Habana Vieja / LOS ARETES QUE LE FALTAN A LA LUNA

Escribe ELOY JÁUREGUI

cabrera

Llegué. Llegamos, la que era para Guillermo Cabrera Infante entonces suntuosa escalera. Era la primera vez que él subía una escalera: en su pueblo habían muy pocas casas que tuvieran más de un piso y las que lo tenía eran inaccesibles. Este es el primer recuerdo  inaugural de La Habana: ir subiendo una escalera con escalones de mármol. Bien, ladys and gentleman, estoy parafraseando a Cabrera, más infante, un habanero infame, cuando llegó de Gibara –en el Oriente cubano que está en occidente– a su nueva casa en calle Zulueta 408 en La Habana Vieja. Y ahora estoy aquí, frente a este edificio desvencijado de la capital cubana, 74 años después, y llueve, en esta ciudad nunca deja de llover,  y al frente, desde una ventana de la tarde, un bolero de Lino Borges se escapa por las masetas.

En el prólogo de su trifecta: “Delito por bailar el chachachá”, Guillermo Cabrera Infante advierte que: «No hay arte sin etiqueta y la etiqueta ahora es minimalista. Pero no se trata del minimalismo literario sino del minamalismo musical: esa música repetitiva a la que da sentido (pero no dirección) su infinita repetición que es una fascinación». Luego, recuerda a la Sonora Matancera como a Frank Domínguez, compositor de boleros –nosotros rememoramos ahora a Frank Emilio–, tal vez el músico popular cubano más sofisticado de los años cincuenta, e insiste, que Domínguez es maestro pero en el bolero profundo donde la soledad es sólo una dudosa compañía, de esta manera, sugiere Cabrera, el sentimiento mayor que produce los boleros no es el amor sino el amor al recuerdo del amor, que no es otra cosa que la nostalgia. Debo explicar aquí otra formidable reunión del bolero con la literatura. El maridaje de la letra con la pelvis como polvo enamorado.

Guillermo Cabrera Infante autor también de los clásicos “Tres tristes tigres” y “Ella cantaba boleros” es un vocero más que vocalista de una música que cruza su literatura y que lo hace única en La Habana que resulta para él, la Atenas del Caribe y por ello compone un son y gracias a él uno sabe de dónde son los cantantes. Estos libros no son para leer, son para bailar. Decía –y como solamente sabía decirlo Guillermo Cabrera Infante– que el ritmo es una cosa natural, como la respiración. Y aquí lo cito en este sitio: «Todo el mundo tiene ritmo como todo el mundo tiene sexo. Lo que pasa es que el ritmo es como el sexo, una cosa natural. Y lo mismo pasa con ambos pero más con el sexo, que los pueblos primitivos no conocen la impotencia ni la frigidez porque no tienen pudor sexual, como tampoco tenían pudor rítmico y es por eso que en el África hay tanto sentido del ritmo…» Qué de dónde es la cita. Lo confieso sin pudor, de mi libro de cabecera [la cama redonda, las sábanas negras y ella retozando en las alas del  ritmo], “Tres Tristes tigres”, un texto para leer en voz alta y con una mano o un sexo para el amor sólo con los ojos húmedos. Y hablo del ritmo muscular y ese otro que funciona en concierto sincopado en el lóbulo derecho cuando uno tiene -bailando, valgan verdades-a la dama al costado izquierdo que es donde el cuerpo ingresa en el lugar sin límites ubicado entre los pagos de Dios y Marx. Quiero decir, el paraíso del goce más cárnico que espiritual.

Musical, Cabrera que es amante nostálgico y despechado de La Habana, más que de su Cuba de su corazón, nos está diciendo que existe un espacio inconmensurable y sonoro de un lugar, que a decir del poeta cubano José Lezama Lima –cuando recordaba las habaneras noches salobres y las estridentes orquestas de carnestolentas—es inagotable en sus ritmos, la métrica del desenfado, sus esencias y sus compases propios de una sociedad que albergó la influencias de las cadencias rítmicas europeas, el arrobamiento de la diáspora africana, el sentido sápido de las fuentes árabes y el crisol de moldes tutelares de las razas tainas que les dieron cobijo para fermentar una cultura de esplendores artísticos sorprendentes y de seguro inagotables. Por eso en (de) Cuba sólo se puede hablar de un follaje y frondosidad exuberante en todos los planos de su música, la sinfónica, la del arte lírico, la popular (a la manera de Lecuona o Bola de Nieve) y la bailable, La Orquesta Casino, la banda del Benny o la misma Sonora Matancera.

(Continuará)

Fragmento del libro “EL SON DE LA HABANA” que se editará en abril del 2016. 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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