Gringo Thorndike / Héroes bizarro 117

Guillermo Thorndike:

Una noticia en tu lápida

Una crónica  de ELOY JÁUREGUI.

 

Ninguno como él, descomunal y polémico. Guillermo Thorndike Losada, limeño  (25 de abril de 1940 – 9 de marzo de 2009) fue un periodista y escritor peruano único. Protagonistas más importante de una época significativa del periodismo peruano y que plasmó en los diferentes diarios que dirigió y en una serie de libros que han dejado huella. Por su trayectoria y amplia labor se le puso dos sobrenombres dentro de los hombres de prensa: el Rey Midas del Periodismo y el Elefante Magistral del periodismo. Cronista incansable, hoy es un ejemplo de periodista genial e incansable.

 

gringo 0

 “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”.
(Guillermo Thorndike Losada, sobre la muerte de Sofocleto)

 

1.

Cada vez que llegaba a su casa me quedaba un par de días. Guillermo Thorndike era el amigo a quien uno admiraba. Y siempre estaba contando una historia. Casi siempre venía la carcajada. Y luego la reflexión. Y siempre el Perú. Y siempre sus gentes, sus políticos, sus artistas, sus deportistas. Entonces se metía a la cocina y preparaba uno y otro plato. Y vamos con un whisky o con un pisco. Y luego la música- Y después su esposa Charo que apuntalaba las anécdotas y sus hijos. Entonces visitar al “Gringo” era una fiesta donde uno salía agotado pero lleno de imágenes y ya de retorno solo me quedaba sonreír, y celebrar al maestro, al hermano grande.

Y Guillermo Thorndike, esa vez, subió a mi auto y se decidió, como un personaje de Orson Welles, a contarlo todo. En el reportaje  que le estaba realizando para la televisión, me faltaba su historia en el diario La Prensa que esa vez era el local de una pollería. Así que enrumbamos al Centro de Lima. Gustavo Ramos, el camarógrafo entonces los grabó en los pasos de sus dominios. La Plaza Mayor, el Jirón de la Unión, la Avenida Garcilaso. Las imágenes estuvieron a la altura del personaje. Thorndike observaba con nostalgia “La cueva de Baquiano”, el local quemado del diario Correo, el edificio abandonado del Jirón Huancavelica donde fundara La República. Sus enormes ojos estaban en primer plano como los testigos de un país que se caía a pedazos.

Con Thorndike uno siempre estaba seguro de estar frente al maestro periodista. Su técnica era anglosajona. Incansable manejaba el reportaje investigativo y el periodismo literario. Era un tipo genial para ese “olfato” de ubicar la noticia ahí donde los otros no la veían. Sus crónicas históricas tenían anclaje en la indagación y averiguación de sus lectores. Por ello sus temas viajaron de la Guerra con Chile, Miguel Grau, el Apra revolucionaria, el fracaso velasquista, la revolución sandinista o los “Apachurrante años 50”. Pero de pronto publicaba un libro sobre “Manguera” Villanueva o el  monstruo de Armendáriz o el asesinato de Luis Banchero Rossi. Con “Los topos” sobre la fuga por túnel del MRTA, dejó sentado su estilo y su destino.

Conocí a Guillermo Thorndike en 1980 cuando él ya era esa leyenda u aquel fantasma que recorría las redacciones de los periódicos de Lima y de circulación nacional como un eco estruendoso de magisterio, ora ilustre, ora lumpen. No existía titular, texto, apostilla o cierre de edición que no tuviese la firma de su estigma y aquello iluminaba tanto como podría fulminar la aviesa conciencia de los periodistas de cuajo del medio de ese entonces. Una tarde ya de noche se apareció en la redacción de El diario de Marka preguntando por “el poeta del gol”. Lo acababan de nombrar director del periódico y raudo ingresó para mirarme a los ojos. Yo era el Jefe de Deportes y mi oficina era apenas un escritorio al fondo del garaje de una casa clasemediera bajo una arbolada calle de Jesús María tras el Ministerio de Salud.

intelectuales

 

2.

Guillermo Thorndike en octubre de 1954 apareció en las oficinas de la revista Caretas. Era un escolar de apenas 14 años y llegaba a ofrecer para que le publiquen un texto sobre Cristóbal Colón. Enrique Zileri lo recuerda así: “El hecho fue, al comprobar desde el primer párrafo que se tenía entre manos a un chico prodigio, que la revista aceptó la oferta. Como tantas otras exuberancias de Guillermo Thorndike, ese texto del adolescente era, sin embargo, larguísimo. Pero queda en el registro del archivo que CARETAS lo publicó íntegro. Comienza en la página 32 de la edición Nº 70 y pasa a la 40. De allí sigue a la 10 de la edición Nº 71, continuando en la pagina 43 y la 45 para terminar en la 47. Fue la única vez en sus 58 años que esta revista ha incluido un artículo con semejante rosario de inserciones. La serie fue ilustrada con solo una foto, la del propio Thorndike en uniforme del colegio Maristas de San Isidro, con un epígrafe que alude a “un escritor realmente precoz. Su prosa pulcra y cuidada es la mejor prueba que tenemos en él una de las firmes promesas literarias del Perú”. El niño, por cierto, resultó más que un literato”.

Su melena rubia y sus ojos azules parecían las de un fraile de sotana y no las de un zorro que babeaba tinta al mínimo chasquido de una primicia. Me estrujo más que me abrazó como si me conociera de siempre. Me susurró al oído un monosílabo tierno que no ya no recuerdo y quedamos esa noche en irnos a cenar. “Charo, mi mujer, te quiere conocer”, me dijo y se metió en lo suyo: la cocina, allí donde se hace parir los periódicos.

