El mundial anterior

Un poeta en la Rusia de los obreros:

Vallejo clasificó primero

Escribe ELOY JÁUREGUI

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Nuestro fútbol debuta en el mundial de 2018. Sin embargo, habría que recordar a otros peruanos que sin repechaje, vivieron la intensa experiencia rusa desde el vórtice de una sociedad socialista. Nuestro poeta César Vallejo y también la cantante Yma Sumac.

 

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Muchos años antes, una travesía a los reinos de la Europa oriental a través del Transiberiano significaba adentrarse en las estepas de las gélidas nievas, las quimeras y el asombro. Para un peruano recorrer el nuevo imperio socialista ruso era ingresar al mundo de los contrastes sociales de un verdadero nuevo mundo. Y lustros antes que “La sombra” Ramos sellara la clasificación de Perú al mundial de fútbol de Rusia 2018, otros nacionales ya habían visitado el territorio de lo que fuese el dominio de los zares y luego el paraíso de la clase obrera.

En aquel tiempo, el poeta César Vallejo, residente ya entre España y Francia y convertido en periodista, realiza dos viajes entre 1928 y 1929 a lo largo de la Unión Soviética. Dos años luego publicaría en Madrid el libro de crónicas y reportajes Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin. El texto fue un auténtico éxito editorial mereciendo en menos de cuatro meses tres sucesivas ediciones. Hoy muchos desconocen este trabajo del Vallejo cronista por prejuicios ideológicos o por visiones reaccionarias cuando incluso muchas de estas crónicas se publicaron en el diario El Comercio de Lima.

Ya en los sesenta, otra peruana ilustre viajó al territorio soviético e impuso su genialidad y se convirtió en una estrella de masas. Era la cantante Yma Sumac que en casi un mes en que duró su permanencia en Moscú y otras ciudades importantes, fue un suceso en una estrella como pocos artistas extranjeros llegaron a ser tan valorados como la peruana. Dizque que de esta sensual morena de fascinante mirada se enamoraban miembros del Politburó, oficiales del KGB, estudiantes varios y otros artistas. En 1960 no eran los mejores años para la Unión Soviética pero cuando Yma Sumac se presentaba, se cuenta que para sus conciertos, obligaba a los soviéticos a rematar sus lujosos abrigos de piel o varios pares de zapatos de mujer para comprar entradas en la reventa.

Otros peruanos, no obstante, no la pasaron tan bien en Rusia. En 1972 la Federación Peruana de Fútbol había contratado como entrenador al húngaro Lajos Baroti. Alguien les había vendido la idea que para adquirir experiencia planetaria, había que realizar una travesía por el Medio Oriente y la Europa Oriental. A la aventura se la bautizó como “La gira de los tres continentes”. Así, un día del frío invierno ruso, la “Blanquirroja” debutaba en el Estadio Olímpico de Moscú. Cierto, perdimos y ese equipo que tenía a Chumpitaz, Sotil, Cubillas, Challe, Mifflin, Gallado y un joven “Patrulla” Barbadillo, no la vio. De esa gira se recuerda que de 8 partidos se perdieron 5 y se empató el resto. Un absoluto fracaso.

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La historia de las relaciones peruanas rusas (soviéticas), se hicieron más intensas con el gobierno militar de Velasco Alvarado a partir de 1968. Razones de geopolítica hizo que Perú adquiera abundante material bélico desde ese tiempo y vaya uno a saber para qué, aunque lo sospecho. Pero fue ya desde 1976 cuando se firmó con la URSS el primer acuerdo intergubernamental sobre colaboración científico-técnica. Muchos profesionales peruanos viajaron a Rusia y especialistas soviéticos vinieron a Perú y realizaron un estudio y un plan técnico para la construcción de un complejo hidroenergético y de irrigación de la zona Olmos. También evaluaron los recursos energéticos de los ríos peruanos de Huallaga, Ucayali y Marañón.

En la década de los setenta, la URSS era uno de los principales proveedores de equipamiento, medios de transporte, maquinaria y aeronaves. Un auto soviético se comenzó a lucir por las calles de Lima, el modelo más cómodo de la marca Lada y el hecho de que se aceptaran a estudiantes peruanos en las universidades rusas llevó hasta al viejo continente a cientos de jóvenes que luego regresarían como estupendos profesionales. La Universidad de la Amistad de los Pueblos fue el principal destino de los universitarios de todo el Perú entre 1960 y 1980.

Tras la caída de la URSS las relaciones bilaterales se congelaron durante unos años. La cooperación resurgió a finales de la pasada década hasta que en el 2015 el entonces presidente Humala y el líder ruso Vladímir Putin firmaron una serie de acuerdos en París a raíz de la Cumbre del Cambio Climático. El principal, una asociación estratégica para la construcción de satélites científicos. Ya en agosto de 2014 se puso en órbita el Chasqui 1,  el primer satélite peruano creado conjuntamente con especialistas rusos. Dicho proyecto fue posible gracias a la cooperación científica entre la Universidad Estatal del Sudoeste en Kursk y la Universidad Nacional de Ingeniería de Perú (UNI), así como al apoyo de Roscosmos y la Comisión Nacional de Investigación y Desarrollo Aeroespacial de Perú (CONIDA).

