Guillermo Chirinos Cúneo

 

“Yo soy príncipe de las putas”

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

El poeta peruano Guillermo Chirinos Cúneo habría cumplido 77 años. No obstante vuelve a caminar por los senderos de la poesía y el Centro de Lima con su locura e imagen y con su libro Idiota del apocalipsis bajo el brazo y su letrero de poeta maldito e iluminado.

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 “Yo soy príncipe de las putas, y mis prendas son únicas: Sortija azul e higiene azul. Yo soy príncipe de las putas. Y mi alcahuatería oscurece en un burdel y pierde su olor lento. ¡Suciedad! ¡locura! Y esta podredumbre amarilla y líquida sobre mi lecho derrotada como agua o vómito de los muertos. Este cerebro. Esta demencia. Esta incontenible vehemencia sin países posibles que hacia la cargante tragedia y luciérnaga de enajenación levanta…”
Guillermo Chirinos Cúneo

1.

Bajaba en el último paradero del tranvía que llegaba de La Punta en la Plaza San Martín. Venía de traje y corbata y pausado, cruzaba La Colmena, luego retrocedía y volvía a cruzar. Como todos los días, no iba a ninguna parte y siempre regresaba a ningún lado, y lo sabíamos. Desde el Café Tívoli lo observábamos entre incrédulos y cómplices. Sabíamos también que Ángel Guillermo Chirinos Cúneo, que en esos días había cumplido los 30 años, era un poeta más que extraño, extravagante, y en esos años, a principio de los setenta, era un habitante impar del Centro de Lima tan inconcebible como el viejo Martín Adán o el pintor Víctor Humareda.

Con el poeta arequipeño Guillermo Mercado se saludaban con mucho respeto e incluso pronunciaban algunas frases en inglés. Luego Chirinos Cúneo imponía su silencio. Nos mirábamos, entonces pedíamos más cafés y luego más silencio. De pronto, se paraba y se iba. Mercado había conseguido una fotocopia del único libro de Chirinos Cúneo: Idiota del Apocalipsis. No era libro apenas una plaqueta de ocho poemas. Entonces lo leíamos: “Era una voz de uranio, una ronca voz como de asfalto, como de rosas aplastadas por las bocas mugrientas”. Genial. Entonces pedíamos media botella de ron.

A Chirinos Cúneo los conocíamos todos de alguna manera y no solo aquellos que lo ubican en la calle Arrieta de La Punta. El escritor Alejandro Neyra en su cuento Cenicienta lo descubre en una casa de la urbanización San José, Bellavista, Callao. Y el crítico Rubén Quiroz dice que el poeta es loco habitando un navío viejo en las aguas del Callao: “Acosado por las extremidades de sus animales interiores, sus propios demonios sucios y puros, rodeados de halos zumbadores y voraces, siempre a la víspera de las luces nonatas…”

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Guillermo Chirinos Cúeno junto a los poetas Juan Ojeda y Julio Nelsón y Marco Zapata. Parque Universitario. Al fondo, La Casona.

2.

El poeta César Calvo contaba que cuando él apareció en el Patio de Letras de la Casona de San Marcos ya Chirinos Cúneo lo había antecedido con su facha de maldito encendido. Calvo quiso ser su amigo pero no pudo. Chirinos Cúneo no quería émulos bastaba con él mismo que era inimitable, un maldito iluminado. Así, poco se sabía de él, poco de dónde venía. Tras su lampo de estudiante de literatura infrecuente, se hablaba de él, se lo señalaba y las muchachas lo contemplaban absortas. Chirinos Cúneo apenas mostraba el lado más marketero de su existencia, sus poemas. Ingentes cantidades de poemas que dejaba regados por aulas, patios y cafés que colindaban con la universidad de San Marcos.

Otra versión la ofrece Juan de la Fuente que logró entrevistarlo ya cuando el poeta estaba en reposo: “Yo estaba en una situación muy optimista y anhelaba que me conocieran los estudiantes. Sabía muy bien que no iba a lograr un éxito como el que se consigue en una empresa comercial o publicitaria, pero sí quería un éxito de poeta, de escritor, para que mi alma y mi espíritu estuvieran tranquilos. Por aquella época frecuentaba a Julio Nelson, Marco Zapata, Juan Ojeda, César Calvo, Juan Gonzalo Rose, Manuel Scorza, Marco Martos e Hildebrando Pérez. Era muy amigo de ellos. En esos años yo tenía la idea de unir a todos los hombres de esta tierra, unirlos para que se comprendieran, para que la pasión se dominase y no existiera ese amor hacia tal o cual objeto o persona, sino que se diera una organización de la sensibilidad y del alma humana, capacitada para poder integrarse y transformarse, para poder llegar a algo que podría decirse el paraíso desconocido”.

