LIMEÑENSES 62

Librerías de Lima

LEER Y BEBER DE LA SOLEDAD

Una crónica de ELOY  JÁUREGUI

 

Para Aldo Gutiérrez

 

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1.

A la Plaza San Martín en Lima le falta limpieza, ideologías y leyendas.  Ya no está el Versailles  donde saboreamos ese néctar licencioso, el  Capitán –aquel coctel de pisco y Vermouth Cinzano– atendidos por “Vittorio Gassman”, un mozo neorelista limeño. Echo de menos al cine Metro desde que estrenaron Ben Hur y extraño ahora más que nunca la librería El Sótano de mi amigo Humberto Damonte que nos dejó en la víspera, con los libros de Arguedas y sus afectos. Damonte fue uno de los últimos limeños sobrios, (nacidos o no en la capital) a la manera de Juan Mejía Baca o Sebastián Salazar Bondy, que eran su vecinos, habitantes de aquellos jirones que bordeaban la plaza como centinelas de su memoria con una prédica añosa y tierna: “ser limeño es vivir en la nostalgia del mañana insospechado”.

Hablo de la plaza pero también de los libreros, ahora que me ubico gozoso entre libros en la flamante  librería Lancom en la avenida Petit Thouars 5550 en Miraflores. Hablo de la cultura y de las librerías, como aquella de la calle Huérfanos del jirón Azángaro donde una mañana de verano en los sesenta observé al poeta Martín Adán empujándose un pocillo de quaker con su chancay ante la mirada tierna de Mejía Baca, su joven preceptor. Hablo del establecimiento de Humberto Damonte bajo los portales de la plaza cuando muy temprano lo sorprendía para raptarlo e irnos al Dominó a tomarnos uno cafés ‘piteaos’ con doble ‘rúster’ para ver la tierra rodar y creer todavía en el socialismo.

Otra  librería limeña fue la de mi padre dedicado en gran parte –acaso en la coda–  de su vida al cuidado, conservación y restauración de ciertos volúmenes, extraños tomos, misteriosos impresos encuadernados. Mi padre administrando con prez su pequeña librería de viejo. Viejo él, murió una tarde aún con el polvillo dorado de longevos textos en las uñas. Viejo él, se despidió inédito –la sabiduría oral es silente– interrogando por la salud de su guardapolvo beige que colgaba cual insignia del honor en el perchero de su librería del jirón Azángaro. Néstor, mi padre fue librero de estirpe. Yo lo recuerdo generoso y bonachón en su pequeñescenario de viejo frente a la Casona de San Marcos en el Parque Universitario. Tenía miles de amigos. Todos escritores. Todos preocupados por la cultura del país. Todos queriendo cambiar el mundo. Todos queriendo ser más justos. Mi padre fue librero de estirpe, repito. Él también quería cambiar el universo.

Por ello de los amigos,  a los almuerzos de los domingos en mi casa de Surquillo llegaban José María Arguedas, Gustavo Valcárcel, Francisco Bendezú, Francisco Izquierdo, Alejandro Peralta, Alejandro Romualdo, César Calvo, Félix Arias Schereiber, Chacho Martínez y otros maestros. Pero tampoco faltaban los músicos, don Jaime Guardia y su charango, el Dr. Raúl García Zárate lleno de misterios, Máximo Damían con sus habas y sus ponchos. Y entre chupes y sancochados de mi madre y los piscos de Chorunga de mi viejo, escuché del cielo de las utopías y de la ira contra el Dios mortal de los imperialismos. Cierto, esos almuerzos eran cátedra y caredral. Y no debí ir a la escuela, amén que me enseñase el gran Goyo Martínez, mi maestro del famoso colegio 401 de la calle San Miguel.

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Juan Mejía Baca, Martín Ad{an y Raúl Porras Barrenechea en la librería del Jirón Azangaro en la zoma de Los Huérfanos en el Centro de Lima. Circa 1957. 

 

2.

Yo era socialista por contagio y por el virus de los primeros libros que venían de la URSS. Y no le temía a Dumas, Balzac, Flaubert, Hemingway, Dos Passos, Mariátegui u Oquendo de Amat. Así, las 4 tesis de Mao y El Capital eran para la sobremesa. Pero escuchábamos también por la vieja radio Original de Philips los goles de Terry en la voz de Óscar Artacho y ¡Salud! Y a la Sonora y Los Panchos y ¡Salud! Y luego el cine de Buñuel en México con Tin Tan y Ninón Sevilla y ¡Salud! Y a Los Embajadores Criollos y Fiesta Criolla y ¡Salud!

