LIMEÑENSES 83

 

Lucho Barrios

O la metafísica de la cebolla

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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No sé, para que quiero amor
la esperanza sin ti
ya no tiene valor.
 Al fin, te podré olvidar
si la vida es así
para que más vivir.
 Marabú. Lucho Barrios

 

1.

Si la metafísica es el escozor más profundo del espíritu y la pura ciencia de los principios, entonces el bolero es el retorno sonoro de los quejidos más desgarradores del alma. Cual una cebolla que al ser trozada, digamos, tipo escabeche, emite un gas urticante que aparentemente se enfila a los ojos pero es más, se encarrila básicamente al hipotálamo, que como glándula hormonal del tamaño de un pallar remojado, regula a partir de la homeostasis el comportamiento sexual del sensato más estoico. De allí que Celio González cante “Quémame los ojos” como profilaxis contra los amores contrariados y sobre todo los ardores bajoventrales irreprimibles que, de atacar, ataca con malquerencia, sea uno púber, cano o decano.

Esto y lo otro me pasó con “Marabú” que cantaba Lucho Barrios y que resultó mi canción de cuna licenciosa. Allá, en los bares del barrio de Surquillo, las rockolas en 1957 lo tocaban a todo volumen y el sonido trepaba por mis pañales. Los galanes entonces retorcían sus bigotes y a las muchachas en flor, el bolero les inyectaba su dulce veneno. El tema más que la teta de mamá me marcaron como a un torete en mi niñez. La máquina emitía un salmo a la derrota babosa y yo imaginé, infante, a un cantante infame: “Adiós, ya me quedo sin ti. /Y así, para qué más vivir. /Sin ti, no podré más luchar. /Sin ti, para qué resistir. /No sé, para qué quiero amor. /La esperanza sin ti. /Ya no tiene valor. /Al fin, te podré olvidar. /Si la vida es así. /Para que más vivir.

Patafísica genuina o parodia de la unidad de los contrarios. ¿Cómo, para qué más vivir? Barrios no hacía honor a su nombre más que a su apellido. En él, la solución imaginada era la ley que regulaba la excepción. Agónico de melancolía –esa prostituta del recuerdo–, tiraba la toalla cual canalla. “Marabú” fue canto y se hizo bolero gracias a que Lucho Barrios lo escuchó cuando vivía en Guayaquil y a punto de escapar del ropero. Entonces lo volvió a oír en Lima y lo grabó luego con los arreglos de “Chalo” Reyes y “Cato” Caballero. El hecho es hito de la música multitudinaria urbana. El disco se hizo en los estudios del sello MAG un 3 de marzo de 1957. “Marubú” es así el primer bolero peruano masivo y popular. De su autor se sabe tanto como nada y del título también, que es la nomenclatura de un ave parecida a la cigüeña y que no tiene absolutamente nada que ver con la letra. Ya en el colmo del desconcierto, en todo el bolero no se la menciona para nada al ave. Entonces ¿Por qué Marabú? ¿Por eso es peruano? No creo.

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Lucho Barrios y el guitarrista Chalo Reyes.

2.

Con Lucho Barrios  miles de peruanos fueron sonoramente concebidos gracias a su ritmo cansino, cuasi asesino. El bolero de Barrios no es el de Ravel. Es música amotinada para el abotonamiento hormonal. Y la hormona no piensa, corta. Es así que practica el bolero de enamorados irreflexivos a punto del degüello. Traición más que fidelidad, odio más que ternura, rencor más olvido. Una receta sanguinolenta y a pesar de esto, Barrios, vamos, ha mejorado la especie y es mucho más popular que la poesía ad hoc, el melodrama latinoamericano del perdón secular y las novelas melindrosas de Paulo Coelho.

No conozco a otro exponente del género popular a quien le regalen un parque con monumento y en vida. Eso le pasó a Lucho Barrios. La Municipalidad del Callao lo hizo (Sector IV. Fraternidad Bocanegra). Y está bien. De ahí que haya decrecido la delincuencia en el puerto. Pero como dice Agustín Pérez Aldave, sobre el bolero peruano o llamado “cantinero” en su tratado “Ya que no puedo decírtelo al oído”: “Nuestro bolero cantinero es austero y chirriante. En él, la violencia cotidiana se traduce en un lenguaje directo que tiene menos de poesía y más de crónica roja, de un discurso repetitivo, como un disco rayado en el éxtasis del sufrimiento amoroso. El acento característico de lo cantinero peruano está, sobre todo, en la manera de cantar, en el tono quejumbroso y llorón que, según el cantante Johnny Farfán, viene de nuestro huayno”.

Discrepo de Farfán no de Pérez. Así, según A.P.A., el más grande bolerista que ha dado el Perú es, sin duda, Lucho Barrios, auténtico ídolo popular en todo el continente y cuya nacionalidad reclaman varios países. Barrios se inició como cantante de huaynos –su nombre artístico en 1959 era mariateguista: “El Amauta”– y luego pasó al vals y se afincó en la rockola. Lucho Barrios, pensaba yo, era solo esa voz que salía del aparato. Pero a veces la realidad es más dolorosa que la ficción musical. Enterado de que estaba en Lima, conseguí su teléfono. Lucho venía de actuar en el teatro Olimpia de París. Lacónico, aceptó que lo siguiera dos días con las cámaras del programa “Panorama” de Canal 5. Ahí en su casa en Maranga me recibió con una sonrisa falsa. Y salimos a grabarlo a cuanta radio lo había invitado y en la noche, a su presentación en el cine teatro Monumental de Breña en un mano a mano contra Pedrito Otiniano. Barrios no habló durante el viaje.

