Héroes bizarros 109 / Toto Terry

Toto Terry:

EL GRINGO CON ALMA DE ZAMBO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

TERRY

En el verano de 1990 puede al fin entrevistar a “Toto” Terry. Todo un personaje a quien conocí en los bares de Surquillo y luego de unos piscos, siempre se negaba a tratar de su vida. Un día lo convencí y me invitó a su casa en Miraflores. Alberto Terry Arias-Schreiber, “Toto” ( Lima, 1929 – 2006), fue uno de los más grandes futbolistas que tuvo el Perú, pero era más, un ser bueno y desprendido que escribió de su vida, el antídoto para el olvido.

 

1.

Toto Terry justificó la lucha de clases que existía en el fútbol peruano en la década del 50. Era del barrio limeño de Miraflores donde se alojaba la mesocracia y uno que otro latifundista en clave de ‘blanco pobre’ pero tenía alma de zambo. Terry terminó con esa creencia que el fútbol enfrentaba a blancos y negros –la “U” contra Alianza Lima como decían los doctos– y un día me dijo que al contrarío, el fútbol en el Perú era la única oportunidad donde los pobres podían meterles una pateadura a los poderosos.

La última vez que lo observé estaba entero aunque rengueaba mientras se iba perdiendo en el fondo de su casa como una escena de Antonioni. Es la cojera de la admiración me decía al verlo caminar a don Alberto Terry, “La saeta rubia”, el último símbolo grandioso que tenía la “U” en la misma jerarquía que ostentaba el simbólico Lolo Fernández. Un 7 de febrero del 2006, me imagino, con esa misma elegante cojera de maestro, se despidió para siempre de nuestro lado, el notable «Toto», dolido de sombras, llorado de adverbios, gritado de asombros. Buen viaje maestro.

Y esa vez, le cayó el amarillo balón la altura del píloro y dormido quedó para rodar hasta el empeine de su pie derecho. El «Toto» prendió el motor, puso quinta y arrancó perseguido por el viento. Correteado por las sombras del descontrol enemigo, luego frenó rompiendo las leyes de la inercia. Varió 49 grados a la derecha y quebró la punitiva guadaña de la impotencia rival. Uno, dos, tres. Los de camiseta verdeamarelha fueron quedando derrotados ante aquel bólido rubio de ojos claros y, repentino, el latigazo partió inclemente con su destreza devastadora. Fue suficiente. El arquero brasileño Gilmar creyó observar un relámpago y un viento ardido cerca al barniz de sus dedos, fue suficiente —lo digo– para alzar el aullido del gol.

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Lolo Fernández, Toto Terry y Lucho Navarrete.

2.

Un coro de manicomio en llamas grabó su nombre en la sangre viva de la historia. Fue Gol de Terry hasta en la garganta ecuánime del cielo y desde aquel verano de 1957 hasta éste del 2018 habitan juntos en la memoria celestial. Ahora, allá a lo lejos, Alberto Terry recordará esa visita que le hice a su casa, un pequeño chalet en Las Acacias, una arbolada calle del viejo Miraflores, su Miraflores, en ese verano y cómo de tanto recordar y recordar casi nos pusimos a llorar.

–Oiga don «Toto», usted tenía fama de pendenciero– le digo mientras lo mido como a un titán jubilado.

–Sí, pero eran habladurías. Como uno era blanquito y vivía a fondo la vida, decían que uno era muy pendejo. Pero ni crea. Antes había más responsabilidad y la gente trabajaba en lo que le gustaba. Entonces uno era feliz. Igual decían de Valeriano que prendía cigarros con los dólares, esas eran puras cojudeces. Al contrario, oiga usted, había más respeto. A mí no me dejaban que almuerce con el buzo de la selección peruana porque decían que ofendía a la patria. No le digo, la habladuría, los candeleros, eran puras tonterías. Pocho Rospigliosi contaba que para jugar bien, en la mañana usted se iba a Lurín a comerse una frejolada con su papada de chancho. Pocho era buen tipo y sobre todo un gran fabulador. ¿Quiere que le diga una cosa? No me gustan los frejoles y menos la papada de chancho, todo lo contrario, me encanta la otra papada, esa que usted se imagina.

