David Foster Wallace / EL AHORCADO QUE TOCABA GUITARRA

 

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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 Tenía 46 años cuando a David Foster Wallace lo encontraron ahorcado y colgado de una viga en su residencia de California. Wallace fue un escritor norteamericano considerado como el más influyente, innovador y líder del llamado postmodernismo literario. A pesar de ser talentoso y admirado sufría de un trastorno depresivo que lo persiguió a lo largo de toda su vida y que al contrario de su escritura, esta es superlativa dotado de una enorme sensibilidad y un inefable sentido del humor para retratar el absurdo del tecnoconsumismo globalizado y capitalista.

 

David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 21 de febrero de 1962 – California 12 de septiembre de 2008) fue el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana de inicios del siglos XXI. Y su muerte fue su peor crónica, aquella que contaron los noticieros cuanodo su esposa Karen Green lo encontró ahorcado en su enorme casa de Claremont, California la noche de aquel viernes 12 de septiembre. Yo digo que la peor metáfora que se le puede ocurrir a un escritor es su epitafio. Cierto, luego todos dirán que era buena persona como ocurre con los otros suicidas: Salgari, Trakl, Mishima, Pizarnik, Hemingway o Plath y como sucede con el mismo Wallace que termino su existencia con el gazapo de la ahorca.

Sus viudas –las que no guardan luto y al contrarío, son las top models del ruquerismo trans– han asegurado que Wallace es a la literatura contemporánea lo que Kurt Cobain es a la música o James Dean al cine. No creo, aunque icónicos, Cobain es masivo pero no es frondoso y a Dean le faltó media docena de películas para parecerse a Marlon Brando. David Foster Wallace cuando escribía empuñaba una guitarra acústica que en silencio producía la sorda sinfonía de una sociedad hipermoderna pero con la menopausia del desarrollismo insípido y destemplado. No soy injusto, Wallece ahora en Norteamérica es leyenda por su muerte prematura y apachurrante y hasta dejó un símbolo: la bandana, ese pañuelo en la cabeza, que debo aclarar, a Jack Sparrow le queda mejor. ¿Sparrow? Sí, ese falso pirata del Caribe que en realidad es el gran Johnny Depp.

El otrora brillante Ray Loriga contaba que el día que David Foster Wallace decidió suicidarse, sacó de su casa todos los taburetes y la única soga que tenía, por aquello del contagio y las barbas del vecino. Y luego advertía el madrileño que no se computaba un Wallace del pobre pero que su enfermedad tenía síntomas que conocía bien, euforia, depresión, virulenta energía y virulenta tristeza. Y tenía razón está vez Loriga, jode ese huevada que los loqueros llaman esquizofrenia y que a ciertos privilegiados los obliga al electroshocks para cicatrizar esa herida del alma que supura y que a otros los revienta en el uso de la estupidez.

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David Foster Wallace.

EL AUTOR DESCOMUNAL

Wallace en todo caso, se despidió de entre nosotros luego de escribir tres novelas (una quedó inconclusa), tres volúmenes de relatos, cinco libros de ensayos y algunas de las crónicas más notables del periodismo norteamericano. Creo que hizo más de lo necesario con la vida que padecía. Entonces uno encuentra en su estilo aquello que llaman talento, eso que desarrolla su ambición y finalmente la cultura de su intelecto. Es un coctel contundente. Solo citaré en este sitio una de sus novelas,  La broma infinita, que aparte de la ‘promo’ que la precedió, resultó ser un libro universo, enorme empresa, tal cual El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon, el Moby Dick de Herman Melville o acaso En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Algunos chiflados en Norteamérica, incluso construyeron webs como guías de lectura para entender La broma infinita. Otros inauguraron curso para hacer un diseño que explique y descifre la obra. Había nacido un Joyce más intricado, o como diría Rodrigo Fresan, que fueron muchos y demasiados lo que se olvidaron de decir lo más fácil de decir: que el libro estaba muy pero muy bien escrito y que abundaba en momentos emocionantes y sensibles, acercando a Wallace a las tierras de Salinger y Vonnegut, a la vez que lo consagraban como el mejor estilista y escritor satírico de su generación, junto a Bret Easton Ellis, el american psycho. Lo cierto es que Wallace se hacía eco de sus lectores al decir que fue un libro difícil de escribir pero fácil de leer.

Wallace fue el mejor de una generación literaria que incluye nombres como William T. Vollman, Richard Powers, A. M. Homes, Jonathan Franzen o Mark Layner, una generación convencida de que la circunstancia vital de nuestro tiempo no se puede explorar desde la estética periclitada del realismo, la obra de Foster Wallace supone una forma radicalmente nueva de entender la literatura. Y así fue, ese monumental escritor que muy enamorado se había casado con la artista Karen Green desde 2004. Vivían en California junto a sus dos perros. Fueron los mejores años y sus amigos decían que nunca lo vieron más feliz. Parece ser, en fin, que era razonablemente feliz. Y entonces abandonó la medicina. Y entonces se lanzó al infierno.

