LIMEÑENSES 54

 

César Miró

Bajo el árbol solitario del silencio

Una crónica de Eloy Jáuregui

 

César Miró fue un gran periodista, escritor y poeta y algunos hoy solo lo quieren recordar como el autor de “Todos vuelve”. Su amplia obra reúne títulos que analizan a la cultura peruana en su totalidad. Volvamos a leerlo más bien. 

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César Miró (Foto: El Comercio)

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César Miró está mirando el mar del Callao y junto al historiador Jorge Basadre hablan de esa deuda en sus existencias, el compromiso con el Perú. La brisa marina no obstante los aleja de aquellas playas. Y no están a bordo de un barco ni veranean en algún balneario de Lima. Están presos en la isla San Lorenzo frente a la capital peruana. Es mayo de 1927 y el presidente Augusto B. Leguía los ha acusado de urdir un complot en su contra. Era duro aquella vez demostrar lo contrario en un país anémico de democracia. Miró pasaría confinado y sin visitas  en la fecha de su cumpleaños y luego de unos meses sería deportado junto a Basadre a Montevideo. Miró era joven y contaría después que todo aquello era una patraña y que valió la pena esa experiencia para conocer  a su país con la dolorosa perspectiva de las distancias.

Y una tarde en su casa de San Borja, mientras el frío castigaba a todos y a nosotros no, César Miró al final de una larga entrevista que le hice para Panorama de Canal 5 instalados en su sala, de pronto se dirigió a su estudio. César Miró que tenía 89 años regresó de su biblioteca trayéndome un regalo que hasta hoy guardo con la mayor de mis ternuras y cariños, su libro Los oficios de Don Ricardo –una de las mejores biografías de Ricardo Palma– impreso dos años antes por Ediciones Cuper. El obsequio ya estaba preparado porque apenas abrí el texto había una dedicatoria: “Para Eloy Jáuregui, cordialmente,  César Miró, San Borja 1996.” La letra, ahora que la observo, tiene del temblor gélido de aquella vez pero cada vez que la leo solo encuentro un calor de un hombre sabio a quien conocí de su trajín periodístico y de quien admire su afecto e ilustración.

Miró fue el último limeño criado para que mantuviese aquel estigma del “mazamorrero y pura cepa”. César Alfredo Miró Quesada Bahamonde había nacido en Lima el 7 de junio de 1907 en el distrito de Miraflores. Sus padres, Alfredo Miró Quesada Carassa y Rosa Mercedes Bahamonde Polo, pertenecía a la dinastía Miró Quesada tan caro al destino del diario El Comercio. Él me contaba que cuando vivió en Estados Unidos lo llamaban “Míster Quesada” por lo que decidió firmar solo como César Miró y así figura en libros y discos.

Después de cursar estudió en los colegios San Agustín y La Inmaculada, a los 15 años se acerca a José Carlos Mariátegui quien le edita sus primeros poemas en la revista “Amauta”. Entonces Miró contaba que era complicado en aquel tiempo ser cercano de Mariátegui y aunque conversaban de los problemas universales y del futuro del mundo él prefería tratar más bien temas sobre arte y literatura. Pero era inevitable, Miró que era un humanista estaba forjando una visión socialista que nunca negó.

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César Miró fue hombre de esquina en esa Lima de los años veinte del siglo pasado. Contaba que el Centro era aldea de chismes y maledicencias. En uno de los cafés del Jirón de la Unión, de pronto un tipo lo saludaba sacándose el sombrero. Luego descubriría que era Luis Alberto Sánchez que de nada le hacía reverencias. “Es que se había enterado que yo era Miro Quesada y eso era bueno para sus avideces”. Pero además, fue desde muchacho, travieso y palomilla. Así decidió abreviar su apellido. Su familia era de derecha, él de izquierda. En muchos textos se declara por el socialismo. Cierto, era gran amigo de José Carlos Mariátegui y cuando apenas cumplió los veinte años ya era animador de las tertulias en casa del “Amauta”. Aquello también lo hizo acreedor de un lujo de ese entonces. Formar parte de los archivos policiales, ganarse una temporada en prisión y ser permanentemente invitado al destierro.

Precisamente, el gran periodista Domingo Tamariz recuerda una fecha importante esa vez cuando se conmemoraba los cien años del nacimiento de José Carlos Mariátegui y Miró era uno de sus pocos amigos (entonces cinco) que aún vivían: “Recuerdo que esa vez lo fui a visitar para que me hiciera algunos recuerdos del “Amauta”. Lo fui entonces a ver a su oficina de la APDAYC, de la cual era presidente. Vestía entonces informalmente, en mangas de camisa, a tono con el verano de ese año (1994). Y en su serena longevidad, que llevaba tan dignamente a los 88 años de edad, no hice más que escucharlo, porque de sus labios brotaban recuerdos, anécdotas, en un lenguaje tan fascinante, que hubiera sido tonto interrumpirlo”.

Cito un recorte del diario La Crónica del miércoles 8 de junio de 1927: “Se ha descubierto un complot comunista. Prisión para el Sr. José Carlos Mariátegui sindicado de ser uno de los más activos dirigentes del comunismo en Lima y otros”. Dos años luego el mismo diario publica en la página 5: “Una gran redada policial se desarrolló el lunes 11 de noviembre de 1929, con la detención de José Carlos Mariátegui y un grupo de intelectuales cercanos a la revista Amauta. El gobierno Leguiísta, a través de su ministro de Gobierno, Benjamín Huamán de los Heros, lanzó la acusación del “Complot comunista” con la intención de desactivar al naciente Partido Socialista, tal como denuncia el mismo José Carlos Mariátegui en una carta dirigida a César A. Miró Quesada” Bueno pues, César A. Miró Quesada no es otro que César Miró.

Miró fue Presidente Vitalicio de la APDAYC, de la Sociedad Bolivariana, embajador del Perú en la Unesco y miembro permanente de la Academia Peruana de la Lengua. Aquella vez de mi entrevista le pregunté para qué sirven los académicos. Don César se puso incómodo: “Vea usted Jáuregui, si se refiere a por qué pertenezco a la Academia Peruana de la Lengua y es porque en el Perú sobra la anemia y la anomia. La anomia es la desobediencia a las normas. Por eso todo el mundo habla y escribe como quiere. Para mí es un privilegio y honor pertenecer a esta entidad porque recibo el respaldo y la aprobación de la institución cultural más importante del idioma castellano ¿estamos?”. Sí pero para que sirven los académicos, insistí. Entonces se sonrío: “Vea Jáuregui, nosotros hacemos el diccionario. ¿Le parece poco? En síntesis la academia solo  limpia, fija y da esplendor al idioma. Eso es todo”.

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Cierto, como Ricardo Palma fue un hombre polifacético. Escritor profuso, doctor en periodismo, profesor universitario, poeta y compositor. En aquella Lima de los años veinte conoció a escritores, artistas y políticos de una de la más brillante generación de intelectuales peruanos. Siempre recordaba a su amigo en Francia, a César Vallejo con quien se hizo de una amistad férrea en bares y cafés limeños y a quien encontró en 1929 en París donde gozaron intensamente de las virtudes francesas. Miró fue precisamente quien desmitificó aquella imagen del poeta Vallejo, triste, solo y opacado. Al contrario –lo recordaba siempre con esa sonrisa pícara—, Vallejo fue aquel hombre vital que gozó vehementemente de los delicias de la vida y hasta que se enfermó. De otra manera, no hubiese escrito la poesía poderosa y única que hoy nos sigue asombrando.

Cuando vivió en 1937 en Hollywood trabajó en la industria cinematográfica (escenógrafo y actor) y editó su libro “Hollywood, ciudad imaginaria”, un breve  tratado del cine como arte y como negocio en los Estados Unidos. Luego le encargaron componer una canción para la película “Gitanos en Hollywood” sobre el destino de los inmigrantes. Miró crea entonces su tema que él jamás sospechó lo iba a instalar en la esfera de los seres inmortales: “Todos vuelven”. Contaba Miró que ni siquiera era un vals y menos que estaba destinado a ser clasificado en el baúl de la música criolla –hay un grupo de “criollos” que siguen con la monserga y tesis trasnochada sobre el tema–. Y afirmaba que aquel trabajo en su casa de Los Ángeles en 1939 apenas le tomó un par de días y que con su guitarra fue autor de la letra y la música. Eso –explicaba—, detestaba la versión posterior de Rubén Blades.

César Miró merece un reconocimiento que esté a la talla de su aporte a la cultura peruana y que no solo se le recuerde como un melancólico compositor criollo. Su medio centenar de libros multidisciplinarios, su sensibilidad social, su gran periodismo –llegó a ser editor de Variedades—y su amor por el Perú nos ocasionará siempre una deuda. Cesar Miró falleció en Lima a los 92 años el 8 de noviembre de 1999. Nos paramos ante su ejemplo.

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Todos Vuelven
Todos vuelven a la tierra en que nacieron,
al embrujo incomparable de su sol,
todos vuelven al rincón donde vivieron,
donde acaso floreció más de un amor.
Bajo el árbol solitario del silencio,
cuántas veces nos ponemos a soñar,
todos vuelven por la ruta del recuerdo,
pero el tiempo del amor no vuelve más.
El aire que trae en sus manos
la flor del pasado, su aroma de ayer,
nos dice muy quedo al oído
su canto aprendido del atardecer.
Nos dice su voz misteriosa,
de nardo y de rosa, de luna y de miel,
que es santo el amor de la tierra,
que es triste la ausencia que deja el ayer
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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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