BARRA CHALACA 4

Cebiche con son

CHUPIN DE TRAMBOYO CON CHAQUETA

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

Chaqueta 1

1.

Si el bolero es la cópula de la salsa, el Chupín de Tramboyo es el apareamiento del cebicherismo peruano. De eso hablábamos con José Chaqueta Piaggio cuando nos llegó ese portaviones del sabor más intenso que posee un potaje con los frutos de mar, sí, en ese point medio caleta que es el  “Francesco” del jirón Cañete a la espalda de la c. 13 de la Av. Sáenz Peña en Santa Marina Callao. Chupín de Tramboyo, plato abigarrado de fósforo y fierro tierno, de embocaduras fogosas, de resabios ardientes. Chupe coqueto abrigando filtrado de las carnes blancas de ese pescado que habita en las peñas y que contiene proteínas, nutrientes, calcio, hierro y vitaminas A, B12, C, D y E y tiene cero colesterol.

El tramboyo es pescado de conocedores. El original es trambollo pero hoy la grafía tramboyo con i griega o “ye” es de uso popular , como se debe. Se lo come con toda la serenidad del mundo como quien desviste a una dama, con parsimonia, con templanza y harta ponderación. Se lo devora como La Lupe devoraba en La Habana los boleros de los quintos infiernos. Debe uno murmullar a la oreja de la morigeración, un bolero sicalíptico, como cuando tramboyos y pejesapos eran devorados por mis fauses y las de César Hildebrandt en lo de El Atlántico de Akemi y la familia Miyagui de la Av. Nicolás Arriola en La Victoria.  Cierto, es ritual japonés peruano, pero es. “Chereke”, un viejo ‘ponja’ me enseñó a disfrutar del tramboyo en Pasamayito, (por ahora ‘Eisha’) al sur de Lima, donde los pescaba trepado a los rocas.

Y a esa cocina nikkei que hoy es profusa ya en estos pagos, desde que en la década del 60 se expone con verdaderos maestros de la comida peruano-japonesa en Lima. Ahí aparece Juan Kutotomi, ese de los cebiches de pejerrey, conchas de abanico y lapas en su local de Balconcillo. No puedo dejar de mencionar a La Perla de Alejandro Maruyama en Surquillo (mi segunda casa) o las familias Matsumoto, y los Kague de Ah Gusto en el Callao. Así resulta también, bastión de esta olla El Encuentro de Otani y Lobo de Mar, de Takashi y Octavio Otani y Oh Calamares de Balconcillo y hasta la  llegada de Humberto Sato y su Costanera 700, el Doyo mayor del jamar ‘ponja’ (japonés al vesre).

Chupin de tramboyo

2.

Estabamos en lo del tramboyo y el bolero. Y los boleros  cantado por salseros tiene una respiración especial. Héctor Lavoe cuando interpreta “Emborráchame de amor», el bolero de nuestro compatriota Mario Cavagnaro, es un príncipe vestido del terciopelo del deseo y la liviandad. Oír a Cheo Feliciano cantando «Oh Vida» es una metáfora a un amor supranatural y las licencias del placer. Alguna vez el filósofo Nietzche afirmó que: «sin la música el mundo sería un error», Los que son devotos de La Lupe dirían que «sin los boleros de esta mujer, el mundo sería un horror». Si uno escucha «Que te pedí» dirá que La Lupe es la más importante revolución cubana y no le faltará razón.

Ella cantaba boleros, los dramáticos, un género en el que la popular «La Yiyiyi» fue única, amén que en su intensa carrera le metió mano a otros ritmos. Desde la guaracha, el mambo, el merengue, la plena, la bomba, la ranchera, el guaguancó y el tamborito, además de sus rasguños al soul, el boogaloo, y el rock´n roll y ese híbrido llamado go-go. Pero quién es La Lupe (que aunque está en la otra vida, aún vive con nosotros). Bien. Guadalupe Victoria Yoli Raimond nació en San Pedrito (Oriente de Cuba) el 23 de diciembre de 1939, y ya a los veinte años estaba en La Habana armando  –antes que Fidel Castro– su propia revolución en los cabarets, en la vida nocturna y en la forma de interpretar las canciones.

