LIMEÑENSES 12

 

Manuel Acosta Ojeda

EL TROVADOR DEL PUEBLO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

A un año de su desaparición, Manuel Acosta Ojeda sigue vigente gracias a su programa El Heraldo Musical por Radio Nacional y la tenacidad de su hija Celeste quien es una aguerrida defensora de la música criolla y andina.

 

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Cuando Manuel Acosta Ojeda cantaba nos obligaba a viajar a las esencias más profundas de la música del Perú. Pero era limeño, de los barrios populares, de la frase inspirada, del chicotazo de humor. Cuando Manuel Acosta Ojeda componía traía al cancionero nacional la síntesis de ese país convulso del cual estaba enamorado y simultáneamente le quería ajustar las clavijas. MAO –sus iniciales—fue un intelectual completo porque tenía esquina y lecturas. Fue hijo de peluquero de Miraflores pero palomilla de Surquillo, personaje de Julio Ramón Ribeyro y poeta del asfalto. Para entender al Perú de hoy hay que comprender al MAO de siempre, su voluminosa capacitad para ser un juglar de jaranas y un cantor de romántico de los amores más fieros y vigorosos.

Celeste, la hija de Acosta Ojeda me cuenta que su padre es un tipazo. Lo dice como si estuviese vivo y recalca que era un hombre de a pie, con un finura poética que embriaga y a su vez, era un luchador social pidiéndole cuentas a los gobernantes. Celeste es la conductora en solitario del programa El heraldo musical que se difunde por Radio Nacional a la 9 de la noche y que empezó en tiempos del presidente Paniagua y acaba de cumplir 15 años. “Soy soltera pero no fanática” me dice con aquella picardía heredada de MAO. En aquel tiempo lo acompañaba en la producción y dirección de los programas Fin de Semana en el Perú y El Heraldo Musical de los Andes. Ahora está recordando que por sus espacios desfilaron todas las figuras de la música peruana y fue y es la verdadera tribuna de la tradición y le mestizaje cultural.

Cuando MAO cumplió los cuatro años su padre lo matriculó en la escuela fiscal 446 de Miraflores.  Luego pasaría al colegio Salesianos para terminar su secundaria en el colegio Eguren de Barranco. Lima ingresaba a la modernidad y los barrios mesocráticos formaban sus fronteras. La familia vivía al costado de la iglesia de Miraflores, calle Lima 316-318. Ahí mismo quedaba el local de la “Peluquería Acosta Hermanos”, la única que había en Miraflores. Su padre que fue casi un sabio era el peluquero de moda y en su establecimiento se instaló  el único teléfono comercial de la zona, el 266. Ese era un lujo y el joven Manuel grababa como era ese desfile de clientes, gente de buenos apellidos pero que tenían que someterse a los rigores clasistas de su padre.

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Celeste sigue hablando de su padre que si estuviese vivo y que en cualquier momento pasará a sentarse a la cabina de Radio Nacional: “Una vez un amigo dijo que el programa parecía un museo. Yo me molesté y le conté a Manuel  y él me dijo que agradezca el cumplido porque en los museos vive la historia. Ahora sé que el programa no solo abarca a las personas de edad sino que es un puente entre lo viejo y lo nuevo. Y cierto que la música criolla no goza hoy de buena salud y Pinglo sigue siendo ese joven que le compone a los trabajadores y no pasa de moda. Pero en las emisoras comerciales solo se privilegia los temas anecdóticos o aquellos que no salen de “Víbora”, “Tronco seco” o “La rosa del pantano”. Sí pues, no queremos mucho a lo criollo en esta época”, me cuenta.

Acosta Ojeda sabía que la música servía para emocionar pero también para amotinar. Y recordaba que el presidente Benavides en1939 prohibió siete canciones de Felipe Pinglo Alva creyendo que las letras eran del líder aprista Haya de la Torre. El plebeyo, La oración del labriego, El canillita, Pobre obrerita, Jacobo el leñador, Mendicidad y Aldeana estaban censurados.  Así  Pinglo se convierte a la resistencia porque conmueve,  aún siendo católico y viviendo en Barrios Altos y ante dos mil callejones con Virgencitas y Corazones de Jesús, le dice a su Dios: “Señor, por qué los seres no son de igual valor”. Entonces MAO fue la continuidad y la vitalidad de los humildes.

Hasta el año pasado leíamos a MAO  en sus colaboraciones semanales para el suplemento “Variedades” del diario “El Peruano” y  la Universidad San Martín de Porres publicó lo que sería su último libro: “Aportes para un mapa cultural de la música popular del Perú”, una severa investigación que sorprende por la cantidad y variedad de géneros musicales que existen en el Perú y que muy pocos conocen. Marino Martínez Espinoza, músico y director de Yaku Taki (Centro Documental de la Música Tradicional Peruana – Región Cajamarca) publicó un estudio “Manuel Acosta Ojeda. Arte y sabiduría del criollismo” (2008, ENSF José María Arguedas) donde uno encuentra el perfil y la filosofía de Acosta Ojeda quien no dejó de bregar por la construcción de un mundo justo y digno, con libertad y justicia social que esa fue la esencia de toda la obra y la prédica vital de nuestro compositor.

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En el estudio de Martínez Espinoza está el testimonio de Acosta Ojeda sobre por ejemplo su cercanía con el también desparecido músico peruano Carlos Hayre: “En el año 1947 conocí a Hayre. Yo tenía 17 y él era menor que yo, pero ya tocaba la guitarra muy bien para esa época. Entonces las radios pasaban mucha música buena, aunque no todos tenían una radio, a diferencia de ahora. Eran aparatos altos, inmensos, que más parecían un “friobar”. Cuando se escuchaba música limeña no eran los Áscuez, ni los Govea: Eran Las Criollitas, por Radio Lima, Radio DUSA, RadioGoycochea, que después fue Central. Después se escuchaba al Trío de Arévalo, Rosa y Alejandro Ascoy; aún no aparecían Las Limeñitas, eso fue por el 46. Después vienen las antiguas solistas como Rosa Pasano, Esther Cornejo; luego aparece Jesús Vásquez, hacia el 38; Delia Vallejos. Esther Granados sale hacia el 43. Era una suerte porque la gente no sabía de rating; nadie quería ser súper famoso, simplemente trataban de hacer lo mejor de lo que conocían. Se hacía habaneras, tonderos, mazurcas, valses. Se escuchaba buena música. Además de esto, como casi toda la gente que tenía radio era gente de dinero, se escuchaba mucha música académica o docta”.

Acosta Ojeda en este testimonio nos retrata cómo eran aquellos años cuando se inicia la “Edad de Oro” de la música criolla. Hoy el acervo del criollismo musical está herido de muerte. MAO lo sabía, que a la programación y conducción de los programas de radio y televisión, le sumaron la supina ignorancia, la improvisación y la carencia del control de calidad. Por ello sus valses de contenido poético y vanguardista nadie los reclama. Salvo su tema “Madre” que es un himno para cantarlo en los colegios en el Día de la Madre, a nadie se les ocurre difundir los otros temas que exploran en la sensualidad y dulzura de un poema hecho canción. Hay pues un privilegio por militar en la  llamada “estética de lo grotesco” a decir del sociólogo brasileño Muniz Sodré en su libro Reinventando la cultura.

Cuando Celeste Acosta toma las riendas del espacio “El heraldo música” sabe que está luchando contra los peores enemigos, esos de la improvisación y la “viveza”. Entonces surge el refuerzo de MAO que es ejemplo y proyección. Entonces aparece el luchador social, el estudioso que quiere entender el trajinado Perú, el autor auténtico y culto que sabe que lo popular es lo más valioso y vigoroso de una país desarticulado pero hermoso. Y dice Celeste: “Nosotros siempre quisimos difundir para los jóvenes aquello que es lo genuino, lo verídico y lo auténtico.  Y ese nivel es el menos difundido en otros programa criollos. Lo andino no hay que defenderlo mucho porque ese es un manantial eterno, es música construida por siglos de siglos, es mestizaje también y es una fuerza telúrica inagotable. A lo criollo ya lo han matado tantas veces”.

Manuel Acosta Ojeda es el emblema vivo del criollismo así haya fallecido hace un año, un 20 de mayo del 2016. MAO es un reto y una provocación constante. Nadie como él para la creatividad y el ingenio. Nadie como él para entender los reclamos populares y también el gozo. Nadie como él para ser eterno poeta, imperecedero trovador de su tiempo, un poeta al que extrañamos cada día más.

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“Mi madre cantaba huaynos”

“Mi padre era arequipeño, mi madre moqueguana, mis abuelos todos del sur. Cutimbo apellidaba mi abuela y como tenía vergüenza se cambió por Díaz. Cutimbo es un apellido colla, aymara. Mi madre cantaba huaynos; mi abuelita cantaba vidalas, habaneras. Mi tío abuelo cantaba resbalosas, independientemente de la marinera limeña. O sea que tengo una buena formación de niño. Mis padres solamente eran cantantes. Mi papá tocaba la guitarra, pero muy mal; se defendía con el acompañamiento, sabía tocar el tundete y algunas cosas para el tondero, Se defendía”. (Manuel Acosta Ojeda.)

 

Publicado el viernes 13 de mayo del 2016 en VARIEDADES.

 

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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