BARRA CHALACA 2

 

CEBICHE CON SON

CON LA MATANCERA EN LA PUNTA

Crónica de ELOY JÁUREGUI

 

i.m.  Carlos Loza Arellano

A  La Sonora

1.

Ahora que estoy en La Punta pensando en Ernesto Cardenal, digo que hay otra ética del lector que es más excitante que la del escritor. Aquí, en la taberna Don Giuseppe de don Juan Hernández Falvy, su esposa Lidia Siles e hijos, y frente a una fuente de cebiches y cervezas  por quítame estas pajas veo que los viandantes celebran leyendo frente a la playa de Cantolao. De esa prensa sanguinolenta de los programas mañaneros, nada. Y de la política menos. Aquí la gente es distinta. Oye salsa, come pescado fresco y uno se encuentra con los amigos.

Don Giuseppe no es restaurante es una casa de las querencias y a media cuadra de la Plaza de Armas de La Punta. Se habla del Atlético Chalaco como de Vargas Llosa. Como en mi casa, como cuando yo era un niño. Mi casa entre Primavera y Dante –en Surquillo, alta con sus siete ventanas y en la esquina más poética del mundo— donde la música brotaba desde el cráter de la jarana. Los sábados, desde el mediodía, el concierto se arrancaba con Los Embajadores Criollos, seguía con Pérez Prado y remataba con La Sonora Matancera.

Cierto, desde la cocina no paraban de bramar los aromas de los chupes afrodisíacos del charqui de chivo sacrificado por ventajoso, y mi madre y mis tías entre la ternura de las cebollas y el amor perdido de los rocotos tutelares, apuradillas, escapaban del paraíso de las ollas para darse un respiro con Maringá, una guaracha que La Matancera había convertido en el Lago de los cisnes sobre el piso de baldosas encerado la noche anterior con las posaderas de la paciencia.

dON gIUSEPPE Juan Hernandez Enero 2012

Don Giusuppe de La Punta.

2.

Mi hermano mayor ya era un licenciado en el manejo del pick up, un aparato en forma de caja fuerte donde los discos de 78 r.p.m. giraban iluminados azabaches y cada cinco temas debían de cambiarse las agujas, aquellas que besaban el ritmo y venían en unas latitas como ungüento chino. Y luego de que Daniel Santos acaba con Carolina Caró, un merengue apambichado, entraba a tallar Bienvenido Granda con ese minué en ritmo de bolero: Señora ¡Qué bárbara! aquella femme que todos la respetaban sin ver la verdad, que parecía señora pero que llevaba el alma llena de pecados y de falsedad, que se hacía llamar señora y que era más perdida que las que se venden por necesidad.

Y así toda la noche, pero cuando la señora Esperanza, una vecina piel canela irrefrenable de la cintura para abajo, se quitaba los zapatos tacos aguja y dejaba a mis tíos mirando para adentro, entonces el aquelarre familiar degeneraba en la eucaristía satánica de los mortales trastornados por la cabeza de los sudados de tramboyo. Uno, babiecas tierno pero aguzado, era testigo infantil de aquellas ceremonias santas donde sólo faltaba que baile Belcebú en cueros. Y todo, por obra y gracia de La Sonora Matancera, que según Carlitos Loza y Lucho Torres Ferrer — dos almirante del ritmo que enerva la sangre—tuvo/tiene hasta la fecha 69 cantantes también y que desde 1924, desde la provincia de Matanzas en Cuba, ha hecho mover el esqueleto hasta a mi padrino Pío Baroja, incluso antes de saber que existía un gringo gordo y borrachón llamado Ernesto Hemingway.

Sí, pues, amables oyentes, La Sonora Matancera fue conocida en estos pagos allá por los 40 cuando los faites del Callao escuchaban en onda corta La onda de la alegría, un programa de radio Progreso de La Habana al mediodía y estaban enterados que don Rogelio Martínez era el capataz del grupo y vaya uno a saber por qué diablos tocaba una guitarrita que solamente hacía bailar a los sordos y los cojos del oído. En cambio el piano de Lino Frías y las maracas de «Caito» fueron suficientes para inventar el sánguche de chimbombo y ese trago mixturado y apocalíptico bautizado por los porteños como “Te espero en el suelo”.