Entre 1958 y 1962, cabarets como El Rocco, La Red y el Le Mans fueron epicentro de la revolución musical de La Lupe. Una revolución basada en el frenesí, la sensualidad, el descaro y el sentimiento a la hora de cantar, una voz poderosa y arrolladora ante la que nadie quedaba indiferente. Tuvo, por supuesto, detractores, pero su arte fue avalado no sólo por sí misma, sino también por los públicos más diversos y grandes figuras de la cultura universal como Picasso, Hemingway y Sartre la veneraron. En 1962 abandonó Cuba. Viajó a México y Miami para, finalmente, recalar en Nueva York. En la Gran Manzana encontró su elemento, se estaba cocinando la salsa, el boogaloo y, además, se encontraban los músicos latinos más destacados de la escena del momento.

El primero en fichar a La Lupe y lanzarla fue Mongo Santamaría, a continuación cantó con la banda de Tito Puente y, en menos de un lustro, grabó cerca de diez discos con los mejores productores de la cosa latina: Joe Cain, Pancho Cristal, Papo Lucca y Louie Ramírez, entre otros. Pero con el éxito le llegó también la desgracia. Su tormentosa vida, llena de excesos, religiones «prohibidas» e incomprensiones la llevaron a una decadencia sin fondo. No obstante, a diez años después de su muerte, La Lupe brilla con luz propia e intensa en el firmamento de la música latina. Su gran aceptación actual se debe a sus boleros desgarrado y descarados, pero ya lo dijimos, La Lupe también le metió mano a la sandunga y en este disco de «Salseros cantan boleros» se nota su garra, su voz casi vaginal, su gruesa entraña. La Lupe nos dejó el 28 de febrero de 1992 pero cada vez nos sigue sorprendiendo con esa fibra inmortal.

Y yo digo a propósito, que la peruana Tania Libertad como Bárbara Romero (óiganla interpretar «Envidia», aquel maravilloso bolero que cantaba Vicentico Valdés) cantan como las Diosas del Olimpo (jamás Cárdenas ni mucho menos Alci Acosta, acepto un Lucho Barrios), bronceada por el cobre de los sueños. Tania, le pega a «Me recordarás», tremendo bolerazo del maestro Frank Domínguez. Y el ángel que desnuda esa voz de mujer amada, toma el cuerpo del talle y la inflama. Uno oye un relámpago bellísimo anclado a sus alas. Es apenas un himno estruendoso aquel que desnuda el cuerpo. Y Tania lanza el venablo al vacío más sensual. Del silencio brota su espesura y su frase descorre el tul del mismo cielo. «Después de tanto, soportar la pena de sentir tu olvido…» Y Tania que sabe mirar para adentro, habla de que aprendió de la Guillot, de Celia, de Celeste Mendoza y cómo no, de La Lupe. Y me dice al oído: «Más allá de tus labios/ del sol y las estrellas/ contigo a la distancia/ amada mía estoy».

Chaqueta

3.

Carlos Monsiváis, aquel notable estudioso y ensayista del México posapocalíptico, escribió en la presentación de un disco de boleros de Tania: «El culto a la persistencia: el bolero, sigue aquí, porque representa la sensibilidad hereditaria, ya no omnímoda pero (de algún modo) siempre reinante. Pongo un ejemplo. «Amor perdido», en la voz de María Luisa Landín, fue alguna vez el himno del arrabal latinoamericano. Cuarenta años después, Tania la reinterpreta, ya no como la épica del desdén rencoroso, sino como un tributo a quienes, por haber creído con tal fe en ese mundo afectivo, los volvieron tradición y creación popular. Lo poético ya no radica en el vuelo sorpresivo del modernismo sino en líneas tomadas de lo cotidiano que se salvan de la cursilería y se incorporan a la ideología del sentimiento intimo». Algo así como escuchar a la gran Graciela Grillo cantar a los gritos «Ayer lo vi llorar».

Y siempre uno se pregunta ¿para qué se canta boleros? Los soneros dirán, como dijo el viejo Ibrahim Ferrer, que cantar para bailar no es suficiente, que hay que cantar también para enamorarse, no con el cuerpo –digo yo—sino con el alma. Eso es «Soneros cantan boleros» o como diría Hijuelos, los salseros también cantan canciones de amor. Así, un efecto especial tenía para mí descubrir los viejos vinilos, esos LPs de Cheo u Lavoe donde existía una selección do 10 salsas rotundas y casi siempre dos boleros. Entonces yo dije que hay música para bailar y otra para meterse a la cama. Y los salseros conocen de aquel ritmo horizontal

El musicólogo Joaquín Ordoqui explica que durante la década del 40 se define en Cuba una forma de interpretar el bolero protagonizado, sobre todo, por el Conjunto Casino. A diferencia de estilos anteriores, el acompañamiento estaba a cargo de un conjunto, agrupación formada por piano, contrabajo, bongó, tumbadora, a veces guitarra, entre dos y cuatro trompetas y tres cantantes, algunos de los cuales pueden interpretar también maracas y claves. Otra diferencia importante con el bolero tradicional de los trovadores es que los cantantes no actúan como trío (con voces prima, segunda y tercera), sino que casi siempre dividen sus funciones entre un solista y un coro, encargado de los estribillos. Esta forma de cantar se impondría hasta el punto que, posteriormente, muchas agrupaciones prescindirían de dos cantantes, encargando el coro a percusionistas u otros instrumentistas.

Cebiche Octavio Otani

Octavio Otani y tremendo lenguado.

4.

Ya se ha afirmado que la riqueza de la música afrolatinocaribeñoamericana es que no se trataba de registros rígidos y que uno de sus secretos de la enorme vitalidad ha sido su capacidad de romper, de forma casi ininterrumpida, sus propios cánones. Pero lo cierto es que a partir de esa década se estandariza una forma de interpretación que, por cierto, convive con otra, el ‘filin’, con una mayor capacidad para abrir nuevos caminos. En Cuba, por ejemplo, varias generaciones de grandes intérpretes hacen suya esta forma de interpretación basada en la combinación de un conjunto y un cantante, desde los veteranos Panchito Riset y Orlando Vallejo, hasta los «jóvenes» Rolando Laserie, Lino Borges y Orlando Contreras, quienes eclosionan entre finales de los 50 y principios de los 60. De ellos, sólo Laserie (indiscutiblemente el más original) ocupó el lugar que le correspondía en el imaginario popular cubano. Lino Borges, el único que permaneció en Cuba, se fue apagando junto a la decadencia que sufrió el género en la Isla, mientras que Orlando Contreras -quien paradójicamente tuvo su hora de gloria durante los dos o tres primeros años de la revolución castrista, cuando sustituyó a las grandes figuras que habían partido al exilio- desde que salió de Cuba jamás volvió a alcanzar la plenitud del estrellato y tuvo que sufrir una permanente comparación con otras figuras, como Laserie, Vallejo o Riset, con quienes podía compartir sensibilidades, pero cuyas voces era completamente diferentes.

Contreras nos ha dejado algunas joyas, como el disco conocido como Los jefes, donde combina maravillosamente su voz con la del también enorme Daniel Santos, en una magnífica selección de clásicos de ese género que, espero, nunca nos dejará del todo: el bolero, claro. Orlando Contreras pasó sus últimos años en Medellín, Colombia, donde era muy querido. A su muerte, ocurrida en 1994, la prensa del país le dedicó varios artículos encomiásticos. Como muchos otros cantantes cubanos que escogieron el camino de la emigración y el exilio, Contreras encontró en otro país caribeño un público que supo reconocer su trabajo y, hasta cierto punto, una segunda patria, aunque yo sé, que en Santo Cristo de los Barrios Altos lo idolatraban…

Bolero 2

5.

Y el bolero es danza antes que nada pero es himno después de todo. Cuando se baila uno –y una– siente toda la fuerza de la carne. (No conozco bolerista vegetariano). Cuando se oye uno escucha el grito mismo de la carne, pero esta vez ensangrentada. El bolero así, es latino en América y griego en Latinoamérica y su memoria, en el colectivo carnívoro, se engendra con la sensualidad que trepa –¡Y cómo trepa!–por las piernas hasta hacerse mortal si toca el corazón. De esta manera es poesía pura porque su escritura tiene de la economía de las palabras –a capela– en beneficio de los portentos del amor y las desdichas del desamor que es todo lo contrario pero al revés.

El bolero como danza, practica el paralelismo –el amor no horizontal, el ardor vertical, la pasión intramuscular, que más cabe– que evoca a la geometría y al número de los pitagóricos. Recuerda al yin y al yang de los chinos –no de la China Cubana–. A la tierra y al agua. Al sol y la luna. Al águila y la serpiente. Ahora es de uso de la aldea global; en mis tiempos pertenecía a la jalea dorsal. Ídolo y fan, esclavo(a) y amo(a), Dios y creyente antes que oyente. Sátrapa y lacayo, todos al fin de cuentas de hinojos ante el altar del bolero que no es otro que la rockola ¡Ah las rockolas! Yo su acólito casi alcohólico. Y póngame el C-5, disco 45 r.p.m. casi genoma de vinilo: «Inolvidable», bolero punzocortante de Tito Rodríguez en el bar Acuario de la avenida Bolívar en los pagos de La Victoria. Y dos más, discos, quiero decir.

 

 ODA A LA PARIHUELA DEL RITMO

Parihuela 2

1.

Don Alejandro abría el Restaurante La Perla en la esquina de Dante con San Agustín en Surquillo a las 11 de la mañana y ponía en su tocadiscos a Los ídolos del pueblo, Los embajadores Criollos, que se arrancaban cantando “Víbora” –ese valse prostibulario con receta, moraleja y catecismo– para continuar con La Rosa del pantano, tema que me abría el apetito más picante que sicalíptico. La Perla era una chalana del condimento marino en medio de aquella tempestad de mi barrio popular; sí, popular pero inolvidable. La Perla –que fuese el primer restaurante nikkei de pescados y mariscos en Lima incluso antes que el emblemático La Buena muerte– me enseñó a saborear la Parihuela, plato cumbre de la cocina peruana de mar luego acompañada por los sones de la Sonora Matancera, esa de Daniel Santos y Bienvenido Granda.

Así que cuando en el Callao me hice documentado en los caldos espesos de los frutos de mar yo ya había cursado los tratados del comedero fiero de los potajes de estribor, esta vez oyendo salsa. He sostenido en otros textos que entre el comer y el oír existe una comunicación intensa que se produce por la exaltación del trance del sabor. Por algo el gran Ángel Canales no bautizó a su orquesta como “Sabor”. La música se saborea como la Parihuela se escucha, las dos funciones atendidas por nuestros patrocinadores del inmenso placer.

Pero como coincidíamos con el gran bolerista José “Chaqueta” Piaggio, mi hermano nacido en los pagos de La Punta, Callao, la Parihuela es el caldo máximo de la sustancia náutica. Médula y materia del compuesto marino en los consomés en su meollo. Rijoso de por sí, lujurioso por su componente fulminante y explosivo. Ataca parsimoniosamente al sistema nervioso, violenta el paquete bajo ventral, amotina los esfínteres y abre con dulzura el calambre pélvico con contracciones casi imperceptibles. Seda y relaja luego, finalmente, aternura el encono lujurioso del  hipotálamo. Ustedes me entienden.

Parihuela 77

2.

La Parihuela es soporte metafísico siempre. En el puerto del Callao dícese del soporte de maderas tejidas para la carga del tráfago estibador. En las cocinas chalacas, funciona igual, es más lecho que soporte de las carnes blancas de los pescados frescos, sábanas para los mariscos fieros, tálamo para los juegos sagrados del entrepiernado de los portentos marinos y terrestres. No es potaje de recetas, es impronta de los forros cocineriles avezados. Así, la Parihuela solo se ajusta a manos expertas con prontuario carnal y debe ser preparada con sapiencia de gestores hartos en el tráfago erótico. La Parihuela es a la cocina lo que el Bolero es a la música, un proceso de incursión amorosa de encarnizada lid profunda.

Cuando el maestro Ignacio Medina se apareció por lo de El Colorao en los pagos de Chucuito fue atendido por el propio Andrés Ángeles en el pequeño local que tiene lo esencial, es un restaurante de barrio o, en todo caso, uno de esos comedores diferentes que engordan el sabor de nuestras cocinas. Y dijo Medina: “Nunca había escuchado de El Colorao pero bastaron tres platos para mostrar un lugar diferente. El primero fue un muchame de atún. El chaufa de mariscos también marca diferencias. Y la confirmación llega cuando me enfrentó a una parihuela –merlín, calamar, langostino, concha, pulpo y lapa– descomunal. La base es un caldo sedoso, expresivo y bien construido –han licuado el tomate y la cebolla– y el remate llega con la precisión en los puntos de cocción de los compañeros de viaje.

Por su parte Gastón Acurio dice que La parihuela es un plato popularmente conocido en  las costas del Perú. Los antiguos costeros del Perú realizaban distintos guisos con pescado y marisco, desde cocer el pescado sobre fuego, asarlos sobre brasas o piedra, hervido, o macerado con chicha y alcohol. Y añade esta receta: Que se corta el pescado en medallones y sazónalo con sal y pimienta. Calienta un chorrito de aceite de oliva en una cazuela. Dóralo durante unos minutos el aderezo de cebolla, la pasta de ajo asado, la pasta de ají panca y el kion rallado. Agrega los medallones de pescado, el marisco, las yucas, la cebolla y el yuyo. Se vierte la chicha de mora y el caldo de pescados. Sazónelo todo con un poco de sal, pimienta y cilantro picado. A continuación déjelo cocer hasta que el pescado esté en su punto. Pasado un rato vierte el jugo de los dos limones. La parihuela se suele servir en una cacerolita de barro. Decore con rodajas de rocoto, hojas de cilantro y yuyo.

SOPA 3

3.

Ya lo dije, la mejor Parihuela no es la que uno se empujó para su recuerdo imperecedero sino la que uno va a probar hoy o mañana, como aquellas rumbas que uno vuelve a escuchar con la orquesta de Willie Rosario, que dicen los que saben, que si ese swing no lo pone a bailar, usted está muerto de la cintura para abajo. La Parihuela tiene el mimo efecto que Rosario que ya tiene medio siglo de consistencia, sabor y, sobre todo, disciplina. Sus discos en «vivo» -Alex Grijelmo me corregiría que no hay discos en «muerto»- son la verdad rotunda que haya frío o calor, haga sol o no salga la luna Rosario es un motor del deseo. Qué otra cosa es el baile. La danza donde los cuerpos se amalgaman e ingresan a la galvanización de la piel del erotismo, como esa negra azabachada, la negra en short y esas piernotas.

Negra la música mulata y los cueros tostados. Negra la caja negra sobre la vereda nívea y el sol inconmovible en el techo del universo. Aquí, en la avenida Guardia Chalaca, en el barrio de Bellavista, y el negro izando una cerveza de espuma blonda, un cigarrillo trepidante en su bemba bermeja y su flujo zarandeando sus glóbulos negros. Y «Cambia el paso, busca el ritmo, olvida ese rock and roll y ven a bailar latino». Y Bobby Capó o J.S. Bach de etiqueta negra -maestro de las fugas y corcheas- achocolatado por este hijo de Borinquen, ahora en la explanada del parque Yahuar Huaca en el epicentro del contoneo bullido y perpetuo.

