Limeñenses 145 / BLANCA VARELA

BLANCA VARELA:

Bella como incendio del atardecer

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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La poeta Blanca Varela Gonzales (Lima, Perú, 10 de agosto de 1926 – 12 de marzo de 2009) es considerada como una de las voces poéticas más importantes del universo literario. Después de su larga temporada en París, Varela vivió en Florencia y luego en Washington, ciudades donde se dedicó a hacer traducciones y eventuales trabajos periodísticos. En 1962, regresa a Lima para establecerse definitivamente. Sus poemas están traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y ruso. A diez años de su muerte, Lima Gris le dedica este homenaje.

 

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego.
 “Puerto Supe”. Blanca Varela

Detrás de su escritorio, Blanca Varela parecía una mujer solemne e imponente en aquella oficina del Fondo de Cultura Económica en la calle Berlín en Miraflores. No era tanto. Tímida de solemnidad se acomodaba presta tras su mesa en diagonal respecto a la puerta y hablaba con espacios y bajito. Alguien diría de ella y contradiciéndome que era  una dama de apariencia frágil y de recia fibra audaz, y seguro, tampoco le faltaba razón. Enigmas de una poeta. Blanca Varela publicó el 5 de agosto del 2001 un hermoso testimonio autobiográfico en El Dominical: “Alguien ha dicho algo que para mí es cierto: que la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. También es cierto que algunos se curan con los años, y que otros quedamos enredados para siempre en sus buenas o malas artes”.

En esos años, yo era asiduo a la Biblioteca Ricardo Palma de la Av. Larco en Miraflores y por encargo de mi padre, que era librero, antes de regresar a casa la visitaba y aunque ella estaba ocupada, siempre se daba un tiempo para atenderme y algunas veces conversar. Yo le decía señora y ella era la dulzura y la amabilidad caminando. En un recuerdo del mexicano Adolfo Castañón se lee: “La pequeña e inteligente Blanca era rápida como la brisa y simpática como un rayo de luz. Tenía una conciencia escrupulosa del otro, y tal vez esa fue la razón de que haya hecho tantas amistades como un regalo transparente, esa lección ética y estética de sobriedad y convivialidad que de algún modo ya traía un poco en la sangre”.

Ya de joven, Blanca Varela escribía poesía. Sigamos con su testimonio. “Con estos intentos de poemas en mis cuadernos, pasé por la escuela y llegué a la universidad. Conocer a Sebastián Salazar Bondy, recién llegada a San Marcos y frecuentar a través de él a un grupo de jóvenes poetas, fue toda una revelación para mí y un cambio fundamental en mi vida. Lecturas, conversaciones y discusiones apasionantes, comenzaron a llenar los días, las tardes y las noches. En contraste con mi experiencia propiamente dicha de estudiante en un mundo de hombres -experiencia que no fue especialmente grata ni fácil en el mundo de la universidad peruana de mediados de los cuarenta-, mi entrada al grupo de los jóvenes escritores que he mencionado fue absolutamente natural.

Ahí estaban Carlos Germán Belli, Javier Sologuren, Ricardo Silva Santisteban y, ya viviendo fuera del Perú, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Eduardo Eielson. La joven Blanca Varela de inmediato me sintió aceptada por el grupo sin reparos. Ellos le prestaron los libros que leían y así fue descubriendo un universo nuevo de  autores desconocidos en lecturas voraces, incesantes, renovadas y muy poco ortodoxas. Lecturas que no vinieron solas, sino acompañadas con un interés común por la pintura, la música y el teatro.

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Foto: Cortesía La República.

AÑOS MARAVILLOSOS

La muchacha acababa de cumplir los quince años y era hija de la escritora Serafina Quinteras. La bohemia limeña de su tiempo no le era ajena. A su edad, asistir a la peña Pancho Fierro de las hermanas Bustamante –Celia era la esposa de José María Arguedas— la obligaba al canto y a tocar guitarra. Y un año luego ingresaría a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar letras –en la vieja La casona del Parque Universitario— y ahí fue admirada por los jóvenes poetas de lo que sería la brillante generación del 50.

Cierto, y conoció a un joven pintor que se escapaba de los predios de la universidad Católica de la Plaza Francia para celebrar la vida. La muchacha se había enamorado y ya se hacía llamar Blanca Varela. El pintor era Fernando de Szyszlo. En 1947 se casaron de un arrebato como un relámpago feliz y viajaron, viajaron mucho y de tanta felicidad nacieron Vicente y Lorenzo.