Es inolvidable la vez que al mediodía del verano de 1977 se apareció por la puerta batiente del Jr. Quilca del Bar Queirolo. Acodado en la barra, pidió una cerveza. Yo me acerqué a darle la mano y con cortesía apenas me contestó el saludo. Pero en ese instante escuché un vozarrón: “Poeta Cúneo, los dioses lo saludan”. Era Vinces Davis, poeta tumbesino, quien le gritaba desde el fondo del bar y de mi mesa. Chirinos Cúneo entonces se acercó, y reconoció al del grito. Y también respondió el saludo tostando la voz: “Poeta Vinces Davis, aquí desde el infierno, lo abrazo y lo abraso”. Y luego trajo su cerveza y nos quedamos toda la tarde aunque él no dijo gran cosa. Y después, cuando se largó, todos hablamos de él.

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3.

Desde antes todos sabíamos que era un poeta descomunal. Armando Arteaga lo conocía y de ahí su texto La primavera excerta de Chirinos Cúneo donde muestra ese perfil genial y abundante del poeta. Textos suyos ya aparecen en la revista Piélago y en otras a mimeógrafo de los albores de los sesentas. Arteaga explica que casi la mayor parte de su obra es escrita en la Clínica San Isidro donde era paciente habitual. Y cita los siguientes títulos: Infiernos y cielos (1962), Rojos y Nocturnos (1964), Celestes y oscuros (1966), Eneas XX (1985) El crepúsculo de los ídolos (1988) y Guerrero del Arco Iris (1990).

Los poetas más jóvenes, a partir de Hora Zero (1970), siempre debían citar a Chirinos Cúneo como brevete para la creación libre y fantástica. Mis conversaciones con el recordado Josemarí Recalde en casa de poeta de la Residencial San Felipe, Bruno Mendizábal y en presencia de Róger Santiváñez, siempre aterrizaban en la obra descomunal del poeta “Cúneo” como lo llamaban en La Punta: “Frente a la ciudad, frente al mundo, la madre bella ha parido un payaso irrisorio pero azul. ¡Maldito coito amarillo!”.

Curioso, son los jóvenes quienes cuidan de su memoria de este poeta que se convirtió en autor de culto. En el 2006 se edita la segunda edición de Idiota del Apocalipsis en la colección Los otros editado por Rubén Quiroz, Gonzalo Portals y Carlos Carnero. Posteriormente se publican poemas inéditos en la revista Intermezzo Tropical bajo el nombre de Cuaderno de California. Y hace un año el sello Poesía Sub25 publicó una tercera reedición del ‘Idiota’ con prólogo en 20 uñas de Javier Torres Marrufo y Carlos Torres Rotondo.

En el prólogo de este último, texto titulado “Poesía y clínica: un encuentro entre Guillermo Chirinos Cúneo y Gilles Deleuze” de Torres Marrufo y Torres Rotondo se lee: Chirinos Cúneo tiene su propia poética del delirio. Relumbrón simbolista, cromatismo y obscenidad son sus piedras de toque. Con ellas desarticula los nexos de la realidad exterior e interior y, visionario, mira hacia el futuro. Precursor de la poesía que se hará en los  70 y 80, poetizó la corporeidad con crudeza, se perdió en la urbe y echó mano de referentes pop, en especial cinematográficos (los apaches de los westerns, los “vagos chaplines”  de la comedia muda). Su interés por la ciencia ficción, inclusive,  es notorio en imágenes como “marcianos torpes” o en “el cráter de la luna negra”).

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4.

Álvaro Jasaui Chero escribió una crónica sentida sobre nuestro poeta alucinado donde cuenta un pasaje que le ocurriera con Rodolfo Hinostroza. Y dice que en 1964 los pocos amigos de Chirinos Cúneo le decían a modo de bajarle los humos que pronto regresaría al Perú un poeta que lo superaba. Y ese ‘alguien’ era nada menos Rodolfo Hinostroza quien justo volvió en esos días a Lima. A Chirinos Cúneo no se le ocurrió mejor idea que visitar a Hinostroza.  Y cuentan que una tarde se apareció en su casa, tocó la puerta, y tras preguntarle si con ella escribía sus poemas, le destruyó la máquina de escribir.

Maldito o no, Chirinos Cúneo era un buen hijo de familia. Su locura y su vida tan llena de vida, lo convirtió en un hombre que vivía entre la clínica siquiátrica y la casa de su madre. Al menos eso contaba Pepe, su hermano menor, el “Gordo Pepe”. Y cierto, en aquellas tardes en el Chifa Wony del Jr. Belén cuando llegábamos los poetas de la matiné, el “Gordo Pepe” nos ponía al tanto de los detalles del gran Guillermo. Que dormía como un descocido, que leí sin descanso y que caminaba y caminaba por los malecones de La Punta, el balneario chalaco donde había vivido sus mejores veranos.

