LIMEÑENSES 11

Felipe Buendía

EL ÚLTIMO CRONISTA LIMEÑO

Un texto de ELOY JÁUREGUI

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1.

Limeño, de cuajo y fuelle, Felipe Buendía del Corral murió en el silencio más estruendoso en Lima el 10 de Mayo del 2002. No obstante, hoy es el escritor notable de un estilo único y genial que fue el antípoda del intelectual posero y  cuyo brillo uno lo encuentra en su marginalidad. Literatura, pintura, teatro, cine, música, historia, bibliotecología, periodismo de crónicas, ese fue su campo. Buendía había nacido en el Centro de Lima el 6 de Abril de 1927 y fue hijo de Abelardo Buendía Izazaga y Rosa Aurora Portella. Estudió en los colegios San Agustín, Guadalupe y en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima –que al igual que Mario Vargas Llosa conoce al poeta surrealista César Moro de quien será seguidor intelectual– y fue compañero de carpeta de otra gran novelista: Manuel Scorza.

Felipe Buendía del Coral llegaba puntual a las 5 de la tarde todos los días al Chifa Wony de la calle Belén en el Centro de Lima. Era frugal en aquel tiempo y de pronto en su mesa aparecían sus amigos. Aquellos jóvenes que en la década de los setentas militaban en las calles limeñas con la parsimonia de ser poetas. Felipe Buendía del Coral conversaba de todo, de Borges y de Sérvulo Gutiérrez, de la geografía y de la fantasía, de los huesos y del alma. Como buen limeño, de los de antes con soleras y prosapias, le encanta la conversa, el dato, la reseña, el silencio admirado, los ojos de absortos de la sorpresa de una ciudad, su ciudad que se llenaba de sombras.

Felipe Buendía fue el último escritor de la Lima tradicional y el testigo de una ciudad y su Centro Histórico, que desde 1980, fue perdiendo su prez y solera y se convirtió en una urbe solo de nostalgias.  Y Ahora una alumna me alcanza un libro de Buendía recién publicado, “El baúl”, texto al cuidado de su familia, Perla Sialer, su esposa y de sus hijos Bruno y Carla. Y ahora compruebo que Buendía conformó  con otros escritores como Manuel Mejía Valera, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, José  Durand, y Luis León Herrera, un piso literario sólido y especial. Y así aparecen también reunidos en la antología “Ciertos  yrreales” (Lima, 1985): selección, prologo y notas de su hijo Bruno Buendía Sialer, donde ronda la impronta del existencialismo, el surrealismo, y algo del realismo onírico, la ciencia ficción, el subjetivismo, el expresionismo.

Y ahí está su estilo y presencia de ese sello en sus relatos y crónicas a las que se ha denominado ‘literatura fantástica’ y que es un rasgo definitivo en este escritor perteneciente a la Generación del 50 y que lo distingue de otros de manera definitiva. Felipe Buendía del Coral falleció en su ciudad, Lima y gran parte de su obra está inédita pero valgan estas líneas para recordarlo a quien muchos llamaron  “el último cronista de Lima”.

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2.

Hace unos días recordando al gran pintor puneño Víctor Humareda citaba su última cita. La ciudad de lima que en los años de 1980 pasó a ser una urbe de fantasmas y memorias. Y decía que en esos días el Centro de Lima cambió y de ser villa de contemplaciones y oquedades luego se convirtió en metrópoli apocalíptica.

La Colmena, sólo por citar una avenida de soleras, que había visto florecer locales e instituciones emblemáticas como los restaurantes El Cortijo, el Bransa, el Tivoli, el Suizo, la Casa Vasca, el Café Francés, las Papas Fritas, el hotel Crillón, de pronto se vio con sus puertas tapiadas. Los ambulantes en tiempos del alcalde Alfonso Barrantes, había tomado la avenida y ya no circulan vehículos. Los negocios se mudaban entonces a San Isidro y Miraflores. Y nacía en aquel espacio público el barrio rojo de Cailloma y se cerraron entonces cafetines, cines y bares que le daba sustento de prez a la ciudad que en esos días pasó a ser el centro en un guetto para la sobrevivencia.

A Felipe Buendía este suceso lo conmovió más que a otros y de eso hablábamos en las tardes del “Wony” donde veíamos como se esfumaba una ciudad que amábamos porque era nuestro anclaje con su historia y su prestancia.  A Buendía la ciudad lo inflamaba como en su tiempo ocurrió con la impresión que tuvieron de  Lima viajeros extranjeros con Tschudi o Radriguet y a decir de Melville: “la ciudad más triste y extraña que se pueda imaginar”.

Y Lima se cruzaba en su literatura a pesar de estar conscientes  que si bien existían Alfredo Bryce Echenique u Oswaldo Reynoso, acaso en Luis Felipe Angell o en Mario Castro Arenas, el diseño de una geografía literaria limeña apenas alcanzaba obtener ribetes luminosos en el genio de Enrique Congrains Martín. Lima en todo caso era un buen pretexto para rajar de ella como urbe y ubre hereje, yuxtapuesta, culifruncida,  perdida en la bruma y vuelta a recorrer y hasta la eternidad.

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3.

Felipe Buendía fue desde entonces el animador cultural dedicado a múltiples géneros artísticos que lo caracteriza sobre manera por su profundo amor a la ciudad que lo vio nacer y que le inspiró varias de sus obras. Según la periodista María Luz Crevoisier: “Lima será siempre el centro de nuestros sueños, de la nostalgia o pesares, pero jamás de nuestra indiferencia. Tiene y tuvo sus detractores, como Concolorcorvo, Ricardo Palma, Sebastián Salazar Bondy, César Moro o el mismo Melville, pero en contrapartida también están sus grandes cantores, así como los compositores criollos Chabuca Granda, Alicia Maguiña, Luis Felipe Pinglo o el cronista Adán Felipe Mejía “El Corregidor”. Ahí se ubica Buendía”.

Buendía vivía en el mismo Centro de Lima y su geografía se extendía entre los Barrios Altos y el Rímac. Lima fue el eje central de su existencia viajera, pues se iba y regresaba para dedicarse a estos afanes y a la tertulia o bohemia, como lo testimonian quienes fueron sus compañeros en esas memorables reuniones en algún café de la plaza San Martín. De ahí es ese registro de la crónica limeña con la que se ejercitó en distintos diarios del país, y que fuera  editado en dos títulos “La  ciudad de los balcones en el aire” (1985) que le valió la medalla cívica  de Lima, y “Amor  a Lima” (1994) editado por la Biblioteca Nacional del Perú.

Pero quizá uno de los rasgos más creativos de Felipe Buendía fue que era uno de los escritores más representativos de la Generación del 50, y conocido como escritor de literatura fantástica. Esa vez, cuando volvió de Europa, nos trajo su “Teología del sol” (Paris, 1952), novela-poema que es una especie de “Nadja” de André Bretón.  En esta propuesta literaria se nota el mejor momento de la escritura surrealista de Buendía junto a su libro “Cuentos de laboratorio (Lima, 1976).

Pero Buendía era mejor columnista –y eso que fue dramaturgo y director de documentales–. Ya en 1970 aparecen sus columnas en el diario Expreso y deja sentada una visión muy especial por sabrosa y con enjundia en el tratamiento de los temas de Lima. No obstante se lo recuerda más por lo propiamente fantástico. Hay por ejemplo en la memoria de sus contemporáneos dos artículos periodísticos de publicados en el diario Expreso y también citados por su amigo, el poeta Armando Arteaga: “El retrato de una dama” (La novela perfecta)  acerca de Henry James, donde se encuentra la pasión literaria por el autor de “Otra vuelta de tuerca”;  y “Bartebly, el cuento perfecto” acerca de Hermann Melville, donde Buendía confirma su predicción por los “Cuentos del mirador” y por el celebérrimo “Moby Dick”, amén de su afición desbordante por el “Ulyses” de Joyce y por la narrativa de Conrad, Stevenson y  London, por las ambientaciones de Hemingway y acaso por su furor por Hawthorne y Twain; lo mismo que  su afinidad borgiana de cierto gusto por la literatura inglesa y norteamericana, a cuestas de ser desde  sus inicios un gran lector y conocedor de la literatura francesa.

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4.

En una entrevista a su hijo, Bruno Buendía Sialer realizada por Elton Honores para el blog Iluminaciones el  21 de enero de 2010, ante la pregunta ¿Por qué habla usted de una suerte de marginación a la obra de Felipe Buendía? Bruno Buendía Sialer responde: “Cuando mi padre comienza a escribir se vuelve un iconoclasta y en un ácrata porque empieza a despotricar contra todo el mundo. Recuerdo mucho su artículo en Expreso que dice que Vallejo con eso de “Hay golpes en la vida tan fuertes” parecía un bolero de cantina y así sucesivamente (me parece que hasta cierto punto lo es). Se vuelve un empatador junto a Rodolfo Milla en el Perú. Van a la Asociación de Artistas Aficcionados con excrementos humanos pintan las paredes, hacen un surrealismo. Es una vanguardia que probablemente tenga que ver con la pequeña burguesía de donde provienen algunos y el provincialismo de otros. Encuentran en la vanguardia una respuesta. Es un grupo que proviene de César Moro. Moro, el surrealismo y toda la vanguardia, tienen una cosa: o se vuelven iconoclastas o se vuelven puros (hasta ahora no comprobado) o se vuelven marxistas. Dentro de este grupo donde se unen marxistas, iconoclastas y empatadores pero todos unidos por la actitud del no-oficialismo y de la no-universidad sobre todo, porque en el Perú, para ser escritor tienes que estar y provenir de la universidad, sino, no eres escritor”, termina diciendo Bruno Buendía.

Este último “Cronista de Lima”, a decir de Matilde Mesones, interpretó a través de sus libros y trabajos periodísticos a la compleja ciudad de Lima: “Recuerdo cuando era adolescente leía sus artículos en el Diario Expreso, el “Comercio” y La Crónica, en las columnas: “Crónicas de espera”, “Perfiles”, “Aventuras de la vida”, “Esa Lima que se fue, “La Canción Nacional”. También fue columnista en el diario Extra con “Diario de un escritor marginal”, así como en el diario “El Peruano”. Sus amigos que lo conocieron y fueron compañeros de sus innumerables tertulias en algún café o teatro limeño, dicen que no traicionó a la vanguardia y amó profundamente a Lima, de la que nunca desertó”, afirma Matilde Mesones.

Escuchar y conversar con Felipe Buendía representaba estar frente al maestro didáctico que cada vez explicaba mejor los asuntos de la magia y la creación en una ciudad que fue acorralada por ese círculo de la migración y la miseria. Así como él, solo el arquitecto Héctor Velarde y Bergmann o el doctor José Durand Flórez. Tanto como él, el maestro Juan Günther Doering o Augusto Ortiz de Zevallos, guardianes de una ciudad que a pesar de todo, se ama y se reclama, la matria de todos los sueños, el país íntimo donde quedó el signo de las fantasías superiores.

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Las fotos son cortesía de Armando Arteaga en su blob http://terraignea.blogspot.pe/

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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