Al principio no nos llevamos bien. Como todo humano talentoso tenía su hemisferio oscuro. Neuróticos les dicen algunos. Pero era más que ese ser que había soñado ser por trozos sanguinolentos: un cadáver descuartizado en la Costanera o de pronto un baby bife junto a un vino mendocino amén de esa eterna carcajada a lo César Calvo. Frente a un espejo seguro no se veía como lo observaba uno. Un maestro sencillo de majestad. De olfato a león hiperactivo domando cuartillas y paquetes de cigarrillos.

gringo 2

En el diario La Crónica, con Sakuda, Tamariz. y su esposa Charo.

3.

Como le confesaría a Virginia Vilchez Samanez sobre el libro El Rey de los tabloides:  “Este libro ocurre entre los años 40 y 1953. Son los primeros 13 años de mi vida -nací en 1940-. Es una época muy intensa, que a todos nos afectó: la persecución de los apristas con Manuel Prado, la época de Bustamante. Me acuerdo que vivíamos en la avenida Garcilaso -en esa época la Av. Wilson- y mi papá tenía un escritorio que daba a la avenida, ancha y tranquila en esa época. Yo me asomaba a y veía desfilar los mítines apristas con banderas rojas, gritando lemas socialistas y era el pueblo que pasaba por allí. Tenía cinco o seis años. Al día siguiente de la revolución del Callao, estuve en el Callao, llevado por mi padre. Villarán también estuvo, llevado por un amigo que era periodista. Así lo conocí.

Entonces Virgina Vilchez Samanez le pregunta: ¿Por qué escogió a Villarán?: “Villarán fue el inventor de los tabloides, el verdadero inventor del periódico tabloide, no por el tamaño, sino por lo que significó para la historia del periodismo hace cincuenta años. Era un periódico con titulares muy atrevidos y muy inteligentes. No era la banalidad ni la grosería que después se han dado en los periódicos sino era un modo de decir las cosas en pocas palabras con gran inteligencia, con gran audacia, con un sentido del humor que hizo este primer fenómeno que fue Ultima Hora, que llegó a vender cien mil ejemplares. Es como si ahora tuviésemos un periódico que vendiera un millón de ejemplares. En esa época era un hombre muy joven, tenía 23, 24 años y en ese momento construyó su propia leyenda, que ha durado hasta hoy. Si usted pregunta a los periodistas viejos, le van a decir que sí, efectivamente, es un ser legendario en el mundo de las comunicaciones. Sin embargo, los muchachos que estudian Periodismo no saben quién es. ¿Y deberían saber? insiste Vilchez. Y el “Gringo”:”Deberían saber porque, más allá de hacer titulares llamativos, usaba el habla del pueblo y lo llevaba a la primera plana. Era un hombre que no vendía sus titulares, de respetable integridad, que no ofrecía banalidades”.

Y Thorndike fue alumno potencial de Villarán. Léase este fragmento de “El rey de los tabloides”: “Había decidido ser Raúl Villarán Pasquel, no un acólito de Pedro Beltrán. Ni siquiera se parecían. Sobrino del doctor, por supuesto. Nadie iba a comprender su respuesta definitiva a menos que apareciese impresa a lo ancho y largo de Última Hora. No iba a escribir una renuncia. Iba a despedirse a sí mismo. Y lo haría con suntuosidad y magnificencia. Pidió fotos de todas las bataclanas. Eligió una primaveral Anakaona, una carnuda Betty di Roma, la opulenta Mara acariciándose los muslos, la línea del coro, las extranjeras: la formidable Blanquita Amaro y su hija Idenia Villegas, en su opulento esplendor la Tongolele, la enamorada Amalia Aguilar que había decidido casarse con un abogado peruano y, en fin, las mejores coristas, no solo de las Bikini sino de lo que se había dado en llamar las Pingüini Girls, y, con todas ellas, piernas en crudo, grupas descubiertas, pecheras en ristre, bocas ardientes, ojos prometedores, empezó a llenar todas las páginas, inclusive las que solían dedicarse a temas políticos, la de opinión y la de internacionales. Rehízo el diario de la primera a la última página. Ni una calata más, señor Beltrán. Ajá, sobrino del doctor. Se imprimió el diario con veintiocho calatas. Triunfaba lo prohibido. Nada más que decir. Salió sonriente, liviano de equipaje. Se fue para no volver. Era el verdadero rey de los tabloides y no iba a abdicar ni siquiera ante la muerte. (p.231)

gringo 1

4.

Como dijo César Hildebrandt en su velorio, que la manera más delicada de asistir al entierro de Thorndike sea guardando un prudente silencio. Un silencio que evoque al gordo amable y al magnífico padre y al indesmayable escritor que fue también Guillermo Thorndike. Pero añadió, ponzoñoso como son los enanos: “Todo en Thorndike fue contradictorio. Creaba publicaciones que luego quería asesinar, amasaba fortunas sólo para darse el gusto de dilapidarlas (…). Fundó “La República” pero dirigió “La Razón” Fujimorista, se jugó por Velasco pero trabajó al lado de Ramírez Erazo, fue el padre de un estilo que consistía en titular a gritos pero también fue padrino de Pepe Olaya”.

Dicen que Thorndike tenía un alma bipolar propia de aquellos personajes que se destruyen construyendo en su espíritu el ángel supremo de la divinidad. Qué otra cosa era ese Guillermo Thorndike, engendro de otro ogro del periodismo quien fue Raúl Villarán, su sombra diabólica redentora, ajena menos al bien que al mal. Sombra con olor a plomo y tinta. Con mambo y rumberas, trago y pichicata, eso sí, bien conversada. Por eso y aquello fue mi hermano mayor como lo fue el Chino D0mínguez y otros maromeros de las más intensas ternuras.