Pero nadie, quizá influyó tanto en su escritura y en su vida como Sebastián Salazar Bondy. Gracias pudo conocer, y por primera vez también, a escritores de carne y hueso; poetas y novelistas que caminaban por las calles de Lima. Los mayores, los mejores, que siempre había admirado y mirado de lejos con un respeto casi reverencial. Entre ellos, dos en particular: un novelista y un poeta. O, mejor dicho, dos poetas quienes le revelaron cosas muy diferentes pero igualmente valiosas. Eran José María Arguedas y a Emilio Adolfo Westphalen, y a sus respectivas obras y personalidades.

Cuenta Blanca Varela: “La poesía que escribo no sería la que es sin esas dos influencias que jamás se me impusieron de manera inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutil, misteriosa, velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la realidad: creando ecos, correspondencias y formas que la imaginación puede trabajar y devolver trasmutados, convertidos en escritura”.

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Portada de la revista “Lima Gris” Nro. 16. 12 de marzo 2019.

EL VIAJE A EUROPA

Contaba la poeta que su viaje a París fue el hecho más importante de su vida. Después ya no pudo volver atrás: “Siempre he pensado que el destino ha sido demasiado generoso conmigo, en lo que se refiere a mi vocación por la literatura, pues siempre la ha alimentado con extraordinarios encuentros y amistades. Existen, es verdad, un instinto y un azar “electivos”. Sólo así puedo explicarme también por qué tuve la suerte de toparme durante aquel frío y oscuro invierno de un París de posguerra con una persona como Octavio Paz. Sin su ejemplo, jamás hubiera perseverado en mi empeño de escribir poesía, o tal vez hubiera pasado a su lado maltratándola, confundiéndola, traicionándola. Y en verdad no me estoy refiriendo en absoluto a los resultados, sino a la intención que se puede o debe tener frente a ella. Intención presentida ya en la actitud de Westphalen”.

Esos años todavía París vivía las consecuencias de la gran guerra y la pareja Szyszlo y Varela tenían lo justo para vivir. Así conocieron al poeta mexicano Octavio Paz quien quedó encantando con los peruanos. Escribiría de esa época Paz: “Blanca Varela es una poeta que no se complace con su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia”.

Pero en esos días también conoce de las fuentes del surrealismo y otra vez aparece la figura de Westphalen: “Si bien es cierto que ya había tenido noticias, por pequeñas lecturas previas, de la existencia histórica de André Breton y su grupo, Westphalen significó la encarnación viva y próxima del surrealismo, su libertad y su rigor. El mundo -mi mundo- se hizo mayor, más grande y respirable gracias a la lectura de su poesía. No sólo era la belleza de las imágenes lo que me seducía, ni lo insólito de ellas ni la posibilidad de encuentros con el azar. Había en la lección de surrealismo que me daba Westphalen, algo que trascendía la pura literatura, y que tenía que ver con la dignidad del espíritu y de la inteligencia”.

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SU ARTE POÉTICA

En esos años fue que comprendió y aprendió que la poesía era un trabajo de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape. En un ensayo, en el que se refiere precisamente a esa época, Octavio Paz ha contado cuál fue la experiencia de un grupo de personas, escritores y artistas en su mayoría latinoamericanos, que compartió con él aquellos tiempos poco felices que significaron los años inmediatamente posteriores a la última guerra. Habla de un túnel largo que se abrió ante ellos, un túnel que exploraron juntos, “como se explora un continente desierto, una enfermedad, una prisión”.

La escritura de Blanca Varela fue consolidándose pétrea y concisa. Algunos críticos incluso dicen que es austera, a veces descarnada y siempre inconforme. Hay pues una condición animal que se intuye en efecto una reflexión sobre la soledad, la incomunicación y la condición maternal. Habría que señalar también la raigambre en el pensamiento existencialista, sobre todo de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre a quienes conoció y bien en ese tráfago parisino que hizo que ella conjugara la exploración de los laberintos del subconsciente, la cotidianidad signada por el tedio y la amargura, y la expresión dolorosa de la vida condenada a no alcanzar la plenitud. Acaso por eso su poesía es un intento de desmitificación del discurso, y todo en ella se opone a las imágenes de lo sublime y lo perfecto; así, parafraseando unos de sus libros, su canto es “villano” o la vida una suma de ejercicios “materiales”.

