirnos que el canto de Blanca sigue vivo, que Blanca es el canto: El canto más natural.

Blanca Leonor Varela Gonzales nació en Lima, el 10 de agosto de 1926, en el seno de una familia de escritores y artistas. Hija de Alberto Varela y de la escritora costumbrista Esmeralda González Castro (también conocida por su seudónimo de Serafina Quinteras). El padre de Blanca había tenido una relación bastante regular con ella y hasta había incentivado algunas de sus primeras lecturas. Pero no era una figura presente en la vida cotidiana de aquella familia.

En palabras de quien fue su compañero durante veinte años, Fernando de Szyszlo, se sabe que Blanca y su familia no eran gente acomodada. Vivían con mucha dignidad, pero muy ajustadamente. Justamente a los 15 años, ella ya había comenzado a trabajar en Radio Nacional, en el radioteatro de las noches.

En 1943, con 16 años, ingresó a la Universidad de San Marcos para estudiar Letras y Educación. En esta etapa conoció a compañeros de la Generación del 50: Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Francisco Bendezú y a quien sería su esposo: el pintor Fernando de Szyszlo.

Conocer a alguien como Sebastián Salazar Bondy, recién llegada a la universidad y frecuentar a través de él a un grupo de jóvenes poetas, fue toda una revelación para mí y un cambio fundamental en mi vida. En este contexto también se vincula tertulias literarias en  la Peña Pancho Fierro, dirigido por Alicia y Celia Bustamante, esta última fue la primera esposa de José María Arguedas.

El Puerto de Supe fue un lugar muy importante para la poeta porque cada verano lo pasaba allí, en la casa de Celia Bustamante. Ese era el punto de reunión de muchos de sus amigos. A partir de 1947 (año en que finaliza sus estudios) empezó a colaborar en la revista Las Moradas, que dirigía Westphalen, por esos años.

La poesía que escribo no sería la que es sin esas dos influencias (Emilio Adolfo Westphalen y José María Arguedas) que jamás se me impusieron de manera inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutil, misteriosa, velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la realidad. Había en la lección de surrealismo que me daba Westphalen, algo que trascendía a la pura literatura, y que tenía que hacer con la dignidad del espíritu y de la inteligencia.

Por otro camino no fue menor ni menos importante la enseñanza de Arguedas. Su manera de vivir, de hablar, de ver el mundo y su obra, especialmente su obra, constituyeron la revelación de una verdad oscura, dolorosa e impronunciable, con la que hemos nacido todos los peruanos, aunque pretendamos ignorarla.

En 1949, el mismo día de su boda, el matrimonio Fernando de Szyszlo y Blanca Varela se embarcaron a Europa, rumbo a París. En París los esperaban Jorge Eduardo Eielson y José Bresciani, dos de sus amigos más cercanos. Y vivirían, allí, sus años más felices y austeros.

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Blanca Varela y Fernando de Szyszlo. en París.

La poeta se radicó en la capital europea, primero con Szyszlo y luego viviendo sola dos años. Allí  hace amistad con un numeroso y heterogéneo grupo de artistas y escritores de la época y se empapa de la vida cultural y artística de esta ciudad.

Por intermedio de Jacques Lanzman conoce a Sartre, de Beauvoir, Michaux, Giacometti y Léger, pero sobre todo a Simone de Beauvoir con quien comparte juegos y diversiones, y entre los hispanoamericanos, a Carlos Martínez Rivas y, por supuesto, a Octavio Paz.

Octavio Paz impulsó a Blanca Varela a publicar sus primeros poemas, y le consiguió una editorial en México para su primer libro llamado Ese puerto existe. Una anécdota muy popular sobre este libro es que al momento de entregar el libro a Octavio para que le diera su opinión al respecto, Blanca le comento que el título sería Puerto Supe, y a Octavio le gustó el libro pero no estaba de acuerdo con el título. A lo que Varela le contesta: Pero, ese puerto existe. Y entonces, Paz le responde:

-“Ajá, ese es el título: Ese puerto existe.”

Y el poeta Octavio Paz, supo hacer un retrato de aquella familia espiritual, en el hermoso prólogo que escribió para el mismo libro (1959): “No creíamos en el arte. Pero creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. […] Escribir era defenderse, defender la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. […] Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural.”

A través de Paz y del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, comprendí y aprendí que la poesía es un trabajo de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape.

En un ensayo, en el que se refiere precisamente a esa época, Octavio Paz […] Habla de un túnel largo que se abrió ante nosotros, un túnel que exploramos juntos «como se explora un continente desierto, una enfermedad, una prisión».