En sus conversaciones puede admirar aquello del fetichismo y marca de autor. De lecturas y mordeduras. De letras y letrinas –como en mi caso—y de acto barroco y verraco –también mío. No escribo memorándum ni oficios ni cartas institucionales. Escribo poesía y twitteratura. Rompiendo la regla. El periodo de las sanguazas. Pero como tengo hiel de periodista, escribo como Molly Joyce: “inhibida moralmente en su obsesión erótica alternada con cuestiones domésticas de cocina y ropa”. Con Thorndike escribir, así, fue rutina de la ruina. Por el otro lado –contranatura–, se escribe como se vive: rijoso, lascivo y aputamadrado. Todo me enerva, todo lo textualizó, todo lo embarazo de verdad, gracias a él.

gringo 3

4.

En una entrevista de Jorge Coaguila «El Perú es una comedia». Diario La Primera, suplemento «Semana». Lima, 22 de junio de 2008. Págs. 4-6. Thorndike a la pregunta: Las letrinas de Fujimori ¿Qué diría de su paso por La Nación y La Razón, diarios vinculados al hoy ex presidente Fujimori, los cuales dirigió?, contesta: “—Hay épocas en los que uno tiene que trabajar limpiando baños, letrinas, para tener horas y dedicarlas a la escritura de sus libros. Eso de que qué vida tan dura tuvo Kafka… Carajo, qué vida tan dura tenemos todos los que estamos escribiendo en el mundo. (…) No tanto La Razón, que no fue un trabajo agradable, pero que no fue comparable con La Nación… Trabajé en La Nación tres meses, pero usaron mi nombre durante cinco años, hasta que casi tuve que amenazar de muerte a Ramírez Erazo para que retirara mi nombre de su periódico. Fue un diario que extorsionaba. Cuántos pensarán que soy un extorsionador, un miserable. No había manera. A ver, métele un juicio a Ramírez Erazo.

Era pues controvertido Thorndike. Antes había respondido. Pregunta: Usted ha publicado cuatro libros referidos a la guerra contra Chile (1879-1883): 1879 (1977), El viaje de Prado (1977), Vienen los chilenos (1978) y La batalla de Lima (1979). De la biografía de Miguel Grau, usted ha publicado cuatro de seis volúmenes. Casi tres mil páginas. ¿Por qué se interesa tanto en un periodo trágico de la historia del Perú?  Respuesta: “Casi todos los periodos son trágicos en la historia del Perú. Estoy pensando en El año de la barbarie (1969), la rebelión en Trujillo de 1932; en No, mi general (1976), la caída de Velasco; Maestra vida: novela verdad (1997), la biografía de Horacio Zeballos, el fundador del Sutep. El Perú no es una comedia. ¿Por qué Grau? En 1997 volví a leer con mucho cuidado el primer libro sobre la guerra, 1879, y sentí que el personaje era mucho más grande de lo que se reflejaba allí”.

Y cuando se le pregunta ¿Por eso apoyó a Fujimori? Y él contesta: “Cuando apareció el nombre de Fujimori en el diario yo estaba internado en una clínica, casi muerto por el primer caso de cólera morbo que se registró en el país por ese tiempo. Ocurrió a los dos o tres días de haber salido el primer número. Recuerdo haber abierto los ojos y ver a mi costado a Iván García Mayer, que era el subdirector y había tomado las riendas del diario. Él me dijo: «Fujimori ha subido dos puntos en las encuestas». Eso significaba que había pasado de uno a tres. ¿Era noticia o no? Claro que sí. El Fredemo había caído dos. «¿Va en primera plana?», me preguntó. Yo le asentí con la cabeza. Y volví a quedar inconsciente. Acá no hubo ninguna confabulación para traerse abajo la candidatura de Vargas Llosa, como lo han pintado. Un periódico de 39 mil ejemplares no puede tumbarse una candidatura. Además, no circulaba en provincias. La candidatura de Vargas Llosa se caía sola. Además, cada vez que no poníamos el nombre de Fujimori en las primeras planas, el periódico bajaba 5 mil ejemplares o más en sus ventas”.

gringo 4

5.

En el Perú es jodido entender este sino. ¿Arguedas o Vargas Llosa? Los dos. Los Beatles y la Fania. El Barza y el Boys. El caviar y el chinguirito. Así es uno. Así, como Thorndike nos fue enseñando a pisar la calle. Ahí, solo su escritura. Su mujer, sus hijos, los amigos. Y transversal, la textualización dura.  A algunos les jode. Desde la paráfrasis a la parodia. El dislate y la ironía. La paradoja y los aforismos. Todo es paródico aunque verdad. Juego serio de tensiones. Duelo bravo de caricias. La hoja en blanco como piel tersa de muchacha enamorada. La pantalla cual lisura de la hermosura y arrechuras. Por eso, cuando presente mi último libro en una cebichería, afirme que la escritura era un orgasmo. ¿Cómo que no? Citaba a Thorndike. Termino este texto y me vengo.

Con Guillermo Thorndike se fue una época y una leyenda del periodismo. Raúl Vargas lo despedía así: “Siempre lo acompañó un espectacular sentido del placer de vivir, con todas sus consecuencias, pero no olvido jamás que allí, agazapada, está la muerte. De allí la intensidad de algunos libros que narran este contraste inevitable. Recuerdo una cita que encontró Guillermo para encabezar ‘El Caso Banchero’. Es de Manuel González Prada. “La muerte unas veces nos deja morir y otras nos asesina”. Y hablando de su generación recordará: “Vista desde ahora, la nuestra fue una generación con trágicos destinos y también de ciertas voces que se cansaron, silencios que nos duelen”. El silencio de Guillermo se dejará sentir en muchos de nosotros, pero allí su innumerable biografía de Grau para recordarlo. Y, por lo demás, a través de ese libro lo requeriremos para conversar, que como decía Miguel Hernández: “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.

