Héroes bizarros 110 / Gerardo Chávez

Gerardo Chávez:

EL ARTISTA DEL VIAJE INFINITO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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El gran pintor trujillano es ejemplo de persistencia y energía creativa con un legado  impresionante del gran arte pictórico. Desde hace más de 50 años, ha construido su carrera artística fuera de nuestro país, recorriendo diversos países de Europa y parte de EE.UU. y Canadá. Hace unos meses a raíz de una muestra muy particular de sus obras en el Parque Zonal Cápac Yupanqui, en el Rímac, insistía en afirmar que  “Es necesario que la cultura se expanda a todas las poblaciones peruanas, porque pueblo que no tiene cultura, no tiene nada”.

 

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Gerardo Chávez está mirando el atardecer limeño y recordando ahora en su terraza-taller de San Isidro frente al golf algunos días del verano. Tiene el cabello alborotado, la camisa abierta y hay huellas de pintura en sus zapatos. Hace frio pero él está en bermudas. Un ojo lo observa desde un inmenso cuadro a contraluz y con su firma. Se llama «Mirando al sur», me dice. Y vuelve a la memoria de su padre, que era un eximio catador de Pisco, que dice que olía el aguardiente, lo acariciaba con sus labios, sentía su densidad atemporal, lo hacía pasar lentamente por su guargüero y luego sentía un dulce fuego en el alma y un gélido calor bajaba hasta la base de su existencia. Y Gerardo cuenta que su hermano Ángel también era pisquero, pero con otro estilo, no por sencillo menos solemne, al contrario, «era rotundo con las burbujas y sólo con la mirada daba cuenta de su intensidad», me confiesa. El Pisco [sí, con mayúsculas] con su policromía ingresaría después por sus venas.

Estruendoso y asas olfativo, alguna vez su mundo no tuvo color ni sabor. En todo caso, Gerardo Chávez descubrió que el universo existía tal cual cuando tuvo entre sus dedos un lápiz, un caballito de madera y simplemente barro –su masilla adánica–, el barro que sus manitas trasformaban en pájaros y peces. Fue después, en el patio arbolado de una vieja casona trujillana que descubrió entre la luz de agosto y la penumbra del atardecer, los colores de sus fulgurantes formas e imágenes. Entonces, se dijo para sí mismo y apretando los dientes: «voy a ser artista». Desde esa vez, ha pasado medio siglo y Chávez es hoy por hoy, una de los más grandes artistas plásticos del Perú, un hombre polidimencional, un ser harto mundializado, un artista que provoca la lucidez para volver al pasado y otorgarnos la licencia de brillantez y enfrentar los enigmas del futuro.

Cuando uno le pregunta por sus influencias Chávez es rotundo. Gauguin dice casi a los gritos. Igual que yo salí del Perú, Gauguin se escapa de Europa en busca de las Islas Marquesas. Por ello mi admiración, esa ansias por el desarraigo. Pues si te tratan mal en un lugar entonces te marchas. Eso hice, porque yo conocía la vida de Gauguin. Cuando uno es joven uno es exageradamente rebelde. Yo era joven y gracias a esa rebeldía mantenía un sentimiento de triunfador. Eso no lo veo ahora en los jóvenes que se conforman y no arriesgan. Yo arriesgue y ya me ve como estoy.  Luego mi admiración fue para el gran Goya. Después Rembrandt, Delacroix, Van Gogh. Uno va conociendo va construyendo un tejido de admiración. En ese tiempo, en Francia, esos son los pintores que yo amaba. Y la lista se hace interminable. Yo vi las pinturas de El Bosco, Brueguel y esa grandes que tenían que ver con esa pintura fantasmagórica. Entonces me vino el asombro. Fue un deslumbramiento, aquello de mirarse y compararse, era formidable porque yo también pienso así.

