Héroes Bizarros 79

enrique-verastegui-gian-avila

Foto: Gian Avila.

 Enrique Verástegui

ESCRITURA Y ETERNIDAD

Textos de ELOY JÁUREGUI

Nos hicimos buenos amigos en la casa que nos había cedido Tito Hurtado en el Centro de Lima. Entonces Enrique Verástegui se había mudado definitivamente a Lima desde Cañete donde había pasado su niñez. Ya de estudiante en San Marcos, él lucía un African look, jeans y una casaca de guerrillero. Los muchachos de Hora Zero entraban y salían y en aquel segundo piso solo vivíamos para y por la poesía.

Cientos de episodios cargados de aquella juventud amotinada por el arte, la escritura y el compromiso. Y así solo vivíamos para los textos. Entonces la casa era un gran laboratorio donde sobraban versos y no abundaba la comida. Entonces descubrimos el amor de las jóvenes poetas que nos visitaba por las tardes y los alucinógenos que no nos producían vergüenza.

Cuando en 1971 se publicó En los extramuros del mundo, que no fue cosa sencilla, Verástegui se vistió de maestro. Con Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, y otros hermanos poetas, asistíamos a cuanto recital o concierto nos invitaban. Y nuestras visitas a librerías eran de un efecto descomunal. Luego Enrique conocería a la poeta Carmen Ollé y vino el matrimonio y los reconocimientos. Lo he contado en otra parte, que vivimos como escritores pero más como hermanos.

Entonces, la noche del 27 de julio cuando nos enteramos de su muerte solo hay un episodio que no tenía escritura. Que nuestras vidas fueron perpetuas por ese asombro que nos produce la belleza. Y ahora reviso sus libros. Toda poesía, solo poesía y ese es el testimonio de un hombre que vivió para la belleza y la amistad. Verástegui tenía 68 años. Gran poeta. No habrá como él. “Toda belleza no se corresponde al poder / sino a la eternidad: un santuario, un sueño”. Disculpen la tristeza. La poesía nos unió y la muerte nos desterró.

Publicado en LA REPÚBLICA. Lunes 30 de julio 2018,

zam 3

Asalto al cielo

Con la muerte Enrique Verástegui desaparece uno de los mejores poetas de nuestro tiempo. Nos queda su obra magistral.

 

A Hora Zero no lo creó la tradición poética del Perú. No. La fundó el reclamo de los cantos callados. Aquellos aullidos silentes de los peruanos sin voz oficial. Esos coros nacionales mudos de reclamos y afonías por los gritos totales. Y aquello fue el movimiento que se organiza en 1970 en la universidad Federico Villarreal con los poetas Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz y Enrique Verástegui –que serán expulsados por los apristas–. Sí, y que edita una revista a mimeógrafo con poemas y un manifiesto parricida: “Palabras urgentes”, donde solo se reconoce a César Vallejo, poeta padre.

Enrique Verástegui publica en ese primer número tres poemas bellísimos anunciando ya lo que se llamaría “Poema integral”. Teorización de ese forma de escribir con todos los discursos viscerales. La prosa, el verso, el ensayo, la música, el estructuralismo, el lenguaje de la mass-media. He ahí el logro, que obvio, las vacas sagradas de la literatura de ese entonces desconocieron o no quisieron ver. Formalmente la propuesta estaba cimentada en un estilo directo de lo que se llamó después “la sintaxis callejera” que es el hilo umbilical de esa generación maldita o impura. Por ello Verástegui escribía: “En mi país la poesía ladra orina tiene sucias las axilas”.

Lo de “integral” era un viejo postulado que había acuñado la generación de J.C. Mariátegui que hablaba de la democratización del todo que debía recatar equitativamente en sus partes contrariadas. Entonces los versos de Pimentel convertido en un corcel recorría el país y la poética de Ramírez Ruiz descubría las voces distintas de tantos peruanos excluidos del paraíso. Jamás se había poetizado así por recato o mariconería. En un poema estaba prohibido usar cebiche o pezuña. Como diría Tulio Mora esa intrusa poesía de la calle había puesto sus patas de elefante en la fina vidriera de la poesía peruana que hacía poco había sufrido un traslado de los paradigmas de la poesía francesa y española, de los años cincuenta, al del británico modo de los sesenta.