Chirinos Cúneo vivió entre nosotros en esos tiempos de las drogas, la sicodelia y el rock de Woodstock. Velasco y los goles del Cholo Sotil. Vivía con nosotros escribiendo como un descocido y desconocido todavía, En otra entrevista en la revista Sí al poeta Marco Martos le contaría en 1987: “Tengo varios libros terminados, casi tres millares de poemas. Quisiera publicar, pero no tengo dinero ahora. Lo pude hacer hace veinte años porque mi madre me facilitó todo. Si pudiera, publicaría ‘Infierno sin cielo’, que es de los años sesenta, o quizá ‘Crepúsculo de los ídolos’, que es el más reciente”.

5.

Ya lo dije, casi siempre bajaba en el último paradero del tranvía que llegaba de La Punta en la Plaza San Martín. Venía de traje y corbata y pausado, cruzaba La Colmena, luego retrocedía y volvía a cruzar. Un día antes, en el otoño de 1999,  después de almorzar en la casa de su madre, hizo un alto y se retiró a su dormitorio. Al cabo de unas horas se dieron cuenta que Ángel Guillermo Chirinos Cúneo estaba muerto. No dejó un poema especial ni una nota de despedida. Todos sabíamos que hacía mucho tiempo se había despedido de todos, que escribir poesía para este maravilloso creador, ere ese pasaporte a la eternidad.

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YO SOY PRÍNCIPE DE LAS PUTAS

En 1967 se publicó Idiota del Apocalipsis. Fue reeditado en 2017 y presentado el viernes 13 de octubre en Paradero Cultural (Jr. Leon Velarde N° 982 – Lince). Los comentarios estuvieron a cargo de Mario Pera y Carlos Torres Rotondo.

 

IDIOTA DEL APOCALIPSIS

Frente a la ciudad, frente al mundo, la madre bella ha parido un payaso irrisorio pero azul. ¡Maldito coito amarillo! Pero he aquí que hay una gran cosa que rueda, una cosa inmensa como el mundo, una buena cosa infinita como los planetas y astros que ocupan el universo; he aquí que hay una gran cosa que rueda y no cae, y que grita, casi con demencia, pasada la niñez olfateante, una vez llegada la juventud pálida: ¡Payaso azul! ¡payaso azul! Locura atacada y resplandor ignorado, grandeza de rey. Joven orgulloso de tu mísera plenitud, ¡Poeta!

Yo soy príncipe de las putas, y mis prendas son únicas: Sortija azul e higiene azul. Yo soy príncipe de las putas. Y mi alcahuatería oscurece en un burdel y pierde su olor lento. ¡Suciedad! ¡locura! Y esta podredumbre amarilla y líquida sobre mi lecho derrotada como agua o vómito de los muertos. Este cerebro. Esta demencia. Esta incontenible vehemencia sin países posibles que hacia la cargante tragedia y luciérnaga de enajenación levanta. Nace un paralítico sobre el mundo. Y sobre el mundo no hay caridad ni ayuda. ¿Paralítico de las cuevas rubias, quién el grito, quién la salvación, quién el disfraz para tu orbitante salida de los frascos negros, veneno del Médico Asesino? Oh, buenas gentes, marcianos torpes y espectros, esta es la catástrofe, mentiras y patrañas lo ocupan todo, ¡oh animales! Grandes animales somos, y que salimos de las panzas rosadas, de los ovarios claros y de las vulvas rubicundas y fuertes.

Ah! Yo tengo una alta mugre de cerdo.

 

GATOS NOCTURNOS

Era una voz de uranio, una ronca voz como de asfalto, como de rosas aplastadas por las bocas mugrientas. Y le advertí celestemente que un pobre muñeco antiguo se divertía en sus bigotes. Y el vaso azul, en la ceja lleno de cerveza, respondía a la ciudad ebria pordiosera del alto hermano bajo letrinas.

El poema entonces quería morir. La primavera nocturna lo llevaba hacia un viento de túnicas y muerte, pero sucede en nuestras ramas que corrimos huyendo de los lechos; volamos casi sobre esas hierbas de la noche, vociferaríamos quizá a muchos parques de Lima la caída de nuestros ciegos dulces gatos cimarrones.

 

CENICIENTA

Derrumbada caíste hacia la tierra,

derrumbada y sucia por mis brazos,

derrumbada caíste hacia el planeta,

caíste derrumbada.

