Juan Rulfo / EL TEXTO EN LLAMAS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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Anoche comprobé que Juan Rulfo no es para el verano y casi imposible para el cine. Ardía al sur de Lima y aireado en mi poltrona con brebajes de rigor y hielos contra el sopor, me pegué al cable a ver otra vez la versión Pedro Páramo, aquel film que rodara en 1966 el español Carlos Velo con textos de Carlos Fuentes. Insoportable a la media hora, postizo desde los 15 minutos. Y uno tiene a la escritura de Rulfo en la cabeza, además, operativa a ser trasfigurada en poesía o cine. Y uno observa ese espantajo de Carlos Velo y vuelve a comprobar que los códigos de Rulfo, como los de García Márquez, son antagónicos a la cinematografía. Perdónenme cínicos (a los que le gusta el cine). Pero valió la pena ver a Pedro Páramo, 60 años después, de fantasma y en una playa del sur.

Ya lo dije, Juan Rulfo no era mexicano. Y su única novela, Pedro Páramo, no era la única, fue la más completa. Rulfo en todo caso es una voz latinoamericana que por callada, se hace estruendosa. La marca de Rulfo es un tatuaje en el lomo nacional. Lo nacional a la manera de Louis Althusser para quien la construcción de lo identatario era el único valor “real” de todos los imaginarios. Así, Rulfo es latino y universal. El más entrañable de nuestros escritores. La escritura como torrente de sangre. Lo latinoamericano como escritura de la inclusión, su pulso, su arraigo.

Rulfo fue un creador de una forma de contar que fundaba lo “real”. Así su texto es de  un universo rural inconfundible donde plasmó no sólo las peculiaridades de la idiosincrasia mexicana, sino también el drama profundo de la condición humana. Su libro de cuentos El llano en llamas de 1953 reúne quince cuentos que reflejan un mundo cerrado y violento donde el costumbrismo tradicional se desplaza para vincularse con los mitos más antiguos de Occidente. En 1955 publica Pedro Páramo y desarrolla los mismos temas de sus relatos, pero los traslada al ámbito de la novela rodeándolos de una atmósfera macabra y poética. Este libro ostenta, además, una prodigiosa arquitectura formal que fragmenta el carácter lineal del relato.

Pedro Paramo fue escrita por Rulfo en un arrebato de genialidad pero fue más trabajo que ingenio. Entonces Rulfo resulta, ahora que conocemos todo, el autor de una novela fundadora de lo que luego se llamará el realismo mágico. Un texto poblado por sombras, murmullos, ecos, rumores, voces. Donde el arte de construir historias es un prodigio descomunal: “Aquí esas horas están llenas de espantos. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece empiezan a salir” […] “Las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”.

Juan Rulfo pertenecía  a la llamada generación del 42 mexicana, aquella que se había sumergido en las densidades surrealistas anexadas a un primer real maravilloso y otros elementos fantásticos de la cultura americana que se consolidaron con los hechos cotidianos, aquellos de la cruda realidad. Pedro Páramo se desarrolla en una sociedad mexicana post-revolucionaria, marcada por un espíritu de cambio y de protesta y el pliego de los problemas que la dictadura había ocultado en los propios cimientos de la sociedad mexicana, que se sumía en una miseria increíble. En esos años de 1955 todo se quería cambiar, se fundaron bibliotecas y escuelas en todas las ciudades y pueblos del país, con el propósito de que todos los mexicanos aprendieran a leer y escribir. En el campo se organizaron misiones culturales, profesionales y maestros se instalan en plazas y caminos a enseñar y alfabetizar a la población.

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Rulfo puede ser boliviano como guatemalteco. Rulfo es el denso Onetti más que Jorge Amado  y es también Arguedas, el peruano macizo de todas las formas de cultura.  Y desde 1955, Pedro Páramo es un clásico oculto de lo consabido popular y que se ha traducido a más de treinta lenguas y reediciones una tras otra de nuestros países. Y uno guarda sus tesoros. En una entrevista de Joseph Sommers en La Cultura en México del 15 agosto 1973, Rulfo cuenta: “El personaje central es el pueblo, un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aún quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. Así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas”.