Extrañaba Cañete, cierto. Enrique Verástegui era un joven de provincias, que como la mayoría de poetas de Hora Zero, habían llegado a tomar Lima. Y había vivido solo y en pensiones durante buen tiempo. Los años en que ingresó a San Marcos a estudiar Economía. Y cuando nuestras borracheras se hacían escabrosa, entonces se hablaba a los gritos de Marx o Mao pero también del Perú. Ese trozo nuestro que fregaba el alma. Esa herida abierta. Aquella cuenta pendiente que nos hacía escribir con exasperación y rabia. Entonces aparecía Vallejo y el Arguedas poeta. Entonces aparecían las más bellas muchachas para consolarnos como un poema con un final rotundo y majestuoso.

Con Enrique nos encerrábamos en ese gimnasio que fue la casa de Hora Zero en el Jr. Huancavelica y escribíamos poesía horas de horas. Él tenía una facilidad impresionante para atrapar los términos y correlatos como un experto taumaturgo y construir tejidos de planos y dimensiones. Enrique así exponía sus combinaciones infinitas en las que se fusionaban naturalezas, cuerpos, lenguajes y motores de rotación. A ellos religaba términos de la física y las matemáticas. Luego desarrollaría textos que iban más allá de la metáfora y lo simbólico y quedaba así un poema limpio de asperezas y estropicios.

En la casa había una sola máquina de escribir –se tenía que hacer fila para escribir un poema– y un viejo pick up donde casi todo el día escuchábamos jazz y rock –en ese orden– de unos vinilos que habíamos adquirido a patadas en la “cachina” de la Av. Aviación por La Parada. Los fines de semana nos visitaba el poeta Manuel Morales y terminábamos jugando cachito en una de las tantas cantinas que existían en los bajos de esa casa entrañable donde fuimos muy felices.

Luego Enrique publicó En los Extramuros del mundo, libro de repercusión continental, se casó con la poeta Carme Ollé, ganó la Beca Guggenheim y se marchó a conocer el mundo. Sus cartas fueron la continuidad de nuestra consanguineidad entre la vida y la poesía. Vivió en Nueva York, Barcelona y París. En Francia llevó cursos de Sociología de la literatura en la Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales. Luego, con un grupo de poetas de varias partes del mundo fundó Hora Zero Internacional y fue profuso en su veintena de libros de poesía, ensayo y narrativa.

Cuando regresó fuimos periodistas en diarios y revistas. Eran esos años cuando trabajamos en el guion del corto “Cimarrones” que dirigió Carlos Ferrand con música de Carlos Hayre y considerada la primera película social peruana. Luego le hice los coros la vez que se le ocurría cantar en pleno recitales de Hora Zero y después solo la amistad y la admiración. El viernes 27 de julio se supo mal y sus corazón no pudo más esa misma noche. A los 68 años “Jarry” se ha marchado. Yo lo imagino en ese viaje sideral, rodeado de ángeles y poemas exactos mientras Miles Davis toca su trompeta final. Entonces así lo dejaste escrito: “Ya nada me pertenece ni me retiene como un colibrí / en los pétalos de la muerte”.

 

variedades verastegui

Poeta eterno

Una de las voces más notables de la poesía peruana fue la de Enrique Verástegui que hace unos días y los 68 años dejó de existir. Nos queda su obra imperecedera.

 

Enrique Verástegui era un escritor de pasiones inusuales. Había hecho una teoría poética desde las ciencias económicas y usaba como nadie la música de las matemáticas para el lampo de su escritura. La más de una veintena de libros así lo prueban y su personalidad así también lo comprueba. Su metodología era admirada por los escritores más jóvenes y su desprendimiento para ilustrarlos, era un sello que solo administran las personas predestinadas.

Verástegui había nacido el 24 de abril de 1950 en Lima pero desde muy pequeño su familia se trasladó a Cañete. Allí trascurriría su infancia y juventud. Fue en esa apacible casa de la calle O’Higgins cuando lo comenzaron a llamar “Jarry”. Así lo conocían en el colegio donde fue un alumno sobresaliente. Y a nadie se parecía por sus apegos y pasiones: la lectura y la escritura. Ya mayor, lucía una aire a Jimmy Hendrix pero con sus amplios anteojos detenía cualquier comentario.