Y es que La Matancera sin ser un orquestón –digamos como la de Benny Moré– practica la primera virtud que Adán descubrió cuando le sacaron la tarjeta roja del paraíso: el ritmo. Sólo su trío de trompetas y sus tumbadoras le dieron a los países empobrecidos del Río Bravo para abajo, un estilo jadeante para respirar, un toque mañoso para tomar la sopa y un swin para caminar engorilados hasta que la tierra se canse de dar vueltas. Además, la Matancera fue la universidad del vivir entre el hilo negro del pecado y el nylon de la virtud porque, amén de los extraordinarios cantantes que se pusieron por delante, siempre se acopló a esa melodía cotidiana de la filosofía de cualquier hijo del vecino.

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Gastón Acurio, doña Lidia Siles y Don Giuseppe.

3.

En el prólogo a su trío rítmico «Delito por bailar el chachachá», Guillermo Cabrera Infante advierte que: «No hay arte sin etiqueta y la etiqueta ahora es minimalista. Pero no se trata del minimalismo literario sino del minimalismo musical: esa música repetitiva que le otorga sentido (y no sólo dirección) en su infinita repetición que es una fascinación». Luego, recuerda a Frank Domínguez, compositor de boleros –nosotros rememoramos ahora a Frank Emilio–, tal vez el músico popular cubano más sofisticado de los años cincuenta, e insiste, que Domínguez es maestro pero en el bolero profundo donde la soledad es sólo una dudosa compañía, de esta manera, sugiere Cabrera, el sentimiento mayor que produce los boleros no es el amor sino el amor al recuerdo del amor, que no es otra cosa que la nostalgia.

Musical, Cabrera que es amante nostálgico y despechado de La Habana, más que de su Cuba de su corazón, nos está diciendo que existe un espacio inconmensurable y sonoro de un lugar, que a decir del poeta cubano José Lezama Lima –cuando recordaba las habaneras noches salobres y las estridentes orquestas de carnestolendas— es inagotable en sus ritmos, la métrica del desenfado, sus esencias y sus compases propios de una sociedad que albergó la influencias de las cadencias rítmicas europeas, el arrobamiento de la diáspora africana, el sentido sápido de las fuentes árabes y el crisol de moldes tutelares de las razas tainas que les dieron cobijo para fermentar una cultura de esplendores artísticos sorprendentes y de seguro inagotables.

Digo sed,  amor, salsa como el amor lo entendía García Márquez, a quien le vino bien esta paráfrasis: El amor no es el que uno vivió, sino el que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarlo. Y cuando miraba el mar azulado de La Punta desde mi mesa de Don Giuseppe al atardecer de este otoño del 2016 digo que el sentimiento solo se expresa en la construcción de esta Sudado de cabrilla y el sonido de ese bolero de Olga Guillot. Aquí o en La Habana.

 

 

RUMBA DE LA CIUDAD DEL PESCADOR

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1.

Para Miltón Farfán, capitán de los mares chalacos.

 

El Sudado es fuente alquímica. De sustancias filosofales y nigromancias. De transmutación marina y pataleo terrestre. Se hace en olla curada pero mejor en laboratorio de oráculo. De esa laya y maña era Rosita Yimura en su feudo de Ciudad del Pescador en el Callao. Rosita fue la primera cocinerista facultativa en el capítulo peruano de arte cisoria nikkei. Y a las cebollas, nabo. Y para el culantro, rábanos. Y para el perejil, apios. Eran los mismos pescados y mariscos pero en otro tálamo, una base de sahumerios, una arquilla de esencias repentinas. Y como resultado, las carnes blancas adobadas en mieles recónditas.

Igual ocurre con el preceptor Milton Farfán en su esquina de la avenida Haya de la Torre con la avenida Colonial, en Ciudad del Pescador, en sus aposentos de la Cebichería Las Palmeras, qué de cebiches y parihuelas. Ahí los frutos de mar se casan con las rumbas cubanas a la manera de Arsenio Rodríguez, “El ciego maravillo”. Su traza viene de antiguo. De los ingenios de los cocineros porteños de facultad y método. Un Sudado de Cabrilla es una sutileza que rompe la norma por plasticidad y fondo. El Sudado es por lo general simple. Sábanas de cebollas y tomates, trozos de filetes desespinados, agujas de moluscos y crustáceos, ajos y kión, y luego el vapor del fuego lento como quien tiempla los lomos en la ceremonia de las voluptuosidades más licenciosas. Luego una orgía de Chicha fuerte, después el sueño sorprendido del derrotado.

