La Punta, sono felice

Un relato de ELOY JÁUREGUI

La punta

Desde antes que sirvan el almuerzo Pola lo había observado de mal aspecto. Lucía pálido y le brillaba la frente por el sudor. Claudio se advertía cansado incluso esa semana de comienzo de sus vacaciones en la universidad y ni siquiera, saber que iba a pasar todo el verano en La Punta, lo animaba para bien aquel domingo cuando esa extraña sensación lo apuró al vómito. Al rato, cuando quiso distinguir la playa y el muelle desde la terraza de su departamento, una imagen difusa de las cosas le anunció que algo le pasaba. Estoy mirado doble, fue lo último que pensó y cuando Pola le sirvió un vaso de vino blanco él se sorprendió con un asco inusitado. Luego rodó lentamente de la silla y no recuperó el conocimiento hasta el día siguiente.

Pola había sido su alumna y de verdad lo amaba. Cuando les contó a sus padres que vivían en Buenos Aires, ellos también quedaron prendados de Claudio. Al verano siguiente ya estaban casados y se habían mudado a La Punta. De aquellos años quedaban las fotografías y videos, el doctorado de Claudio y la adopción de Alaska, la perra blanca pastor alemán. Así que si alguien preguntaba si la pasaban bien nadie hubiese dudado es responder que era una de las parejas más felices que se haya visto en el balneario los últimos años. Hasta aquel domingo en que Pola le contó que estaba embarazada pero él ya no alcanzó a entender. Tenía el brazo izquierdo adormecido, fuera de su visión difusa, le dolía detrás de la cabeza hasta que lo ingresaron a Emergencias del Hospital Naval donde le dijeron a Pola a la mañana siguiente que probablemente era un tumor cerebral.

– ¿Cuándo lo puedo llevar a la casa? –le preguntó al Dr. Vigo.

–Depende de de los exámenes –respondió lentamente el neurólogo– aunque aparentemente, solo es agotamiento, tómelo con calma.

Claudio en esos meses fue atacado por un sopor de sueños extraños y los dolores del cuello casi continuos al despertarse. Le habían gestionado una licencia en la universidad y entre exámenes y análisis clínicos recordaba otros veranos desde niño en La Punta. Ahora reposaba en el restaurante La Rana Verde construido sobre el tímido oleaje y el muelle macizo por los primeros italianos que llegaron al balneario después de la gran guerra. El lugar era una plataforma apacible donde los descalzos podían sentir el salpicar del océano frío en la planta de los pies. Así, su visión se perdía hasta la isla de San Lorenzo donde el cielo dejaba dos referencias rotundas y desde el rompeolas curvado de concreto y rocas, el mar de la playa de Cantolao registra otras tantas tonalidades de luz según el día y sus horas.

Claudio en esos días recién cayó en cuenta que el mar perla contrastaba con el frontispicio ocre que cubre el océano de allá al fondo y un poco más. Nadie es igual después de verlo y jamás serás otro sólo con mirarlo bien según los años, se decía mientras el dolor no lo dejaba descansar. Ese lunes estuvo nublado desde que amaneció y Pola revisó una vez más los documentos del hospital y volvió a quedarse callada como si observara en el horizonte la mirada lánguida de Claudio que aún dormido le preguntaba por qué. Esa vez era el día clave y algo se movió debajo de su vientre

–Y pensar que a esta hora no le podía fallar el Bloody Mary –dijo el tío Alfonso y agregó llamando al mozo a quien le decían Mister Cho–, tráeme uno doble, ya son las doce.

Pola se quedó mirando los yates oxidados de la rada del Club Regatas, suspiró con retardo y su mirada se perdió entre las gaviotas mientras estiraba las piernas y se despojaba de sus sandalias.

–No sé qué le diré a mis suegros, ya ni se imaginan cómo sufre el pobre– dijo mientras le acomodaba la manta térmica a Claudio que asintió con la mirada y se volvió a quedar dormido.

El día que operaron a Claudio para extraerle el tumor cerebral Pola estuvo orando sola en la capilla del Hospital Naval. Solo el tío Alfonso llegó pasadas las siete de la noche y los médicos todavía no tenían una respuesta. Pola a sus 25 años y a pesar de drama de su esposo, incluso pensó que iba a perder al bebé. Sería hombrecito le aseguraron apenas cumplió los seis meses de embarazo pero ella casi ni lo tomó en cuenta. Pola a sus 25 años y a pesar de esos días aciagos seguía siendo una mujer muy atractiva, de rostro de niña y largas piernas que le daban un porte esbelto que fascinaba a todos. En el último piso del edificio donde vivía, los vecinos aseguraban, sin embargo, había noches en las que no paraba de llorar.

Por las mañanas, sola y en medio de la garúa, Pola llegaba hasta la playa de Cantolao. Entonces recorría con su mirada al fondo el inmenso peñón de la isla de San Lorenzo y más acá los muelles de los clubes de regatas que no sólo habían guardado su pasado feliz un sino una historia que todavía retenían los viejos del club Longo, del Regatas y el Universitario, quienes antes del atardecer de la charla gastada y la cita de ese té chino de uva negra, iniciaban la ceremonia de las frases consabidas sobre las hazañas de los jóvenes de la calle Diego Ferré, de Ugarte y el malecón, donde Pola era la imagen de sus susurros que todavía continuaban con admiración, con pasmos, con una curiosidad sin límites.

–Señora, es un caso excepcional. Todos estamos sorprendido, ya no quedan rastros del tumor, en una semana le damos de alta –le dijo esa mañana el Dr. Vigo–, ahora a cuidar de esa criatura.

Costó unos días para que Claudio recuperara la rutina. Incluso aquella noche, en la terraza y con la brisa tibia que venía de más allá de las islas, cuando él la desnudó con sumo cuidado y ella mostró su vientre a punto de explotar. Y esa vez Pola se encargó de los detalles y la pericia de esa ceremonia del amor que desde que perdió la virginidad y hasta que conoció a su marido no había repetido. Desde los trece años Pola se había acostado con toda la palomilla del barrio de Alacrán, incluso con chicos menores a quienes ella había desvirgado en la playa en lo que ella que llamaba su educación fornicaria.

De eso conversaban los viejos punteños, de las hazañas y precocidad de Pola. Claudio siempre lo supo pero jamás habló del asunto: “Ahora que eres mi esposa, ahora eres una nueva mujer”, le dijo la noche de la boda. Hasta que enfermó, hasta que lo operaron del cerebro y le extrajeron el tumor. Y esta vez en que iba a nacer su hijo, recién cayó en cuenta que también le había extraído ese pasado disoluto de su mujer. Su Pola, su nuevo amor.

Tomado del libro de cuentos CIELO INCENDIADO. Eloy Jáuregui. Lima 2016.

La foto ha sido tomada de: http://www.forosperu.net/

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui, Cuento de Eloy Jáuregui, Libro "POrque tu amor es mi espina", Narrativa peruana, Periodismo literario. Guarda el enlace permanente.

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