«Toto» estaba hablando como un cadete antes de pasar rancho. Y es el zumo de la filosofía de la esquina. No tiene nada que ocultar, nada que esconder. Al contrarió, quiere conversar y conversar, contarnos esa vida que observo por las rendijas de la leyenda nacional; su vida como el romance de un viejo capítulo. Y su casa es tan grande como el mismo estadio de Maracaná, y por las mañanas, con garúa y apenas un café aguachento en las tripas, es más grande todavía. Una pintura donde luce la casaquilla nacional encandila su sala pese a que estas horas no hay fluido eléctrico. Se oye el ladrido de su perro de nombre «Whisky» y la voz de un jardinero que acicala refunfuñando un jardín vecino.

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3.

Falta un zocotroco de pisco, es cierto, pero la quietud y el rumor a barrio miraflorino, nos devuelve la paz en medio de la depresión melancólica. Su casa grande, semi habitada apenas en la calle Las Dalias. El domicilio de un caballero llamado Alberto Terry, leyenda y su contraparte.

–A mí me contaron que usted había patentado el desayuno «Toto Terry» y que durante los sesenta se puso de moda en barrios limeños más bravos– lo interrogo arrogante.

–¿Qué dice, cómo es eso?—me mira entre sorprendido y engorilado–. Yo no soy cocinero. Cómo diablos voy a inventar desayunos.

–Sí –le insisto–, aquella dupleta a base de un copón de pisco y un cigarro negro rompe pecho, sin filtro.

–No señor –me dice malgeniado–, eso fue lo que decían algunos periódicos. Yo lo único que inventé fue tratar bien a la pelota, a respetar a mis rivales y socorrer al amigo cuando se encontraba en mala situación. Yo tengo formación militar y por mi padre, sé lo que es la disciplina, no me jodan.

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Pele y Toto Terry.

4.

Es que don Alberto a los 75 años no es ningún cojudo. Es verdad ahora está un tanto rengueando por una prótesis que le colocaron en la cadera, allí donde se aloja el cóndilo de la cabeza del fémur; un mal de la popularidad; la misma dolencia que martirizara a Teodoro «Lolo» Fernández y al mismo Mario Minaya. Pero igual, Terry se desplazaba por toda la casa, ahora posando para el recuerdo con su trofeos, se acariciaba el bigotito, contestaba el teléfono, se multiplicaba con su memoria, se desmarcaba mientras encendía el VW para que el motor no agarre frío y juraba siempre decir la verdad, toda la verdad.

–Mi familia era ligeramente acomodada, de clase media. Mi padre fue Comandante de la Marina, pero para mí nunca existieron diferencias sociales. Yo de muchacho paraba en todos los barrios y en todo Lima siempre me hice de amigos. ¿Hasta en La Victoria? Ahí me querían más que a zambo aliancista.

Era palomilla y buen gallito de pelea. Por algo nació en Barranco, ahí cerca del Puente de los Suspiros. Luego se mudaron a la calle Diego Ferré en Miraflores que en aquellos años se llamaba el barrio de Balta donde alunizaba el último bus de la línea Tacna-Trípoli y era comarca de «Los Tagarazos». ¿Qué diablos eran Los Tagarazos, Toto? pregunto ignorante hasta el tuétano. Eran los que ahora se llaman los pitucos, gente bien y no de tan bien. Pero ese no era nuestro caso, ya al tiempo nos trasladamos a esta parte, a Las Dalias que era la zona de La Reserva. Yo estudiaba en el colegio Maristas, por la Diagonal y paraba con toda la gallada en el club Terrazas…

–¿Ahí aprendió a jugar fútbol?—le insisto más sorprendido que apenado.

