LIMEÑENSES 47

Bohemios

DEL PALAIS CONCERT AL QUEIROLO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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El Jirón de la Unión con la esquina de Cusco: El Palais Concert.

En Lima la literatura sigue escribiendo su destino en los bares. Esta, es parte de su geografía y la emoción de contarla entre dos instituciones de bohemios y desde las bandas de Valdelomar y hasta el movimiento Hora Zero.

 Para el Gordo Óscar.

 

1.

Entre el desaparecido Palais Concert de Lima y la actual Bodega Queirolo de la esquina de Camaná con Quilca apenas median 500 metros. En el verano y antes del mediodía las cinco cuadras se hacen tremendas pero el trayecto es intenso y sudado vaya uno para allá o regrese para acá. La literatura en Lima tiene geografía, un catastro de personajes y una cartografía de libros. Los limeños al contrario de los peruanos somos memoriosos. Por estas calles no solo discurren los recuerdos sino que está vivo ese espíritu del capitalino que habla y escribe más que con la memoria con las melancolías, esas rameras de las nostalgias.

Desde unas de las mesas del salón de familias del Queirolo uno entiende ese talante limeño. Son las doce en punto del mediodía y los clientes llegan ilusionados del buche y no le pierden la mirada a las fuentes de escabeches, causas o estofados que van desfilando hasta el mostrador mayor ese estanco de la cocina criolla limeña que es una provocación más que gastronómica filosófica. Pero esa es un primer orgasmo, en la trastienda me espera lo mejor, la barra. Hay un Pisco Biondi de uva negra criolla de Moquegua que me aguarda como una amante caleta. Es fiel, me lleva a la reflexión, me amotina, luego, los amigos, la conversa, el chisme, la comidilla el cañutazo y el chirimbolo.

Ahora luzco pechero frente a un rotundo Sancochado limeño. El caldo por delante, con rodaje de rocoto para el empierne de la sustancia que hierve y el picor que enamora. Lucha de contrarios en las sábanas del paladar. Y luego las tronchas cárnicas, las coles, los tubérculos y el vino de Cravelí que me lo guardan con recelo. Entonces me entero que se han muerto de empacho feliz algunos camaradas, que algunos poetas se marcharon al más allá, que se vive gozoso también porque se está triste y reverbero y me entero que hasta el adulterado Queirolo de Pueblo Libre se quiere hacer dueño de la marca cuando aquí, en el Centro de Lima está el auténtico, el más tradicional, el añoso y querido Queirolo.

Queirolo 1

La esquina de Camaná con Quilca, Centro de Lima.

 

2.

Con Abraham Valdelomar –Sí, el inmenso factótum del viejo Palais Concert–  tuve mi forcejeo. Lo dije: “Existió Valdelomar zambo y fue blanco de la envidia y el recelo”. Escritor y periodista, fue un ser descomunal, descaradamente moderno y atemporal y profético, que en una máquina de escribir, fue una máquina de crear, de ensamblar, de desmitificar, de observar; quiero decir, de mirar “eso” que los otros apenas podían ver. Ya en 1916 funda la revista “Colónida” (solo se publicaron 4 números) y pudo reunir –él era el centro– a varios jóvenes escritores que abrieron el camino para la entrada de las vanguardias en la literatura peruana.

El Palais Concert era en la Lima del novecientos lo que hoy es el Queirolo de Lima. Su inauguración es del 29 de febrero de 1913 y fue el principal punto de encuentro de la sociedad limeña. Tenía un toque a gran bar de París y fue el escenario para que recalen los intelectuales que editaron la “Colónida”. Pero aterrizaban también por el antro José Carlos Mariátegui, al igual que César Vallejo. El Palais Concert fue en todo caso también la gran confitería de los Colonidas y al revés en esa Lima de la belle époque.

De “Colónida” Mariátegui decía que no fue un grupo sino un estado de ánimo. Y Luis Alberto Sánchez en “Valdelomar o la belle époque” afirma que fue una aventura polifacética, decadentista y un tanto fanfarrona. Exagera L.A.S. solo por joder y está bien. No obstante, “Colónida” fue un batallón socarrón de ladinos salvajes. González Prada, Eguren, Chocano, More. Poesía y desparpajo. Y harto sicotrópico: El Dr. Badham en el Nro. 2 publica “Los tóxicos en la literatura y en la vida” y en Nro. 4 hay un codazo poético  contra el alcohol y a favor del opio y el éter: “Abajo el cañazo, viva la morfina”.