Y la gente, previa Parihuela traficada y trepidante del decoroso jurel y los cangrejos y los choros, se arroja de cómo un clavadista disfrazado de ángel a la vía del licencioso traveseó. Es sábado en las orejas de mi burro hubiera dicho Vallejo y en las furias y tripas del carnaval chalaco -agua y fuego confundidos-. Es que aquí, en el puerto, la humanidad es ortodoxa y vitalizan sus genes con los ritmos del arrechamiento puro. Sed sensual y salaz, y hay mi amor, déjame que te chupetee el pescuezo.

 

AGUADITOS DE MADRUGADA

Mateo

1.

En Los Titos, el salsódromo de José Gálvez de La Perla, Callao, en los setentas conocí al tresista Oswaldo “Mita” Barreto. ¿Tresista? El Tres en una guitarra española que se asentó en la zona de Oriente de Cuba y que ya se tocaba en los carnavales de Santiago de Cuba desde 1892 cuando Nené Manfugás bajó desde los campos de Baracoa. El maestro  Fernando Ortiz sostiene que es un instrumento rústico de tres cuerdas dobles y una caja de madera llamado tres y que no es una invención cubana porque instrumentos muy similares ya existían en la España medieval. En ese tiempo se había puesto de moda el tema “No Coman Cuento” un  45rpm  grabado para MAG que había grabado el conjunto “Mita y su monte adentro” quinteto que formaron con Lalo Temoche, Joe Di Roma, Paco Zambrano, Carlos Enrique Chotti.

Eran los setenta en el puerto y  todos amábamos la salsa. Y en esos días  había llegado a Lima la orquesta colombiana de Fruko y sus Tesos que se presentaba en el local Los Durissimos de la Av. Washington del Centro de Lima. Ese 1975 con el general Juan Velasco en el poder, sirvió para expandir la ‘música dura’. Todos usábamos casetes y los vinilos importados eran joyas musicales. En ese tiempo también “Mita” conocía todos los intersticios de la rumba en el puerto. Él me condujo por los epicentros del ritmo, con música toda la noche, y despertares llenos de sed y apetitos. Terminada la rumba, siempre caíamos en lo de Mateo Rojas Huayta, sí, el del restaurante chalaco “Mateo”, que lo atendía apenas despuntaba el día en el local  del jirón Miller 386, al lado de la iglesia Matriz, en el Callao histórico.

El sitio a esa hora ya tenía listo el Aguadito de Mariscos. Una suerte de sopa densa, pastosa, apiñada, apretujada de crustáceos y moluscos. Es cierto, alguna vez he sostenido que la cumbre del soperío nacional es el Aguadito. De aves, de vacunos, de frutos del mar. De su construcción se dice que fue en las casas humildes, las más modestas, las más festivas. El Aguadito no tiene reglas, salvo el arroz, el culantro, la cerveza o el vino rascabuche. Los más apreciados son aquellos que se ejecutan de manera libre y que reivindicas las menudencias de pollo o gallina. Pero los más justos son los de pescados y mariscos. Es potaje de madrugada, para paliar la resaca. Es sopa quirúrgica para extirpar los humos de la jarana. Otros lo aprovechan como hormigón armado para las lides del amor y el desenfreno.

aguadito 2

2.

Mita Barreto tenía su quinteto pero acompañaba a otras orquestas en el tour sabroso como los locales del Titos. la Unión Bomba La Chalaca, El Club Tiro de Bellavista y el High School América. Limeños y chalacos,  desde los cincuenta habían bailado con orquestas como la Swing Makers Band, la banda de los hermanos Mori, la Orquesta de Las Américas de Carlos Pickling, la Orquesta Récord, la orquesta La Rosa Hermanos, la Orquesta de Laureano Martínez, las bandas de Lucho Macedo y la de su hermano Hugo y Los Mulatos del Caribe, organizaciones que competían sin cuartel con las de los argentinos Freddy Roland (que vino con Pérez Prado), Domingo Rullo y Enrique Lynch.