–¡Claro! Ahí y en las calles de Miraflores. Mire usted. Antes por esta zona existían muchos terrenos baldíos. Nosotros armábamos la cancha y jugábamos en el terral como en cualquier potrero hasta que se fuera el sol y más tarde todavía. ¿Y qué decía su papá? El viejo siempre me enseñó a practicar los deportes, pero si llegaba de noche y yo me demoraba me agarraba a patadas. Mis padres descendían de los Arias Schereiber de Ancash, eran pues de formación provinciana y rectísimos con la educación. Yo fui hijo único, imagínese el celo que tenían conmigo.

–Don Alberto ¿Y los estudios?

–Ahí sí que me agarró. Yo era flojón y bien mataperro. Por eso el viejo de cariño me puso «Perote». Por aquellos años mi padre sufrió un accidente y tuvieron que amputarle una pierna. Como era marino, su institución lo envió a Alemania a rehabilitarse. Viajamos todos en un barco llamado «Dusseldorf». Llegamos a Berlín cuando los alemanes ya comenzaban su gran guerra. Yo fui testigo de persecuciones y el clima de terror contra los judíos y contra cualquier otro que no fuese bien gringo. Felizmente que por el pelo y los ojos yo pasaba piola. Después, al regreso, los viejos me matricularon en el Colegio Alemán. Precisamente, ese barco en el que regresamos se quedó en la rada del Callao porque los mismos marinos alemanes lo quemaron. Ya había estallado la guerra y el Perú había roto relaciones con el «Eje».

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5.

Vargas Llosa describe buena parte de su novela «La ciudad y los perros» en estas calles; Porta, Ferré, Ocharán, Colón. Calles por donde Alberto Terry chivateo con holgura y desparpajo. La patota, las muchachas, los primeros Pasos de la guaracha de la vida. «Toto» sin embargo, tenía sus secretos de estado, otras atracciones para engordar la filosofía. Su domingo era la cola para el viejo Estadio Nacional antes que el cine o el circo o la playa. Y ubicado en su solitaria madera noble del recinto deportivo, gritaba y gritaba los goles de «Lolo», esos que le empujó al arquero Rottman de Velez argentino un día memorable de 1936. «Toto» Terry, con sus 7 años, pegado para siempre a la malla de su pasión «crema» interminable, de aquel Universitario de Deportes que tiempo después sería solamente suyo.

–Mi padre se llamó José Alejandro Terry e hizo lo imposible para que ingrese al Colegio Militar Leoncio Prado. Tuve que agarrar viaje pujando. En 1945, Miraflores se modernizaba, construyeron nuevas urbanizaciones, llegaba gente nueva y las muchachas eran cada vez más lindas. Yo salía del colegio los sábados con mi uniforme bien bacán. El barrio se alborotaba. Lamentablemente ese año murió mi viejo y nuestra vida cambió un poco…

–¿Y quiénes eran sus amigos o usted era bien sobrado?

–Pa’ su madre, éramos una patota gigante. Los Schenone, los Ballocci, los Sologuren, los Barrios, los Del Solar. Había rivalidad entre el Boca Juniors de la calle Las Dalias y el Botafogo de la calle Balta donde ya jugaban Alberto y Guillermo Santillana, unos hermanos que también llegaron a jugar por la «U». El «Toto» sigue dando órdenes familiares. Que no te olvides de comprar esto, que llama a fulano, que a cuánto estará el dólar.

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Con la selección peruana en el Sudamericano de 1959, Buenos Aires.

6.