Es verdad, como lo hice, que aprendimos no sólo a conocer nuestro túnel, sino a  reconocerlo y aceptarlo. Algunos usamos la poesía, y la continuamos usando todavía con ese propósito. […] darle nombre a todas las sombras, a todos los fantasmas de ese túnel; de domesticarlos con la palabra o con el canto, de confundirnos con ellos, de ser ellos, de asumirlos.

Posteriormente vivió en Florencia. Entre 1957 y 1960 el matrimonio y sus hijos se instalaron en Washington D.C., donde Varela se dedicó a la traducción y el periodismo. Precisamente en 1957 Salazar Bondy y Alejandro Romualdo la incluyeron en su Antología general de la poesía peruana.

Pero París tenía que acabarse. Era como si se hubiera terminado, agotado un tiempo, un ciclo, y que en otro lado del mundo, justamente desde donde había partido, en el Perú, me estuviera esperando lo que precisamente había salido a buscar. Florencia fue la ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones, que siempre, hélas, son las últimas. Pero no se trataba de un regreso forzado sino de una elección alimentada por un propósito.

En 1962, regresa a Lima para establecerse definitivamente y cuando viaja suele hacerlo principalmente a los Estados Unidos, España y Francia. Un año después publicaría su poemario Luz de día (1963), luego Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto Villano (1978), entre otros.

Fue miembro del comité de redacción de la revista Amaru (1967-71), dirigida por Adolfo Westphalen y a su vez colaboró en la revista Oiga de Lima, en la que escribió críticas de cine con el seudónimo de Cosme.

Sin embargo, el primer contacto directo con el cine de la poeta, no fue a través de la crítica, sino a través de la actuación. Blanca participó como actriz secundaria en el cortometraje Esta pared no es medianera, dirigida por el mismo Fernando de Szyszlo. Esta película, filmada en 1952, tenía un carácter experimental, surrealista, y estaba claramente influenciada por el estilo de Luis Buñuel.

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Blanca Varela en su entrañable oficina del Fondo de Cultura Económica de la Calle Berlín en Miraflores.

Luego entre los años de 1962-1964 , Blanca Varela, comienza a colaborar en la revista Oiga escribiendo periódicamente crítica de cine. Sus columnas se titularon de la siguiente forma: primero, “La Butaca del jueves”, luego,  “Cine: Opinión y chisme” y finalmente, “La mejor película del año”. En todos los casos, Blanca firmó bajo el seudónimo de “Cosme” y “B. V. Z”. En el caso de “Cosme”, la poeta señaló en una entrevista lo siguiente:

“Firmaba “Cosme” no se por qué, seguramente porque había vuelto de Italia y me gustaba Cosme de Médicis. “Cosme” a veces me parecía un nombre bien indio, bien cholo, bien peruano y al mismo tiempo un nombre italiano, me encantaba, me gustaba; además porque no era mi asunto el cine pero sí he mirado el cine con mucha atención y me encanta. Bergman siempre me ha gustado, en fin todo el cine nuevo. Me gusta mucho el cine underground americano también.”

Aunque ya había existido una ruptura antes, en 1972, la pareja Szyszlo- Varela se separaría definitivamente.

De 1977 a 1979 Varela fue secretaria general del Centro Peruano del PEN Club Internacional, y en calidad de tal acudió a los congresos de Hamburgo (1977), Estocolmo (1978) y Río de Janeiro (1979). De 1974 a 1997 representó en el Perú a la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica. Además ha colaborado en numerosas revistas del Perú y el extranjero.

En 1996 ocurre un lamentable evento, un avión que iba en vuelo Lima—Arequipa colapsa y todos los tripulantes del avión fallecen, estando entre ellos uno de sus hijos, Lorenzo de Szyszlo (el menor), desde entonces ni la poesía ni la vida de Varela fueron la misma. De esa época son quizá sus versos más crudos. También los más bellos.

Dos años después del accidente aéreo de su hijo, Blanca Varela ya había comenzado a enfermar. Se le había obstruido la carótida. Y, desde entonces, cada vez se le haría más difícil expresarse. Serían años grises, de privacidad absoluta. Hasta el final.

Desde aquí se mostrarían sus últimos poemarios Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001). Y en esos años también empezaría a tener cada vez un mayor reconocimiento internacional ganando premios como el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001), Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2006) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2007).

Alejada voluntariamente de todo lo que pueda ser reconocimiento literario, gloria u honor público Blanca Varela se ha mantenido generalmente en una cierta resistencia cultural, ética y estética, frente a dogmatismos de todo signo y de ello surgió una voz radicalmente moderna y abismalmente volcada en sus raíces.

