Mujeres en la poesía del Perú

ORQUÍDEAS ARDIENTES

El aporte invalorable de las mujeres ala literatura  peruanas es un proceso interminable que ha vencido visiones de exclusión y derrotado al machismo imperante en nuestra sociedad.

ESCRIBE ELOY JÁUREGUI

Una mujer está desnuda con su cuerpo y sustancia, y la poesía es su único modo de resistencia, ese aguante a la soledad, a la adversidad, al silencio. Ocurre con las escritoras peruana Blanca Varela o con Magda Portal. Sucede con las poetas Carmen Ollé o con Dalmacia Ruiz Rosas. La literatura peruana, el canon y su estigma, ha diluido la presencia femenina en su víscera. Y la mujer, desde Amarilis, mítica, y Mercedes Cabello de Carbonera, militante, ha vencido esa marginalidad gubernativa con una valentía admirable, con ‘legítima defensa’, con la más ardorosa rebeldía.

Escribir para una mujer en el Perú –como ‘criaturas sin amparo’– significaba incursionar en un terreno ajeno, en la sombra, en el silencio, en la conciencia de su sexo. La  crítica literaria había operado como interventora más analista. Los registros “poetizables” eran (son) de uso masculino. Pobres de aquellas que hacían públicas sus cosas del alma y del cuerpo, entonces eran tildadas de transgresoras y herejes. Ocurrió con el exilio de Clorinda Matto de Turner quien denunció a la iglesia católica o con Mercedes Cabello de Carbonera quien terminó agonizante en los refugios de la locura. Francesca Denegri explicaba que a principios del siglo XX la argentina Juana Manuela Gorriti reunía a Matto de Turner,  Cabello de Carbonera, Teresa Gonzales de Fanning y Lastenia Larriva para alentarse y brindarse apoyo mutuo  y proporcionarse estímulo para seguir escribiendo en una sociedad que las excluía solo por ser “literatas”, solo por ser mujeres.

En la Lima de 1920, fue privilegio de varones, escribir poesía. Pero fue más gravitante la presencia de Magda Portal, Ángela Ramos y María Wiesse –por nombrar a las más activas– quienes además de escritoras, protagonizaron una alianza entre la creatividad y la actividad política. Portal animó ese arrojo inconforme y fue protagonista de la vanguardia en prosa y poesía fundando revistas como Flechas o Trampolín-Hangar-Rascacielos-Timonel, publicaciones motores de aquel cambio iconoclasta de esas jóvenes que vivieron en perpetua rebeldía y amplia libertad. Ángela Ramos, corajuda periodista, escribía crónicas como relatos de ficción y María Wiesse, que fue ardorosa colaboradora de José Carlos Mariátegui en la revista Amauta, nos ha dejado numerosos cuentos y novelas influenciadas notoriamente por la magia del cine.

En un artículo muy bien logrado, “Mujer, poeta y peruana”, Rosina Valcárcel C. mencionaba que en los 70 apareció una generación de poetas femeninas como Mercedes Ibáñez Rosazza (Trujillo), Gloria Mendoza (Puno). Rosa Carpio (Arequipa), Enriqueta Beleván, Aidé Romero, Sonia Luz Carrillo, Inés Cook, Ana María Gazzolo: Dice Valcárcel: “ellas y otras más han publicado sus obras hasta el 79, mayor información puede obtenerse en la Bibliografía de la poesía peruana 65/79, recopilada por Jesús Cabel. A continuación, editan las interesantes vates: Sui-Yun (Iquitos), Rosa Carbonel, Marcela Robles y Carmen 011é. La última, poetiza el cuerpo de la mujer respecto a los cambios, al hombre a la existencia total”.

Rocío Silva Santisteban (1963) publica “Asuntos Circunstanciales” ya desde 1984, para luego continuar con “Ese oficio no me gusta” (1987), “Mariposa negra” (1993) y “Condenado amor” (1996). En su poesía está presente el hastío, la existencia, lo demoníaco y lo erótico. A ello se suma su libro de cuentos “Me Perturbas”.