Y retoma la vida suya. Aquella que dice que veinte años no son nada, que fue Alberto, Santillana quien no pudo jugar un miércoles por el «Bota» contra la Reserva de la «U», y lo llamaron al «Toto» y esa tarde la rompió, y el entrenador de los «cremas», don Arturo Fernández, lo observó y le dijo que se quedara. Y al domingo siguiente, aquel blanquito de Miraflores ya debutaba en el mismísimo Estadio Nacional contra el Sporting Tabaco, jugando tete a tete con sus ídolos, en una delantera que esa tarde formó con Oliver, Espinoza, el gran «Lolo» Fernández, Baldovino y él.

Sí damas y caballeros, el «Toto» Terry, con sus apenas y justos sesenta kilos de elegancia y sus apenas 17 años. En el otro recinto de su casa, el gran cuartel de los llantos incendiados, ahí está un retrato enorme, con el marco respetado por las doradas polillas de las causas olvidadas. La foto con toda la facha de «paloma» con desodorante y colonia «4711». Esa imagen retocada por el pincel del respeto polícromo de algún pintor calzado en botines de fútbol, paleta con la insignia de la «U» y suspensor de hierro elástico. Y el perro «Whisky» sospechando que este cronista es fanático del Sport Boys, no para de ladrar.

–Pero usted ya era medio militar le digo casi como un recluta a la hora de la revista.

–Un poquito no más retruca con un tono a coronel retirado y con gasolina gratis pero más me gustaba la pelota. Pichón debuté y me moría de miedo. Ese primer partido me jodió. A la mitad del segundo tiempo ya tenía un tirón en la pierna izquierda y por la noche regresé como torero al colegio militar, en hombros, no por haber cortado rabo y oreja sino porque estaba hasta las cangallas.

–¿Y como hacía para entrenar, cómo para llegar al club?

–El presidente de la «U» don Eduardo Astengo fue hasta el colegio y pidió permiso. Felizmente que el subdirector, el comandante Leónidas Astete era el socio número tres del club y no hubo problemas. Lo malo estaba en que me tenía que levantar a las 4 de la mañana para ir a entrenar porque viajar en esa época desde La Perla hasta Lima era una odisea. A las 4 partía la camioneta que traía la leche al colegio, yo me trepaba junto a los porongos y llegaba todavía muy temprano a la Plaza Dos de Mayo. Ahí hacía tiempo con los emolienteros hasta esperar que don Guillermo, el portero, se despierte y me abra la puerta. Bueno pues así empecé y al año siguiente salí goleador del campeonato con 19 goles.

–¿Y por qué entrenaban tan temprano o tan tarde?

–Porque así era pues en ese tiempo, la mayoría trabajábamos o estudiábamos y al entrenador no se le podía escapaba ninguno. O uno llegabas con la cara limpia o llegabas hasta las huevas. Don Arturo Fernández era bien sapo. Fíjese que en esa época no existían concentraciones ni niño muerto. A todos se los pulsaba por el tufo o porque después de diez minutos ya estaban con la lengua afuera…

–Y usted se veía con buena cobranza, me imagino.

–Jamás, durante dos años me la pasé de cantor. Era amateur, con las justas para unos cigarritos que al final los repartía en el colegio. Después el hombre se hizo conocido ídolo galán de portadas e imán de taquilla. Tenía su estilo, jugaba con las medias bajas, como los guapos. No le interesaban las patadas. Lo perseguía Diego Agurto del Boys para que no sea figurín, «Toto» esquivaba, lo toreaba. Al «Puma» Matias famoso carnicero dos veces lo hizo leña y con huchitas. Tanto lo correteaba que una vez le puso el taco en la rodilla y lo jodió para siempre. «El Puma» terminó con los meniscos en la miseria. En el fútbol no se podía ser cojudo. Yo jamás le tuve miedo a nadie, pero tampoco era huevón. Tuve un famoso conato con Félix Fuentes un par de cachetadones y ahí murió el payaso. Es que en esos tiempos no había cambios y uno no se podía dejar expulsar. ¿Se acuerda de Mr. Charles Dean? Ese era un árbitro inglés que en su idioma le hacía a uno recordar a su madrecita. Y que lo diga Agapito Perales, tremendo pendejo. Con Mr. Dean se acabaron los «vivos» del fútbol.

