LIMEÑENSES 79

 

GALERÍAS BOZA

Al cielo en escalera eléctrica

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

ESACALERA

1.

Mi primer disco fue The Beatles Please Please Me grabado el 22 de marzo de 1963 en los estudios de EMI en Londres. Lo compré un sábado del verano limeño de 1965 en la tienda Disco Centro de las Galerías Boza. Esa vez había cobrado mi primer jornal en la librería Minerva donde comencé a trabajar de chulillo. Mientras regresaba en el tranvía a mi casa en Surquillo, acariciaba el paquete. Miento, acariciaba la música del paquete y fui feliz mientras las chacras de Lince y San Isidro transcurrían por las ventanas de la Línea 2 que llegaba hasta Chorrillos. Y anochecía y por un momento fui feliz.

Lima en ese entonces era una provocación. A la elegante costumbre de ir a ‘jironear’ al Centro, la atracción de los cines Metro o San Martín habían dado paso a la visita de los cafés del Jirón de la Unión y luego a la seducción que provocaban las Galerías Boza, aquel pasaje iluminado que alojaba ahora a tiendas tan distinguidas como la Joyería Banchero, la Casa Hayworth, la Casa Lyon, los Ternos Mister, la Librería la Familia, el Café Dominó, Disco Centro y sobre todo, a las escaleras eléctricas. Supongo que embarcarse en esa escalinata era como estar en el corazón de Disney World. Así, bien agarrado de los pasamanos, subí y como un reverendo cojudo, creí ascender hasta el mismo cielo a mis 12 años.

Las escaleras de marras habían llegado tarde a Lima. Inventadas a finales del siglo XIX, recién medio siglo después fueron inauguradas en las Galerías Boza que se había convertido para 1960 en el primer mall de la capital. Entonces, en el Café Dominó –breve y cálido—los mayores ubicaban sus mesas muy temprano en la mañana para desde ahí observar las escaleras mientras todas las músicas llegaban desde la disquería y pausadamente y a cuentagotas, saboreaban el café americano o acaso ese brindis que estaba de moda también para disimular las resacas, el cortao. Y luego la charla, el chisme a sotto voce, el murmullo corrosivo, la comidilla embustera.

La apertura de las Galerías Boza ampliaba la cartografía de bares y cafés en Lima. Comparada con otras capitales de la región, la oferta limeña de restaurantes y sus derivados era poco frondosa. Apenas en el Jirón de la Unión, sus adyacentes y la Plaza San Martín y sus bocacalles, y no habían más. En los cincuenta, los sectores medios se ensanchan y existía un nuevo ciudadano que caminaba la capital. Entonces surgieron a raudales tabernas y cantinas. A los bares de los hoteles Bolívar o Maury, se sumaban establecimientos en La Colmena y la Av. Tacna que recibía a esa cuadrilla de intelectuales, bohemios, periodistas y la aún escasa comunidad universitaria. Así la oferta era variada. Se expandió entonces la cocina criolla y la coctelería se hizo profusa. La identidad de los cocteles era masiva. Todos pedían un Capitán o un Chilcano. La borrachera así fue pública aunque no se admitiese señoritas solas. Los beodos tomaron las calles y las noches se hicieron festivas e interminables.

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2.

Disco Centro fue la primera cadena de tiendas de discos que hubo en Lima. Héctor Rocca, su propietario, trajo desde Buenos Aires un diseño que no conocíamos. En el local principal que se ubicaba en el vórtice de las Galerías Boza y equidistante al Jr. Carabaya y al Jr. De la Unión, el establecimiento lucía ocho cabinas donde uno podía escuchar con audífonos o no y a su antojo, los discos que lo obnubilaban por los ojos y orejas. Rocca contaba con un plan marketero que provocaba. Por la compra de diez long play te llevaba uno de regalo. Igual ocurrió luego con los cassettes. Rocca era esposo de la actriz Linda Guzmán y los dos era de los primeros personajes mediáticos en el Perú porque aparecían en la televisión como en la radio. Disco Centro luego se convertiría en una cadena de tiendas en Miraflores y el Callao.

En los sesentas, el mundo de los discos no era masivo pero sí popular. Pocos hogares en Lima podían jactarse de tener un tocadiscos. Eran muy caros y los discos de 78 rpm. mucho más. En esos años, en los barrios mesocráticos limeños existió una tendencia para evitar la radio: las casas de discos. Eran establecimientos que alquilaban tocadiscos pick-ups. Se acostumbraba entonces para fiestas, cumpleaños, cortapelos o jalapatos, alquilar por 24 horas esas cajas –tornamesa, parlante y brazo para las agujas—con un paquetes de agujas más los discos de 78 rpm. Cierto, había que tener mucho cuidado con los acetatos. Eran de material frágil, se caían y se rompían. Por esos años también aparece las tiendas de artefactos eléctricos Musitrón. Ellos abaratan las radiolas –el componente de radio, amplificador, tornamesa multiformato y brazo dinámico y aguja– y así el negocio de los discos se hizo próspero.