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Hace unos días se celebró el centenario de la revolución de 1917. La primera revolución comunista que marcó un antes y un después en la historia del mundo cumplía un siglo aunque la mayoría de rusos prefería no acordarse mucho del asunto. Hoy Rusia es una sociedad moderna donde existe más interés por su pasado imperial que por los líderes comunistas que desbancaron a los zares en nombre de un reparto más igualitario de la riqueza y el poder. A la mayoría de los ciudadanos le parece que aquel 1917 no deben removerse y que su estudio no es de actualidad. Según las encuestas, el centenario les resultó incómodo a los dirigentes rusos que si bien es cierto, son herederos de la revolución, pero al mismo tiempo, ven ese proceso como un mal y un peligro. Los líderes actuales no pudieron ignorar el histórico aniversario, pero lo recordaron de forma superficial, con vagos llamamientos a la “reconciliación” y advertencias contra toda euforia callejera.

Antes, esta situación sería incompresible. De ahí el mérito de periodista audaz de César Vallejo quien fuera un privilegiado en llegar hasta las raíces del proceso solo junto a otros hombres de prensa occidentales como Ramón J. Sender o Chávez Nogales. Vallejo interpretó el suceso y fundó un género periodístico aparte: “el reportaje ruso”. Si hubiese habido facultades de periodismo en España en esa época, seguro que una de las asignaturas se habría llamado así: reportaje ruso. Todo un estilo, cierto, en la URSS de esos tiempos alborales, se luchaba palmo a palmo por una nueva sociedad.

Vallejo puedo narrar de esa transformación: la mecanización de la vida pública y privada impuesta por una necesaria “dictadura de hierro”, la extinción del ocio, la bohemia y la concupiscencia en términos que hoy cabría esperar de un puritano. Para nadie es extraño que el Vallejo, simpatizante y casi un bolchevique, haya escrito sus crónicas, más atentas a lo social que a lo político, un original registro del experimento soviético en su etapa de gestación y la sensación de que el zarismo estaba a la vuelta de la esquina, Vallejo cuentó entonces de la nueva élite con preciados privilegios defendida por un ejército igualmente privilegiado y una policía brutal para que el miedo corriese a sus anchas donde al principio se soñó que correría la alegría.

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Sorprende en Vallejo ver cómo describe el funcionamiento de la ingeniería social del proyecto comunista. Los analistas se admiran que en las 240 páginas del libro, por ejemplo, apenas se nombre a Stalin dos o tres veces, pero más bien se convierte en un apasionado de las visita a las fábricas, a los sindicatos y centros de formación, donde se está programando a la humanidad futura. Narra, como solo un poeta lo puede hacer, de “la música del trabajo”, aquella sinfonía de obreros ante el estruendo de las máquinas. Si sus crónicas calan hondo, es porque permiten constatar que los rusos no estaban imaginando ese mundo ideal que hoy nos suena inverosímil: lo estaban creando y sin ninguna experiencia.

Entre la ‘inmersión’ periodística, la sorpresa de ese mundo extraño y cierta inocencia, Vallejo afirma que: “el trabajo es el padre de la vida y el centro del arte”. luego de concluir una brillante apología del cine de Eisenstein. Brillante y poco profética, en la medida que decreta, siempre con Eisenstein, que el “cinema hablado” no tiene la menor relevancia y además es contrarrevolucionario, por las barreras idiomáticas que impone entre los trabajadores del mundo. No por nada en los colegios soviéticos se enseña el esperanto, preparando la proyección del comunismo en una futura “nacionalidad universal” o “conciencia cósmica” que terminará por ahogar las lenguas nacionales.

Pero Vallejo jamás imaginó el fin de ese sueño. A la distancia hoy se entiende que en esos textos se muestra al mundo occidental su testimonio personal sobre los alcances de la revolución rusa: “Mi esfuerzo es, a la vez, de ensayo y de vulgarización” dice Vallejo en la introducción del libro. Rusia en 1931 y que fue el primer libro de reportajes sobre la URSS que se publicó en España y seguramente en español. Al Vallejo de las crónicas hoy se lo desconoce. Los reaccionarios de siempre lo acusan de propagandista del comunismo. Solo Vallejo supo que en esa URSS se estaba cambiando el mundo. Y cierto, esa era la mejor noticia.

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UN DÍA EN MOSCÚ

“Es 1928 y en Moscú hay apenas unos doscientos autos, que utilizan dirigentes y extranjeros. Los demás se mueven en tranvía y a pie, medios suficientes para una ciudad que aún parece una gran aldea medieval, en cuyas entrañas maceradas y bárbaras se aspira todavía el óxido de hierro de las horcas, el orín de las cúpulas bizantinas, el vodka destilado de cebada, la sangre de los siervos, los granos de los diezmos y primicias, el vino de los festines del Kremlin, el sudor de mesnadas primitivas y bestiales. Entre esas ruinas imperiales, que también delatan la violencia que siguió a la revolución del 17 –ventanas rotas, muros reventados, iglesias y palacios destruidos–, crece en ángulos rectos la nueva arquitectura proletaria, al ritmo frenético que demanda la expansión de la clase obrera. Son viviendas de uso compartido y decorado inexistente, pero muy preferibles a las ratoneras en que malvive el obrero del capitalismo: “Las casas proletarias del Soviet son amplias, confortables, higiénicas. Sobre todo, higiénicas. Cada casa es una pequeña ciudad, con jardines, biblioteca, salas de baño, club y hasta teatro. Nada de colorines murales. Nada de banal ni de superfluo”.

Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin. César Vallejo.

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Publicado en revista Variedades.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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