El Chivo Castillo / Periodistas 37

El Chivo Castillo:

UN PASAJE A LA ETERNIDAD

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Chivo Castillo

Fue uno de los más grandes periodistas peruanos de esa raza en extinción. Humberto Castillo Anselmi (1931-2019) de Trujillo, tuvo un destino, un estilo y un fondo. Escribir con calado y sentimiento. Como vivía, que eso fue su vida en y para el periodismo. Y escribió de toda laya de situaciones porque amén de la gramática de la verdad profesaba la disciplina de la pasión. Esta es mi memoria sobre su memoria.

 

1.

Paco Landa llegó tarde esa vez a la redacción de El Diario Marka. Se acababa de bañar y lucía enojoso y mientras revisaba otros periódicos marcó el anexo y dijo: “Jáuregui, sube”. Mi oficina quedaba en el primer piso, en lo que fue el garaje del chalet de clase media en Jesús María en Lima donde se ubicaba el periódico. Así que ese invierno de 1980 estaba frente a Paco Landa, a quién, amigos y rivales le decían “El monstruo”. Yo era el Jefe de Deportes pero Paco tenía otra idea para promocionarme en el diario. Entonces dijo: “Hoy no haces Deportes, vas a acompañar al “Chivo” al Congreso. Aprende cómo trabaja”. Y no dijo más. El “Chivo” que estaba más allá, asintió con más resignación que alegría, me dio la mano y avanzamos.

Castillo era el cronista que todos querían pero no era como todos. Conmigo siempre tuvo un trato especial porque yo era uno de los más jóvenes en la redacción y había llegado a una jefatura por puro accidente. Entonces me cuidaban. Muchas veces ya por la tarde, se aparecía en mi oficina y con los ojos me invitaba a salir. Así, casi en silencio enrumbamos al “Pilsen”, un bar a unos pasos del diario, con rockola y aroma a pescados a punto de descomponerse. Entonces el “Chivo” pedía fichas y se acercaba a la máquina y marcaba todos los discos de Nino Bravo que habíamos escuchado hasta el hartazgo. Y yo sabía que le gustaba “Noelia” que sabe Dios a quién diablos le recordaba. Y luego venían las historias. Él contaba una y yo otra. El de la sierra de Trujillo y yo de los bajos fondos de Surquillo. Ahí descubrí que nos hermanaba el acto de contar, de narrar, de explicar la sangre de las aventuras y la hiel de sus personajes.

Guillermo Thorndike tenía también una historia del “Chivo” que siempre me la recordaba. Decía que conoció a Castillo mientras aguardaban a Alfonso Grados Bertorini a la sazón, Jefe de redacción del diario La Prensa el día que los citaron para empezar a trabajar. Pero había otro sujeto también esperando, ese era Alfredo Bryce Echenique que de curioso había llegado a practicar en el periódico para descubrir el Perú como antes lo había hecho al ingresar a la universidad de San Marcos. Grados Bertorini los hizo pasar a los tres a su despacho del Jirón de la Unión. Y recitando un par de sentencias con su voz a pisco de Pisco les ordenó: “Thorndike, tú a Culturales, Bryce, tú a Sociales, Castillo, tú a Policiales.

Sabio Grados Bertorini los había clasificado según sus fachas y sobre todo, sus caras. Thorndike parecía un gringo que abría los ojos más de la cuenta como turista en La Parada. Bryce era un señorito de corbata al michi que pisaba huevos y Castillo tenía aire de cholo blanco que había llegado a Lima a trabajar de mesero. Pero los tres fueron unos iluminados en ese momento del mejor periodismo que se hizo en el Perú, la década de los cincuentas y con resbalón a los sesentas. Grados Bertorini no se había equivocado, sus jóvenes periodistas a la postre sería los grandes maestros de la escritura cada quien en su estilo.

chivo colegio

Eloy Jáuregui y Chivo Castillo en homenaje en el Colegio de Periodistas del Perú.

2.

Aquella mañana mientras acompañaba al “Chivo” al Congreso me di cuenta de un detalle. El reconocido cronista parlamentario apenas llevaba un lapicero, contrario a lo que lo imaginaba con libretas, grabadoras, beepers. Cuando subimos al busing de la 59-A, el “Chivo” recibió su boleto y lo guardó como un acto de fe en el bolsillo de su camisa. De esta manera en una muestra del más puro de los reporterismos me enseño una clase que jamás olvidaré. El “Chivo” me guío por pasajes y pasillos del Congreso. Habló con uno, le preguntó al otro, cambió información con un colega y utilizando el boleto como cuaderno, apenas escribió uno que otro detalle. Y aunque era amable con todos, lucía un aura de seriedad y profesionalismo que yo no había conocido hasta entonces.

Una de las últimas chapas de Castillo fue “Helado de fresa con crema chantilly”. Es que ya era colorado y con su pelo blanco. Cierto, como todo tipo talentoso tenía un sentido del humor exquisito. Pero a la hora del trabajo parecía más bien un poseso. Al mediodía fuimos por un par de cafés y rápido salimos al pleno. Igual, el “Chivo” escuchó las exposiciones, el debate, y lo amplió con un par de entrevistas. A las tres de la tarde ya estábamos de vuelta al diario.

Apenas llegamos el “Chivo” subió presuroso a buscar una máquina. Armó varios juegos de cuartillas con su papel carbón y dos copias y sin entretenerse en más, se lanzó a escribir. Yo lo seguía observando. Escribía con cuatro dedos, como los maestros, e iba dejando una tras otras las hojas de papel que arrancaba con un técnica supina de la maquina agotada. A los 45 minutos ya el “Chivo” había redactado doce cuartillas. Yo las había contado. Luego se inclinó con su implacable lapicero, corrigió una que otra frase, le colocó un titular optativo, acomodó el atado y avanzó a la mesa de redacción donde editores y diagramadores trabajaban en “el cierre”. Colocó sus texto en una gaveta, cruzó un par de palabras con Paco Landa y se despidió hasta el día siguiente y apenas eran las cinco de la tarde.