Que cada cual cuide de su entierro que imposibles no hay. Que así decía el viejo Jorge Amado y ahora lo recuerdo como homenaje a los libros y los libreros como mi padre, como Damonte y Mejía Baca. Aquel artefacto cálido y entrañable como una mujer amada: el libro que habita entre nosotros y que me hizo  infante omnívoro en librerías y bibliotecas desde el escaño de aquella biblioteca sempiterna antes que desmesurada y laberíntica a la manera de Borges. Trozos de cielos bucólicos desfilaban entre la espesura de las églogas de Jorge Manrique hasta las crispadas borrascas -en el mismísimo corazón de las tinieblas- de Joseph Conrad. El tiempo detenido,  el espacio sin confines. Las imágenes y metáforas de la poesía, las sombras chinescas de la novela, el sustrato incombustible del ensayo.

Y como no recodar las ediciones populares y los Populibros que eran mi fuerte, los piratas mi reducto  y mi galeón. Así pude conocer el auténtico Mariátegui como un alma matinal, a Jorge Basadre eternizado en su adolescencia, a José María Arguedas caudaloso y profundo. Todos a precios de feria, accesibles a los ojos de su destinatarios naturales. El libro-libre como liebre en una carrera contra la infraternidad y el desamor. El libro-identidad, el conocimiento de la unidad de lo múltiple opuesto a lo distinto y diverso. El libro-tejido, un opus tramado e integral para el devenir del pasado y la historia del porvenir.

Hubo otros -tan diferentes que parecían gemelos- libros caliginosos, enrevesados, inextricables y hasta fuliginosos: aquellos llamados de textos o de materias. Los de lectura obligatoria antes que placentera. Libros a los que no me une afecto alguno. Quizás Baldor el exacto o Kant el inexacto o Marx el casi exacto. Libros que más que autores como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca del todo leído se empozara en el alma. Impresos del medioevo a publicaciones contemporáneas. Libros sagrados -para uno, modestamente- por agnósticos y gracias a Dios. Libros libres para librar la librea de la miseria.

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Librerías del Jirón Quilca, las más grande de el Perú.

3.

Fueron los prohibidos aquellos que mantuvieron mi moral erecta. El Satiricón, sin duda, me inflamó como Roma hasta mi punta roma, Petronio, su autor, fue el poeta de Nerón, yo su lector, terminé más que chamuscado como su imperio. E imperiosa fue también, a su tiempo, la lectura de El amante de Lady Chatterley de H.D. Lawrence -un guardabosque en el follaje de las mantas- y Madame Bovary, escrita por Flaubert para un escribano como yo, ayer, lector de una sola mano y con los ojos cerrados.

Cierto, libros de cabecera y los otros, aquellos “no aptos” para la educación sentimental, vr. gr. el Kamasutra (la ingeniería del servicio de la no fantasía) de lectura para la cama y con la luz apagada. O Las mil y una noche, ediciones Zig Zag, chilena más que árabe, de origen persa -Sherezade narradora diurna para el placer nocturno-, Aladino, Simbad y Alí Babá, al son de una cueca antes que una danza del velo. Fue distinta la experiencia con El valle de las muñecas, novela mega seller. Llegó a mis manos casi de la mano de su autora, la norteamericana Jacqueline Susann; incontinente escritora -una Corín Tellado descubierta por Hollywood- finada en 1974, envenenada por una alta dosis de testosterona. Y había que tener muñeca en aquel valle tanto como la Bantam, la casa editora que asegura haber vendido 29.712,000  ejemplares en todo el mundo -casi como La Biblia o el pequeño Libro Rojo de Mao o el Guinness de los records citado por el propio Guinness de los records- y en 36 lenguas, pesar de la televisión, gracias en todo caso al cine.

Y el libro en liquidación no es aquel que Bradbury apocalíptico -quemados los libros- los hombres se convierten en títulos. En todo caso es el libro de la calle, el de segunda mano, sin IGV, pirata y plagiado. Libro sin ley y con trampa. Libro de guerra a la espera de una legislación y su fomento. Libro de la avenida Grau, la Colmena o Quilca. Libro de la vida: don Platón mostrándome una edición francesa de las crónicas de Guamán Poma de Ayala. En una librería de San Isidro, The Age of Diamond de Neal Stephenson, florece como un gladiolo prohibido, en tercera dimensión, el metaverso, riesgoso de una imagen virtual.

Así, el libro vive a la caza de un lector y de una segunda lectura. Así, el Santo Oficio del libro no está escrito en pulp fiction. Queda entonces su legado a su ausencia de leyenda. De eso se trata, de que el libro descubra historias y que su escritura rinda cuentas a la misma, a la lectura de la historia y no a la leyenda

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Librería Lancom de Miraflotres, antes de su inauguración.

 

4.

Mi padre era librero de cabotaje, con mangas y quevedos. Sabio en filosofía, alquimia y entuertos poéticos. Las ganancias de la librería dejaban para la vida frugal y poco estridente de la familia. Una casa alquilada desde el oncenio de Odría en esa villa de Surquillo con vista al mal luego de que el viejo perdiera la antigua finca por esas arritmias del juego y la mirada de una china. En las tardes del verano, el sol caía directamente sobre los libros recién editados otorgándoles un brillo especial a títulos y autores. Mi padre era un hombre de un rictus tieso pero que en el fondo era amable y querendón.

Los que lo conocían, jóvenes y viejos escritores a quien él fomentaba su pasión por los libros, le confesaban más sus ensueños que sus penurias estando yo presente y si apenas llegaba a los 10 años. Mi padre, sin proponérselo, me contagió el apego por la creación poética y la liturgia libresca. Él mismo decía que a los libros había que quererlos como a las mujeres había que amarlas. Yo casi apenas entendía esa diferencia. Un día sí y el otro tal vez, mi padre me dejaba a cargo de la librería y se iba con poetas y narradores a conversar sobre utopías e indemnizaciones en los bares de por medio, el Palermo, el Chino-Chino, la Comisaría o La Llegada. Luego, embellecido por la alquimia de las cervezas, regresaba por la noche recitando a Mallarme o Pavese y, a paso de milongas silentes, regresábamos a casa en el tranvía Lima-Chorrillos y yo tomado de su mano.

En mayo de 1967 en Buenos Aires se imprimió la primera edición de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez bajo el sello de la editorial Sudamericana con un tiraje inicial de 8.000 ejemplares. El realismo mágico del libro lo convirtió esa vez en todo un suceso en ventas. Así, llegó a Lima y el efecto fue similar en librerías que las había y por decenas. Mi padre una noche regresó a casa gritando: “Se me presentó la virgen”. Ese día había vendido los 20 primeros ejemplares de la novela de “El Gabo” y el viejo local recuperó el fulgor malva del éxito.

Un año más tarde, papá regresó igual de eufórico. “Ya tenemos casa propia” gritó al entrar. Cierto, gracias a García Márquez nos mudamos al flamante departamento del moderno edificio de la Residencial San Felipe. El libro se siguió vendiendo como pan caliente y hasta la fecha va por más de 30 millones de ejemplares y ha sido traducido a 35 idiomas. Eran los días que gracias a la descomunal venta del bendito libro mi padre le pudo hacer su ‘quinceañero’ a mi hermana mayor que ya tenía 18 años y obsequiarle una licuadora de 6 velocidades a mi madre. García Márquez, cierto, había cambiado el nervio alimenticio de la tripa familiar y yo pude estudiar inglés en el ICPNA.

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Gabinete de García Márquez y libros y más libros.

5.

No obstante, a pesar de su tropical refresco a las letras castellanas, de su ejemplar rigor periodístico, García Márquez siempre fue un personaje ajeno a las ansiedades literarias de los peruanos que ingresamos a un espiral de radicalismo ideológicos que ya tenía muertos ilustres como el poeta Javier Heraud como símbolo del guerrillerismo castrista y Luis De La Puente Uceda, del MIR, un ex aprista decente que rompió con el añoso partido de Haya de la Torre para irse al monte y morir aferrado a la ideología fresca del MIR. Y en esos años, aún antes de ser premios Nobel de literatura, Gabriel García Márquez  y Mario Vargas Llosa eran amigos íntimos. Aún sin ese celoso puñetazo vargallosiano en su ojo tumefacto que “El Gabo” hizo quedar para la posteridad gracias a la foto que se hizo tomar por el colombiano Rodrigo Moya en México el 14 de febrero de 1976, eran amigos entrañables.

Aún sin presagiar que una mañana limeña de invierno asaltada por las resolanas de las venturas, cuando invitados por la Universidad Nacional de Ingeniería, tomaron posesión del auditorio principal y desnudaron sus demonios ante el “interrogatorio público” a la que fueron invitados. García Márquez era para los escritores peruanos un personaje, todavía, de exótica escritura. El diálogo no tuvo gran difusión en la prensa y más bien pareció una aburrida conferencia académica. Cierto, parece que a García Márquez no le agradó ese indiferencia de sus pares peruanos que no regresó jamás por estas vides.

De aquel encuentro entre los dos exitosos novelista, el poeta Armando Arteaga recuerda: “Yo era estudiante de la academia Acuni. Estaba en el colegio todavía y me preparaba para ingresar a la UNI. Esa mañana el arquitecto Luis “Cartucho” Miró Quesada los presentó, también estaba Santiago “Santy” Agurto Calvo. García Márquez era muy parecido al poeta Elqui Burgos. Vargas Llosa era muy admirado por todos nosotros en ese entonces por estar a favor de la revolución cubana. Entre los asistentes recuerdo haber visto a Paco Bendezú, a Dalmacia Samohod, a José Miguel Oviedo. Recuerdo haberme sentado casi al lado del poeta César Calvo y el hijo de poeta cajamarquino Oscar Imaña, un barbudo que todas las tarde tomaba su café en el Tivolí”. Jorge Pimentel, aquella vez, comandó una caravana que partió desde el mítico bar “Palermo” y hasta la UNI. La poeta Rosina Valcárcel también asistió a ese tour de forcé por la llegada de ese “raro” colombiano pero fue un acontecimiento poco feliz porque García Márquez podía ser un espécimen del Caribe colombiano pero no era poeta rotundo, como lo imaginaban muchos.

Existen hasta dos ediciones en libro de este encuentro. La primera editada por la UNI del mismo 1967 y la segunda “La novela en América Latina: Dialogo” que es de 1991 auspiciada por Extebandes con diseño de Víctor Escalante, fotos de Carlos Chino Domínguez y un prólogo del novelista José Antonio Bravo. Amen, existe una fotografía de esa ocasión publicada gracias a Fernando Caller Salas de la Dirección de Bienestar Universitario de la UNI donde aparecen en la oficina del Rectorado de la UNI, de izquierda a derecha, trago en mano y de estricto traje oscuro, Gabriel García Márquez, el Rector Santiago Agurto Calvo, el Decano de Arquitectura Luis “Cartucho” Miró Quesada Garland y Mario Vargas Llosa. José Antonio Bravo recuerda que a la pregunta de Vargas Llosa de cómo era esa vaina de que Remedios la Bella se vaya volando al cielo, él dijo que esa era la realidad real de los imaginarios de los pueblos de ese lugar y contra esa mágica verdad no había cura.

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Don Sandro Mariátegui, hijo de José Carlos Mariátegui y su recordada Librería e imprenta Minerva de Surquillo y Miraflores.

6.

En aquel tiempo,  las universidades de San Marcos, la Católica y la Villarreal formaban un triangulo que tenía a la Plaza San Martín equidistante de la cultura universal. A finales de los cincuenta, el Centro de Lima era un portento con sus bares, cines y librerías –en ese orden. Los tranvías cruzaban a todas partes y Lima era una ciudad ordenada y menos inmunda. No existías los frikis ni los tacu-chaufa y mucho menos La tigresa del oriente o el perreo chacalonero. Ya lo dije, la librería de mi padre quedaba en el mismo Parque Universitario. Pero no era el único. A tiro de piedra se ubicaba la más famosa librería del ejido, la de Mejía Baca. Más allá, la de la familia Miranda, y al costado, la de los Laguna y más lejos, la de los Rupay. Pero estaban también las grandes firmas, “La Familia”, “Época”, “Studium”, “Losada”, “Internacional”, “Moncloa” y hasta “Horizonte”. El mundo era un libro, yo apenas unas páginas por garabatear.

Aquella ciudad ha quedado perdida. No existe más. Pero las librerías se mantienen con vida a pesar de la década putrefacta del fujimontesinismo y hoy, la cada vez más atrevida derecha bruta y achorada. Ya lo decía Vargas Llosa que los libros jamás iban a morir: “Es absurdo pensar que el apetito por la fantasía, los mundos imaginarios y una realidad alternativa, sólo sea satisfecho por el cine, la televisión y las nuevas tecnologías”. Yo soy un migrante digital y me apunto en las redes sociales. Qué bueno. Pero eso no me quita la lujuria que producen los libros. Un libro lo abro como a una dama, con lentitud, con esmero, con pureza (hasta donde se puede). Mi máquina digital es mi Jeep. Un todo terreno que me hace navegar mejor que un sicotrópico en los laberintos de la información. Al libro lo acaricio, a mi tablet la pateo.

Leo poesía y cuentos a cada momento. De resaca, novela. De amanecida, ensayo. Después del enganche, filosofía. Voy al baño con mi libro. Hay dos placeres. Y si es bueno, tres. La literatura es una fuente de goce. Juntar palabras, qué maravilla. Romper la trampa del fuera juego, un orgasmo. Que choque en el palo y se meta, un banquete. Y leo a mis paisanos. Que todos somos hijos de Vallejo, de Mariátegui, el bueno, de Gonzales Prada el anarquista. Y leo la última de Oswaldo Reynoso, cada vez más cuajado y peso pesado. A Isaac León, el gran “Chacho” de mi universidad, y sus crónicas de cine “Imitación de la vida”, qué buen titulo. El cine es una buena imitación. La poesía, es la vida misma.

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Librería Communitas de San Isidro, mi librería favorita en estos días. 

7.

La épica es la ciencia de los aromas recordados por las miradas de las hazañas. El Jirón Quilca, en el Centro de Lima, es la memoria de las gestas citadinas y vicarias. Esa herencia de los cariños templados al fuego de las amistades y sus adláteres. El Jirón Quilca, desde la Plaza San Martín y hasta la avenida Garcilaso de la Vega, en  apenas tres cuadras, fue nuestro refugio trenzado en las pasiones más erectas de mi generación. Y hablo de los setenta y exijo de sus bares y su poesía y sus damas, su prosapia y su recuerdo militante. Cuando el Centro de Lima era el ojo del vórtice torrentoso de la década de las luces. Aorta tempestuosa en una geográfica de una capital iracunda de mestizajes eternos y desplazamientos masivos, tectónicos y perpetuos.

¡Qué Lima, señores y señoras, si las hay! Esa Lima fue la megalópolis de los cojones que hasta ruedan lágrimas por mis mejillas de sólo sentir hoy el gélido suspiro de sus cantinas diluyéndose del afecto mayor que mis amigos inmarcesibles tatuaron en mi estilo y en los sesos macerados por los aguardientes de la sabiduría, aquel aserrín ilustrado que fue mi universidad vial, cardiaca y tan de calle inimaginada  que como diría el negro “Bola de Nieve”, que no se puede tener conciencia y corazón, y yo sí los tengo, cuando mis manos están desechas de apretar el duelo de los olvidos, y tengo que decirlo, sí señora, de mi ciudad perdida en la arqueología extraviada de mi jodida utopía.

Por eso el Jirón Quilca tiene ese prodigio de ser un anclaje más extenso en apenas media legua. Pero ahí donde uno agarró pisco y filosofía, ron y celos, vodka y ciencia sociales, que no existe, pero así le dicen, es que se forjó un contrato con esas geografías donde moran las más intensas de las ternuras. Con Guimoye y Vinces Davis, Con Caseretto y Hudson Valdivia, con Pimentel y Mora. Con “media res” y “tomo y olvido”. Bares como el “Queirolo”, del entrañable gordo Óscar Queirolo; cantinas como “La Reja”, de ver amanecer sin sol y la eterna condena de recordarte, como el “Miami” donde se diluyó mi fe perdida.

Y hablo de 70 y 80 y 90. Hasta que con mi mujer piurana y lividinosa hasta sus últimos jugos, inauguramos “La Noche de Lima” de Manualito Luna. Y con Alejandro Romualdo despedimos a Washington Delgado, poetas de una generación inmarcesible. Y qué besos nos dimos y que ojazos no nos tatuaron el arpón, y cuántas escritoras clonaron su imaginería en realidad entre las sábanas de nuestras pesadillas.

Y ahora, el recientemente desalojado Boulevar Quilca, sí, aquel de Pedro Ponce, epicentro de un centro limeño de nuevo cuño, esa librería inmensa y popular donde en el 2004 tuve la suerte de presentar mi libro “Usted es la culpable”. Librería sin solera pero con eficacia y que se alzaba para otorgarle prez y donosura a la calle empedrada de quimeras y ensueños. Qué eso es Quilca. Donde llega ahora Gastón Acurio como el Chorrillano Palacios. El último rincón limeño donde mi corazón se cimienta de ardores para la eternidad e infinitud de mi Lima inmortal y sempiterna solo renovada por el aromo de su viva memoria.

CODA

En Lima, cada vez se inauguran más chifas y hostales. Funciona el mercado de la carne humana y la ignorancia crece a raudales mientras los limeños tragan menús embobado con la mirada fija en los televisores pantalla plana viendo “Amor, amor, amor. Cierto,  aquello marchita los cuerpos y endurece el corazón y ni hablar de los cerebros. Por ello debo celebrar la inauguración de la librería Lancom en Miraflores.  Así, seguiré poeta, ilustrado y contracultural. Así, seguiré tocando otras texturas y acariciaré otras lecturas, esta vez, casado con un harén literario, casi adúltero aún no adulto, monógamo de la boca para afuera, disoluto del corazón para adentro, pero ilustrado.

Eloy con Pedro Ponce

Eloy Jáuregui y el librero popular Pedro Ponce.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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