Tú fuiste la sirvienta de mi casa.

Tenías un cuarto de terrazas y escaleras.

Y tus pechos derrumbados por mis ojos,

cayeron a mis ojos, derrumbados:

Una cascada desflorada: Ano y sangre, Cenicienta.

Mis colmillos de perro echando baba,

mis globos de rey marciano en su castillo,

mis pelos de lobo helado en brujos cráteres lunáticos,

derrumbaban,

calor de espuma, vapores,

derrumbaban,

sobre la ola de tu vientre blanco,

estallando en bocas de geranio,

derrumbado,

bordoneado de espumas negras y de vahos.

Tú fuiste la sirvienta de mi casa.

Poma, fámula, apio, ámbar, nalgas de ceniza.

Tenías un cuarto de escaleras y novelas deshojadas.

Y una cocina rosada olía a ajos y a madera.

Fue en la noche.

Y mi trompa de escalera alucinada

vibraba semen a los bufones y a la luna.

Derrumbada caíste, Cenicienta, y las novelas…

Y mi semen polen a tus vellos y a tu panza en rosas.

Derrumbada sirvienta de escaleras,

fuiste sexo entre planetas,

carne en flor abierta, arrabalera,

madre derrumbada.

 

POEMA ROJO EN LA CIUDAD

En faro y mar y viento inacabables.

Mujer de sal y paja y viento cálido

De poseer tu trompa alada en el instante.

Ah, sería alto una sed… de apache insomne!

 

Mujer de arroz y paja y musgo suave,

en coral de luna ortiva y nebulosa,

en crepúsculo azul y pálido,

mujer de anís y olor de alondra…

Ah, sería alto morder tu rosa esfera!

 

Sed de arrancar la hierba boca entre tus piernas,

de poseer tu cuerpo en yeso y en pecado.

Oh piel roja de arcos tibios y en campanas!

Ah, sería alto un cáliz golfo entre las rosas!

 

Mujer de hastío y paja y cal y escama.

Ebria y sed terrena de candidez y virgen.

Pescadora de remos blancos en un bote violento.

Ah, sería alto morder el mundo en tu mundo!.

 

OTOÑO

En un amplio parque blanco de Lima.

Yo mordía la boca de las rosas moribundas.

Mientras un flaco perro corredor, tronaba

Mi humedad, mi roja humedad, palidecida.

 

Era otoño, neblina…

Y las ramas parecían hierros vidriosos

sobre blancos malecones derruidos.

Y las hojas en otoño parecían

viejas flacas de papel antiguo.

Era un pálido ahogado

en turbias aguas verdes, desteñidas.

Era otoño como una biblia floja

en rosados cartones zozobrantes.

 

Era otoño en Lima.

Y yo, moría…

Ebrio caía entre las rosas caídas de semen, podridas.

Mientras un ciego hermoso corriendo

daba gritos cincelados, neblina.

Otoño, su limosna.

Y desnudo un hollín aullaba entre las sombras.

 

Era otoño a las seis de la mañana.

Llovía.

Y las rosas moribundas hacia el grito,

pudriéndose mataban.

Era otoño en el alba. Las seis, abril.

Era otoño en la muerte.

Era Lima aterrida de otoño bajo azules vómitos de nieve.

 

EL SISMO

Oh cerebro nervio, espectro y aterrante,

vomitas rojos rudos y azules luciferes!

Oh carne de temblor cerebral…!

Oh araña de sol en las paredes del polen!

Grita un niño enfermo, pávido,

la bruja ebria de lotos venenosos viene.

(Trotante noche embolia sobre un pulpo de hojas azules).

Una luz de horror en las sombras de estío.

Espectro bohemio en el cisne, es la nieve nocturna,

rosa pálida en la luz.

Oh cerebro, oh cerebro inextricable

oh círculo de ondas rojas y truenos en la noche!

Alegría! Oh alegría del ogro musgo en el cielo!

Tractores. Lenguas sangrientas en cauces parlantes.

Alaridos de los gnomos nemorosos, ringleteantes.

Oh nudo de cables, Ferrocarriles, ferrocarriles…!

Oh alambres rojos y violentos en la cárcel zurda de los

cerebros aterridos! Tranvía deshilachado en metales blancos,

Pálido, loco, oh loco! Moho perverso, enclenque, derrumbado.

Un lirio enrojecido en los ojos.

Oh fierros torcidos y fornicadores con una rosa negra y erecta

en el vientre fiero!

Grita un niño enfermo y las telas de calor, vibran.

El cerebro estallado con sus ojos violeta,

contempla –erizo y tromba aúrea- el cráter de la luna negra.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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