Generosa en sus recuerdos, Blanca Varela evocaba a Arguedas. Conocidas son sus temporadas veraniegas con los amigos comunes en el puerto de Supe al norte de Lima: “Por otro camino, no fue menor ni menos importante la enseñanza de Arguedas. Su manera de vivir, de hablar, de ver el mundo, y especialmente su obra constituyeron la revelación de una verdad oscura, dolorosa e impronunciable, con la que hemos nacido todos los peruanos, aunque pretendamos ignorarla. A él le debe mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más profundo, algo semejante a la sangre o las raíces. Algo que más tarde, mucho más tarde, en París, se convirtió en mi primer poema legible y adulto, al cual titulé en secreto homenaje a Arguedas: “Puerto Supe”.

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Con sus hijos Lorenzo y Vicente.

PARÍS TENÍA QUE ACABARSE

En su testimonio citado de “El Dominical” Blanca Varela cuenta: “Si es cierto que conocí al Breton de los libros y los manifiestos por obra de Westphalen, la amistad de Paz me permitió acercarme a él de otra manera y sentarme a su mesa en el café de la Place Blanche. Allí pude escucharlo a mis anchas y admirar la majestad leonina de sus gestos y de su mirada. Pero París tenía que acabarse. Era como si se hubiera terminado, agotado un tiempo, un ciclo, y que en otro lado del mundo, justamente desde donde había partido, en el Perú, me estuviera esperando lo que precisamente había salido a buscar. Florencia fue la ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones, que siempre, hélas, son las últimas. Pero no se trata de un regreso forzado sino de una elección alimentada por un propósito”.

Y la tierra la jalaba. Por ello decidió regresar al Perú.  Y fue un retorno que tenía que ver con preservar una recién nacida identidad, que tenía que ver profundamente con lo que estaba tratando de expresar con sus poemas: “Fue también por eso, seguramente, que ya desde antes había estado tratando de no perderme en el vértigo de aquellos tiempos, de no ser devorada por un mundo que me era extraño, con otra lengua, otras costumbres, otros dioses y otros muertos. En aquel trance había echado mano a lo único que, en ese magnífico caos, reconocí como mío: mi memoria. Y traté de recordar los cantos peruanos, lejanísimos y misteriosos de Arguedas, y de nombrar y recrear mis paisajes de infancia, y llevar mis animales y mis astros, enormemente altos y distantes, hasta mi pequeña ventana de la Rue de Lanneau, en pleno Barrio Latino”.

Blanca Varela así se reencontró con la costa peruana, sus playas, sus desiertos y organizó su mundo según su condición de poeta y de mujer. De aquellos días nos queda el ejemplo de su intensa actividad en la promoción cultural. Secretamente, Blanca Varela seguía puliendo sus versos por las noches o las madrugadas en su casa de Barranco, frente al mar, mientras leía poesía clásica española. Canto villano, Ejercicios materiales, El libro de barro fueron saliendo de sus manos como fulgurantes piedras pulidas.

Nombrada directora del FCE en Lima y a pesar de los tiempos duros, con su voluntad y su conocimiento preciso del terreno –era una señora no sólo digna sino tremendamente práctica– fueron armando, con ayuda del poeta y tipógrafo Abelardo Oquendo, una breve biblioteca peruana con ediciones y coediciones propias. Gracias a ella, a su amistad inteligente, a su magnetismo y tesón figuran en el catálogo del FCE los nombres del Inca Garcilaso, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas, Franklin Pease y muchos otros.

De sus libros, siguen siendo imprescindibles “Ese puerto existe” (1959), con prólogo de Octavio Paz. Luego publicó los poemarios Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993) y Concierto animal (1999). De las varias recopilaciones de su poesía, merecen mencionarse Canto villano (1996) y Como Dios en la nada (1999). En 2001 fue distinguida con el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, y en 2006 con el Premio Internacional de Poesía García Lorca. Recibió también los premios poesía Ciudad de Granada (2006) y Reina Sofía (2007). Blanca Varela falleció en Lima el 12 de marzo de 2009 a la edad de 82 años.

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En París con Octavio Paz.

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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