Desde 1970 en que nos conocimos en la casa del Movimiento Hora Zero (aquel segundo piso del Jr. Huancavelica en el Centro de Lima) del que fuera fundador junto a Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz, Verástegui fue una suerte de hermano mayor. Entonces amigos, nuestras charlas iban desde los poetas Ungaretti, Quasimodo y Pavese y hasta las letras de los  valses de Pablo Casas o Miguel Correa. Él preparaba ya su libro En los extramuros del mundo (Milla Batres Editores, 1971) y yo descubría las estructuras de un poema más en el los hallazgos de la lingüística.

Enrique lucía en aquel entonces un African look, jeans y una casaca de guerrillero y ya había decidido vivir para y por la poesía. De esos días eran su acompañar por las tardes a la poeta Enriqueta Belevan y religiosamente todos los viernes ir en patota a los concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en la cazuela del Teatro Municipal. Otras noches, nuestras vidas se encrespaban en los bares del Centro de Lima: el Palermo, el Chino-chino, La Llegada.

Una de las capacidades que se notaba a leguas era su dedicación al trabajo y la escritura. En 1972 gana la beca de la Comunidad Latinoamericana de Escritores que dirigía Miguel Ángel Asturias. Un año luego grabó sus poemas para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. En 1975 escribió el Tratado de Estilo para INIDE y casi simultáneamente, obtuvo la beca Guggenheim de New York que le permitió viajar a Barcelona, Menorca y París.

Eran años convulsos en el Perú de la dictadura del General Velasco. Entonces la militancia nos obligaba a ciertos rigores. Pero ahí aparecía el discurso fresco de los poetas, las muchachas en flor, el jazz de Miles Davis, el ron y la marihuana. Así, la casa era un gran laboratorio donde sobraban versos y no abundaba la comida. Pero había rigor. A los poetas de Hora Zero solo nos correspondían los actos rotundos. Y ese fue nuestro camino y destino.

Contra la dictadura, poesía y contra la estupidez, poesía, decíamos. Verástegui manejaba ya entonces un estilo sorprendente para atrapar los términos y correlatos como un experto taumaturgo y construir tejidos de planos y dimensiones. De esta manera exponía sus emulsiones infinitas en las que se fusionaban naturalezas, cuerpos, lenguajes y motores de rotación. A ellos religaba términos de la física y las matemáticas. Luego desarrollaría textos que iban más allá de la metáfora y lo simbólico y quedaba así un poema limpio de asperezas y estropicios.

Verasteguí, para aquellos que hoy, qué sorpresa, descifran su importancia pero que en su tiempo lo llamaban demente y presumido, ahí les dejó su libro Teorema de Yu. Un solo poema con 365 versos: el cual debe descifrar y reescribir el lector, como el enigma de la esfinge, o como un nuevo Stephan Hanwkin. “Toda belleza no se corresponde al poder / sino a la eternidad. / Toda historia transcurre alejada del poder. / Aquello que llamaste vida es una ilusión…” Por ello, cuando se hable de poesía peruana su nombre está en un lugar protagónico. Su poesía limpia, incorruptible.

Y cuando la noche del 27 de julio nos enteramos de su muerte solo hay un episodio que no tenía escritura. Que nuestras vidas fueron perpetuas por ese asombro que nos produce la belleza. Y ahora reviso sus libros. Toda poesía, solo poesía y ese es el testimonio de un hombre que vivió para la belleza y la amistad. Y a los 68 años se fue diciendo: “Porque yo soy más salvaje de lo que pude parecer. / Y más libre. Y más limpio. / Y pienso esculpir una gota de lluvia. / Y pintar un cuadro con un árbol lleno de fuego”. Lo juro. Así está pintado.

 

Publicado en Variedades.  Viernes 3 de agosto  2018.

Anuncios

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Literatura de la no ficción, Narrativa peruana, Periodismo literario, Periodismo narrativo, Poesía peruana. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s