Lo que pasó después, lo demás, si no está escondido entre mis poemas, está entonces definitivamente perdido. Hablo de lo que hace la vida de cualquier persona, de cualquier mujer, como es mi caso. La casa, el amor, los niños, la lectura, la música, los viajes, la ciudad, y también el tedio, el dolor, la impotencia, la soledad y el silencio.

La poesía de Blanca Varela es una referencia a la poesía universal. Poseedora de una mitología propia nos habla de lo cotidiano como un oráculo: ni declara ni oculta, significa.

Blanca nos dejó el 12 de marzo del 2009…Pero no se fue. Por siempre será un hallazgo constante.

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Blanca Varela en el Café Zela de la Plaza San Martín en Lima.

BIBLIOGRAFÍA

Ese puerto existe (1959)

Luz de día (1963)

Valses y otras falsas confesiones (1972)

Canto Villano (1978)

Ejercicios materiales (1993)

Camino a Babel – Antología (1986)

Poesía escogida 1949-1991 (1993)

Del orden de las cosas (1993)

El libro de barro (1993)

Ejercicios materiales (1993)

Concierto animal (1999)

Como Dios en la nada (Antología 1949-1998) (1999)

Donde todo termina abre las alas (Círculo de Lectores)

El falso teclado (2001)

PREMIOS

 

Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001

III Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca Ciudad de Granada, 2007

XVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, 2007.

Tomado de: “El blog de Alayo”

 

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Fernando de Szyszlo, Michelle Deladrier, Octavio Paz, Blanca Varela, en París.

Homenaje multitudinario:

BLANCA VARELA EN PETROPERÚ

Ante un nutrido auditorio se realizó el homenaje a la poeta peruana Blanca Varela a diez años de su muerte. El evento se llevó a cabo en el Centro Cultural PETROPERÚ y estuvo organizado por la revista “Lima Gris” con el auspicio de la petrolera estatal.

El homenaje incluyó una conferencia magistral a cargo de la escritora y periodista Rocío Silva Santisteban; la artista y narradora mexicana Gabriela Olivo de Alba, Directora del Fondo de Cultura Económica; y el destacado escritor y periodista, Eloy Jáuregui. Asimismo, se contó con la presencia del hijo de la ilustre poeta, Vicente de Szyszlo Varela; mientras que la mesa fue moderada por el escritor Gabriel Rimachi Sialer.

Silva Santisteban destacó la enorme contribución de Blanca Varela a la literatura peruana y agradeció el apoyo de PETROPERÚ a la difusión de la literatura. Asimismo, la también ganadora del Premio Cope en Poesía destacó la importancia de este concurso, que cumple 40 años de promoción de la creación literaria en el país.

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BREVE ANTOLOGÍA

BLANCA VARELA

 

Puerto Supe

A J.B.

Está mi infancia en esta costa,

bajo el cielo tan alto,

cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

azules casas en el  horizonte.

 

Junto a la gran morada sin ventanas,

junto a las vacas ciegas,

junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

 

¡Oh, mar de todos los días,

mar montaña,

boca lluviosa de la costa fría!

 

Allí destruyo con brillantes piedras

la casa de mis padres,

allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,

destapo las botellas y un humo negro escapa

y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

 

Están mis horas junto al río seco,

entre el polvo y sus hojas palpitantes,

en los ojos ardientes de esta tierra

adonde lanza el mar su blanco dardo.

Una sola estación, un mismo tiempo

de chorreantes dedos y aliento de pescado.

Toda una larga noche entre la arena.

 

Amo la costa, ese espejo muerto

en donde el aire gira como loco,

esa ola de fuego que arrasa corredores,

círculos de sombra y cristales perfectos.

 

Aquí en la costa escalo un negro pozo,

voy de la noche hacia la noche honda,

voy hacia el viento que recorre ciego

pupilas luminosas y vacías,

o habito el interior de un fruto muerto,

esa asfixiante seda, ese pesado espacio

poblado de agua y pálidas corolas.

En esa costa soy el que despierta

entre el follaje de alas pardas,

el que ocupa esa rama vacía,

el que no quiere ver la noche.

 

Aquí en la costa tengo raíces,

manos imperfectas,

un lecho ardiente en donde lloro a solas.

 

***

 

La lección

Como una moneda te apretaré entre mis manos

y todas las puertas cederán

y lo veré todo

y la sorpresa

no quemará mi lengua

y comprenderé entonces el crecimiento de las plantas

y el cambio de pelaje en las pequeñas crías.

 

Hallaré la señal

y la caída de los astros

me probará la existencia de otros caminos

y que cada movimiento engendra dos criaturas,

una abatida y otra triunfante,

y en cada mirada morirá la apariencia

y desnudo y bello

te arrojará la fábrica entre nosotros.

