Héroes bizarros 31

Hemingway para abstemios:

PAPA, TOMEMOS OTRO TRAGO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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Al escritor norteamericano Ernest Hemingway le gustaba que lo llamen en La Habana solo como ‘Papa’. Hoy hubiese cumplido 119 años pero cansado de vida se mató una mañana de 1961 en EE.UU. No obstante, sigue vivo en Cuba. Ahí está su casa, su yate, sus bares y hoteles. Él decía que  la felicidad era la cosa más rara que conocía entre la gente inteligente y que apenas se necesitaban dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. El cronista siguió sus pasos en ese universo habanero y se tomó varios tragos con Papa.

 

1.

La mansión y jardines de Finca Vigía tienen más de 4 hectáreas de extensión en medio de las casas modestas del poblado de San Francisco de Paula a 45 minutos del Centro de La Habana. Hoy es el museo más grande de Cuba. Cierto, la casa y La Habana fueron las únicas residencias estables que tuvo Hemingway en su agitada vida de periodista y escritor. Allí vivió la mitad de su existencia, escribió parte de Por quién doblan las campanas, A través del río entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta e Islas en el Golfo y mandó a la mierda a cuanto periodista cojudo llegaba a entrevistarlo.

La casa es blanca de varios ambientes en el suave declive de un promontorio desde donde se observa allá a lo lejos los edificios habaneros, el Habana libre y el Focsa, entre otros. Cuando en 1940 Hemingway adquirió la casa argumentaba que se mudó a Finca Vigía porque para ir a la ciudad no hacía falta más que ponerse los zapatos, porque se podía tapar con papel el timbre del teléfono para evitar cualquier llamada, y porque en el fresco de la mañana, se trabajaba mejor y con más comodidad que en cualquier otro lugar del mundo. Además, estaba a tiro de Cojimar, el puerto donde tenía anclado su yate Pilar, que cuando le daba la gana, se lanzaba a navegar hacia la corriente del Golfo, “El Gran Río Azul”, a 35 minutos de su casa, donde hallaba la mejor y más abundante pesca  –ese merlín que lo atraía más que una mujer–  que había visto en su vida.

Para llegar a Finca Vigía contraté el potente coche Chevrolet del comandante Félix Arguello y con él incluido. Arguello es un guía sabio, frondoso en el detalle y el chisme y cómplice para hallar buenos bares y conversar con las mujeres más hermosas del planeta: las habaneras. Y cierto, encontré a Hemingway vivo, enérgico, extraordinario. En Finca Vigía se alberga una colección de más de 9.000 libros, revistas y folletos. 2.000 de ellos subrayados o con notas al margen del escritor, además de objetos personales como su máquina de escribir Underwood, los trofeos de caza, sus cachivaches encima del escritorio de su secretaria, el disco de Glenn Miller que dejó en el gramófono y volúmenes y tomos grandes y chicos en todas los anaqueles de las paredes y hasta en sus tres baños donde Hemingway leía con pasión. En abril de 1961, luego de su suicidio en Idaho, EE.UU., su cuarta esposa Mary Welsh regresó a La Habana y donó al Gobierno cubano la casona con la mayoría de sus pertenencias.

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Eloy Jáuregui en la puerta principal de la nave de ingreso a la casa Finca Vigía de Hemingway en La Habana, Cuba.

 

2.

Y ahora Hemingway me mira y lo noto animado aunque en realidad sonríe para su eternidad en ese busto monumento. El barman del bar El Floridita no es el viejo Constante –en realidad, el catalán Constantino Ribalaigua Vert, quien fue su primer amigo habanero– pero si es constante con la atención al fornido escritor  norteamericano a quien le ha vuelto a servir una copa doble de Daiquirí. Es la sexta del día, me dice y yo le pido una igual. Joder, no es trámite sencillo. Hemingway vive en El Floridita desde hace décadas y el sitio es un mítico restaurante bar en las esquinas de Obispo y Monserrate en el reparto de la Habana Vieja, donde Papa –así le gustaba que lo llamen los habaneros— convirtió el cóctel Daiquirí en un clásico insuperable de los cocteles cubanos.