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Foto: Cortesía Arte y Cultura.TV

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Chávez sabe lo que es la vida de un artista en Paris. El llego cuando cientos de latinoamericanos buscaban un sitio para ubicarse en Francia. Tenía 22 años. Y brego y triunfo. Una pintura de Chávez hoy se vende a varias cifras. Es un pintor caro y de grandes formatos. Es el precio exacto de un hombre realizado. Que solo con el rigor del trabajo se ha hecho de un lugar entres los grandes plástico universales de hoy. Pero no olvida su Trujillo querido. En su tierra creó la Primera Bienal del Arte Contemporáneo en 1983 y en el 2000 el Espacio Cultural Angelmira y el Museo del Juguete. A partir del 2004 comenzó a construir con sus propios recursos y a las afueras de la ciudad de Trujillo lo que sería el Primer Museo de Arte Moderno del Perú, que fue inaugurado el 30 de noviembre del 2006. Luego Chávez luce decenas de premios y condecoraciones desde la Medalla de Honor del Congreso en el grado de Gran Cruz hasta ser nombrado Caballero de las Artes y de las Letras de Francia.

Y ahora, a punto de cumplir 76 años está realizado. Sin embargo, le friega el Perú, las diferencias sociales, la pobreza extrema. Es una patria hermosa pero dolorosa me dice. Yo le pido que hable de su hermano Ángel, de cuando se les quemo el taller, de esos días en Europa, descomunal, bellamente tenebrosa. Y de pronto Gerardo, como si recitara un poema me dice: «Era alto, atractivo y carismático, grueso como un tronco, con los cabellos desordenados que parecían melena de león. Entusiasta, alegre. Yo lo recuerdo como un gran amigo, particularmente humano y generoso, con enormes aptitudes para la pintura y el canto». Ángel Chávez falleció en 1995 y fue también un extraordinario pintor. Ahhh, los rojos de Ángel Chávez. La historia de la plástica peruana registra dos pintores que como nadie dominaron el color rojo. Ignacio Merino, quien con su singular rojo profundo ha merecido que a su artificio se le denomine el “Rojo Merino” y como a ese color deslumbrante, tan caro de dominar, según la crítica, lleve el merecido nombre de “El rojo Chávez”.

Preguntado el artista Chávez a qué sabe el Pisco peruano respondió: «Es la esencia de la raíz del amor. Extraer de la uva su más caro sumo y beber de ella es una emoción única, un instante, un momento mágico. Cierto es una sensación efímera distinta a lo que uno siente frente a una obra de arte, pero, hermano, cuánto se parece». Y yo le pregunto si es como un orgasmo. «Sí, es una suerte de orgasmo, es un intenso mensaje de amor en su estado más puro».

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Gerardo Chávez y su esposa.

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Y hace un tiempo describí el singular enlace entre el pisco y la pintura del maestro Gerardo Chávez que reafirma que la bendita bebida tenía su origen en el Perú gracias a su historia, a la excelencia de las uvas y al arte de uno de nuestros más renombrados artistas plásticos quien era un catador de solemnidad. La crónica sirvió para que autoridades, productores y algunos fenicios inicien una campaña que ha generado una de las más desastrosas muestra de nuestra huachafería nacional: celebrar el 8 de febrero como el Día del Pisco Sour como ciertos personajes chilenos han refrendado a nuestro néctar celestial un día de esos con el nombre «Día del Pisco Chileno». ¡Toma mientras! Para un pisquero honorario como este cronista, la cosa no iba por ahí. El Pisco sour lo inventó un gringo y así no es como al Pisco Puro Peruano [PPP] nos lo quieren arrebatar los chilenos. Esa es la verdad, las otras son pamplinas.

Y cuando habla de ese maridaje entre el pisco y el arte, se le enciende la mirada, gesticula con energía, se enrojece. Que Sérvulo Gutiérrez mucho antes que él, había descubierto esa supremo romance de nuestro trago de bandera con la pintura. Y que lo diga doña Doris Gibson, esa musa del sueño nativo. Y que el Pisco fue ese elixir protector que abrigó la generación de Sabogal, de Aitor Castillo, de Camino Brent. Y cierto, que un día desapareció del erario artístico nacional y apareció el síndrome del cañazo y la epidemia del ron. Por eso Gerardo Chávez sabe que ese mensaje líquido de las cepas peruanas está discurriendo por su vena creativa desde el nido de su memoria hasta su persistente búsqueda de lo que Federico Andahazi dice sobre los flamencos, en la anhelada fórmula del coloris in status purus.