Luego de “Colónida” no apareció otro grupo solidificado en más de medio siglo. Se habla de generaciones pero no es lo mismo. De la “Generación del cincuenta” con Romualdo, Rose, Valcárcel, Delgado, Sologuren, Bendezú, Belli, le sucedieron en los sesenta los jóvenes Corcuera, Naranjo, Calvo, Pérez, Gómez, Hernández, Cisneros, Lauer y Javier Heraud. Todos poetas singulares y fascinados por una textualidad personalísima. Heraud es quizá aquel que radicaliza un distanciamiento con sus pares predecesores. Su trenza simbólica reúne a Manrique, Machado y T.S. Eliot. Un Joven miraflorino inflamado de una estética política que lo llevaría a la muerte.

 

Queirolo 2

3.

En Lima hay un nodo entre la literatura y los bares desde el novecientos. El lampo poético habita entre las mesas y las barras. Desde entonces, más que ciencia genera conciencia. Su gramática es glocal –global y local—en el sentido del trío de dos, Deleuze & Guattari, quienes  reivindica el proyecto nietzscheano de la inversión del platonismo comunal, y una concepción de lo real entendido como formado por una multiplicidad de planos. En la barra del bar, el limeño ha puesto en pie la idea de la reflexión contra los dictadores andróginos, los líderes de opinión, las vacas sagradas del canon. Así, el bar es asamblea y subvierte lo que la formalidad considera pecado. La ética del bar, así, debe contar con mozos ilustrados, cantineros sabios y propietarios generosos. Todos remplazando al cura en el confesionario y al psiquiatra en el diván. Así se articula la conectivida entre el parroquiano, su discurso y el arte de la solidaridad. Amigos los de antes. El bar no produce inútiles, genera lucidez.

Si en el Salón Estrasburgo de la Plaza de Armas a principios del S.XX, los limeños pudieron ver por vez primera una función de cine, fue en la confitería de la familia Barragán Muro, luego llamada el «Palais Concert», donde los almidonados limeños conocieron al primer auténtico artista: el zambo Abraham Valdelomar. Don Ernesto Ascher [1] dice que el antro –ensamblaba una épica vicaria y una lírica hedonista—se convirtió en el rendez vous de la sociedad al compás de una orquesta de Damas Vienesas al centro de una rotonda-mezzanine hasta que cayó Leguía y la sociedad se mandó a mudar a las chinganas de la Calle Capón.

En los cincuenta, el Palermo fue el bar. El más grande que se recuerde en este ejido. Sus restos aun se observan en la cuadra 11 de La Colmena cerca al Parque Universitario. Sus 22 mesas reunieron a la vanguardia del pensamiento peruano entre 1950 hasta 1974. Alfombrado de aserrín y tatuada por la efervescencia nocturna, reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de guapo de la Católica. Gentiles de Letras y de Derecho. Era también conspicua la feligresía periodística, porque bajaban, al cierre de la edición, toda laya de redactores de La Prensa, La Crónica y El Comercio, los diarios más importantes de ese entonces [2].  Adoratorio de la bohemia intelectual pensó el país de otra manera. Se equivocó Pablo Macera y quizá José María Arguedas. Después de todo, con este país, quién no se equivoca. Los hombres y las botellas, ese dueto que imaginara Julio Ramón Ribeyro, fue el soporte para los sueños y las utopías estrellados por las traiciones perpetuas.

En los setentas, el viejo Martín Adán se asolaba en su mesa sempiterna. Broncano, el mozo, no permitía que lo molesten. Miraba la eternidad, el orden genético de sus palabras. Nosotros en la otra mesa no le perdíamos detalle. Usaba un gabán mugriento y decían que estaba loco. Y decían también que era un genio. El Palermo permitía acompañarlo como citar a Nietzsche, «más allá del bien y del mal». Y desde su antiguo amor a la sabiduría no corrompida, aparecía Ortega y Gasset, y hasta el nirvana como fuente ideológica del fascismo germano, que era el fuerte de Schopenhauer, en los gritos de Jorge Pimentel o Tulio Mora o Enrique Verástegui, jóvenes aún, entre los puchos de la vida y los cigarrillos prestados y las medias botellas de pisco Vargas y los capachos bien remachados. Kant se enfrentaba a Velasco y la Reforma Agraria a Garcilaso. Así Kin Novak era más mujer que Laura Antonelli o al revés y Gladys Arista más fiel que Cuchita Salazar. Y recitábamos a Thomas Nashe, poeta impuro del mil quinientos: «Una flor es la belleza, que se marcha y se consume…El polvo ha cerrado los ojos de Helen, es hora de morir estoy enfermo: Señor ten piedad de nosotros». Así, a las 4 de la mañana, apagábamos la luz de El Palermo y todos nos íbamos a dormir, con Helen, por supuesto.

