Limeñenses 116 / Playa Ventanilla

VERANO 2019

DEL CALLAO A HUACHO

Playas Chihuán

ESCRIBE ELOY JÁUREGUI

 

Hacia el norte de Lima, salvo Santa Rosa o Ancón, los balnearios pertenecen al barrio. Son las llamadas ‘playas del pueblo’ y operan con la lógica de la casa a la arena. Para estos limeños el verano es el tiempo de la liberación de aquellos que bajan de los cerros en esa mecánica nacional de la riqueza del pobre.

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Acapulco no queda en México sino en el Callao. Antes de llegar al Aeropuerto Jorge Chávez, un desvío desde la Av. Gambetta y en medio de unas chacras, cruza las localidades de Tiwinza y Sarita Colonia y desemboca en las orillas de este Acapulco chalaco que es balneario de ralea y alcurnia del pobre, en esta playa que es más bien un inmenso botadero de basura frente al mar.

Unos ranchos se alzan entre la niebla del verano y una veintena de jóvenes yacen sobre los desperdicios, acompañados de cerdos y chivos y a la vera del gran almacén “Puerto Beach”. A Luisa Martínez, una matrona morena no le falta orgullo al proclamar ser genuina chalaca y el lumpenaje de la playa la ha bautizado como la “Tía Veneno”. Ella está terminando una olla de ‘Aguadito con todo’, rancho que será devorado por la canalla de Acapulco, que a pesar de la PBC no les falta el apetito.

Otra cosa es el balneario Costa Azul de Ventanilla, a 35 Km. al norte de Lima, en los recodos también de la Av. Gambetta. Este domingo, los casi 100 mil bañistas llegados desde muy temprano, se lanzan al mar a calmar el pellejo y esa sensación térmica que los hace sentir en el mismo infierno que ni las cervezas heladas pueden evitar. Costa Azul es una playa recta y extensa que supera las ochenta cuadras y uno frente al Tópico Municipal se encuentra con el Perú recóndito, bullicioso y festivo. No es como la playa de Ancón donde discriminan, no, aquí todos se abrazan en comunión abrasados por los rigores de la canícula inmisericorde.

Las autoridades municipal del balneario, explica que hay que estar preparados para recibir a más y más veraneantes. Entonces hay un ojo vigilante detrás de las áreas de transportes, seguridad, salvavidas, alimentos, ambulantes etc. Costa Azul es la playa popular más grande del Perú. Y cuenta con un par de discotecas de lujo, un malecón donde se lucen restaurantes que expiden desde pescados y mariscos y hasta cuy, amén de un amplio patio de comercio menor y 100 trabajadores que desde muy temprano “papelean”, que así le dicen a la limpieza que es orgullo de los vecinos. Para los vecinos de Ventanilla esto de tener su propia playa –al estilo de “Eisha”– los enerva y preocupa. Es cuestión de estado mantener la playa como las propias rosas.

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“Yo no uso bloqueador” dice Teresa P. (17) de bruces en la arena, “es que tengo mi propia grasita”. Ella es de Requena, en Loreto, y ha llegado con la familia a esta playa del Señor desde Puente Piedra. Y la familia incluye mamá, tíos, hermanos menos papá. Don Ricardo Panduro, el padre, hace cinco años desapareció pero ya casi no lo recuerdan y sus domingos son de obligado playazo. Teresita me cuenta que ellos toman buen desayuno en casa y recién almuerzan cuando regresan de la playa: “Está prohibido traer comida porque es imposible manejar los desechos”, dice.

Los lugareños se llenan de orgullo cuando me cuentan que esta es “La playa del pueblo” como reza un letrero municipal. Imber es el encargado del perifoneo y es fundador de Ventanilla. Él se ocupa de la locución que se esparce por todo el balneario. Desde 1960 que llegó a la Ciudad Satélite ha visto a sus vecinos progresar con orden y sensibilidad.