Y como el mismo Thorndike escribiese de Luís Felipe Angell “Sofocleto”, ese otro sujeto escapado de la nocturna arcadia mefistofélica del reino de las máquinas Remington: “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”. Cierto Guillermo, acostumbrados a tus primicias –como Alfonso Grados Bertorini, Raúl Vargas o Chema Salcedo— esta mañana de lunes nos madrugaste con tu propia noticia. Te habías muerto preñado de trabajo y vida henchida de sortilegios e himnos celestiales. Habías regresado por la noche como Gardel deshojando tangos desde Argentina. Pensantes que a tus 69 años ya estaba bueno de calumnias y solipsismos. Así te calzaste el pijama de la eternidad y soñando con ser al día siguiente Primera plana, te pusiste a soñar con tu país injusto pero posible y cerraste tu última edición matutina. ¡Pobre Charo! ¡Pobre Augusto! ¡Pobre de nosotros que te esfumaste de nuestras agarrotadas manos cual viento noticioso que mañana será leyenda! ¡Cuánta pena, maestro!

 

gringo 5

 

La última entrevista

Por Jorge Coaguila

 

La publicación del cuarto volumen de su biografía sobre Miguel Grau sirve de pretexto para conversar con uno de los protagonistas del periodismo contemporáneo: Guillermo Thorndike (Lima, 1940), autor además de una treintena de libros, muchos de ellos auténticos best sellers. La cita fue en su casa de calle Roca de Vergallo, Magdalena del Mar.

Usted ha publicado cuatro libros referidos a la guerra contra Chile (1879-1883): 1879 (1977), El viaje de Prado (1977), Vienen los chilenos (1978) y La batalla de Lima (1979). De la biografía de Miguel Grau, usted ha publicado cuatro de seis volúmenes. Casi tres mil páginas. ¿Por qué se interesa tanto en un periodo trágico de la historia del Perú?

—Casi todos los periodos son trágicos en la historia del Perú. Estoy pensando en El año de la barbarie (1969), la rebelión en Trujillo de 1932; en No, mi general(1976), la caída de Velasco; Maestra vida: novela verdad (1997), la biografía de Horacio Zeballos, el fundador del Sutep. El Perú no es una comedia. ¿Por qué Grau? En 1997 volví a leer con mucho cuidado el primer libro sobre la guerra, 1879, y sentí que el personaje era mucho más grande de lo que se reflejaba allí.

En Los hijos de los libertadores (2006), primer tomo de su biografía, se refiere acerca de la madre de Grau, Luisa Seminario del Castillo. Menciona algo poco conocido: que ella tuvo hijos con diversos padres. ¿Este hecho fue ocultado como algunos creen?

—El padre, Juan Manuel Grau, tuvo veinte hijos en Piura. Tal vez 25. Hay que colocarnos en el contexto. Hacia 1822 pasan por Piura los tres capitanes colombianos con quien tendría hijos la señora Seminario, con muchos soldados rumbo a las guerras que se librarían en el sur. Hay una epidemia de amores desesperados en todo el Perú. Ella se casa con Pío Díaz, con quien tuvo tres hijos, pero este viaja al norte y desaparece por diez años. Al cabo de tres años, ella se compromete con Juan Manuel Grau, con quien tuvo cuatro hijos. Más adelante tuvo una hija con Carlos Elisalde. Entonces reapareció en Piura el ya teniente coronel Pío Díaz y la señora Seminario volvió con él; aun tuvieron una hija.

El futuro héroe se vuelve marino a los 7 años. Años después, entre otros trabajos, transportó culíes. ¿Cómo describe esa experiencia?

—Grau solo hizo un viaje de China a San Francisco, como tripulante de un buque que llevaba culíes. Nunca trajo chinos al Perú. ¿Qué participación tuvo? Es como si me preguntaras qué participación tuvo Grau en el negocio del guano. Entonces había mil buques anuales que llevaban guano a Liverpool y a otros puertos del mundo. Él llevó guano porque era algo común. Por otro lado, estuvo en una aventura para traer canacas, polinesios. Y naufragó. Era algo perfectamente legal, además.

Grau es considerado un demócrata por haber sido diputado por Paita, pero en 1856, cuando era alférez de fragata, se reveló contra un gobierno constitucional, contra el régimen de Ramón Castilla. ¿Cómo explica este hecho?

—Eso sucedió cuando se rechazaba la Constitución liberal, con José Gálvez deportado a Chile y diversos escándalos posteriores a la Consolidación, como el de la manumisión de los esclavos. Vivanco, a quien el alférez Grau apoyó con el teniente segundo Lizardo Montero, era visto como un hombre muy honesto.

¿No hay una contradicción?

—Bueno, pues, lo hizo a los 22 años. Además, no había ninguna democracia en el Perú en ese momento.

Incursión en el periodismo

Pasemos a su trayectoria periodística. Usted trabajó en La Prensa y Correo. Dirigió luego, durante el régimen del general Juan Velasco, los diarios La Crónica y La Tercera. ¿No tuvo algún conflicto por la expropiación de los medios de comunicación el 26 de julio de 1974?

—Pensé mucho acerca de este hecho, pero creí que podría funcionar. La izquierda estaba a favor de la expropiación. Recuerdo que durante el régimen de Francisco Morales Bermúdez clausuraron, a los pocos números, el periódico obrero El Amauta del Mar, que pertenecía a la Federación de Pescadores del Perú y en que fui asesor. Los policías vigilaron mi casa mientras escribía No, mi general. Una vez salí a comprar pan con mi hijo Augusto y en un quiosco vi que todas las primeras planas de los nuevos semanarios autorizados me atacaban. Un titular del periódico de Sofocleto decía: «Willy, coca, pito». Al lado había un dibujo psicodélico en que yo aparecía flotando en medio de una nube llena de flores hecho por el Flaco Hague, quien había sido mi caricaturista en La Crónica. (Risas). El periodismo no conoce fronteras.

