LIMEÑENSES 54

Óscar Avilés

GUITARRA CON CUERDA ROTA

Una  crónica de ELOY JÁUREGUI

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Para Lucy Avilés y Willy Terry.

1.

El silencio, siempre recuerdo los silencios de la guitarra de Óscar Avilés Arcos. Y hoy mucho más por esas cosas de los criollos. Avilés (Callao 24 de marzo de 1924 – Lima 5 de abril del 2014) ya no está con nosotros y su silencio continua. Y aquel vacío ante su ausencia se hace estruendo y rugido, fragor y estallido, en un panorama donde la música criolla de las costas del Perú, es silente desde que unos bárbaros manejan la radio y la televisión. Avilés sabía de lo que digo porque de aquello conversábamos, de la ignorancia y torpeza de los que conducían los destinos del acervo criollo. Pero yo prefiero recordarlo por sus grabaciones, sus dichos y su sabiduría. Vamos por un pisco, Óscar.

Hace dos años yo contaba como lo había encontrado en el hospital. Ahí estabán sus manos sonoras crispando la textura de las sábanas y en el lecho sin solemnidades, sus dedos de cuerdas atrapaban la eternidad resonadora en esa habitación silente de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Rebagliati. Ahí se encontraba Óscar Avilés con sus múltiples dolencias en este verano, dormido acústico, enganchado a la vida por unas sondas fonéticas de la última ternura. Y había llegado hasta él gracias a un médico de quien no revelaré su nombre que resucita y me contaba de los dolores del maestro. Y no tiene visitas don Óscar me decía, y que apenas sus hijos lo alentaban con sus afectos de recreos y cometas. Y él ahí, en la adhesión de los ejecutantes que libraban fieros sus combates vitales, reposaba sereno interpretando las últimas sinfonías de su vida.

Y aquella vez, en los estudios de Elías Ponce en la Av. Salaverry, le pregunté a Oscar Avilés Arcos que quién era el peor cantante que había acompañado. Y él, solo él, con esa lujuria verbal arrebata y elegante que me contesta: Oiga, el día en que usted cante y yo lo acompañe, ese será el peor”.  Esa tarde se estaba dando los acabados a un disco que terminaba de grabar junto a Alicia Maguiña. Y uno que reporteaba esas gestas, sus conversaciones, sus talentos, testigo invalorable de los años felices del criollismo. En 1952, Alicia se había matriculado  en la academia de Avilés. Y aquella fue la primera escuela de guitarra de estilo criollo y que mantuvo sus puertas abiertas hasta 1967. La cantante y compositora fue su alumna en la calle Boza, en el 870 en el Centro de Lima. El local era amplio y allí funcionaba también la agencia de fotos de su padre, don José Avilés Cáceres quien fuera fundador de la primera agencia periodística-fotográfica del Perú. Así, “El chino” Avilés (que así lo llamaba la gallada del barrio) veía como todos los días desfilaban por su casa, los directores de diarios y revistas, en busca de fotos para sus primeras páginas.

Avilés fue único desde que nació en El Callao, en la calle Zepita Nº 653 (Hoy, la cuadra lleva su nombre). La historia registra que era hijo de José Avilés y la ciudadana chilena Angelina Arcos. Tuvo 5 hermanos: Alberto, Carlos, Olga, Óscar Enrique e Irma. La historia seguirá contando que Avilés estudió la primaria en el Colegio Salesiano en Breña y terminó la secundaría en el Centro Educativo Francisco Bolognesi (entre 1936 y 1937), y en el Colegio Moderno (entre 1938 y 1940) del Callao. Simultáneamente hizo cursos de guitarra en el Conservatorio Nacional de Música con los maestros Juan Brito e Isidoro Purizaga.  En 1939, a la edad de quince años, inicia su carrera como cajonero del dúo “La Limeñita y Ascoy”. En 1942, con el grupo de cuerdas Núñez, Arteaga y Avilés gana el concurso radial organizado por el periodista Roberto Nieves del diario “La Noche”, a raíz del cual se le comenzó a llamar “La Primera Guitarra del Perú”. Casado con Lucy Valverde de Avilés, con quien tiene 2 hijos: Oscar Jr. y Lucita. Tiene 3 hijos más de un compromiso anterior: Pepe, Ramón y Gustavo.

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Avilés, Cortez y Ego Aguirre, el trío Los Morochucos, en 1959 Radio Excelsior. Lima Perú.

2.

