RESPLANDOR EN LA HIERBA

vegetaria

Un cuento de ELOY JÁUREGUI

Incluso cuando acompañaba el lenguado con el vino blanco frío, Liz no dejaba de hablar de las virtudes de la dieta vegana. Para los vecinos de Peñascal era casi una herejía pasar el verano sin saborear los pescados y mariscos pero Liz seguía con sus ensaladas y sus alimentos macrobióticos. Ahora miraba desde la azotea la línea que marcaba el horizonte desde la Panamericana hasta más allá del océano y volvió a sentir ese estado de paz que ella mismo construyó desde que se afincó frente  la playa desde los setenta y que en los atardeceres incluso hasta la obligaba a llorar, tiritando, abrigándose con una manta de ese tiempo.

–¿Qué tomas? –preguntó Liz. Se había vestido con una túnica ligera y traslucía el bikini y una silueta formidable ahora que caminó hasta detrás del bar.

–Me muero de calor, si tuvieras una cerveza –dijo Belisario.

–Cerveza para ti y un juego para mí –asintió Liz con un mohín primoroso.

–Como en los tiempos del “Viena” –dijo él y se quedó mirando la playa allá abajo donde uno chicos perseguía una gaviota.

Se habían conocido en el “Viena” muy cerca a la Plaza San Martín. Esa noche se quedaron hasta tarde comentando el documental sobre Woodstock, al principio con toda la gente de Hablemos de cine* y luego ellos solos hasta que cerraron el bar y se fueron caminando en la madrugada a perderse por la calles del Centro de Lima.

Liz no era mayor de edad pero tenía una personalidad muy segura que la distinguía del resto de las muchachas, que casi todas, escribían poesía. Liz amaba Resplandor en la hierba, el filme de Elia Kazan donde se lucía la única Natalie Wood y luego se expandía en la gestión del medio ambiente, el crecimiento de las emisiones del dióxido de carbono y del peligro de las reservas de la luz solar y los combustibles fósiles.

–Vamos a la playa, me gusta esta hora –dijo Belisario–. Supongo que vienes.

–Ahora bajo, avanza tú–. Tengo que enviar unos mails, ve al lado del muelle.

Había pasado un par de horas y Belisario despertó de un sueño grato. El mar estaba picado y golpeaban las rocas del rompeolas. El sol del mediodía era implacable ahora que Liz adormilaba a su costado. Su piel pulimentada, su largo cuello,  lucía luego un rictus brillante tras sus anteojos negros.

–¿Estás feliz? Sospecho una maldad –dijo él mirándola con ternura, como al principio.

–Lo mandé al carajo –dijo ella–. Es de lo peor, Fernando es un imbécil.

En la casa de Liz, antes del almuerzo, con el viento restregando las cortinas, hicieron el amor como en esos días. Belisario había intentado manejar la situación pero Liz estaba desbocada. Y otra vez, en el reposo, ella habló de Fernando. Dos divorcios y no aprendía. Y Liz contó que lo había amado pero ya no. Y otra vez el asunto de Treehugger y Greenpeace, y el erotismo ecosexual. Ahora Belisario estaba en el balcón con un enorme vaso de vodka. Desde la pista llegaba el sonido de la orquesta de Palmieri. Salvo lo de Fernando, nada había cambiado.

–Empecemos de nuevo, Liz –dijo Belisario–. Ahora tenemos tiempo. Yo te amo.

–No sé. Lo intentaré  –dijo Liz y se quedó mirando la carta del “Bahía”. Otras dos parejas almorzaban en las mesas junto a las barandas del restaurante. La ventisca se había hecho más intensa.

Ese verano fue único. Como dos adolescentes se amaron hasta el delirio. Belisario se había mudado a Peñascal. Liz –siguió con los temas de las cápsulas afrodisíacas biológicas y el “Fuck for forest”. Pero para Belisario fue regresar a los “Alucinantes setenta”, la época que los marcó. Entonces por las noches él se explayaba en explicar de Santana, de la masificación de la marihuana, de la ayahuasca. Aquello los unía mucho más. Liz lo secundaba con la memoria de Velasco Alvarado, Los Destellos, la nueva izquierda.

–Solo nos separa el efecto invernadero –le dijo una madrugada en la que Belisario no había podido dormir.

–Lo suponía amor. Es difícil vivir con esa huevada  –dijo Liz casi resignada–. Eres un socialista insensible.

–Me tienes que entender. No me agrada tu fanatismo ecológico. Aunque estoy dispuesto a ser condescendiente si eso es lo que quieres.

Ella no dijo nada. Se quedó como siempre en silencio mirando la nada. Belisario entonces la besó. La amaba desde siempre y ya habían pasado 30 años. Liz era de esas mujeres opresiva y testaruda pero esta vez había demostrado una tolerancia mediana, como si quisiera arreglarlo todo. Sin embargo, luego del desayuno Belisario alistó sus dos maletas y media hora luego se marchó a Lima.

No se hablaron casi dos años. Belisario se había a vivir a Dallas a la casa de Raúl Barreto, el amigo de ambos de esa época de los setenta. Para el verano de ese año regresó a radicarse en Lima y sospechaba que con ese retorno tenía que solucionar sus cuentas pendientes. La llamó al antiguo celular, al teléfono de la casa de Peñascal, a Micha que era su única amiga. Nadie le contestó. Belisario le había traído una versión completísima de Resplandor en la hierba en blu-ray. Ese sería un buen pretexto para conversar otra vez.

Belisario había extrañado las charlas con Profumo, el propietario de “El Parrillón”, con quien conversaban de todo incluso de sus esposas, de los divorcios. Esa noche Belisario se había apostado en una de las mesas de antesala del gran salón y sintió que Profumo le ocultaba algo.

–Está adentro –le dijo–. Liz está en la mesa del fondo.

–¿Está sola? –preguntó él.

–No, está con Fernando –Contestó Profumo temiendo lo peor.

Incluso cuando servían carnes, Liz no dejaba de hablar de las virtudes de la dieta vegana. Esta vez no, todo había cambiado. Su hermano Fernando y su cuñada Liz estaban frente a sendos platos de bifes sanguinolentos. Belisario se acercó a la mesa y ellos lo miraron casi sin sorpresa.

–¡Beli, ven, siéntate, la carne está buenísima! –Exclamó Fernando–. Estamos felices. Liz está embarazada, vamos a tener un bebe. Yo quiero que se llame Belisario.

–¡Qué maravilla! –dijo él–. Disculpen, solo iba al baño.

 

*Revista de crítica de cine que reunía a decenas de aficionados en Lima.

(1) Cuento del libro PORQUE TU AMOR ES MI ESPINA. Lima 2016.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

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