Entonces las tiendas de Héctor Rocca se multiplicaron. Lima creía ahora con sus urbanizaciones y casa nueva obligaba a tener radiola y colección de discos. En los sesentas, también se consolidó la industria de las grabaciones y Lima fue líder en la región con sellos como Sono Radio, El Virrey, Mag entre otros que grabaron long plays y discos de 45 rpm. a una pléyade artistas que ya habían triunfado en la radio y luego en la televisión. El género criollo fue el más favorecido y eso posibilitó el surgimiento de orquestas, conjuntos y tríos amén de toda laya de cantantes. Ya a finales de los cincuenta, solamente en la capital existía medio centenar de cantantes mujeres, todos de buen registro y con arraigo de multitudes. Lima no era una fiesta pero cómo se parecía.

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3.

Hace diez años, mientras realizábamos con la cineasta peruano-holandesa Heddy Honigmann la investigación para su película “El olvido”, convertimos a las Galerías Boza en nuestro cuartel general de trabajo. Honingman había llegado de Europa con la idea que si alguien sabía de la historia de Lima, remota y reciente, eran los mozos producto de la proliferación de cafés y restaurantes. Seguro que su visión era posible en los sesentas pero ya estábamos en un nuevo siglo y Lima era definitivamente otra ciudad. Aquello fue un deslumbramiento porque los mozos del Maury, el Bolívar, el Cordano o el Queirolo, por nombrar los antros más conocidos, de todo sabían pero menos de historia. Los nuevos mozos eran en su mayoría provincianos que apenas conocían el nombre de las calles y de personajes y relatos de Lima, pues ni hostias.

Uno de los sobrevivientes era don Agustín Utrilla Rincón, mozo del Café Dominó que ya se había trasladado de las Galerías Boza a los portales de la Plaza San Martín. Utrilla que fue sargento del Ejército había trabajado antes en otro mítico local, el Café Viena del jirón Ocoña hasta que el propietario, el alemán Bruno Karl, lo llevó al Domino. De aquellos años recordaba a sus clientes más conocidos, entre otros, Pedro Beltrán, Luis Alberto Sánchez y de una pareja que no pasaba inadvertida, Sérvulo Gutiérrez y Doris Gibson. El Dominó era el punto de encuentro, el centro de las miradas. Cuando no tenía material para sus “Antipastos gagá”, Guido Monteverde se sentaba en el Café Dominó y ahí se enteraba de todo lo que pasaba en Lima.

Otros de los personajes que luego aparecería en el film de Heddy Honigmann fue el librero Aníbal Cotrina Celis que hasta hoy mantiene su librería con temas esotéricos. Él llegó a las Galerías Boza como empleado de la librería La Familia. Luego se ubicaría en el stand debajo de la escalera eléctrica que da al Jirón de la Unión. Desde ahí ha visto pasar miles de personajes y discurrir cientos de historias. Su fijación es el recuerdo de las peluquerías. La llamada Uomo, Peinados y Pelucas Ángel y Rosa Silva. Cierto, advierte que no cualquiera llegaba a estos salones de belleza. Para Cotrina, solo gente distinguida. Esa que hoy jamás regresaría al Centro de Lima.

Luego de un tiempo he regresado a esta tripa de nostalgia que es las Galerías Boza. Está nuevamente festiva y bullanguera. Es verdad, un nuevo componente social la habita, con las nuevas tendencias, con el sello provinciano que hacen hoy de Lima la ciudad más chola del Perú. Ahí las joyerías han dado paso a las tiendas de compra y venta de oro, los bazares a las cabinas de Internet, las cafés a los restaurantes con menú selvático. Las escaleras eléctricas ya no funcionan pero ahí está, al menos una, como una subida con peldaños que nos llevan apenas a la melancolía.

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CODA.

Lima hoy es megalópolis mudable y versátil. Asiste a su tradición criolla, a su orilla provincial, a su vacuna voluble de lo foráneo, el apego al canon templado del murmullo. Las Galerías Boza están ahí, sin embargo, con su expediente de nostalgias. Qué hubiese dicho Ricardo Palma o Adán Felipe Mejía “El Corregidor” si nos vieran. Nada, que así como el burdel, el valse criollísimo, la elegancia de los cincuenta y la picante oralidad limeña, no existe más.

Las fotos son de: Vladimir Velásquez
http://limalaunica.blogspot.pe/2012/10/el-palais-concert.html
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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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