Gerardo Chávez vive entre Lima, Trujillo y Europa. Ahora está al teléfono porque es un amigo de aquellos. Y Gerardo que es cono de la familia pregunta por todos, por los poetas de Hora Zero. Por Víctor Escalante.  Y uno le dice que siente cabeza. Que no puedo, mi vida también es viajar Pero si yo me compré una finca en mi tierra es porque tengo el deseo de quedarme a vivir. Y me cuenta que se merece estar en su tierra, con sus costumbres, con sus amigos y con sus proyectos, esa es la vida para Gerardo. Y uno que está acostumbrado a entrevistar a artistas y poetas que no paran de quejarse, con Chávez uno también sabe que está frente a un peruano triunfador. Un lujo para el país y para la patria chica de Trujillo, bendita tierra, de amigos, de hermanos. Y yo les prometí este texto a los trujillanos. Ellos no sabían que era Gerardo Chávez, ese ser luminoso y de una humanidad sorprendente. “Quiero que me recuerden también como alguien que regresó a su tierra con todo lo que aprendió y que antes de despedirse para siempre dejó todo lo que pudo conseguir durante su vida”, me dice. Razón no le falta a Gerardo Chávez. Entonces, nos tomamos la del estribo, cae la noche y uno sabe que esta ante la dignidad hecha pintura.

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SU BURRO Y SU HERMANO ÁNGEL

“Tras la muerte de mi madre, mi padre me llevó con su otro compromiso que tenía en Paiján. Allá tenía la inquietud de trabajar porque mi padre tenía pocos recursos y la propina era escasa. Así que yo salía a vender helados los sábados en un burro, me perdía todo el día y luego ayudaba a otro señor que hacía raspadillas. Con la poca economía que me hice compré unas latas de pintura para pintar en la fiesta del pueblo unas puertas, creo que era fiestas patrias. Y una vez pintando un portón de la familia Mantilla una señora muy elegante me palmeó la espalda y me dijo que sería un gran escultor, comencé a averiguar de qué trataba eso y luego comencé a dibujar y pintar personajes. Fue luego que yo tenía un hermano que ya era pintor y que triunfaba en Lima. Era Ángel y efectivamente, mi hermano y estaba entre los cinco pintores más importantes de la capital, entonces yo comencé a soñar con irme a Lima.  Años más tarde yo trabajaba con él, le ayudaba y él me daba una formación extraordinaria, hice mis estudios en Bellas Artes, me distinguí por ser un gran alumno y fui becado. Pero también se creó la gran dificultad, Lima no era la de ahora, los artistas teníamos que hacer retratitos, casas, venaditos, pintaba casas en verano para poder “vivir de la pintura”. Ahora yo creo que a estas alturas acepto todo, pero en ese momento ¡qué duro era! no sé si podría repetirlo, pero me llenó de satisfacción y ahora incluso estoy casi al borde de renunciar a los homenajes, medallas o cosas de ese tipo porque la gran medalla yo ya la obtuve, el privilegio de ser artista para mí fue lo más lindo”. / Testimonio de Gerardo Chávez.

 

LOS GRANDES EN EUROPA

Gerardo Chávez en Europa pasa de todo, en tanto se preocupa por cimentar su formación artística. Su visita a los museos y su estrecha amistad con Matta le permiten un período de aprendizaje que agradece. Del maestro Matta recibe con prodigalidad consejos, chisguetes y telas. Reconoce que Picasso, Lam y Tamayo lo han ayudado a encontrarse, que son sus fuentes nutricias. Entre los europeos, Goya y Rembrandt. Pero entre los contemporáneos es Picasso el único que lo incendia cuando se siente debilitado y abatido en el acto creador. «Me insufla energías y me motiva. Considero que Picasso es esencialmente un pintor para pintores». Mario Vargas Llosa señala que el universo de Gerardo Chávez «está poblado por esos seres imprecisos que tienen de pez, de batracio, de espermatozoide y de animal antediluviano, que danzan, luchan, gesticulan y, últimamente, ruedan por geografías húmedas y montañosas». Este universo suyo es tal vez la asimilación de su encuentro con el arte primitivo, con el arte popular africano que también llenó de sugestivas imágenes la retina y la sangre de otros pintores, así como el asombro que experimentara de niño al observar los peces y las aves marinas estilizadas de Chan Chan, y de familiarizarse sus ojos con el arte precolombino. Hasta los trazos que dejan sus pinceles al limpiar los colores en el trapo fueron influyendo en la configuración de estas creaturas extrañas. / Arturo Corcuera.

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Gerardo Chávez y la cantante Fabiola de la Cuba.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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