2015 Hz

Movimiento Hora Zero, 2015.

4.

Pero fue en el bar Queirolo de la esquina de Camaná y Quilca donde uno se hizo hombre. Entonces el ron Cartavio era ese elixir del que hablaba el capital [de imágenes] de Groucho Marx. Vinces Davis, el poeta de Tumbes fue nuestro maestro del arte de la vida. Sus frases latigueaban rotundas. Ama a tu padre, detesta a los curas, cómprale un clavel a la vieja, nos decía. Y cierto, uno aprendió filosofía, barrio y finta, y la poesía cruel, de no pensar más en ella. Así, Adam Smith era un huevero en las tardes del bar Cordano. Y en el Carbone conocimos a Vallejo, filudo y huesudo [Alejandro Romualdo dixit]. Antes, en el bar Zela de la Plaza San Martín sentí el tufo arrecho de Sérvulo Gutiérrez y con Felipe Buendía entendí porque Dvorak había animado a los arquitectos del bar del hotel Bolívar.

Los peruanos más ilustres saben por la barra del bar y de ‘la sabiduría del codo’ [3] antes que los burócratas de la inteligencia que se despeina por el establishment y el lameculismo antañón. El militante del bar es poco estridente, más bien observador y es ácido cuando detecta un sobón. Aquello lo salva del champancito que ya denunciara Vargas Llosa. El «hermanito» es enemigo de los cariños fieros que en diálogo o susurro, se hacen teoría y praxis en la otra familia, la que uno encuentra en esa civilización que puebla los bares.

A los bares de los setentas poéticos los aroma un movimiento singular en las literaturas nacionales latinoamericanas: Hora Zero. Jorge Pimentel de Jesús María, Juan Ramírez de Chiclayo, José Carlos Rodríguez de Iquitos y Enrique Verástegui de Cañete, cuatro visiones distintas para un país diferente, el de Velasco, publican la primera revista con poemas y un manifiesto: “Palabras urgentes”, que le pedía cuentas al canon literario peruano adormilado en sus aposentos y que constituía una suerte de traba elegante para que ciertos apellidos, algunos términos y varios temas no sean poetizables. Este fue el inicio de una historia que no termina.

Desde esa vez, Hora Zero ha funcionado como un colectivo de poetas de todos los rincones del Perú produciendo textos cada vez más admirables, y que acaba de publicar un libro contundente: “HZ. Los broches mayores del sonido” gracias al trabajo de Tulio Mora y, que culmina este año también con un hecho sin presentes en la literatura peruana. Si Valdelomar y los “Colonidas” hicieron del “Palais concert” una peluquería literaria, Hora Zero, gracias a su costado cantinero, a finales del 2009 se ha soldado a la historia. En el bar Queirolo de Lima se inauguró el “Salón Hora Zero”, homenaje a la eternidad de su poesía. Galería, huarique y teatro de los sueños. Un buen lugar para vivir infinitamente. Ya lo dije, los bares son aquellos cepos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos.

queirolo

Esquina de Camaná con La Colmena, a una cuadra, el Queirolo de Lima.

 

[1]    En Curiosidades Limeñas.  Sear’s Roebuck del Perú S.A. Lima 1974. Ascher es limeñólogo y como Porros Barrenecha o Salazar Bondy, el poeta, agarra calle y callejón de media mampara.
[2]    El bar convertido en ágora griega. A los gritos las ideologías y las pasiones bajoventrales.  Luego, el bar Chino-chino y después el volatín en el épico bar La Comisaría.
[3]    Codistas famosos fueron los habitúes del Negro-Negro, del Viena, el Haití de la Plaza Pizarro y los solitarios de la medialuz en el Pigalle, el Ebony y el Maury.

 

Las fotos fueron tomadas de: http://limalaunica.blogspot.pe/2012/10/el-palais-concert.html

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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