Un equipo de empleados de seguridad revisan a los visitantes y este domingo han requisado decenas de ‘tapers’ de arroz con pollo, tallarines y hasta chanfainitas. “No se les incauta los alimentos, solo los envases” dice uno que luce mandil blanco y no quiere dar su nombre y es el encargado de la salubridad. Igual, los veraneantes le sacan la vuelta a la norma y ahí están revolcándose en la arena con sus fauces embadurnadas de grasas.

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El verano en estado puro es una metáfora del vivir en Lima y balnearios. Así es una intensa ilusión del goce. Lástima del destino limeño y chalaco. El verano dura muy poco, apenas dos meses. Ahora la playa de Costa Azul  muestra a ese nuevo capitalino. No el de las nuevas clases medias, no. El otro, el provinciano que ha conquistado la capital virreinal, la república criolla y que ha construido una urbe policéntrica.

La mayoría ‘baja’ de Carabayllo, Comas, Zapallal. La playa así es democrática, y aunque los personajes son otros, las costumbres son las mismas. Ellos traen su casa a la playa, su cultura a que se dore frente al mar. Las señoras devoran sus choclos, sus papas, los niños chillan por un ‘marciano’ de chía –la sensación del verano– y suena El Grupo Niche. Porque a los chalacos les apasiona la salsa así hayan nacido en Tarma o Juliaca.

Y se llega en auto propio o en moto taxis que abundan desde el Centro de Ventanilla. Están así los que llegan en VW propio, armados de juventud, con bronceadores bolivianos y los trajes a punto de estallar. Las damas son esbeltas, son briosas, son terriblemente salvajes con sus cuerpos. No miran a nadie cuando piden un helado en vasito, cuando exigen dos cervezas al polo, cuando lanzan su humanidad contra las olas benignas. Y luego aparecen con el salobre líquido atomizado en la piel. Y luego se vuelcan de cúbito ventral en esta playa angelical.

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El municipio instala todas las mañanas 600 sombrillas que están a disposición de los veraneantes. Además, 10 ‘cuatrimotos’ patrullan el litoral. No obstantes, a partir de las 4 de la tarde la cosa se pone picante. Un empleado de seguridad me muestra que han detectado a un bañista que llegó con un machete. “Dice que es para cortar su sandía”, me dice, pero nadie le cree.  Sin embargo, la señora Lucía Espichan (56) me asegura que las broncas son esporádicas: “Los huachimanes nos cuidan y cada 10 minutos vienen a ver qué estamos haciendo”, cuenta. Y luego se alegra cuando recuerda que hasta hace un tiempo la playa no contaba con servicios higiénicos y hoy al contrario, hasta le dan ganas de meter un pie en uno de los salsódromos del bulevar.

En las discotecas Zoom, Beach y el salsódromo Coco Bongo los domingos los jóvenes se aferran a las garras del ritmo. Ellos de bermudas y ellas de bikini lanzan sus cuerpos al furor de la música, salsa, cumbia o regetón, ahí se quedan bailando hasta la medianoche. Algunas vecinas orgullosa me cuenta que los modelos de “Combate”  Michelle Soifer, Erick Sabater y Yaco Eskenazi estuvieron en el festival internacional Costa Azul el año pasado animando un concierto donde estuvo el reguetonero Nicky Jam y el Grupo Niche. “Fue un loquerío”, me dice. Cierto, el calor, la playa y la música serán siempre buenos pretextos para estos aquelarres de los humildes.

Sin embargo un informe –y advertencia—de la ONG VIDA concluye que la playa Costa Azul sigue siendo una de las playas más contaminadas de la zona después de la playa Carpayo y la playa Acapulco, todas del Callao. En Ventanilla existía el año pasado 20 mil kilos de basura marina recogidas en 3 mil metros de playa con una densidad de 0.11. Es decir, esta y otras playas siguen siendo el botadero de propios y ajenos. Estas cifras muestran la gran contaminación del mar de Lima y Callao ya que esta basura es la que devuelve el mar producto del arrojo de residuos de la construcción en las playas y acantilados de Magdalena, San Miguel y todas las zonas del Callao.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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