Más tarde escribió con Francisco Lombardi el guion del filme Muerte al amanecer (1977).

—Él hizo el guion técnico y yo, el guion literario. Se basa en un texto que publiqué en el suplemento «Estampa», de Expreso, en 1973. Se inspira en una experiencia personal. Mi padre era ministro de Justicia de Manuel Prado Ugarteche y firmó la orden de ejecución de Jorge Villanueva Torres. Entonces yo iba a practicar esgrima militar con el director de la Penitenciaría, el comandante Salvador Mariátegui, campeón de esta disciplina durante muchos años. Recuerdo que me afeitaba Mamoru Shimizu, natural de Hiroshima, a quien acusaron de matar a los siete miembros de su familia. En esas circunstancias conocí a Villanueva Torres, a quien decían «El Monstruo de Armendáriz». Conversé mucho con él, lo vi cultivar legumbres en un pedacito de su celda aislada, y llegué a la convicción de que este hombre era inocente. Se lo dije a mi padre, pero solo el presidente podía dar el perdón. Vi la ejecución, que ocurrió el 12 de diciembre de 1957. Lo que pasó es lo que está en la película de Lombardi.

En 1979 fue jefe de prensa en la campaña política de su amigo Alfonso Barrantes y luego dirigió El Diario de Marka. ¿Por qué la izquierda de entonces no llegó al poder?

—Recuerdo que estaba en la casa del Chino Domínguez cuando llegó Alfonso Barrantes. Se quejó de que nadie lo apoyaba. «Incluso El Diario de Marka», dijo. Le sugerí que yo podía hablar con Jorge Flores Lamas, director del diario, si me autorizaba. Ahí mismo me designó como jefe de prensa. En El Diario de Marka me dijeron que cerraban muy temprano. Los mítines de la izquierda eran los que más tarde empezaban y tenían una salchicha de oradores. En una reunión con los partidos de izquierda les pedí hacer los mítines mucho más temprano. Dijeron que no se podía. Jorge del Prado me apoyó. Hicimos la prueba con un mitin en la plaza 2 de Mayo. Era la primera vez que un mitin de la izquierda empezaba a las cinco de la tarde. El Chino trepó a una escalera y empezó a tomar fotos. Simulábamos estar en un discurso. Barrantes se paraba frente al micrófono, gesticulaba, y el público agitaba sus pancartas. Ya él previamente nos había dicho lo que iba a decir. Con eso hacíamos la crónica. A las siete llegábamos con las fotos mojadas. Luego asumí la dirección, con la condición de que Jorge Flores Lamas fuera el director general.

En 1981 fue director fundador de La República y en 1985 de El Popular. ¿Qué recuerda de esa experiencia? ¿Por qué abandonó estos proyectos?

—Coincidí con Gustavo Mohme, quien era indeclinablemente socialista, pese a su extracción empresarial. Al mes de salir el periódico teníamos tal fracaso que los accionistas querían cerrarlo. Entonces salíamos a las cuatro de la tarde. Pedí permiso para pasar a la mañana. Pero no querían. Empecé a «equivocarme». Salimos a las 11 de la mañana. Después vino la bendición: el Mundial de España. Tuvimos que salir a las siete de la mañana. Los canillas se iban a ver los partidos de fútbol a las diez. Tratar el caso del Loco Vicharra, que era una especie de Robin Hood limeño, favoreció también las ventas. Por otro lado, el editor de Espectáculos, Manolo Salerno, hizo unos casetes de propaganda con el contenido del diario y los difundió en una quincena de radios que transmitían en la madrugada. Desde las cuatro de la mañana la gente era bombardeada con las noticias que se publicarían en La República. La circulación empezó a subir asombrosamente. Teníamos 15 mil en enero y a fines de marzo alcanzamos 180 mil ejemplares. Ningún periódico en el mundo ha tenido un despegue como el de La República. Llegó a vender 250 mil ejemplares con la historia de Uchuraccay. El Popular salió vendiendo más de 100 mil ejemplares. Ambos diarios sumaban el 37 por ciento del mercado de lectores de periódicos del país. ¿Por qué me fui? Alan García era presidente y era muy amigo mío. Creo que fue para mejor.

En 1990 dirige el diario Página Libre, que levantó la figura del hasta entonces desconocido Alberto Fujimori…

—Nuestro primer titular fue: «Se cae el Fredemo». Le volteamos la escalerita. Todo el Fredemo pensó que éramos una especie de psicosocial. En Página Libre participó una generación brillante, como Enrique Sánchez Hernani, Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Jorge Frisancho, Tulio Mora, Carlos Sotomayor, Mañuco Scorza, Sergio Oquendo, uf…

Beto Ortiz…

—Beto Ortiz era el más inconforme porque no le publiqué un reportaje que consideré no tenía suficiente fundamento en sus fuentes. Lo cierto es que yo hacía el periódico como a mí me parecía. La aventura del Fredemo me resultaba impropia para el momento que vivía el país. La gente iba a sus reuniones como a un evento social. Se vestía como si fuesen a una boda. Ocupaba zonas privilegiadas. ¿Dónde estaba el pueblo?

¿Por eso apoyó a Fujimori?