Y ahora Avilés está cantando solo y con su guitarra: “A lo lejos de la playa se divisa, a una linda pescadora que se baña, ella pesca con afán las frescas lizas, las que hoy mueren prisioneras por hurañas”. Y es que conversar con Avilés es dialogar con un padre, con un hermano mayor. En un tiempo ‘bajaba’ por el CM Giufra de La Victoria. Peña de abolengo jaranero. No cualquiera tocaba o cantaba en aquel recinto popular. Y Avilés con su memoria prodigiosa y con sus historias vivas contadas con sabor y desparpajo.  Y una noche le robaron la guitarra que se había quedado reposando en la maletera de su viejo auto. Y Avilés que va a la comisaría del sector con “Canano” Barrenechea  y con este servidor. Y por esas cosas de imagen histórica, no pasó ni una hora y aparece la guitarra. Y que el ratero declaró: “No sabía que la guitarra era del maestro Avilés, sino no la robo”.

El vals en los años de 1950 se va adecuando a los gustos de la época. El tango lo influencia, el bolero lo asedia. A pesar de estas corrientes tan fuertes que llegaba básicamente con el cine latino y la radio –muchos peruanos escuchaban antes que otros los éxitos musicales foráneos a través de la onda corta de las emisoras extranjeras— y el vals encontró un bolsón de resistencia precisamente en sus epicentros de origen: los callejones y solares. En aquel tiempo, lo criollo costeño peruano no era así. Temas anecdóticos y costumbristas, cantos sin introducción y apenas con acompañamiento circunstancial pero hasta que llegó Óscar Avilés.

A inicios de los 40, la recuperación de los temas de Felipe Pinglo Alva necesitaba de una introducción musical de trascendencia y de instrumentos protagonistas.  De ahí que la guitarra de Avilés rompe la costumbre y crea un espacio sonoro con identidad propia. La introducción musical de valses, marineras y aires afroperuanos se ensamblan a la temática social con claves propias. José Luís Guillón Avilés, el sobrino de Óscar, ha dicho con razón que ya en sus inicios, Avilés crea melodías con las cuerdas agudas en la guitarra instituyendo lo que hoy llamamos introducciones. Y que antes solo se bordoneaba, pero con él, la guitarra criolla costeña toma otro sentido. Aurelio Collantes en su libro “Historia de la canción criolla” (Ediciones populares. Lima 1966) destaca que Avilés fue puntero del famoso trío de cuerdas: Avilés, Núñez y Arteaga y dice: “Avilés siente y expresa lo que toca. En todo ello estriba una suma de cualidades: sonido propio, poder sobre el instrumento y documentación musical”.

Este gran cambio en el acervo se debe básicamente a Avilés. Son clásicos así sus prefacios, luego, forman parte de la magia de conjuntos como Los embajadores criollos, Los Morochucos, Fiesta Criolla. ¿Los embajadores criollos? Sí, aunque Avilés no aparece en los créditos, él es autor de la mayoría de oberturas (con todo derecho) del trío que lideraba Rómulo Varillas gracias a que era director artístico del sello IEMPSA. Así, le dio brillo a todos aquellos productos que salían de la disquera. Así don Porfirio Vásquez, célebre representante de la música negra en el Perú, en 1963 lo definió diciendo: “Cantaron una jarana, San Pedro dijo: quién es? Y el Padre eterno le responde: Ese es Óscar Avilés”. La jarana es la constitución institucional del género. Cierto, sus sacerdotes son  don Porfirio Vásquez, ‘El gancho’ Arciniega o Pancho Monserrate. Ahí entra Avilés junto a otras cuerdas como la de Adolfo Zelada y quién es otro maestro notable, don Rufino Ortiz que habita en Nueva York y que gracias al joven guitarrista Yuri Juárez, llega a Lima apenas con sus discos.

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3.

Tres libros son fundamentales para entender la dimensión de Óscar Avilés y su trascendencia. En principio El Waltz y el Valse Criollo” (Instituto Nacional de Cultura, Lima 1977) de César Santa Cruz. El texto “Música Popular en Lima: criollos y andinos” (IEP. Lima, 1983) de José Antonio Llorens y el ensayo “Hacia la tercera mitad. Perú XVI-XX” Ensayos de relectura herética (Editorial Sidea. Lima 1997) del doctor Hugo Neira. Las  técnicas de la guitarra criolla costeña en el primero. La capacidad social de su influencia  en el segundo tratado y la entraña creativa en el imaginario colectivo en el texto de Neira.

Avilés milita en las tres áreas porque es piedra angular en este espacio artístico tan peruano como cosmopolita. Así, es protagonista del devenir de ese sentimiento sonoro criollo. Si Astor Piazzolla es el nudo del tango argentino Avilés es el hilo conductor de un género musical no por identificado geográficamente deja de ser andrógino y de hibridez cultural de solemnidad.