Ernest Hemingway llegó por primera vez a La Habana en la primavera de 1928 a bordo del vapor francés “Orita” para una breve escala de dos días en su travesía a Cayo Hueso en EE.UU. Cierto, eran aquellos días en que andaba con el genio endemoniado tratando de que la escritura de su novela Adiós a las armas no sea menos que una obra de arte. Luego, regresó y pasó largas temporadas en la isla. Al principio se alojó en una pequeña habitación del antiguo hotel Ambos Mundos en la esquina de las calles Obispo con Mercaderes, a tiro de piedra del también mítico bar, La Bodeguita del Medio. Y es verdad, con Hemingway, todo era pequeño porque además de ser un gringo alto y pesado, jamás estaba quieto. Entonces, desde esa habitación del quinto piso, Papa observaba toda la bahía habanera, aquel mar donde ubicaría luego las geografía de su pasión, su escritura.

Ahora, Ernest Hemingway quieto nos observa como quien quisiera que le respondan: ¡Salud, Papa! El Daiquirí de él no es el cóctel que hoy estoy saboreando. Tenía otro calibre y Hemingway se jactaba en esos días, para variar, que él había sido el autor de la receta epónima. Con Constante, una mañana donde el calor lo derretía todo, convirtió esa barra de El Floridita en su laboratorio. Así, combinaron dos tanganazos de ron Bacardí blanco cubano, con un gancho de jugo de limón, una maroma de azúcar, unas lágrimas de licor Marrasquino y para completar el potingue, harta raspadilla de hielo. Luego solo el orgasmo en la garganta y más abajo.

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Papa Hemingway en su puerto, la pequeña bahía de Cojimar donde anclaba su yate Pilar y más allá su bar La Terraza.

3.

Hoy he desandado sus pasos en La Habana Vieja. Desde El Floridita hasta el hotel Ambos Mundos hay exactamente ocho cuadras. Lo siento, ahora anda atiborrado de turistas asiáticos que estoy más seguro, desconocen la literatura de Papa. En julio, el calor en La Habana llega a los 40 grados pero con los Daiquirís, la sensación térmica supera al mismo verano en el infierno. En el hotel, don Julio Príncipe me atiende con cordialidad como seguro lo atendían a Papa. En la habitación 511 –un auténtico museo escrupulosamente cuidado– observo su escritorio breve con una máquina de escribir con una hoja de papel, todo dentro de una urna de vidrio que se ubica entre dos ventanas con vista a la bahía. Luego, sus anteojos y un lápiz amarillo sobre la tabla. Más allá, en el armario, cuelgan un chaleco de safari y otro de torero. Así, a simple vista, pareciera que Hemingway se acabara de duchar y ha dejado la habitación desordenada y raudo se ha ido en busca de su bar favorito. Pero no, aquellos objetos son la memoria viva que están allí desde 1939, y hasta en su cama de una colcha naranja, reposan desperdigados unos libros y revistas testigos de su vida en Cuba, esa “isla larga, hermosa y desdichada”, como la describió en su libro Las verdes colinas de África.

En la primera planta y contra las paredes rosas del hotel hay una placa de bronce donde se lee: “En este hotel Ambos Mundos vivió durante la década de 1930 el novelista Ernest Hemingway. Consejo Nacional de Cultura de Cuba”. En otros de sus viajes a Cuba, Hemingway descubrió Finca Vigía, una apacible casa de campo en el  barrio de San Francisco de Paula a 45 kilómetros del centro de La Habana. Papa pensó que ese era el lugar ideal para vivir y en 1940, cuando andaba de luna de miel con su tercera esposa, la periodista Marta Gelhorn,  alquilaron la casa  a 100 dólares mensuales para adquirirla luego. toda la propiedad en 1949, en 18.500 dólares. Dinero que obtuvo por sus derechos de autor de la novela Por quién doblan las campanas.

En una carta de 1952, Hemingway le escribe a su amigo Karl Wilson: “Me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré finalmente cuando se publicó Por quién doblan las campanas. Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina. Me levanto temprano cuando sale el sol y me pongo a trabajar y cuando termino me voy a nadar y tomo un trago y leo los periódicos de Nueva York y Miami”.

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Eloy Jáuregui en el muro de la pequeña bahía de Cojimar donde Hemingway llegaba a mitad de mañana luego de trabajar en Finca Vigía.

4.

Quienes lo conocieron o trabajaron con él, como su mayordomo René Villarreal, han contado que Hemingway “escribía todos los días, era muy puntual en su trabajo y era un lector incansable, a veces estaba leyendo dos y tres libros a la vez”. Hace unos años, en un coloquio sobre Papa, Villarreal recordaba que el novelista “escribía alrededor de mil palabras desde las seis de la mañana y hasta el mediodía y cuando más o menos tenía calculado que las tenía, las contaba, apuntaba la cantidad, y tapaba la máquina de escribir con una toalla”. René recordaba también que luego le pedía el primer trago porque mientras estaba escribiendo él no bebía. Hemingway mientras escribía tomaba un vaso de de ginger o jugo con una rodaja de limón y agua de coco. Después, como todo maniático, rigurosamente hacía sus ejercicios, pesas, mancuernas, nadaba en su piscina y cuando terminaba, se pesaba en el baño y allí hacía anotaciones en la pared sobre su peso y escribía sus observaciones, si es que bajaba o subía de libras, mismo boxeador.

Y no lo dudo, que hay una fauna que lo quiere y otra que lo odia. Quienes amamos el periodismo queremos a Hemingway. Aquello me trajo a La Habana. Es esta ciudad, única, solo descrita a silencios estruendosos por la escritura. En todos sus paraderos, él hizo periodismo y del bueno, aquel que queda para reconstruir los laberintos de la humanidad y hacer de la noticia un hecho imperecedero. Él que fue un hombre de prensa y de escrituras totales, fue borracho y mujeriego. Entonces no era un santo, claro que no. Al contrario, era un gringo pendejo y trompeador. Pero uno lo admira también por su rigor,y sobre todo por esa ciencia rupestre para trabajar con lo preciso y lo suficiente. Por eso sus crónicas y reportajes tienen la contundencia de sus cuentos. El rigor, sí señor, y la amplitud de la brevedad que destronca aquella premisa de los propios maestros norteamericanos, que los hechos noticiosos una vez sabidos ya no existen más. Pero en Hemingway, las noticias y sus personajes, son los registros históricos de la bondad y la maldad de los humanos.

Hoy recuerdo una entrevista memorable que le hizo el periodista George Plimpton para Paris Review en su casa de Finca Vigia donde Hemingway teoriza sobre su técnica. Decía Papa que escribir literatura amerita una comodidad económica y buena salud. Para hacer periodismo, era todo lo contrario, había que tener hambre. Y Decía también: “que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono (…) Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin”. Ahí Papa es maestro porque sabía parar a tiempo con su esfuerzo porque estaba seguro de cómo iba a escribir al día siguiente. Aquello como fórmula secreta contra la maldición más cruel de los escritores: la agonía matinal frente a la página en blanco.

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A 2 kilómetros de la casa de Finca Vigía, está el bar de Hemingway en Cojimar. La Terraza donde hoy existe un pequeño museo.

5.

Ahora ingreso al restaurante La Terraza en el puerto de Cojimar y para variar me espanta un trío de gordos que cantan y tocan las peores rumbas de La Habana. Hemingway por temporadas, pasaba todas sus mañanas en el salón de comidas. Infinidad de veces, acompañado por Gregorio Fuentes (natural de Lanzarote, en las Islas Canarias), oficial de su yate Pilar y acompañante durante años del novelista en sus días de pesca por las aguas del Caribe. De Fuentes se dice que sirvió de inspiración para que Papa describa al personaje de Santiago, el viejo pescador protagonista del libro El Viejo y el Mar, con el que ganó en 1953 el premio Pulitzer y que hizo puntos para que en 1954 se le otorgue el Nobel de Literatura. En La Terraza de Cojimar el escritor sigue vivo. Ahí, en una esquina y junto a los ventanales, está su mesa reservada y el sitio resulta un lugar de peregrinación entre sus devotos. Entonces pido un Daiquirí (esta vez azul) y en el comedor, amplio y luminoso, Abel, el mozo, ya intenta seducirme con su oferta de platos de pescados y mariscos de temporada pero que resultan más caros que una cirugía al corazón.