Cuando por la mañana del otro día constaté de su texto, vi que ocupaba tres páginas con dos recuadros. Entonces había relato, crónica, entrevistas, declaraciones y una que otra figura metafórica necesarias para entender la jornada parlamentaria de ese jueves. Un trabajo completo, redondo y rotundo que jamás olvidaré. Entonces, sí se puede escribir una crónica diaria. Así me quedó como modelo, más que como ejemplo de un rigor y un ejemplo. El “Chivo” no trabajaba ni sábado ni domingo y el viernes también se jaraneaba como todos nosotros. Varias veces, junto al gran “Paiche” Olórtegui o Alfredo Pita terminamos en la casa de los amigos, de la reconocida fotógrafa Carmen “La China” Barrantes recién llegada de Europa, o de las peñas que estaban de moda. Entonces mi admiración fue acrecentándose porque no solo acompañaba al amigo sino al maestro.

CHIVO 3

3.

Lo que me más llamaba la atención en ese inicio de la década de los ochenta era la memoria que ponía en práctica el “Chivo”. Aquel rasgo fundamental de todo cronista. La pausa retentiva, el detalle de la recordación, la evocación puntual. De eso me había restregado Paco Landa aquella vez que llegué de practicante al diario y que junto a Blanca Rosales nos tuvo 15 días enseñándonos aquello y lo otro del buen periodismo y que se hallaba en las fuentes de la reminiscencia e historia y que hasta hoy recordamos, el tener una memoria militante, un recuerdo activo para desarrollar nuestras historias. Por el ello el “Chivo fue un adelantado desde que se formó como corresponsal de La Prensa en Trujillo.

En una sentida nota escrita por Carlos Paucar en La República explicaba aquellos detalles de ese periodista legendario. ¿Legendario? Sí advertía Paucar, precisamente: “por tener una memoria prodigiosa (evitaba al máximo las anotaciones, no usaba grabadoras, todo lo memorizaba); por su rapidez (le bastaba un poquísimo tiempo para escribir crónicas memorables). Por su prosa pródiga en anécdotas y descripciones (lo hizo antes que cronistas norteamericanos como Tom Wolfe o Gay Talese hicieran escuela al hacer de la observación y el detalle un ejercicio soberano del periodismo); por negarse a que el redactor sea protagonista de la noticia y se inmiscuya en el relato noticioso”.

Pero el “Chivo” impuso su respirar en el arte de narrar. Otra cosa no es su escritura. Me atrevo a decir que era, tanto habilidad y maestría así como destreza y sabiduría. Ello, me lo contaría una de esas tantas tardes, se debía a sus lecturas. El “Chivo” fue periodista de pocos libros admirados pero los eran. Así nos pasábamos diseccionando “A sangre fría” de Capote o “Por quién doblan las campanas” de Hemingway. Por ello él podía escribir con brillantez un perfil sobre el presidente francés Charles De Gaulle, como una crónica secreta a Maradona, como un retrato político del presidente Belaunde. Así, este todo terreno del periodismo nos ha dejado un legado que va más allá de sus anécdotas y trajines.

En su redacción prima la oración corta como un latigazo, el verbo en presente activo, la conjugación con ritmo, el uso del término preciso como un jab del boxeo y el párrafo breve como orgasmo de viejo. Suficiente. Por ello originó una práctica textual dúctil y plástica. Un estilo como palanca para mover el universo. Un guiño para sensualizar lo horrendo y un compás para ese galope que tiene la buena literatura como brioso caballo de información. El “Chivo” sabía que escribir era seducir y eso produjo en sus miles de lectores que reconocían en sus texto –así no lleven sus crédito– al cronista que enamoraba con el corazón de su verdad.

A los jóvenes periodista, a todos, nos ha dejado una herencia: “La Palabra del Chivo”, libro publicado en el 2015 y que reúne sus mejores crónicas que escribió durante su paso por La Prensa, Correo, La Crónica, La República, El Sol. Porque el “Chivo” fue (es) periodista de libros. Y en eso también sienta una diferencia con otros de su laya, esa incomprensible dejadez de algunos periodistas que no construyen legados librescos que permitirían conocer con detalle de sus obras que a veces se pierden en el día a día.

cHIVO 4

Chivo Castillo con nuestro admirado Julio Ramón Ribeyro.

CODA

A los 87 años nos ha dejado el “Chivo” Castillo y su deceso fue una crónica dolorosa para su familia, sus amigos y compañeros viejos y jóvenes. Yo quiero recordarlo con unas líneas que también le escribiese nuestro recordado César Terán venciendo la timidez del cronista:  “El periodista de pluma ágil, certera, capaz de pintar con la palabra escrita paisajes hermosos y también tenebrosos, acontecimientos que han marcado el destino de nuestra sociedad y nuestra patria. Como decía Alejo Carpentier, el periodista es testigo cotidiano de la historia. En este caso, no simple fedatario de los acontecimientos, sino explorador de hechos y personajes en un contexto histórico de causas, raíces y proyecciones. Grande en las alturas, inmenso en las cimas, Humberto Castillo Anselmi, el “Chivo”, aquel reportero de la temprana y plateada cabellera, también es capaz de confundirse hasta la más íntima solidaridad con personajes anónimos, humildes, protagonistas de epopeyas sociales en el mundo de los marginados…”

 

(Esta crónica fue publiacada en la revista “PERIODISTAS” del CPL el 1 de octubre del 2019.)

 

 

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .