Svetlana Aleksiévich / LA CRÓNICA YA TIENE NOBEL

Un texto de ELOY JÁUREGUI

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Los vecinos del departamento de la última Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich en la gélida ciudad de Minsk capital de Bielorrusia, aseguran que aquella casa ya no es la misma desde que obtuvo el premio a finales del año pasado y nos les falta razón. Aleksiévich quien vive hace un lustro en esa casa forrada en madera y desde donde se observa el río Svisloch, no se niega a las entrevistas y visitas y de un tiempo a este parte aprendió a codearse con la aureola de fama aunque no olvida que solo es una periodista.

Cuando ese jueves 8 de octubre de 2015 el portavoz de la academia sueca anunció que Svetlana Aleksiévich ganaba el Premio Nobel de Literatura solo hizo avivar las brasas de una vieja discusión: “¿Puede el periodismo llegar a ser literatura? No obstante, los académicos honraban una vieja deuda que había quedado pendiente. Era un premio que se merecía por ser de justicia el polaco Ryszard Kapuscinski y que no se lo dieron porque se murió en la víspera. Cierto, era un galardón que había sacado ronchas antes, cuando se lo otorgaron a historiadores como Churchill o Mommsen o a filósofos como Russell o Bergson. Harina de otro costal, para los puristas. Textos conversos entre las noticias y los versos.

Según el presidente del Comité del Nobel de la Literatura Per Wästberg, argumentó por ejemplo que en el libro Voces de Utopía, la periodista desarrolla “la historia mental de los ciudadanos soviéticos que ella asocia a una tumba, a un baño de sangre y a un diálogo interminable entre verdugos y víctimas y en lo más oculto posible. Es como una taquígrafa en un alto tribunal que enumera las injusticias más atroces. Aquí están las palabras de cientos de testigos por primera y única vez. Sin ella, nunca habrían visto la luz”.

Digo yo, que el periodismo no tiene la obligación de ser una escritura brillante ni esplendorosa –me basta que cuente la noticia con verdad y en su momento– pero si ella misma es una exposición luminosa y centellante es mejor, atrae más y tiene mucho más lectores. En su discurso de aceptación del premio, la periodista exhibió su reconocida mirada ácida de la cultura de su realidad aunque aseguró que era un tiempo de esperanza que “ha sido sustituido por el momento del miedo, donde es difícil hablar de amor”.

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Aleksiévich es periodista de raza. De las duras, de aquellas que trabajan en ese rubro que aquí se llama “de investigación” y que debe ser obligatorio para todos los que hacemos prensa. Así, sus textos demuestran un rigor extremo de inmersión, acuciosidad y detalle. Así parece cabalgar en la perfección de la poesía y así también, en la geometría de los cuentos exactos. Acaso la innegable influencia de Chejov el maestro del relato corto.  Es bueno entonces recordar lo que Gabriel García Márquez aseguraba hace un tiempo: “El periodismo es un género literario”. Sí, lo decía pero también lo sustentaba con su texto de más de 2.000 palabras que llamó El mejor oficio del mundo.

En octubre del 2015, Masha Gessen escribía en The New Yorker un texto titulado “The Memory Keeper”. Allí se encuentran algunas pistas sobre la vida y la vocación literaria de Aleksiévich. Que era hija de maestros rurales y que había estudiado periodismo en la Universidad Estatal de Minsk porque era lo más parecido a una escuela de escritura. Trabajaba en un periódico y escribía poesía, teatro y guiones. Escribía a borbotones, digo yo otra vez. Los críticos entonces, muy a su pesar, cuando leyeron Voces de Chernóbil, aceptaron que se trataba mucho más que una crónica o un ensayo. Dijeron que Aleksiévich, en aquel modelo de polifonía textual, había creado un nuevo género: la “novela de voces”.

Esta Nobel no es profusa. En español, Aleksiévich apenas este año completó con El fin del «Homo sovieticus» su tercer libro. Antes, había leído La guerra no tiene rostros de mujer. Entonces uno la imagina en un taller. Así pareciera que utilizara un estilete, mejor un bisturí, para diseccionar ese cuerpo donde habita lo inverosímil, lo pavoroso, lo inolvidable. En una reciente entrevista –ya de Nobel– cuenta que en 1980, cuando empezó a escribir, sentía que no podía tomar notas a mano, la realidad y los testimonios la ganaban. Entonces se dijo que necesitaba conservar las palabras, pero sobre todo, los silencios. Así, se compró una grabadora que le costó tres meses de su sueldo. Pero que en ese momento unos amigos escritores le prestaron el dinero.