–Y cómo andábamos de mujeres, mi querido maestro.

–Normal. Ahora la gente habla mucho de los cueros, pero en mi época, las enamoradas, las chicas en general, se respetaban y uno las respetaba.

–Pero usted tuvo fama de mujeriego y de murciélago.

–No ve, otra vez con la misma cantaleta. Yo era futbolista y de Universitario y de la selección. Ese fue mi oficio, no tuve otro… «Palpitante y jubiloso/ como el grito que se lanza derrepente un aviador/ todo así claro y nervioso,/ yo te canto ¡Oh jugador maravilloso!/ que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor». (Juan Parra del Riego, dixit, pero antes de). Entonces cuenta que también era bueno en el mambo y la guaracha, el bolero y el danzón. Que le encantaba Perz Prado y tiene una foto con la señora Tongolele. Que paraba en La Cabaña de Radio Victoria escuchando en vivo a Los Embajadores Criollos, a don Oscar Aviles. Que fue timbero desde el hipódromo de San Felipe y hasta Monterrico. Y hasta tuvo caballos de carrera porque fue dueño del Stud Los Agiles con los Guinea y Felipe Rospigliosi.

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7.

Y fue famoso en el barrio de Surquillo también, porque como los buenos miraflorinos paró en el bar «El Triunfo» y después hizo yunta con Miguelito Loayza. «Pez acróbata que al ímpetu del ataque más violento/ se escabulle, arquea, flota,/ no lo ve nadie un momento,/ pero como un submarino sale allá con la pelota…/»(Parra del Riego otra vez). ¿Y verdad que le pegaron en Huatica? pregunté osado más que asado. Jamás. Ahí no tuve intenciones de «matar». Además, cuando yo pasé por allí, ya la cosa era recuerdo. Usted sabe que es ver¬dad que era amigo de los aliancistas, e incluso jugaba cartas con ellos antes de cualquier clásico en el local que estaba sobre el cine «Lux», y los vacilaba y también me jodían. Pero todos éramos recontra amigos, con Cornelio, con los Castillo, con ese señor llamado Guillermo Delgado con quien nos comíamos unos bonitos fritos con su «Lija», todos bien patas. Claro, a la hora del partido era otra cosa.

–Ya, dígame una cosa, ¿Cuánta plata le dejó el fútbol?

–Buena, lo suficiente para vivir bien. Yo tuve contratos para irme al River, al Lazio de Italla, el Audax de Chile, y hasta el Sport Huamanchumo de Sipán. Pero más me gusta Lima. ¿Sabe? Lima para mi siempre fue mejor que París, que Roma. Aquí estaban mis «Chilcanos de Pisco» mi cebiche. Yo moriré comiendo cebiche y tratando de seguir bailando tango aunque se mueran los cantores.

–Usted fue artista de radionovela…

–Cierto, con Beba Fletchelle, en Radio Sport de Juan Sedó. En ese tiempo uno paraba con Betty di Roma, con Anakaona, con Mara en las boites de «El Pinguino», el «Embassy», «El Olimpico»…

–No existía «pichicata»– le digo para seguir picándolo.

–Oiga, usted más parece de inteligencia. Mire, yo tomaba mis tragos, era burrero, me gustaba la música y le hice cinco goles a Chile. Cómo me iba a gustar la droga, ni cojudo. No le digo que no la haya probado, pero quien no se enamora de sus tías, ni cojudos.

«Y el ronco oleaje crema que se quiere desbordar,/ saltan pechos, vuelan brazos y hasta el fin,/ todos se hacen los coheteros/ de una salva luminosa de sombreros/ que se van hacia la luna a gritarle allá: ¡«Toto»!¡«Toto»!¡«Toto»! / Eso es todo don Alberto.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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