El sello Sono Radio que dirigía don Mario Cavagnaro (autor del bolero “Emborráchame de Amor” que cantó Héctor Lavoe), que a su vez tenía a su Sonora Sensación, contrató a una banda llamada La Perfecta del panameño Armando Boza y luego al cubano Charles Rodríguez. Otros sellos como El Virrey auspició a la Sonora de Ñico Estrada, discos MAG puso de moda a la Sonora Capri y a la Sonora Callao, todas estas, por supuesto con el formato cubano que imponía la Sonora Matancera.

Pero existieron otras orquestas, combos que les decían, que tocaban como las bandas puertorriqueñas; ese era el caso del chalaco  Papo Meléndez, el de Papo y su Combo Sabroso, ducho en el bogaloo y la plena. Mario Allison era otro extraño del ritmo. Pero sin duda, el conjunto Camaguey de don Reynaldo Menacho, con una mixtura de son y bomba, descubrió las venas abiertas del gozo peruano y hoy sigue en actividad con la conducción de sus hijo Adolfo, Reynaldo Jr. Y Edgar. Luego en los setenta, habría que añadir a la puja a las pequeñas bandas de Pedro Miguel y sus Maracaibos y al grupo Cumpay Quinto, amén de la banda de Félix Martínez «El Chévere».

Es decir, al nombrar las orquestas más importantes — las de las ligas mayores–, quiero decir que había otras más, que tenían su circuito cerrado –Los Hermanos Silva, por ejemplo—y otros conjuntos que tocaban en cuanto matrimonio o evento social lo requería. Para los limeños, las fiestas sólo valían la pena si había orquesta de por medio y las radiolas o el karaoke bien podían esperar su turno. Así, había una cultura de fiesta y una institución: la orquesta.

Papo Y su Combo  vocals Pachito Nalmy

La orquesta chalaca: Papo y su combo sabroso.

3.

En los setentas, cuando aparecieron los primeros discos del sello Alegre, de Tico y luego, de la Fania, obligó a que hasta en la radio haya espacios dedicados exclusivamente a la llamada «salsa dura». El primero, sin duda, aquel que dirigía el promotor Alberto Maraví, luego «El hit Parade Latino» que el mismo Bancayán en Radio Libertad, la emisora que año antes había impuesto a una orquestica cubana que había revolucionado el movimiento de las caderas nacionales y, que tuvo como conductores a Fernando Rubio, a Víctor Montero –autor de un notable libro «Ahí llega la Sonora» y a Javier Chávez, el espacio se llamaba: «Ritmo y Sabor con la Sonora Matancera».

 

Con Mita Barreto como con otros chalacos ilustres conocí toda una dinastía de músicos que habían nacido en el Callao, con su mar, su gente, su fútbol y su cocina. Así hasta llegar a esos conciertos en la explanada del parque Yahuar Huaca en el epicentro del contoneo bullido y perpetuo de los grandes festivales del Chim Pum Callao que ya no volverán.

Ese Callao de la picaresca y el faiterío, de los amigos del cebiche y los aguaditos y que previos a la parihuela traficada y trepidante del decoroso jurel y los cangrejos y los choros, se arrojaban como clavadistas disfrazados de ángel a la vía del licencioso traveseó. Es que aquí, en el puerto, la humanidad es ortodoxa y vitalizan sus genes con los ritmos del arrechamiento puro. Sed, sensual y salaz Y pongan ese disco de Mita: https://www.youtube.com/watch?v=bAUX0WkQTFI

FRAGMENTO DEL LIBRO “LA CAZA PROPIA” QUE SE EDITARÁ EN NOVIEMBRE DEL 2016

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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