AUDACES Y PRECURSORAS

En los noventa, la poesía encuentra otros lugares de origen. Ahora la mayoría son jóvenes estudiantes de literatura. En la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, destaca Susana María Guzmán con sus poemarios inéditos “Del azul al amarillo” y “Brevedad de la inocencia”; Ana Luisa Soriano Saavedra (Lima 1955) con sus poemarios “Numerales” (1995) y “Cuestión de hojas” (1998). En la Pontificia Universidad Católica del Perú, destaca Verónica Álvarez, con poesía intensa, y su libro “21 pepas de amor y una canción desentonada” (1992). Y Marita Troiano (Chincha 1953), con sus creaciones poéticas “Mortal in puribus” (1996) y “Poemas urbanos” (1998).

La poeta Doris Moromisato ha señalado que una de las barreras que debían sortear estas escritoras era la de la alteridad: “Para ser leída la mujer debía asumir las normas que regían el canon oficial, pues en literatura la mujer siempre es la “otra”, es decir, ha sido definida por alteridad”. Aquel mecanismo consensual de machismo  al operar con códigos simbólicos propios de los hombres unió férreamente a estar mujeres. Entonces enarbolaron una actitud de denuncia audaz y precursora.  Hace un siglo, las mujeres al utilizar la crítica social, también estaban provocando una ruptura profunda con los temas tabú, con sus espacios domésticos y con su sexualidad en el núcleo de una sociedad tradicional y conservadora como la peruana.

Toda escritura es una vaciada del ser. Una experiencia personal, la más intensa anclada a las exploraciones biológicas, las más vitales. Es a partir de la década del 50 cuando las autoras, acaso Blanca Varela, daban cuenta de su mundo, explicaban qué significaba ser mujer, y forjaba una estética del erotismo. Acaso también María Emilia Cornejo  (1949-1972), aquella “muchacha mala de la historia” quien  se encargó de dar un vuelco a la poesía peruana escrita por mujeres. A partir de entonces, su escritura se convirtió en bandera del feminismo.

EROTISMO Y LIBERTAD

En la historia de Occidente el erotismo se encuentra fuera de la religión e incluso llegan a colocarse en contra de ésta. Al no estar permitido, requiere así de la transgresión para existir. Pero esta transgresión es imposible sin la anterior prohibición, ese encubrimiento que no vemos en el poema. De esta manera, el interés de las poetas por el erotismo era parte de la liberación que estaban experimentando las mujeres a partir de 1970. Enriqueta Belevan es otro caso, poeta finísima, honda, desprejuiciada. Acaso en esa línea podrían estar también Carmen Ollé, Nauka Ocampo (1975-2000) y Giovanna Pollarollo.

Raúl Mendoza Cánepa sostenía hace un tiempo que la poesía erótica escrita por mujeres es superior a la que los poetas varones han ensayado a lo largo de la historia de la literatura. No obstante, ha escrito que: “en esta sociedad moderna de liberaciones y conquistas femeninas sucesivas, el erotismo sigue siendo en algunos casos un tótem al que se adora en la sombra, un motivo de vergüenza y represión y, quizás por eso, la poesía sea un vehículo de expresión válida y más aún: la exteriorización más eficiente de ese deseo que no se puede contar con la boca o con el cuerpo o, acaso, experimentar sin juicio, prejuicio o atisbos de culpa”.