Al mediodía le propuse llevarlo a almorzar y entrevistarlo junto a una rockola allá en Surquillo. No dijo ni sí ni no. En el “Tobara”, los parroquianos lo ignoraron y fuimos a parar al “Rinconcito de Tiabaya”, una picantería arequipeña. La escena era así. Lucho tenía que pedir una cerveza, servirse un vaso, pararse a la rockola, colocar su moneda, marcar A-5 y escuchar su bolero “Marabú”. No fue fácil, el hombre era cantor, no actor. Dos horas después, al fin salió la cosa. Curioso, un hombre que les cantaba a las mujeres suspirantes, miraba la cámara y quedaba catatónico. En la noche, ya en el teatro, su guitarrista “Chalo” Reyes –hermano del gran Pedro Miguel Huamanchumo–, el que siempre lo acompañó junto a “Cato” Caballero, lo puso de buen humor. Entonces con el teatro abarrotado de románticos de siempre, Lucho Barrios fue el de siempre, el de los discos y muchos terminaron llorando.

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3.

El poeta Tito Hurtado, escribía que, el bolero era una excusa bailable para llorar desvelos de amor, y agregaba que aprender boleros es licenciarse en retórica, la ciencia más hermosa y menos visitada del lenguaje, a pesar de los lingüistas, digo yo. Cuando le pregunté a Lucho Barrios si lo que él cantaba era poesía, dijo que no. “Esa es una ciencia que no domino”, me calló. ¿Y qué significa Marabú? le terminé inquiriendo. Desconozco mayormente, me respondió. Yo no le dije que era el nombre de un ave carroñera tan desagradable como la cigüeña. No obstante, aquel bolero no necesitaba explicación y Barrios no tenía por qué dármela. Él cantaba lo que el amor no pedía como retórica o un oxímoron, que para eso están los semiotas. Finalmente, cuando uno escucha un bolero como “Señor abogado” pierde el juicio. Y si ya no puede con los celos, ni modo a cantar “Amor gitano”: “Toma este puñal/ Ábreme las venas/ Quiero desangrarme/ Hasta que me muera/ No quiero la vida/ Si he de verte ajena/Pues sin tu cariño/ No vale la pena.

Con Lucho Barrios ocurría algo distinto cuando al fin pude descubrir al cantante de mi infancia y mi pubertad, más ginecólogo que pediatra. Y no fue sencillo conocer a cabalidad al cantor “cebollerero” como le decían en Chile. Barrios era de poco hablar, cierto, todo lo decía cantando. Yo había conocido a otros cantantes románticos, Pepé Domínguez en “El Palmero” y a Iván Cruz en “El Marino” del Callao. Sus fojas no eran nada santas. La mayoría resultaban disolutos más que bohemios, con el aserrín pegado a la piel, con las vaginas aun empolvadas en las harinas de los amores contrahechos. Gente de otro ADN decía mi padre, quien se opuso tajantemente a que una de mis hermanas se case un lírico de la esquina del barrio que cantaba boleros en esos días en Radio San Cristóbal. Al final se casaron y el viejo desde esa vez odio al género, al degenerado, al bolero y sobre todo, a los boleristas.

Lucho Barrios era todo lo opuesto a lo que se decía del ecuatoriano Julio Jaramillo quien tuvo 38 hijos o de Daniel Santos quien tuvo otros tantos con otras tantas mujeres. Aquella vez cuando Barrios me recibió deportivo en su casa del barrio de San Miguel en bata y chancletas, me di cuenta que era único. Barrios lucía como un tipo rechoncho y cabezón que no daba la talla para ser un sex simbol barrial. Lucho Barrios vivía con su familia de reglamento, esposa y tres hijos. En su calle del barrio de Maranga en Lima, pocos vecinos lo reconocían y él era como era: Un hombre sencillo y con un carro Datsun que alguna vez fue atractivo pero que sonaba como una licuadora Oster a punto de malograrse. Barrios era más monosilábico que parco en extremo.

Lucho Barrios fue único y creó un estilo. Para muchos es el más grande bolerista que ha dado el Perú aunque en Chile desde la década de los 60 lo bautizaron como: “Cantante chileno nacido en el Perú. Lo cierto es que desde esa vez se convirtió en un auténtico ídolo popular en todo el continente. Pocos sabían que Lucho Barrios –él no lo quiso contar– se inició como cantante folclórico y luego pasó al vals de estilo norteño para debutar con los boleros de ese éxito extraordinario que significo “Marabú” y que llevaba en el reverso otro tema antológico “Me engañas mujer” convertidos desde su salida en dos clásicos del género. Cuando lo entrevisté, Lucho Barrios ya era un artista consagrado y aceptó que era cierto que había actuado una noche en el teatro Olympia de París nada menos que junto a Frank Sinatra.

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Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trecientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

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Rescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

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Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese ue también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anabelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

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(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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