—Cuando apareció el nombre de Fujimori en el diario yo estaba internado en una clínica, casi muerto por el primer caso de cólera morbo que se registró en el país por ese tiempo. Ocurrió a los dos o tres días de haber salido el primer número. Recuerdo haber abierto los ojos y ver a mi costado a Iván García Mayer, que era el subdirector y había tomado las riendas del diario. Él me dijo: «Fujimori ha subido dos puntos en las encuestas». Eso significaba que había pasado de uno a tres. ¿Era noticia o no? Claro que sí. El Fredemo había caído dos. «¿Va en primera plana?», me preguntó. Yo le asentí con la cabeza. Y volví a quedar inconsciente. Acá no hubo ninguna confabulación para traerse abajo la candidatura de Vargas Llosa, como lo han pintado. Un periódico de 39 mil ejemplares no puede tumbarse una candidatura. Además, no circulaba en provincias. La candidatura de Vargas Llosa se caía sola. Otra cosa: cada vez que no poníamos el nombre de Fujimori en las primeras planas, el periódico bajaba 5 mil ejemplares o más en sus ventas.

¿Qué opina del duro comentario de Mario Vargas Llosa en sus memorias, El pez en el agua (1993), acerca de usted: «El más exquisito producto que el periodismo de estercolero haya forjado en el Perú»?

—No opino.

En 1990 dirigió la revista Ayllu y, al año siguiente, publicó Los topos, que narra la huida de 48 integrantes del MRTA de la prisión de Canto Grande, entre ellos el líder Víctor Polay. ¿Qué recuerda acerca de esto?

—Recuerdo mi entrevista en la clandestinidad con Víctor Polay. Pasé seis días encerrado en una habitación que no tenía ventanas con Hugo Avellaneda, dirigente del MRTA, encargado de vigilarme. La puerta se abría desde afuera y la cuidaba un encapuchado. Nunca supe dónde estuve, me llevaron después de un viaje de tres horas, como si me hubieran secuestrado, con los ojos vendados y en diferentes vehículos.

Ahí le contaron lo de la fuga.

—Me pusieron frente a un alto de casetes, una radiograbadora, papel y lápiz. Me dijeron: «Puedes transcribir». Eran 45 horas de grabación. Hasta que no terminé de transcribir no se consideró que mi trabajo había terminado. La historia de la fuga estaba contada por los protagonistas a unos periodistas extranjeros. La persona con la que yo estaba, Avellaneda, único de la dirección del MRTA que queda libre en el mundo, además un hombre muy inteligente, me ampliaba los datos. Nos fuimos haciendo muy amigos. En estos casetes estaba relatada la fuga, la preparación y todo. No supe que fue dirigida por Néstor Cerpa Cartolini, porque ellos usaban nombres de combate. Y no lo supe hasta mucho después, hasta la toma de la residencia del embajador japonés.

Las letrinas de Fujimori

¿Qué diría de su paso por La Nación y La Razón, diarios vinculados al hoy expresidente Fujimori, los cuales dirigió?

—Hay épocas en las que uno tiene que trabajar limpiando baños, letrinas, para tener horas y dedicarlas a la escritura de sus libros. Eso de que qué vida tan dura tuvo Kafka… Carajo, qué vida tan dura tenemos todos los que estamos escribiendo en el mundo.

También tuvo…

—No tanto La Razón, que no fue un trabajo agradable, pero que no fue comparable con La Nación… Trabajé en La Nación tres meses, pero usaron mi nombre durante cinco años, hasta que casi tuve que amenazar de muerte a Ramírez Erazo para que retirara mi nombre de su periódico. Fue un diario que extorsionaba. Cuántos pensarán que soy un extorsionador, un miserable. No había manera. A ver métele un juicio a Ramírez Erazo.

Su cercanía al APRA se evidencia con la amistad que tuvo con Haya de la Torre, el fundador de este partido. Además con los libros El año de la barbarie, que refiere la rebelión contra el régimen de Luis Sánchez Cerro en 1932, en la cual murieron —según su reportaje— cinco mil apristas…

—Mi libro se refiere a 600 confirmados. Hay cinco mil apristas desaparecidos cuyos nombres están escritos en un monumento en Trujillo. Cien fueron fusilados en Chan Chan. Pero a cuarenta ya los habían ejecutado desde el 11 o 12 de julio, cuando empezó el paredón en Mansiche, así que, para completar cien cadáveres, metieron en el grupo a cuarenta que no tenían nada que ver.

También publicó La revolución imposible (1988), que trata acerca de los problemas del primer régimen de Alan García; La gran persecución (2004), coescrito con Armando Villanueva, que se centra en el régimen de Manuel A. Odría (1948-1956). ¿Cómo describe su relación con el actual partido de gobierno?

—Hasta hace poco pensaba que yo me había acercado a Haya de la Torre. Y fue al revés: él hacía que me acercase a él. Haya se preguntaba: «¿Quién puede contar nuestra historia?». Tenía que ser alguien que no fuera del partido. De todos, se fijó en mí. Unos amigos suyos me lo presentaron en Trujillo. Tuvimos una amistad muy especial, una relación entre alguien que escribe y un biografiado inteligente. Siempre era el maestro, pero teníamos una cierta horizontalidad imposible en el caso de mucha otra gente que tenía una relación partidaria con Haya.

¿Sigue siendo amigo de Alan García?

—Antes de que llegara a la Presidencia por segunda vez, lo visité varias veces y nos hablábamos por teléfono. Después intenté felicitarlo, pero estaba demasiado ocupado. No nos hemos vuelto a ver.

Gringo

 

Miguel Grau y Thorndike

 

Guillermo Thorndike entre los años 2006 al 2011 escribe su obra fundamental. La serie sobre la Guerra del Pacífico con Miguel Grau como protagonista. Y que fue  editada por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. La saga comprende las experiencias del siempre leal y esforzado marino; del eficiente oficial y apreciado jefe de la Escuadra; del esposo cariñoso y padre ejemplar; y recapitula su excepcional desempeño como parlamentario honesto y responsable; su amistad con Manuel Pardo; su preocupación por el mejoramiento de la Marina de Guerra, hasta llegar a la gesta del almirante al mando del monitor Huáscar y la inmolación de Angamos.