Pero retornemos a la línea de las mujeres que escribían poesía social –es un eufemismo de antiguo– y que se enfrentaban a la discriminación, el machismo y el status quo. De todas las que escribieron ninguna de ellas cedió en su posición. Su pensamiento y obra creadora fueron consistentes y son la vertiente de la cual descendían. Ello ocurre con Rosina Valcárcel  (“Sendas del bosque”, “Navíos”, “Una mujer canta en medio del caos”, “Loca como las aves” y Paseo de sonámbula”. Valcárcel es dueña de otra requisito social, su compromiso político. Activista en defensa de los derechos humanos, ha elaborado un rasgo poético que atraviesa todos los intersticios de la conmoción humana: el amor, la rabia, la dulzura, el caos, el encono, la esperanza. Dice el poeta Juan Cristóbal que es por eso que su poesía es una rebelión lírica contra la desesperanza actual que nos conmueve. “Pero esta rebelión no es un lenguaje quejumbroso, sino es un contrapunto equilibrado y de altos quilates verbales entre la desilusión y el anhelo del cambio”.

LA CIBER POESÍA

Corría 1977 en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y un grupo de muchachas escribía poesía, igual que nosotros que éramos locos y bravíos. Desde los talleres de poesía habían aparecido Dalmacia Ruiz Rosas, Patricia Alba, Mariella Dreyffuss y Tatiana Berger por nombrar a las más audaces. Eran bellas, además, porque estaban enamoradas. Todas publicaban hermosos poemas en pizarras y revistas. Todas vivía en el campus universitario que ardía en aquellos años de utopías y rebeliones, de bombas y proclamas  incendiarias. Todas ellas harían su licenciatura de la vida militando en grupos como Hora Zero, La Sagrada Familia o Kloaka. Luego publicarían sus libros como esas  orquídeas ardientes en la pasión de esos años.

Otra forma de rebeldía que han diseñado estas escritoras se inscribe en las luchas feministas, en las revoluciones tecnológicas, en las tendencias rockeras y el sexo lésbico. Estas escritoras no son solo nacidas en Lima sino aparecen en todo el Perú, en Ica, Satipo, Arequipa, Huancayo etc. Debo destacar dos antologías: Voz orquídea, una selección de poetas editadas en Lima por Iván Fernández-Dávila ese año y Río Luna (Lima, 2010: Toro de Trapo Editores). Se lucen con brillo propio –aunque pecaré de injusto– en la primera selección María Miranda, Carla Astoquilca, Noraya Ccoyure, Yllari Chaska. Y Sinthia Calle, Laura Rosales, Thalía Tumes, Karla Ferré, Vanessa Polo, Karina Valcárcel, Estefany Yaringaño, Erika Meier y Francoise Cavalié, en la segunda.

Sin pretender un  análisis más profundo de la poesía última escrita por mujeres, señalaré tres esferas que me impactan por sus logros, laconfesionalista de lucha políticay defensa de los derechos humanos; la intimista y testimonial-domésticay laerótica coloquial. Finalmente debo señalar en esta revisión a vuelo de pájaro, que he visto consolidado estilos y talantes en la poesía de Maria Elena García Calderón con un viaje interior de una lucidez estética sorprendente y enKaterin Lázaro Aguilar con su libro “El pez alado” (Lima, 2011)  que trabaja la visión de estos tiempos postmodernos desde una escritura espacial, cotidiana y violenta. Y como diría Blanca Varela: “la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. Algunos se curan con los años y otras se quedan enredadas para siempre en sus buenas y malas artes”.

No puedo dejar de mencionar un libro importante: “Poetas peruanas de antología” (Mascapaycha, 2009), del crítico y catedrático Ricardo González Vigil, que reúne poemas de más de noventa escritoras peruanas de todos los tiempos, desde las autoras anónimas del siglo XVII hasta las jóvenes voces surgidas a inicios del presente siglo. Ahí podemos encontrar voces como las de Julia Ferrer, Rosa Cerna, Sarina Helfgott; junto a Magda Portal, Blanca Luz Brum, Nelly Fonseca Recavarren, Laura Riesco, Rocío Castro Morgado y Monserrat Álvarez. Y poetas más jóvenes como Cecilia Podestá, Romy Sordómez, Alessandra Tenorio, Andrea Cabel y Denisse Vega.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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