Regreso a la casa y fue aquí, en Finca Vigía, su paraíso, donde concibió y escribió obras maestras. Esta fue la casa que Martha Gellhorn, su tercera esposa y también periodista, la descubriera para él. Ella no era mujer del tráfago de habitaciones de hoteles en la ruidosa Habana Vieja. Hemingway adoraba esta propiedad: su fortaleza y refugio, hogar donde sus hijos jugaban con los niños de San Francisco de Paula y sus gatos hacía literalmente lo que les daba la gana. Tanta empatía logró en este rincón habanero de la isla, que cuando ganó el Premio Nobel , casi todo lo dedicó a su gente de Cojímar, sus pescadores cómplices. Amén de acondicionar su yate Pilar que luce intacto como un bar flotante, y con el que salía a cazar submarinos nazis y en el se le ocurrió por primera vez que podría contar una historia sobre un viejo pescador y un gran pez.

Siguiendo la orilla de Cojimar, con el sol inclemente sobre mi cabeza y el busto de Papa pintado con barniz dorado que brilla como una efigie de oro en la eternidad de una plazoleta que para variar se llama Hemingway,  esa tarde de julio he regresado a La Habana Vieja y Ernest Hemingway me sigue mirando y el barman de El Floridita nos vuelve a servir una copa doble de Daiquirí. Papa se suicidó en 1961 porque estaba viejo y cansado y hacía poco había dejado La Habana de sus pasiones. Ahora es solo esta escultura de tamaño natural que desde el 2003 fue colocada en el extremo izquierdo de la barra donde, acodado en ella, “invita” a todos los que lo queremos a tomar un trago con él. Brindar con él por la escritura y los amores que se fueron a la mierda ¡Salud Papa!

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Eloy Jáuregui al ingreso del bar restaurante La Terraza en Cojimar, el puerto de donde zarpaba Hemingway en su yate Pilar.

LA PELÍCULA “PAPA”

Alguna vez, hace muchos años, los estudios de cine de Hollywood contaban fácilmente con los hermosos paisajes de Cuba para filmar sus películas. Desde la Revolución de 1959 eso terminó. Curiosamente, tras 55 años sin que un equipo de cine pisara la isla eso ha vuelto a suceder con motivo de la filmación de una película llama Papá. Por supuesto que no fue cuestión de armar las maletas y tomarse un avión en Miami. Hicieron falta llamadas y permisos especiales, en especial del gobierno estadounidense que, recordemos, mantiene un embargo muy fuerte sobre la isla.  ¿Y qué une Estados Unidos con Cuba de una manera no problemática? Pues la figura de Ernest Hemingway, el ganador del Premio Nobel de Literatura que adoraba la isla y vivió allí muchos años.

Hemingway vivió en su Finca Vigía entre 1939 y 1960. Vivió incluso algunos meses más después de que Castro llegara al poder, pero finalmente debió marcharse y su casa quedó como si  fuera a regresar. Aquí escribió muchas de sus mejores novelas y por eso no puedes visitar La Habana sin acercarte a conocer la finca. Pero más allá de eso el caso es que esta película, Papa, estuvo dirigida por Bob Yari y trata la historia de un escritor y periodista llamado Denne Bart Petitclerc que conoció a Hemingway en 1958 y escribió incluso el guión antes de morir en 2006. Estando la casa, el barco, los libros y las cosas de Hemingway en Cuba no tenía mucho sentido filmar en otro sitio así que se iniciaron las gestiones. ¿Y por qué se llama Papa? Es que ese era el seudónimo de Hemingway, además de que el propio Petitclerc lo tomara como una figura paterna mientras estuvieron viviendo juntos en Cuba.

Cuenta la historia que Petitclerc era periodista en Miami y algo contrariado después de leer una reseña de Hemingway le mandó una carta y después, el escritor lo invitó a charlar a Cuba. Y bien, que finalmente y con muchos problemas se rodó la película sobre Hemingway en Cuba (se dice que Sharon Stone renunció porque Cuba no le ofrecía los estándares que ella quería).

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FRAGMENTO DEL LIBRO EL SON DE LA HABANA QUE SE PUBLICARÁ EN NOVIEMBRE DEL 2018.

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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