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EL FIN DEL TOUR

Paradójico este Wallace. Chambero y genial. Paradójico porque era un hombre alto y deportivo pero que sufría como un condenado. Así aparece en la película en su homenaje: The End of the Tour o bautizada también como El fin del tour. Film que narra la historia de una entrevista de cinco días entre el reportero de Rolling Stone, David Lipsky (interpretado por Jesse Eisenberg) y David Foster Wallace (Jason Segel), que sucedió en 1996, poco después de la publicación de su libro Inifite Jest. Soy cínico porque me gusta el cine y cuando veo una película sobre escritores entonces me agrada más. Lástima, la mayoría de films en la materia no son buenos. En el caso de Wallace, su película lo retratar con tremenda lucidez y admiración.

El film es de James Ponsoldt con guión de Donald Margulies que adapta el libro de David Lipsky Although of Course You End Up Becoming Yourself. Ahí aparece el escritor con su tristeza y su compleja humanidad en un larga entrevista de cinco días en el invierno de 1996 entre el periodista de la revista Rolling Stone y Wallace mientras este promociona La broma infinita y Lipsky lo acompaña al tiempo que prepara un artículo para su revista. Así el personaje demuestra su existencia en un viaje de la escritura como terapia a la escritura como condena y finalmente a la escritura como placebo improbable.

La crítica reconoció que la cinta de Ponsoldt es uno de los más rotundos esfuerzos que el arte ha hecho por trasladarnos la verdad de una singularidad expuesta al vigor de su genio y al esfuerzo por convivir con el espanto de la propia lucidez. Todo ello porque allí está la mirada de Lipsky, el periodista que como un enano camina a la sombra del gigante de la literatura por los paisajes nevados del Medio Oeste. Esa sinergia entre cine y literatura o entre la muerte de Wallace y la sorpresa de Lipsky hacen que sea de visión obligada esta cinta que ha permitido ingresar en la cabeza de este protagonista exitoso con sus libros y torturado por su mente.

El Wallace de verdad era adicto al antidepresivo llamado Fenelzina. Su padre declararía al The New York Times que su hijo  sufría de depresión desde los 20 años y que gracias a la medicación le había permitido terminar sus libros y ser un ejemplo de productividad. Pero también contó que la Fenelzina le provocaba efectos secundarios. Que una vez, siguiendo el consejo de su médico, Wallace dejó de tomar el medicamento un año antes de su suicidio y que la depresión regresó como un tifón desatado. Ya dije, durante meses a  Wallace le aplicaron el electroshock y no mejoró. Entonces   regresó a la Fenelzina pero que jodida es la vida, esa vez comprobó que la droga ya no servía para un carajo y así fue pasto de la depresión más cruel que acabó con él en la horca. Su hermana ha declarado algo terrible y en cierto modo hermoso: que se imagina a Wallace besando a sus dos perros y pidiéndoles perdón antes de ponerse la soga al cuello y despedirse de este mundo.

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Wallace por Wallace

Publicado por la editorial Pálido Fuego, «Conversaciones con David Foster Wallace» es un libro necesario. Sobre todo, para sus seguidores. A lo largo de las entrevistas (cuidadosamente editadas por el crítico Stephen Burn) Wallace expone los motivos que lo llevaron a escribir cada uno de sus libros. Cuenta la influencia que sus padres (él era profesor de Filosofía y su madre, de Literatura) tuvieron en su escritura y examina el impacto de la televisión y lo que se escribe en EE UU. Eso sí, mezclado con teorías sobre el arte abstracto y filosofía del lenguaje

“Siempre he pensado en mí como realista. El mundo en el que vivo consiste en 250 anuncios al día y en un montón increíble de opciones de entretenimiento, la mayoría de las cuales son subvencionadas por corporaciones que quieren venderme cosas», decía David Foster Wallace en 1996 cuando le preguntan por la cantidad de material pop (o «extraliterario») que incorpora en su obra. «Se trata de la textura del mundo en el que vivo».

«Fue el escritor más grande de su generación, y también el más atormentado», señala  David Lipsky en la semblanza que escribió dos años después del suicido de Wallace. «Una de las cosas que hace la televisión es ayudarnos a negar que estamos solos. Frente a las imágenes televisadas, podemos tener el fascímil de una relación sin el esfuerzo de una relación verdadera. Es una anestesia de la forma», explica Wallace. Aun así, ¿es posible escribir ficción en una época que a cada instante ofrece entretenimiento? Sí, parece decir Wallace. «Es el mejor momento para estar vivo y probablemente sea el mejor momento para ser escritor. No estoy seguro de que sea el más fácil».

 

Fragmento de un texto publicado en la revista DOSIS Nro. 17 Lima- Perú.

 

 

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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