Sebastián Salazar Bondy en su tratado Lima la horrible dice que el vals se nutre de dos manantiales: uno, la melodía europea transculturada y vulgarizada, que en su travesía al Nuevo Mundo perdió su estilo estirado y ceremonioso y se hizo música sincopada y picaresca. La otra, los lúgubres versos que son queja, lamento y piedad. Así se cultivo el nuevo género. Valse jaranero, sentimental, a ratos alegre, pero con desengaño ad portas. Así  cantaba en la Lima del novecientos en el Cuartel Primero o Monserrate  –que es cuna de Jesús Vásquez–, en Cinco Esquinas –cerca al barrio de Pinglo– o Santo Cristo, en La Victoria, El chirimoyo –donde cantaba el gran Alejandro Cortez– o Abajo el Puente – en donde se forjó la canción criolla y es cuna del legendario dúo de Montes y Manrique y de Salerno y Gamarra–. Es decir, cada barrio limeño con sus cantores y guitarristas, cada esquina con su guapo.

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Avilés acompaña al Zambo Cavero. El dúo más famoso del criollismo.

4.

Y Augusto Polo Campos se había armado de fiereza para no llorar toda la mañana de aquel sábado pero al llegar al fúnebre Salón Nazca del Museo de la Nación y frente al féretro de Óscar Avilés, no soporto su dolor y dramático como es, rompió en llanto. Los periodistas se le acercaron  y el compositor de 83 años apenas alcanzó a decir: “No está muerto, está dormido porque ya era hora de que sueñe con un Perú mejor. Con un Perú de Chabuca y del ‘Zambo’ Cavero”, calló y siguió llorando. Polo Campos, sin quererlo, había sentenciado al género musical criollo, costeño y peruano a su hora final. Música nacional querida, himno de las memorias urbanas, de los amores escabechados, de los sufrimientos quedos y callados, de la alegría que mata los rencores.

Óscar Avilés era un predestinado y todos lo queríamos. Solo él era peruano de consensos integrales. Músico de solemnidades esquineras, supo preservar y darle luminosidad más que brillo al valse, ese género heterogéneo, híbrido y mezclado que acaso fue notable por su lírica metafórica de Pinglo –salvo “mi sangre aunque plebeya también tiñe de rojo”– y la vena de la buena Chabuca –excluyendo su visión colonial y pasadista– y que también fue desmañado y chambón por sus lugares comunes, tópicos y trivialidades tan banales que hasta jamás tuvo nombre propio. No es cumbia, ni tango ni samba, es ‘vals’ como el vienés. Pero Óscar Avilés fue el padre mayor, el hombre de familia de músicos, el peruano de todas las clases y de todas las razas, aquel que grabó, sin ninguna duda, lo mejor del acervo criollo patrimonial, desde temas como Ocarinas hasta Contigo Perú, para explicar, al primero como poema y al segundo como marcha chauvinista y patriotera.

Así, Avilés fue el corazón de la jarana, ese estatus confluyente de una reunión que es tradición gozosa. Y la jarana es el conflicto cultural que concluye en fiesta. Fiesta de repentistas y clásicos de la memoria. La jarana es una estación del llamado criollismo que no tiene el privilegio aún del ensayo y el estudio. Así también, el doctor José Durand en 1967 reúne en un espacio criollo que conducía en Panamericana Televisión al meollo del criollismo costeño peruano. Esa vez llegaron los hermanos Ascuez, Humberto Huambachano, Abelardo Vásquez, Carlos Hayre, Alicia Maguiñay no faltó el joven Arturo Cavero y por supuesto don Óscar Avilés. Digo con seguridad que esa cumbre fue la última reunión de los sumos sacerdotes del género.

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Óscar Avilés en la casa-peña La Capilla de Oswaldo Andrade.

5.

La identidad de la música criolla costeña no está en discusión, la enfermedad terminal y deterioro en que se encuentra hoy, sí. Lástima, para nuestros padres que tanto festejaron el estilo y sus compases  y que ahora, seguro, renegarían y maldecirían al comprobar el rumbo que ha tomado el valse desde los estudios de Canal 7 con Bartola y hasta las peñas barranquinas donde se degüella inmisericorde al género. Y en ese panorama miserable,  Avilés, no obstante, nos reunió a todos en su jarana conventual. Las seis cuerdas de su guitarra unió a huachafos y pitucos, a limeños y serranos, a blancos y lorchos.

Y fue nervio y nos ensamblo porque en esa picaresca criolla que alardeaba, por ejemplo, con el conjunto Fiesta Criolla –hace 50 años—, Avilés articulaba a todos con un estilo nacional genético social, del personaje alegre, trabajador, bohemio como también romántico. Perfiles del criollo de la pachotada elegante y hasta el giró filosófico de sus disquisiciones metafísicas (valse Renacimiento de Buenaventura Muñoz: “El evocar, el hilvanar retazos del pasado, /es como retornar, /retroceder hacia el ayer, casi olvidado. / Es la visión mental, que forma la imaginación, / veo mi vida inquieta, / noches de bohemia, / mi antigua ilusión”).