Pero Rulfo resulta más ambicioso porque hay en su obra una marcada intención de romper el canon. Así lo hizo, y así dijo que el había escrito un solo libro de cuentos, El llano en llama y una sola novela, Pedro Páramo y que ya no tenía nada más que escribir. Pero además dijo que lo que quería era no hablar como se escribe, sino escribir como se habla. Cierto, resulta que Pedro Páramo es un lenguaje hablado y pocos caen en cuenta: Rulfo explica: “Tuve que echar fuera más de 150 páginas antes de dejarla como quedó. No sé si ese ajuste fue necesario. A veces pienso que no se debe creer que el lector razona igual que uno y que se le ponen muchas trabas para su comprensión”.

La historia, la exposición cuenta que Juan Preciado va a buscar a su padre perdido a un pueblo fantasma, con un sin fin de personajes misteriosos y enigmáticos. Rulfo engendra ese sabor que caracteriza a los literatos nuestros: la pasión dramática. La búsqueda de Pedro Páramo es el regreso más que el retorno. Páramo es único y su hijo nunca lo había visto. Lo conoce de hazañas más que de mañas. Juan Preciado tiene dos misiones, la de hallar a su padre y la búsqueda del regreso de aquello que le fue arrebatado, es decir, el cobro hacia su padre por haberlos abandonado.

Rulfo fue hombre de vida discreta, un empleado de traje y un ser sorprendente. Después de la aparición de Pedro Páramo en 1955, Rulfo anunció, varias veces que estaba preparando un libro de relatos de inminente publicación. Todos hablaban del libro de relatos Días sin floresta, y de otra novela titulada La cordillera. Ni uno ni otro. Rulfo no volvería a publicar libro alguno. En una entrevista de 1976, Rulfo confesó que la novela proyectada había terminado en la basura. De vez en cuando, algunos textos suyos aparecían en las páginas de las publicaciones periódicas dedicadas a la literatura. Así, en septiembre de 1959, la Revista Mexicana de Literatura publicó con el título de Un pedazo de noche un fragmento de un relato de tema urbano; mucho más tarde, en marzo de 1976, la revista ¡Siempre! incluía dos textos inéditos de Rulfo: una narración, El despojo, y el poema La fórmula secreta. Pero nada más. Hoy, a los años, Rulfo es Pedro Páramo y su otro libro de cuentos.

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Finalmente, Pedro Páramo, me atrevo a decir, no reproduce una visión coherente del mundo, sino la fragmentación y ruina de un orden social y moral, la supervivencia de códigos previos dentro de un nuevo orden social, y los conflictos y confusiones que surgen de la mezcla de lo nuevo y lo viejo. Rulfo así es el escritor político más político de todos. No es local (mexicano) sino ‘glocal’ –el termino es mío y dice de lo local en lo global–. Así no muestra el universo con su fe y sus taras religiosas aunque cuando uno lo lee oye campanas y escucha quejidos. Así aparecen pequeños cielos e infiernos privados habitados por gente que ya no puede hacerse oír. En el meollo, surge entonces la arquitectura social del feudalismo mexicano, el poder y la miseria que en Pedro Páramo ha sido destruida desde dentro por el dinero: entonces uno entiende que la tragedia que representa el libro es de un pasado que invade el presente, que persiste fantasmalmente, que agobia la actualidad.

Coincido con René Ceballos  que afirma que Rulfo fue uno de los escritores latinoamericanos que Onetti y Arguedas más admiraban. Rulfo es así fundador de un carácter mítico determinado por la atemporalidad y la dualidad de dos mundos: Cómala vivo como pasado y presente; y Cómala muerto, hecho de pasado y representado en un presente ficticio. Lo real maravilloso lo encontramos en la coexistencia de varias épocas, en la paralelidad de pasado y presente con un toque atemporal, reflejando así de alguna forma la cotidianeidad en Latinoamérica y su eterna evocación del pasado. La religión esta descrita como esencia mística. En esto radica lo real y lo mítico; uno no sabe a ciencia cierta si las imágenes corresponden a formas auténticas de la fe occidental o si los indígenas que participaron en la construcción de las mismas fueron inspirados indirectamente por imágenes autóctonas cuya veneración tuvieron que reprimir.

Se cumplen más de 60 años de Pedro Páramo que es un libro que cumbre de la literatura universal y que expresa la brillantez de una escritura latinoamericana del siglo anterior que parece sin retorno. Cierto, hoy se lee menos y se lee mal. Novelas y relatos actuales han regresado a la matriz de las leyendas celtas de duendes y seres diabólicos en una gama de vampiros y zombis. Sin embargo, si un joven leyese a Rulfo, otro sería el futuro y otras las letras de la esperanza.

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CODA

“VINE A COMALA porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”. (El inicio de Pedro Páramo.)

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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