Máximo Damián / EL VIOLÍN PERPETUO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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Un día como hoy, 12 de febrero del 2015, fallecía en Lima a los 79 años “El violinista de Ishua”, Máximo Damián. En sus últimas horas fue torturado por la negligencia médica de Emergencias del Hospital Rebagliati que lo tuvo agonizando en un pasillo sin los cuidados de urgencia y días antes ya había sido enterrado por el olvido del Ministerio de Cultural que añadió otro muerto ilustre a su propio panteón de su torpeza elitista y burocrática. Máximo Damián, no obstante, desde el cielo sigue tocando en los fastos de la memoria y en el recuerdo de su “padre”, don José María Arguedas.

 

El poema se llama “Figura en obsequio de la sombra”, pertenece a mi libro Profundo vello y tiene un epígrafe en quechua: “Chuqchaytan wayra / Apachqan huaq huaqllamanta. En español dice: El viento se está llevando / uno por uno el sueño de mi cabellera. El epígrafe lo dijo esa vez Máximo Damián según tradujo el compositor Arnulfo Fuentes mientras Hugo Crespo escuchaba. Cierto, almorzábamos los cuatro en La Retama, el restaurante ayacuchano en la Residencial San Felipe y Máximo Damián estaba contento, había tocado su violín con una dulzura portentosa y en una semana iba a viajar a España.

Damián que siempre era el violista de José María Arguedas, llegaba a mi casa temprano cada mes y traía siempre o una botella de pisco o una de caña. Entonces escuchábamos música peruana y veíamos videos de La Lira Pausina o Los Errantes y ahí no más se ponía a recordar de cuando era niño allá en el Valle de Sandondo y luego, cuando llegó a Lima en los cincuentas y terminó tocando en el Coliseo Nacional. Entonces siempre recordábamos a don José María, y a nuestros padres, ya nuestras novias. A Máximo Damián lo conocí cuando ambos trabajamos en el Banco Hipotecario y él se había comprado su casa en Maranga donde se fue a vivir con su esposa Isabel Asto, entonces siempre había motivo para celebrar.

Y ahora, me cuesta creerlo que Máximo Damián esté muerto y lo estamos velando con la familia, con los músicos, con los amigos. Desde hace un tiempo sufría de diabetes y a pesar que se cuidaba, esa salud se vino a menos hasta que el martes 10 de febrero se puso malo y su mujer “Doña Isa” lo llevó al hospital Rebagliati donde falleció a los dos días. Y cierto, entonces aparecieron los hueleguisos de siempre, la ministra, el gerente, el asesor –esos que jamás lo quisieron– y dolidos aparecieron en los diarios declarando a favor del artista nacional, de la cultura peruana, de la memoria del pueblo. Máximo Damián no necesitaba ese llanto, él se había marchado a las profundidades del nevado Coropuna donde moran los inmortales junto a su amigo José María Arguedas.

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Máximo Damián fue protagonista de la película peruana “Sigo siendo”.

GUARDIÁN DEL FUEGO

En mi libro El más vil de los oficios (Lancom, Lima 2012) Contaba de esa vez que estuve en la casa de Máximo Damián en Maranga y otra vez estaba contento. Entonces decía que doña Isabel Asto  lo abraza y ahora están cantando “Cocaquintucha”. Es un huayno de San Diego de Ishua, distrito de Aucará, provincia de San Juan de Lucanas en Ayacucho, que los paisanos entonan a la hora del aliento. Me han invitado un pisquito y la memoria de José María Arguedas está presente en todos los rincones de la vivienda. Todo es sentimiento y eso lo explica después el maestro Damián a sus 78 años y ahora con problemas en los riñones. Por ello cada fin de semana tiene que recibir su hemodiálisis. Pero igual, habla de San Gregorio, el guardián de la entrada al cielo. Y ahora está hablando de los huamanis y apus, allá donde van a dar los muertos, donde están sus padres y toda su memoria.

Y desde aquella tarde de ese lunes del invierno limeño de 1952 cuando doña Tarcila, la vecina del corralón, llegó apurada a contarle a tía Matilde que un tipo blanco, de bigotes y de traje oscuro estaba preguntando por él, Máximo Damián Huamaní ya no fue el mismo. El escritor José María Arguedas lo había ubicado en su casa de la cuadra 9 de la avenida Sucre en Pueblo Libre porque le dijeron que ahí vivía aquel que iba a ser su amigo inmemorial, aquel, el violinista que hacía llorar a los pajaritos y los puquiales. Entonces en el VW de Arguedas viajaron hasta la Casa de los Artesanos del jirón Cusco donde Máximo Damián deslumbró a todos con su arte.

Desde que se radicó en Lima Máximo Damián fue entrañable amigo de Arguedas. Ellos solo hablaban en quechua y se hicieron de secretos que resolvían con humor y ternura. Arguedas cantaba huaynos ayacuchanos acompañados elementalmente con una guitarra y le violín de Máximo Damián los acariciaba con sus notas. Con el tiempo, el “Violinista de Ishua” que así comenzaron a llamar a Damián, supo traducir aquella amistad aromada por la memoria de la flor de retama que crecía al borde de las cumbres andinas. El escritor le dejó un testamento y le dedicó su último libro Los zorros de arriba, los zorros de abajo y el violinista lo acompañó hasta el camposanto entonando, ahogado en lágrimas esa huayno “Agonía” que los hizo vivir como hermanos y que los mató de tanta pena.