Con Milton Farfán los Sudados, también de cachemas y tramboyos o cualquier peje o pescados de peña, son rotundos y dogmaticos. La Parihuela es otra división y advenimiento. Eso para más adelante. Mientras, El Callao bien puede sentir que su heredad está boyante. Una melodía invade la tarde. La piel del durazno de esa dama de 30 abruma mi memoria.

Milton

2.

Ese verano de 1974 fue distinto y deslumbrante para nosotros. En el «Combo Loza», el salsobar de la avenida Dos de mayo, en el Callao. Un hombre esmirriado casi eléctrico –mientras bailaba solo frente a la rockola– fundaba una nueva gramática con los movimientos de sus pies y éstos convulsionaban todo su cuerpo. En la máquina sonaba, en medio de las estridencias universales y ancestrales aquel Sonido Bestial, el clásico de Richie Rey y Bobby Cruz, monarcas de la fuga y su regreso. Y ese hombre, como en un ritual o trance demoníaco, posesionado por la epidemia del ritmo, seguía marcando uno y otro paso en un espacio imaginario donde cualquier ley física hubiese reclamado y protestado si fuese solo de día.

Era de día. El establecimiento tenía doble puerta y si se pensaba que adentro las 11 de la mañana era la antesala del mediodía se equivoca. Cruzando unas cortinas de flecos sonoros, allí siempre fue de noche.  Pero esa noche memorable, la Salsa dictaba las normas de la sabrosura y ese hombre que era un chalaco a quien todo el mundo llamaba «Cubillas», se consagraba en su elegido y sumo Dalai Lama del gozo.

El rito era como se sigue los ritos. Puro ritmo. En la penumbra los ojos de nosotros eran todo oídos. Se consumía cerveza y Coca Cola. La espuma hacía la diferencia. O uno u otra.  Mezclados eran tragos de puta, como solían llamar los lugareños. Luego, con la venia de los presentes, uno se acercaba a la máquina y con unas fichas que se canjeaba en caja buscaba ese disco que no era otra cosa que la marca de su distinción. La música escogida no sonaba en el acto y ese era parte del misterio. Hacía su cola, de tal manera que los testigos jamás sabía que qué clase de música había escogido cada quien. De todas maneras todas iban al mismo lugar, que era ese mar para bailar.

El baile que no es otra cosa que la fiesta del cuerpo, su requiebro sensual, su movimiento rítmico que exalta y contagia, habita en nosotros desde la noche de los tiempos. Si uno observa bailar al puertorriqueño Roberto Roena sabrá a que me refiero. Su danza es atemporal porque arrastra en su swing el bamboleo de la memoria sonora. Un homenaje para recuperar a los dioses sagrados del continente africano o acaso una veneración a la tradición heredada de los santos yorubas de sigue vivitos y coleando en aquel archipiélago del Caribe o un saludo a las divinidades nativas del maguaré y la lluvia. Sea como fuere, el baile popular y su densa coreografía no tiene códigos o jurisprudencias; es expresión genuina del cuerpo, su desenfado puro y el clandestinaje hormonal de las pasiones.

El ritmo es un asunto natural, como respirar o tener hambre. Así, todos los seres tenemos o tienen ritmo como sin vergüenza, tenemos sexo, no el paquete, el coito, quiero decir. Pero hay civilizaciones y civilizaciones. En el África o en algunas islas de la Polinesia, sus gentes no sabían de impotencia ni de frigidez porque no tienen pudor sexual como tampoco tenían puritanismo rítmico. Ante el cadencioso y sugestivo sonido de los bongoes, el seco contrapunto de los timbales o aquel trío de tambores que los olubatá llamaron batá –el iyá, el itótele y el okonkoló—, los ritos del baile producen códigos para que la sangre se alborote y el alma alcance el nirvana de los más intensos placeres. El fenómeno es mundializado ahora –igual que en El Callao, Cali, San Juan, La Habana o Los Ángeles–. Antes, sólo en aquel remoto y oxidado OAX de nuestra radio se producían esas ansias por soltar, dejar libres esas armaduras morales y pegarla al saboreo. Luego fueron los discos de carbón. Ayer el DVD, hoy el MP3 y el Napster con todos las candelas, y así, para siempre, en el fuego eterno que es un juego temporal como el sexo pero a cada instante, como volver a marcar un disco en la rockola, que ahí están registrados nuestra hojas de vida y sus ojos que espantan la muerte.