 El tomo 1: (Los hijos de los libertadores )

Los hijos de los libertadores cubre los primeros 38 años del mártir (nacido en 1834) deteniéndose en el alzamiento de los hermanos Gutiérrez que pretendió impedir que el presidente electo Manuel Pardo fuese investido. En su obra, Thorndike se ocupa de aspectos poco sondeados en la vida personal de Grau. La relación con su hermano mayor Enrique, por ejemplo, da lugar a páginas de interesantes revelaciones. Enrique se inició en la carrera naval al mismo tiempo que Miguel, y como el héroe, era ya oficial mercante a los dieciocho años. Thorndike aporta también documentación inédita sobre el vínculo de ambos con los hermanos maternos, nacidos de los otros dos compromisos de Luisa Seminario.

Autor: Thorndike, Guillermo
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú

Año: 2006

El tomo 2: (La traición y los héroes)

La segunda parte de esta serie dedicada a la vida del ilustre peruano Miguel Grau. En este libro anidan la guerra, el amor, la disensión, la trágica belleza de las batallas y la insólita corte marcial impuesta a los defensores de Abtao y del 2 de Mayo en el Callao.

Autor: Guillermo Thorndike
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú
Lugar de publicación: Lima
Año de edición: 2006

El tomo 3: (Grau: Caudillo, la ley)

En este tomo encontraremos la historia del golpe de los hermanos Gutiérrez en 1872, donde se llevan detenido y luego es asesinado el Presidente Balta en el cuartel de San Francisco. Antes de la guerra del Pacífico, Manuel Pardo estaba reunido con Miguel Grau y Aurelio García y García. Esa noche Grau dirigió ante su escuadra una frase memorable que encabezaba la rebelión en contra de los Gutiérrez: “La Marina de Guerra no reconoce a otro caudillo que la Constitución” y organizó la protección a Pardo.

Autor: Thorndike, Guillermo
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú
Año: 2006

El tomo 4: (La República caníbal)

Cuarto tomo de los seis que escribe Guillermo Thorndike acerca de la vida de Miguel Grau. El libro dramatiza la turbulencia política de los años 1872-1874, en el marco de la presidencia de Manuel Pardo, amigo del héroe naval y líder del Partido Civil al que Grau representó como diputado por Paita en 1876. El tramo inicial del gobierno de Pardo, primer mandatario civil del Perú, presenta una frecuencia de conjuras, traiciones y alzamientos que confieren a ese momento de la historia nacional una particular ferocidad política. Pardo electo también en medio de circunstancias trágicas: recuérdese la rebelión de los Gutiérrez,  sufre desde el principio la fragmentación de un país en que los asuntos de Estado todavía son asociados de modo directo a los proyectos privados de los caudillos militares.

Autor: Thorndike, Guillermo
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú

Año: 2008

El tomo 5: (1878 crimen perfecto)

Lleva el título 1878 crimen perfecto en referencia directa al asesinato ocurrido ese año de Manuel Pardo, primer presidente civil del Perú y presidente del Senado en el momento de su muerte. El libro, está gobernado por la figura de este último, y obtiene gran parte de su dinámica narrativa de las tensiones entre sus partidarios civilistas y los del nuevo presidente Manuel Ignacio Prado agrupados en el Partido Nacional.

Autor: Thorndike, Guillermo
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú

2010.

El tomo 6: (La mansión de los héroes)

Es el sexto y último tomo de la saga Grau de Guillermo Thorndike, la mas notable biografía novelada sobre el peruano del milenio. Guillermo Thorndike hilvana las vivencias en las que encarna la descripción de Jorge Basadre, quien dice que el joven miguel Grau aprendió en la vida antes que en los libros. Que supo de galletas rancias, de carne salada, del escorbuto, del incendio, del temporal, del naufragio, de las peleas y de las juergas en los puertos cuando se echó a andar en la aventura de hacerse cazador de ballenas y marino mercante, cruzando los mares que bañan las costas de América, Asia, Europa y Oceanía.

Autor: Thorndike, Guillermo
Editorial(es): Fondo Editorial del Congreso del Perú
Año: 2011

Por Ricardo Cuya Vera 

grau

 

A la manera de Truman Capote

El libro “El caso Banchero” (1973) de Guillermo Thorndike en su segunda edición apareció este año. El asesinato de Banchero conmocionó a todo el país, que se levantó un 1 de enero de 1972 llorando la muerte de quien fuera uno de los empresarios más intrépidos y visionarios del Perú. Guillermo Thorndike. Para muchos fue el primer libro de no ficción escrito en el Perú, después de que el libro “A sangre fría”, del estadounidense Truman Capote, revolucionara el mundo literario. Aquí un fragmento del libro.

“Despreciaba a los otros ricos, los antiguos, considerándolos pequeños, abusivos, cobardes para arriesgar. Se sentía responsable de una pobreza anterior a su tiempo. Era valiente, porfiado, burlón y soñador. Y vanidoso, sensible, puritano, travieso y sensato. Y afable, visionario. Y desconfiado. Y temeroso. Y franco, osado, astuto, sensual. Y duro, empezando por sí mismo. Lo tenía todo y no era feliz.

Nada parecía que pudiese detenerlo. Argos aumentó su capital a 62 millones. Humboldt llegó a 66 millones. Compró un avión más grande, aterrizaba inesperadamente en Chimbote, junto a la bahía que no terminaba de cambiar. El desmelenado titán que caminaba al filo de las olas no veía un desierto al sur del puerto sino gigantescos astilleros. Encerrado por el Callao, PICSA tendría que desaparecer. De inmediato planeaba barcos de 350, hasta de 500 toneladas para pescar anchoveta, también sus primeros atuneros. Después construiría naves de 1500 toneladas para explotar inmensos bancos de atún y merluza. Volvía al muelle como quien se recuerda de niño.