Desde ese 2 de diciembre de 1969 luego del suicidio de Arguedas, tenaz e incansable, Máximo Damián siguió frente a la eternidad pétrea de la tumba de su amigo en la cobijadura del viejo cementerio de Lima empuñando su violín y repitiendo aquella melodía puquiana, “Agonía”, que tanto emocionaba a nuestro escritor. Ahí está Damián, ahora en su ataúd, solito nomás, como esa vez cuando lo enterraron a su hermano blanco entre sollozos y remordimientos, y aquel huayno ha vencido los rigores de la tierra del olvido y el músico se fue tocando en alumbroso rito la canción del afecto que leía como esa frase inmortal cincelada en quechua y que en español dice: “Vive para siempre, José María Arguedas, 1911-1969” y su poncho de bermejo nogal lo abrigaba de alientos desterrando en su corazón los rigores de la omisión.

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Máximo Damián es protagonista del libro El más vil de los ofidios de Eloy Jáuregui.

SIGUE SIENDO

Y ahora lo estoy viendo en el cine. Y Máximo Damián ha llegado a El Carmen, esos pagos de negros en Chincha al sur de Lima. Tiene su violín y su ternura. Baja de la combi y en la plaza principal lo está esperando uno de los descendientes de Amador Ballumbrosio Mosquera. Javier Corcuera, el director del documental “Sigo siendo” le ha dado unas breves indicaciones. Máximo Damián empuña su violín y comienza la danza. Ahora marchan al cementerio y los negros bien endomingados en dos hileras, avanzan al ritmo que está imprimiendo el “Violinista de Ishua”. No hay choque cultural, su melodía andina se ensambla con el zapeteo y cantos de los negros. Avanzan en trance. El silencio es ensordecedor. Es la música callada de la identidad. El viaje del retorno ha comenzado. La película ha comenzado a correr.

Y recuerdo que esa vez Máximo Damián no se cansaba de mostrarme sus fotos y retratos. Ahí está cuando se casó con doña “Isa”. Y tuvieron tres hijos. Y siempre fue el maestro querido de cuánto folclorista que llegó a Lima buscando el porvenir. Y fueron duros esos días. Cuando comenzó a trabajar en una textilera  y jamás le reconocieron sus años de servicio. Y luego cuando el educador Carlos Cueto Fernandini y el crítico Alberto Escobar lo recomendaron para empleado en el Banco Central Hipotecario del Perú. Por eso tiene su casa humilde pero cálida frente a un parque en Maranga donde una pintura de Teodoro Núñez Ureta ha perennizado al músico recio que también fue su padre Justiniano Damián.

Damián fue el músico por excelencia de un baile único en el mundo: La danza de las tijeras (danzak’ en quechua) que es un baile masculino en el que dos ejecutantes, acompañados por sus respectivas orquestas de violín y arpa, danzan en turnos que forman parte de una competencia dancística. Cuando le toca el turno a un bailarín, este no solo repite los pasos de su competidor, sino también crea figuras más complicadas que deben ser superadas en el siguiente turno por otro bailarín. Para complicar más la danza, los danzantes manipulan en una de sus manos dos piezas sueltas de tijeras mientras bailan. El choque interrumpido de las dos partes de las tijeras produce sonidos parecidos a los de una campana pequeña.

Máximo Damián era  jubilado como profesor de violín de la escuela de folclore que lleva el nombre precisamente del escritor. Pero como escribí alguna vez, Damián es más que un profesor, es un ser de redenciones, querencias y harawis perpetuos. Entonces cuando lo nombraba, con esa manera tan especial de entregar su corazón, decía: “Al doctor le gustaba su pisco Vargas, y que bonito cantaba y se comía el queso picca, que mi mamá Toribia le mandaba desde Ishua, en su panca, con su ajicito, ajitos y cebollitas”. Y para Máximo era siempre “el doctor José María”, el intelectual, el de los libros que contaban clarito las costumbres de la tierra, el enamorado de la música, los retablos, los tejidos, ese que hablaba como ninguno. Cierto, cuanta tristeza, Máximo Damián. Y como dice el escritor Alfredo Pita: Máximo Damián, el hermano de José María Arguedas, el hermano nuestro, ha muerto. Mi corazón sangra, pero también baila, porque los vi gozar, los escuché reír y cantar, porque tuve el privilegio de conocer a tan grandes maestros. Ya estás con José María, con tu violín para siempre, Máximo.

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Tocando en la tumba de José María Arguedas

 

LOS SECRETOS DE ARGUEDAS

Así lo contaba Damián: “Fuimos entonces para la fiesta del agua en Puquio. En el ómnibus el doctor Arguedas así con tristeza miraba por la ventana. ¿Por qué tan contrariado estás? le pregunté cuando llegamos al hotel de Puquio. “Te cuento en secreto, Máximo. Me he enamorado de una maestra. Desde hace un año invento visitas de campo y me quedo semanas enteras en el Valle del Mantaro. Vilma Ponce se llama, vive en Apata cerca de Concepción”. ¿Y la quieres? “No sé bien, pero me siento bien con ella. He vuelto a ser joven y con fuerzas y mi enfermedad nerviosa ha desaparecido. Estoy terminando una nueva novela que había abandonado hace tiempo y ya no sufro insomnio”. Luego sorprendido me he quedado. “Creo que voy a ser papá”, anunció de repente. En la cantina de Puquio hemos celebrado. Por su hijo y por su novela “Los ríos profundos” que estaba terminando”.

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Máximo Damián despidiendo a su maestro José María Arguedas.

Las fotos han sido tomadas de la web de El Comercio y de larevista Lima Gris

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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