La función del vals es la disfunción de una defunción premeditada.  Óscar Avilés así, con autoridad, supo hacer operativos los rescates de temas latinoamericanos extraídos de aquel baúl noble de la ‘guardia vieja’: “Toda comarca en la tierra / tiene un rasgo prominente. /El Brasil su sol ardiente, / minas de plata el Perú, / Montevideo su cerro, / sus pampas tienen los dos…”. El tema es un poema que originalmente se llama “El ombú” y le pertenece al poeta argentino Luis L. Domínguez (1819-1898),  y que interpretado por Fiesta Criolla, y en una surte de arte de birlibirloque, pasó a la propiedad del gran Pepe Ladd y se llamó Las Comarcas. Igual texto y expediente ocurre con el valse El Pirata (grabado por el dúo “Los Dos Compadres”, Rómulo Varillas y Fernando Loli) y que lo inscribe y registra Óscar Avilés y que al final, resulta un acomodo del poema “Mar de Sombra” del escritor y periodista peruano Luis Berninsone, aquel que dedicase al capitán de Fragata José Ollino (muerto junto a Miguel Grau en la Guerra del Pacífico) quien por ese recuteco del valse, pasa de héroe a facineroso corsario. En este tema he ampliado mi investigación en mi libro “El Pirata”, Lima 2011, Editorial Mesa Redonda.

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La jarana criolla de los Ascuez y los Humabachanos tienen continuida con Aviles.

6.

En este cruce, trabas y tropezones, Óscar Avilés es producto genuino de ese prodigio popular. Un artífice con sello propio que lo hace único en el género. Pasmoso y estruendoso en su estilo, toca de manera resonante hasta en sus silencios. Ese suspenso que en algunas interpretaciones se hace agonía gozosa  y ahogo placentero. El síncopa cardiaco ligado a al respirar genital. Convulsa armonía del desorden cadencioso. Así, sus acordes van más con el genio que con la genialidad por ello descifra el sentimiento criollo que no ofrece explicación y se hace himno de un acervo fundado en la licuación del alma costeña peruana, sus enigmas, sus duendes y toda su magia.

El valse, que fue harto en congojas y melancolías, se había separado de sus mejores hijos en estos tiempos, Chabuca Granda, Arturo Cavero y ahora Óscar Avilés. Valse que ha enterrado el símbolo de su sabiduría popular y que ha dejado su destino en manos de los “criollitos” de siempre. Aquellos de las palmas, el jaleo, el guapeo, el trago y la disfrazada pendejada de una congoja que ahora sin valores vivos, y que no supieron cuidar, irremediablemente están condenados a la muerte musical y civil. Porque lamentablemente los peruanos diremos que el valse no fue aniquilado y barrido por ritmos foráneos sino por la propia música anodina y melindrosa de los criollos de hoy, sordos de solemnidad, incapaces de seguir  a los maestros.

En 1987, la Organización de Estados Americanos OEA, distinguió a Óscar Avilés, junto a Jesús Vásquez, Arturo Zambo Cavero, Luis Abanto Morales y Augusto Polo Campos, con el título de “Patrimonios Artísticos de América”. Y ahora los estoy recordando como un dueto de épico.  El gran Arturo Zambo Cavero y don Óscar Avilés.  Y uno que los conoció aconchabados en la casa del empresario Pro, y uno que los recuerda desde que apareció para el gran público esa primera producción con tapa negra y blanca donde interpretaban “La Abeja”, no puede dudar que estos señores son artista que descubrieron en las luces de la vida misma, la médula del sentimiento urbano-criollo que le legó su cul¬tura, el barrio y su pueblo.

CODA

Y fue un 5 de abril por la mañana cuando Óscar Avilés Arcos a los 90 años se despidió de este mundo en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Rebagliati. El guitarrista peruano había sido internado en diciembre del 2103 y aunque mostró mejorías nunca pudo recuperarse. Desde ese día fue velado en la sede del Ministerio de Cultura y recibió la visita de miles de peruanos que llagaron a esa, su última estación. Luego recibió homenajes en la plaza Manco Cápac del distrito de La Victoria (donde quedaba su recordada peña Giuffra) y luego fue enterrado en el cementerio Baquíjano y Carrillo de el Callao. Ahí yace su tumba a la espera de una rosa y de un reconocimiento mayor.

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En las puertas Radio Nacional, algunos personajes ilustres del criollismo, Rafo Santa Cruz, Félix Casaverde, Pepe Torres, Francois Rodríguez acompañan a Oscar Aviles.

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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