 

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Su técnica es como la de cualquier periodista que se respete. Ella ubica a los testigos, pregunta, escucha las conversaciones, las trascribe, y ahí comienza su labor como creadora. Cierto, a pesar que trabaja en cientos de entrevistas no todas las utiliza. Ella reconoce que al final desecha material y trabaja con ciertos entrevistados. Así conforma un tejido de voces. Así trabaja y trabajó siempre, dando el protagonismo a quien se lo mereces. Aquellas exclamaciones, esas quejas, los clamores hilarán los temas esenciales. Algunos nombres son ficticios, para que estas personas no corran ningún riesgo.

Aleksiévich siempre supo que sus textos aspiran a una perdurabilidad que pocas veces lo consigue el periodismo informativo. Al respecto, le leí a la cronista argentina Leila Guerriero argumentar que: “Es importante hacer esta diferencia puesto que, cuando se dice ‘literatura’, muchos piensan inmediatamente en ficción, y el periodismo es un género literario que trabaja sólo con materia prima obtenida de la realidad”. Por ello el merito es doble, y no porque la realidad a veces deslumbre más que la imaginación, sino, porque lo perdurable es producto más de la brillantez que del sudor.

El arte –perdón por mi osadía— de Aleksiévich tiene la transparencia de lo genial. Sus textos son microrrelatos sobre personas reales. Sí, aquellas que cuentan, por ejemplo, del comunismo realmente existente en la URSS. Aquellas que narran la bestialidad de la guerra. Esa que padecen de la tortura y de las relaciones inhumanas. Es una técnica magistral para mostrarnos esos testimonios de seres de carne y hueso que sobrevivieron a los yerros de la URSS de comunistas o disidentes. Y esos otros que fueron testigos del desplome de aquella realidad detrás del muro.

En su libro La guerra no tiene rostro de mujer del que muchos dicen que es un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo, Svetlana Aleksiévich dedicó siete años a entrevistar a varios centenares de mujeres entre el millón de combatientes femeninas soviéticas que, entre los 15 y los 30 años de edad, lucharon en la Segunda Guerra Mundial para frenar y rechazar la invasión alemana. Entonces tuvo que conversar con enfermeras, cocineras o lavanderas. Ahí están los testimonios de médicas y cirujanas, pero también de francotiradoras, pilotos de avión, jefas de artillería antiaérea y de zapadoras ‘desminadoras’, además de guerrilleras, criptógrafas o auxiliares del Estado Mayor. Es decir, un gran coro. Todas gritando sus memorias, sus horrores.

Es conocido que la historia de las guerras las escriben los vencedores y casi siempre los hombres. A partir del premio concedido a Aleksiévich esta verdad ha sido derrotada. Es más, ahora los periodistas de crónicas, aquellos de las historias de la no ficción pueden vivir tranquilos y saber que pertenecen a un linaje prestigioso. Desde Truman Capote y hasta Tom Wolfe, desde Borges a Tomás Eloy Martínez, por nombrar solo a algunos, que no recibieron el Nobel, hoy puedo asegurar que pertenecen al pabellón de los ilustres con libros como los de Aleksiévich que han logrado crear una obra convincente e informativa, pero en un estilo que le es propio que les han dado voz a quienes han sido condenados al silencio.

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Coda

En su más reciente libro traducido: El fin del «Homo sovieticus» Svetlana Alexiévich funda una forma literaria polifónica muy singular que le permite dar voz a cientos de damnificados. Y con la sola la ayuda de una grabadora y un lapicero, hace desfilar en sus textos desde los humillados a los ofendidos, las madres deportadas con sus hijos, los estalinistas irredentos a pesar del Gulag, los entusiastas de la perestroika anonadados ante el triunfo del capitalismo, Los ciudadanos que plantan cara a la instauración de nuevas dictaduras. Así sus libros son de lectura obligatoria para los periodistas que escriben sobre la conmovedora condición humana de estos días.

Fragmento publicado en VARIEDADES el viernes 22 de enero del 2016.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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