3.

Los salsodromos del Callao hicieron que la salsa se escuche alrededor de una fuente de cebiches y jaleas. Una decena de cocineros llegaros de Piura y Lambayeque para el propósito. Era música para el goce total. Fue hace tiempo y sí me acuerdo.

 

LA PICANTERÍA DE HÉCTOR LAVOE

 

Vago Lavoe 4

Lavoe y Colón. Foto: Vago Lavoe.

1.

La picantería tenía segundo piso y quedaba en la calle Vigil en Bellavista Callao. La picantería se llamó desde 1960 El PiuranoI y un sábado llegamos desde Los Mundialista con el músico chalaco Papo o Enrique Menéndez. Cierto, aquel timbalero del sexteto “Papo y su Combo” y que vivía entre las calles Colón y Montezuma. Papo fue un adelantado. En uno de sus discos se muestra la fotografía de la orquesta con sus tres trombones en el que Panchito Nalmy canta temas como “Sujétate la lengua” y “Tirándote Flores”. Cierto, eran salsas que en el Callao se escuchaba junto a ese sonido especial que tiene las cerveza cuando las destapas unas contra otras.

Y entre cebiches y jaleas, desde el primer piso llegaba la voz de Héctor Lavoe y el trombón de Willie Colón. Ya lo dije alguna vez, Lavoe como Adán también se apellidaba Pérez. Una única vez vino a Lima y todavía en El Callao se siente su aroma a vaporino de navajazos, romances e infidelidades. Fueron seis sus presentaciones en al Feria del Hogar. Empezaban a las ocho en punto y terminaban una hora diez minutos después, orgiástico e inmisericordemente. Lo presentaba el doctor Luis Delgado Aparicio y ese ere otro concierto. Lavoe trajo un grupo de excelentes  músicos nueyorkinos bajo la batuta del pianista Joe Torres y bien parecía una pequeña big band de jazz con un croner con todas las del gángster. Ninguna de las noches dejó de cantar «Periódico de ayer», el clásico de Catalino Tite Curet Alonso que ya cumplió más de 25 años y, que debo confesarlo: la primera vez que escuché el tema decidí ser periodista y dejé el catchascán para siempre.

Pero finalmente ¿Quién fue/es Héctor Lavoe? Empecemos. Era/es un cantante singular para la pelvis plural. Le canta al espíritu no al oído. Le habla, no obstante, a la oreja del corazón y a su ritmo. Le devuelve la cordura –en todo caso—a la arritmia. Es un interprete de música atemporal en su momento preciso. Su voz no es un valor, es un registro único con propietarios morales y sin títulos. Finalmente, Lavoe pertenece al rol [un catálogo probo, dirían los impúdicos] de músicos populares y épicos latinoamericanos como Pedro Infante, Carlos Gardel, Julio Jaramillo o Daniel Santos.

Sigamos. Su música es para el orgasmo de la propia música: la rumba-emperatriz del gozo. Un ejercicio de audacia auditiva con público y sin red y muy necesaria. Su canto rompe el sonido y el vestido (como una voz interior a la misma ropa interior: un lancero contra la lencería) a la solemnidad, vr.gr., al corsé sonoro de la tradición silente estrepitosa. Es el canto (el primer rugido armonioso desde que el hombre con hambre es tal) contendiente entre el arte como tradición y el arte como creación. Así, es un rebelde de estirpe contra los modelos del academicismo formalizado o fosilizado. Un transgresor de lo clásico en proceso romántico [lo romántico a la manera de Lord Byron] y en vías de patentar el desenfado lírico: otra tradición lejos de la traición y sin traducción.

Existe una verdad inobjetable, su timbre es como aguijón de una canción habitada de ultrasensibilidad y de pasión; un himno de veras como un calco de verdad. Lavoe hace de la lengua y de las palabras su campo de batalla o un lecho hecho para hacer el amor. La voz de Lavoe: un instrumento casi palentológico para recoger con todos sus vestigios al mundo –llevarlo en sus manos estridentes cual atlético Atlas sin marcha atrás–, aquel su mundo y mostrarlo luego mientras guiña un ojo detrás de una partitura como un pirata dadivoso. Recuérdese a Lavoe retratado de Chaplín en su disco Comedia y a un tema, «El Cantante», [Fania, 1978] que figura en este volumen. Una casualidad por causa o la causa de un rebelde sin causa o [Our latin thing] «Nuestra Cosa».

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2.

Lavoe era la misma lírica negra de la desventura y ésta, como sustancia de lo popular serio, no era triste. Era vívida experiencia y gozo. Los que lo conocía aseguran que Héctor a más éxito adhería más fracasos. Parecería –digo yo que es cierto– que sus mercaderes de su trayectoria profesional le provocaban cuanto drama real podía soportar un sencillo ser humano. Entonces esa facilidad para las drogas, aquel pasaporte para el adulterio, esa visa para vivir a pellejo pelado con la muerte, era fabricado por sus managers y conductores quienes veían que mientras más desgarrado era el canto de Lavoe por sus desgracias carnales, más discos se vendían. «El mito» eran miles de dólares, en tanto que la vida de Lavoe era sólo dolor.

Empecemos otra vez. La música de Héctor Pérez –así se llamaba en la vida real, Lavoe era su apellido irreal–es sanguínea positivamente hablando y en el sentido más universal del mismo caso Lavoe. Pérez no es plural como apellido de cantante, sí de un músico singular. Esa es la suerte, la buena suerte de otro Pérez, Dámaso Pérez Prado. Héctor a secas, entonces nació un 30 de Setiembre de 1946, en Ponce, la segunda ciudad de Puerto Rico –la primera hubiera dicho Papo Lucca, el líder de La Ponceña—pero para eso están los libros. Ahí dice que es San Juan la capital de la isla. Sería un pecado capital no decir que las islas tienen su propia geografía y por supuesto, su propia música –hay cantos importantes de Alcatraz y El Frontón dirán algunos–. A Puerto Rico le dicen Borinquén. Lavoe canta sin contar que es El Paraíso de la Dulzura y Rafael Hernández, una suerte de Pinglo borinqueño, hubiera jurado sin aislarse demasiado, que aquel pedazo de tierra rodeada de mar es La Isla del Encanto.

Lavoe posee orgullo y raza. No canta en inglés. Recupera el acervo borinqueño, hace uso del spanglis y universaliza el barrio y sus personajes. Es un joven descubriendo el amor, el sexo y sensibilizando el lado filoso del lumpen.  Toca la fibra social. Se inserta en la problemática nacionalista de Puerto Rico. Decían que era «graduado en la universidad del refraneo con altos honores y miembro del gran círculo de fuego de los soneros». Poeta de la calle, maleante honario. Héroe y mártir de las guerras cuchifriteras donde batalló y ganó, así decían.

Veamos si su primer disco se llamó El Malo (The Bad Boy of Salsa) con Colón, obsérvese como se llamaba el resto: «La gran fuga», «El crimen paga», «Asaltos navideños», «El juicio» y «Lo mato». Pura carne de lumpen de un Héctor apresado a Colón. Luego se apartarían. Lavóe entonces canta: «con los Santos no se juega/ date un baño/ tienes que hacerte una limpieza…». O reza «Padre nuestro que estas en el Cielo/ líbranos de todo mal/ y líbranos de las manos/ que nos quieren acabar». ¿Un místico? No. Un artista divino. Pero léase estos otros títulos «Emborráchame de amor», «Castigo», «El retrato de mamá», «Pobre del pobre», «Pasé la noche fumando», «El infierno». Es decir thanatos, eros y celos: un cóctel de los mil diablos para alguien que era un dios con minúsculas y para sus adoradores.

Vago Lavoe 2

3.

Lavoe grabó 257 canciones en sus 11 discos de larga duración con la orquesta de Colón y 9 como solista, aparte de las canciones ejecutadas con Tito Puente y la Fania All Stars. Es autor de «No hay quien te aguante» [junto con Ramón Rodríguez] y de los notables «Paraíso de la dulzura» y «La Fama», entre los más conocidos. En el hospital St. Clare, un 29 de junio de 1993 se murió Lavoe. Algunos afirma que el Sida lo derrotó. Otros juran que fue su misma vida –casi una negra novela negra– quien lo venció. Lavoe existió con el signo trágico desde su nacimiento, marcado por la defunción de su madre y la muerte de su hermano mayor acorralado por las drogas. Después ocurría la muerte accidental de su hijo y sus tentativas de suicidio, sin hablar de su suegra asesinada y del incendio de su casa. Vida sufrida vida que le imprime todo el nervio a un personaje cabal de la leyenda popular latinoamericana. Lavoe está enterrado en el cementerio de San Raymond en Nueva York y su voz se sigue oyendo como el jubiloso canto de un tierno tenor de esquina, de todas las esquinas. Un auténtico sonero. En la calle 139 del South Bronx en Nueva York, el crepúsculo es un buen motivo para que el brillo de las navajas ilumine el prólogo de la noche. Mientras el cielo adquiere ese color tornasolado del desarraigo, desde las ventanas y balcones se escapan los ecos de la música punzocortante que se quiebra y se requiebra por culpa de los timbales, bongóes y cencerros insolentes. Es un sonido sordo sin origen conocido en las mismas estridencias del alma. Y las congas templan los cueros e inflaman el espíritu de un niño llamado William Anthony Colón que a los once años lo oye todo, lo sorprende todo y vive perplejo ante las sinfonías violentas que le van tatuando la vida.

William Anthony Colón hablaba el espaniglis y era lo que llaman, carne de barrio, patotero y pandillero, un líder nato de un grupo bravo que todo lo resolvía a golpes pero además, manejaba una manada en los Boy Scouts del Burger Jr. High de donde se robó una flauta, casi mágica. Huérfano de padre, lo criaba la abuela, una anciana de sangre portorriqueña que le enseñó la sabrosura de los secretos de la Isla del Encanto, la magia de una cocina con vista marina y el duende de los cantos y los salmos de la plena, la bomba y el aguinaldo. Sin embargo, aquel muchachito vivía atiborrado de un sonsonete: «mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidado. Póngame el oído en este barrio muchos guapos han matado…»

Después, la abuela –cuando el chico comenzó a llamarse apenas Willie y apellidarse con las justas  Colón– le obsequió un juguete brillante e inolvidable: su primera trompeta. Willie ya tenía catorce años y en las entrañas del barrio fue descubriendo a otros igual que él, niños de bigote y barba que habían heredado aquel virus de una música desgarrada de oficio, mimetizada entre las fauces de esa jungla de cemento, aquel reino de todas las músicas encantados. Entonces se armó el grupo y de buenas a primera se llamó Los Dandies y tocaban en las veredas, en esos pagos donde se estiraba el sombrero y se recogía apenas unos pesos, los suficientes para aumentar el colectivo y llamarse después La Dinámica, una banda que comenzó admirar los trombones de Mon Rivera –el famoso músico de Puerto Rico el del trabalenguas—admirarlo, sí señores y copiarlo con una aguda ansiedad mística.

Y quien podía imaginar que en aquel momento nacía para la historia de la Salsa un músico que iba a dejar su sello de un antes y un después, el descubridor de la otra América, Willie Colón y sus carabelas del ritmo. Era 1966 en la Gran Manzana, Los Beatles y Los Rolling Stone se habían convertido en los paradigmas de todo aquel que se sentía rebelde y hacía con su cuerpo lo que precisamente prohibía el cuerpo de la moral. Willie ya trabaja en el sello Alegre Records que al ser absorbido por la compañía Fania del abogado Jerry Masucci, se pudo integrar a la nueva factoría con una condición, que cambie de cantante. Entonces Willie busca a Héctor Lavoe, lo convence, Lavoe no es fácil, impone lo suyo después de unas cervezas mafiosas, se juran con sangre hermandad eterna. Cierto, había nacido el dúo más ilustre que forjara la música popular latinomericana y desde aquel día, todo el resto fue silente.

 

FRAGMENTO DEL LIBRO “LA CAZA PROPIA” QUE SE EDITARÁ EN NOVIEMBRE DEL 2016
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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Crónicas, Libro "POrque tu amor es mi espina", Periodismo literario y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a BARRA CHALACA 2

  1. Milton Farfán dijo:

    Muchisimas gracias maestro por su excelente cronica.

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