 

***

 

De «Luz de día» (1963)

 

Antes del día

A Dore Ashton

 

¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!

Blanco es el mes de enero, negras las olas que visitan la isla.

El nido está en lo alto, sobre una piedra segura.

No habrá que enseñarles ni a nacer ni a morir. ¿Por qué habría de enseñarse tales cosas?

La vida llegará con avidez y ruido. Conocerán el sol. El mundo será esa claridad que nos pierde; los abismos de sal, la fronda de oscuras esperanzas, el vuelo del solitario que se da alcance a sí mismo.

Un círculo en el aire para atrapar algo de lo perdido.

El sueño de ayer, la imagen que se escapa entre dos aguas, que se multiplica y transforma hasta no ser sino el agua misma, el brillo deslumbrante, instantáneo, de los propios deseos.

Mirada perdida en sí misma que se devuelve y recorre como un desierto familiar.

Siempre al centro. Encrucijada o astro, efímera explosión de plumas, corazón sin reposo alentando todos los vientos.

¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!

¿Qué clase de sueño traerán? Primera estrella destruida, primer dolor, primer grito.

Golpe contra todo, contra sí mismo. Hacer la luz aunque cueste la noche, aunque sea la muerte el cielo que se abre y el océano nada más que un abismo creado a ciegas.

La propia voz respondiéndose con el fracaso de cada ola.

 

***

 

De «Valses y otras falsas confesiones» (1972)

I

Un poema

como una gran batalla

me arroja en esta arena

sin más enemigo que yo

 

yo

y el gran aire de las palabras

 

II

 

miente la nube

la luz miente

los ojos

los engañados de siempre

no se cansan de tanta fábula

 

III

 

terco azul

ignorancia de estar en la ajena pupila

como dios en la nada

 

IV

 

pienso en alas de fuego en música

pero no

no es eso lo que temo

sino el torvo juicio de la luz

 

***

 

De «Canto villano» (1978)

 

A la realidad

y te rendimos diosa

el gran homenaje

el mayor asombro

el bostezo

 

***

 

Media voz

la lentitud es belleza

copio estas líneas ajenas

respiro

acepto la luz

bajo el aire ralo de noviembre

bajo la hierba sin color

bajo el cielo cascado y gris

acepto el duelo

y la fiesta

 

no he llegado

no llegaré jamás

en el centro de todo está el poema

intacto sol

ineludible noche

 

sin volver la cabeza

merodeo su luz

su sombra

animal de palabras

husmeo su esplendor

su huella

sus restos

todo para decir

que alguna vez estuve

atenta desarmada

sola

casi en la muerte

casi en el fuego

 

***

 

De «Ejercicios materiales» (1993)

 

Ideas elevadas

sobre una escalera

tuve a dios bajo el martillo

 

combinación divina

el blanco el negro y el rojo de la sangre redentora

recién derramada

 

el crimen nos salva en estos trances

que nos obligan a trepar hasta el último peldaño

 

el vértigo nos acerca

la oscuridad nos protege

estamos cada vez más próximos

 

tenemos la lengua dura los devoradores de dios

de ese dios que crece cada noche

con nuestros pelos y uñas

de ese dios aplastable

perecible

digerible

 

iluminación o ceguera

 

clavar una mosca

con un solo golpe de hierro

en la pared más blanca

 

De «El libro de barro» (1993)

 

La mano de dios es más grande que él mismo.

Su tacto enorme tañe los astros hasta el gemido.

El silencio rasgado en la oscuridad es la presencia de

su carne menguante.

 

Resplandor difunto siempre allí. Siempre llegando.

Revelación: balbuceo celeste.

 

Día cerrado es él. Dueño de su mano, más grande que él.

 

***

 

Niño come llorando

llora comiendo niño

en animal concierto

el placer y el dolor

hacen al ángel

a dos carrillos músico

 

***

 

De «Concierto animal» (1999)

 

La muerte se escribe sola

una raya negra es una raya blanca

el sol es un agujero en el cielo

la plenitud del ojo

fatigado cabrío

aprende a ver en el doblez

 

entresaca espulga trilla

estrella casa alga

madre madera mar

se escriben solos

en el hollín de la almohada

 

trozo de pan en el zaguán

abre la puerta

baja la escalera

el corazón se deshoja

 

la pobre niña sigue encerrada

en la torre de granizo

el oro el violeta el azul

enrejados

no se borran

no se borran

no se borran

blanca 1

PROGRAMA: “SUCEDIÓ EN EL PERÚ”

 

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

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