La abuela María Urdániga lo recibía con un abrazo. Juanito Sagarvarría todavía atronaba el puerto, comandaba la agencia de aduana de Bauman. Mono Justo había abandonado la pesca, vendía pollos en el mercado de Chimbote. Sofocado bajo un chambergo, don Juan Desmaisson vociferaba en el Venecia, no perdía un estreno de cowboys italianos, era el mismo asiduo cortejante. El loco Moncada se apartó del muelle. En la esquina principal de la ciudad de 200 mil habitantes instaló su negocio: redes, sogas, flotadores conseguidos nadie sabía cómo.

Bajo un sombrajo, echado en una hamaca, Moncada usaba un descomunal teléfono de plástico celeste para imaginarias conversaciones con el presidente de Estados Unidos. Miles de recién llegados se apiñaban en la estación del ferrocarril, aturdidos por el estruendo de tal laberinto de acero y harapos y densas humaredas. Gruesas vestimentas de la cordillera, mantas chillonas y adornos de pantera, imán, colque runtu, feto de llama y piedra berenguela. Se vende frazadas, sombreros, relojes, collares, pulseras, santos de yeso.

Se vende charqui, chuño, chanfainita, espesos jugos de fruta, abrasados emolientes. Se vende chaquetas, pantalones, medias, camisas de polyester falsificado. Y se sueña, se baila, se construye y se muere estrepitosamente. Hacia el norte trepida la chancadora de la Corporación, ríos como de lava se derraman en la siderúrgica. Hacia el sur humean las fábricas de harina y, al abrigo de la isla Blanca, se alinean buques griegos, liberianos, ingleses, norteamericanos. Chimbote es una feria, una llamarada, un estruendo, una pesadilla, una esperanza.

Y Luis Banchero Rossi es el rey de ese puerto, el Hombre. Así, entre hornos, músicas, murmuraciones y riqueza, mientras llegaba la titubeante primavera, caminos confluían y rodaban los hombres en busca de su revés. Pronto habrían de congregarse los de arriba, abajo; los de aquí, mirándose con estupor, preguntándose cuándo o quiénes comenzaron esta historia.

Tras su semblante gris, aquella primavera el Hombre sabía más que otros. Antes de cumplir los cuarenta empezó a envejecer. Un baño como de sal quebró su piel, abriéndola en líneas que rayaban la sonrisa y el mentón. Flechas clavadas al filo de sus parpados, fatiga tejida, dispuesta en radios alrededor de su mirada, años más largos que los años de siempre dibujaban otro rostro lento, espejo de Caín decapitado. Volvió a pasear la orilla sin luz, como enturbiada por la tinta de un enorme calamar, respirando el océano que no se veía a esa hora de neblinas pertinaces, cuando al borde de los acantilados se escuchaba el rumor del cascajo embestido por las olas y se espesaba el aroma fúnebre de los floripondios de San Miguel.

Esta, la ciudad de ahora, habrá muerto en la mañana. Otra ciudad se alzará bajo la luz del invierno que se obstina y roba al sol lo suyo. Otros hombres disfrazados de lo mismo aguardarán el autobús junto a las palmeras muertas. Otras mujeres asomarán a los balcones buscando inútilmente una caravana en la mañana vacía.

Y todo será más o menos igual, más o menos triste, más o menos inútil. Abrigando en los bolsillos sus manos ateridas, caminaba al encuentro de plazas remotas: divinidades florentinas que se corporizaban junto con una vieja fuente muerta, largos y quejumbrosos balcones que parecían interesarse en el rumbo de sus pasos, silencios cuadrados, de tierra, de mármol, de lajas, de embaldosados enigmas, hechos de sauce o de tritones, el eco repitiéndolo cuesta abajo entre las casitas barranquinas, la noche interminable.

¿Qué dolor simple, cotidiano, qué amargura doméstica podían darle alcance? Ni iba tras las huellas de un amor roto, ni le dolía la soledad: de rostro al viento se escuchaba pensar, por ahora prisionero de formas que gesticulaban vagamente, de voces que no brotaban. Reconoció la víspera de todo, la luz redonda, cálida, cayendo de todas partes.

Faltaban ochocientos días, ochocientos crepúsculos, ochocientas esperas, ochocientos insomnios, ochocientas tristezas, ochocientos océanos, ochocientas mentiras, ochocientos retornos, ochocientas ciudades. Y 19 mil 200 horas, esferas cumplidas, desiertos desbordados y vueltos, grano a grano, a contenerse en sí mismos. Y un millón 152 mil minutos: el vuelo de una gaviota, setenta latidos, treinta masticaciones, ochenta pasos. ¡Que vasto destierro azul, que inútil cementerio de números y neblinas! Paso a paso regresó a la noche, se enfundó en sí. Pasó a paso se acercó al convite interrumpido.

Los demás ya lo aguardaban. A unos los vería por última vez. Otros lo acompañarían hasta donde oscurecía. En la plaza bien iluminada, el reloj de la catedral señalaba las cuatro de la mañana. Le pareció vivir dos veces, representar un papel ensayado más allá de la memoria. Su mirada se detuvo en una ventana con luz. Recordó la fecha: 3 de octubre. Dentro de ocho días cumpliría treinta y nueve años. Un tanque avanzó hoscamente hacia el Palacio de Gobierno”.

banchero

 

 

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Gringo Thorndike / Héroes bizarro 117

  1. Press releases are also an excellent way to encourage your web
    page. Many bloggers toil in obscurity, looking for
    that “big break” that will make their work worthwhile.
    Run promotions on function for prizes on regularly. http://www.fourbassot-71.com/5-very-best-stored-tricks-to-normal-stress-and-anxiousness-aid/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .