CONSU-MISMOS 1

El Jirón de la Unión.

PIZARRO EN ZAPATILLAS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

Red Bull BC One Latin America Final  in Lima, Peru, October 2015.

Jirón de la Unión. Lima cuadrada. 2015.

1.

Es un tipo contrahecho pero no se cansa de anunciar: “Tatuajes, tatuajes”. Es argentino y su compañero uruguayo. No dicen más. Más allá hay otros y otros más. El marketing es piel a piel. Ahí lucen sus pellejos con figuras góticas y hay uno que tiene hasta el Señor de los Milagros tatuado en la espalda. Otros reparten volantes de sex-shops y unos más ofrecen agrandar el miembro viril en 5 centímetros con una pomada de cuy aventajado.  Más allá un sujeto es el Dalí de los pobres haciendo trazo con tizas sobre la vereda. Tiene un letrero: “Artista peruano que se respeta”.

En este Jirón de la Unión todos miran con recelo y apenas es media tarde. En una galería se prohíben “jaladoras” y los mendigos usan zapatillas de marca. ¿Zapatillas de marca? Sí, esa nueva categoría social que distingue al limeño joven de hogaño. Y la mayoría de establecimientos venden solo zapatillas de marca, jamás marca chancho, como explica el estudio Solo zapatillas de marca. Libro de las investigadoras Francesca Uccelli y Mariel García Llorens (Lima 2016. Instituto de Estudios Peruanos). Trabajo etnográfico que hace un análisis transversal de los gustos, sueños, frustraciones e imaginarios de la juventud limeña emergente. Un par de zapatillas Nike o Adidas  autenticas, es ahora para estos jóvenes, un signo de poder que les da prestigio, incluso más que un Smartphone de última generación. Es decir, la autoridad no nace de la cabeza, sí de los pies.

Ahora una jovencita me invita a pasar al segundo piso: “Tenemos todo, no te arrepentirás”. No hay policías y el que menos pasa apurado por esta cuadra que antes gozaba de abolengo y prez en épocas del Café Dominó.  Fue en ese antro donde los limeños se sentaban casi todo el día para el chisme y le raje. Así, los limeños cultivaban las características de aquel personaje memorioso, conversador y pendenciero. Algunos juraban que ser limeño era un estado de ánimo. Un modo de vivir con solemnidad y ciertas apariencias. Aunque ya no existe el tipo de traje y sombrero, sé es limeño no se vive como limeño.

Y a las desgracias, humor.  Y batidera. Ingenioso y socarrón, quejoso y crítico, era el de Lima. Creído y huachafo, así, elegante pero con apenas unas monedas. Y entonces uno revisa “Ellos & ellas” y ya no es lo mismo, y la revista “Cosas”, e igual. Junto a la pituquería están los del ‘emprendedurismo’ y junto a las tías del Regatas aparecen mis paisanas empoderadas. Entonces, “Eisha” está junto al Mega Plaza de Los Olivos y los conos se raspan con La Molina, y Monterrico con el C.C. Lima Plaza Sur. La Herradura existe como la playa de la memoria al igual que Ancón pero está Ventanilla, lumpen-progresista, y Villa El Salvador, autogestionaria y sórdida, junto a Punta Hermosa, de tablistas y dillers.

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2.

La calle no tiene edad precisa aunque todos saben cómo se llama. Y no es calle, ni pasaje, ni avenida, ni calzada, ni carrera, ni niño muerto. Es jirón. Y jirón es término bien peruano que se le chanta a la vía urbana compuesta de varias calles o tramos entre esquinas. El Jirón de la Unión es calle emblemática de Lima, la más fachosa. Los  ‘limeñólogos’ –que son pocos—insisten en que fue Francisco Pizarro su fundador. Ni tanto,  el jirón lo fundó el paso ligero del español matrero, el pie delicado de dama rijosa, la chapana de serrano cachazudo. Así que no tiene 400 ni más ni menos años. Las calles tienen el tiempo del viento y la época de querencia de sus habitantes. El Jirón de la Unión fue aristocrático en los noventa. Hoy es un ornitorrinco vial, aorta de aldea apretujada, tajo de urbe posapocalíptica. Así vive vigoroso, no como La Colmena, ni el Cementerio El Ángel, avenida y campo santo tragados por los tiempos muertos.

Y está de celebraciones y es lujo del pobre todavía. Sus once cuadras tenían hasta 1982 un nombre por cada una. La cuadra uno, por ejemplo, se llamaba de Puente Piedra, la tres, del Portal de Escribanos, la cuatro, de Mercaderes, la cinco, de Espaderos y así, hasta la undécima legua. Con acequia al medio de reglamento, gallinazos y gentiles, la arteria se hizo importante porque comunicaba La Plaza Mayor de Lima con los extramuros del sur y las estribaciones del mercachifle. Hoy, los melancólicos apuestan por la defensa del Palais Concert, aquel antro de la pituquería ociosa de principios del siglo pasado. Y supongo que por alguna razón. Me gusta Valdelomar, su poesía y sus cuentos. Luego es espeso por huachafo. Prefiero una tienda por departamentos, Ripley, por ejemplo, a la majada memoria de los pasadistas.

Hoy comprobamos que el “limeño mazamorrero” solo es un busto sin cabeza. Que la capital del Perú ya no produce esos señorones de novelas como “Duque” de Diez Canseco o el “Julius” de Bryce. Lima engulle  tres nuevas estructuras sensuales para asumir la sobrevivencia. La megalópolis se atraganta con el bolo desperdicio. La cultura funda su imaginario en los subsuelos del erario pasional. La norma se hace licencia. El desorden se respeta y genera la psiquis vitaminizada. La ciudad abriga a sus hijos. El paisaje limeño en un daguerrotipo de melancolías. Un aguafuerte de infracciones la infecta colorida. Y así se florece,  el tráfico tortura y la delincuencia campea. Pero oh, hay remedio. Las limeñas existen para consolarnos. Las malcriadas y las culisueltas, no son iguales, son mejores, y Lima cada vez, se acerca más a Miami y al cierre de esta edición, ya limita por el norte con Ecuador.

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3.

Me gusta el jirón apenas por los recuerdos del diario La Prensa que se ubicaba en la cuadra 7, la llamada de Baquíjano. Y era así porque ahí quedaba la casa de don Juan Bautista de Baquíjano y Urigoen. Un jijuna, natural de Vizcaya y que llegó a estas playas en 1730. La Prensa generó mi afición por los bares, “El hueco en la pared”, uno de ellos, el más trajinado, ahora derruido. Y luego, el “Dominó”, cuando se inauguró “Las galerías Boza”, la primera en contar con escalera eléctrica. Don César Miró, que fue poeta y escribiente y compositor y hasta galán de cine mudo, me contaba que ubicaba, cuando mozuelo, en uno de los cafés al maestro Luis Alberto Sánchez, aprista y literato y que es raro encontrar hogaño. Sánchez no lo conocía hasta que se enteró que el joven se apellidaba Miro Quesada. De los Miro Quesada de El Comercio. Sánchez zorro zalamero, desde esa vez se alzaba el sombrero para saludarle, adulón. Y así era la bohemia de esa Lima de antes del desborde popular de Matos Mar. Aldehuela de chismosos y faramallas. Villa de lenguaraces y placeros.

Yo conocí el jirón de niño. Y fue más deslumbramiento que hallazgo. La foto no miente. Mis padres lucen elegantes en una tarde soleada. No están yendo a una fiesta. No, es que para caminar por el Jirón de la Unión había que ir de traje y vestido sastre. Y sombrero si es posible. De aquella vez es las primeras tiendas por departamentos, “Scala”, “Tía”, a la vuelta, “Oeschle”. Y si antes fue refugio de familias de abolengo y pataletas, luego la vía fue un mercado persa, solo que con olor a lavanda. Existían café y restaurantes, librerías, boticas, tiendas de artefactos eléctricos. Existía todo los que uno se podía imaginar. Cierto, pocos en relación a la cybercultura. Y los cines, el “Excélsior”, el “Bijou”, el “Biarritz” que se lo llevó la ampliación del Jirón Cusco.

Y uno se hizo fanático de Los Beatles cuando en 1964 se estrenó en el cine “Excélsior el film del británico Richard Lester, “A Hard Day´s Night”. La cinta era la primera del grupo de Lennon, McCartney, Harrison y Starr y fue, según sus realizadores, un documental ficticio, que describe un par de días en la vida del grupo. Aquel invierno de 1964, en el cine que ocupaba la cuadra 7, se originó una de las manifestaciones de histeria popular tan fuerte o más como la que ocasionó la llegada del mambo de Pérez Prado en 1957 y no estábamos en dictadura. Pero  acaso era tan buena la película. No creo. Fue exitosa por la sintonía del cuarteto con un público juvenil que recién se podías expresar. Y eso sí, fue un éxito tanto financieramente como en la crítica. La revista Time la calificaba como una de las 100 mejores películas de todos los tiempos. Y no era para tanto,  cierto, pero uno estaba ahí.

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CODA

El Jirón de la Unión era en ese entonces centro de compadraje aromoso provinciano antes de la aparición del segmento E. Punto para ocultar la gallarda desocupación del primer gobierno de Belaunde y el rotundo fracaso de la Alianza para el Progreso, y lugar para ser víctimas perplejas de los sortilegios y el asombro ante las ciencias ocultas de los faquires, los presofistas del ilusionismo y las hechicerías lontanas. ”.  Así era, así será. El Jirón de la Unión, ese tajo que todos los limeños llevamos en el corazón aunque yo lo cicatricé hace mucho tiempo.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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