SON DE LA SAZÓN 17

Cheo Feliciano

LOS ENTIERROS DE MI GENTE NEGRA

Una crónica de Eloy Jáuregui

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José Cheo Feliciano.

1.

Esa tarde, la de noviembre del 2012, Cheo Feliciano se paseaba en el lobby del Hotel Sheraton con una botellita de agua mineral. Estaba feliz y reía con todos porque venía con la gran banda de la Fania All Stars –con la que cantara “El ratón” a inicios de los 70– y esa noche iba a cantar en el Estadio Nacional sus temas “Nina” y “Anacaona” además de haber preparado un puré de boleros  estaba en vena porque la peruana Eva Ayllón lo iría a acompañar sin empeñar. Este cronista ya lo había entrevistado varias veces en otros viajes a Lima pero esta vez, el negro estaba radiante y feliz, como quien había llegado a su despedida final solo programada por él.

La estrella del sustancial cantante puertorriqueño José Luis Feliciano Vega, “Cheo”, cometió dos yerros genéticos y geniales. Siendo un ser predestinado su destino venía con el hado equivocado. Ya lo denunció el periodista Tito Hurtado –hombre de letras y bolerista de recetas–, que Feliciano nació negro, uníparo, bembón y de mirada de lince, y su siamés de mes –el otro, José Monserrat Feliciano García– era blanco, lacio y guitarrista ciego. Uno sudaba miel en su Odisea del sabor y el otro era Homero cantándole al amor. Jugadas del destino. Ambos portorriqueños eran distintos, uno tinto y el otro variopinto.

El día de la muerte de “Cheo”, aunque todo sabemos que está vivo en los discos, y que se mató de viejo fastuoso y accidentado maravillado, los angelitos negros dicen que venía sin frenos. Cosas de cantantes que confunden el pentagrama con el drama del volante andante. Esa vez y otra vez su destino no tuvo tino. La muerte en complicidad con la providencia lo agarró a unas horas del fallecimiento de Gabriel García Márquez ese 17 de abril del 2014. Entonces su muerte fue silenciosa porque  vamos, el Gabo no había grabado discos pero tenía más tribuna por haber grabado sus historias y personajes en la oreja de sus lectores. Y por eso, la tercera jugada de su destino, es que Cheo parece que no se hubiese muerto ante los funerales del Nobel colombiano, el finado más bello del planeta, y entonces nadie quiso enterrarlo, y cuando canta Feliciano la gente cree que es el ciego y no el muerto.

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Cheo y su gran amigo Rubén Blades.

2.

Cheíto el Grande vio la luz de esta vida un 7 de julio de 1935 en los pagos de Pancho Coímbre, en Ponce, “la Perla del sur” –ahí, donde nacieron nada menos que Héctor Lavoe, Pete El Conde Rodríguez, Papo Lucca de la Sonora Ponceña y otros–. Entonces por ADN tenía fuego y como ya le decían en aquel tiempo, cuando cantaba exhalaba miel por los poros. Y si digo que fue pobre no es noticia. Pero es que su pobreza, y la de su familia, los había atrapado desde niño y eso es horrible en los bolsillos pero justifican los sueños. Sin embargo, Cheo fue un gran tipo. Con valores y sentimientos. Y eso uno lo nota más por música que por acciones. Sé canta como sé respira con los sentimientos, así como cuando Cheo canta los boleros “Amada mía”, “Delirio” o “juguete”.

Fue en 1981 cuando mi amigo, el doctor Luis Delgado-Aparicio y Porta, cuando regresaba de sus anuales conferencias en la OIT, obligó con sus maneras al avión de Lufthansa que hiciese una parada técnica en San Juan de Puerto Rico para aprovechar la cita que había gestionado nuestra paisana Maricarmen Montoya para que se reuniera con Cheo Feliciano. Esa vez, teniendo como testigo al gran tresista Nelson González, Lucho Delgado-Aparicio le hizo una gran entrevista al cantante la misma que fue propalada por su programa “Maestra vida” de Radio América y pudimos conocer los secretos del gran Cheo y la amistad que nació con su esposa, doña Cocó Feliciano.

Y hace un poco más de un año, en la radio digital Mambo-inn, pudimos destacar junto con su director Kike Vigil Taboada y el maestro Roy Rivasplata la aceptación que había obtenido el CD “Eba say aja” producido por Ariel Rivas Music, 2012 y estrenado mundialmente en ese portal web gracias al raudal de amigos que existe en el exterior. El disco es sensacional donde Cheo y Rubén Blades se lucen en temas como “Franqueza Cruel”, “Manuela”, “Juana Mayo”, “Los Entierros” y muchos más, con las voces de ambos, que consolida un estilo y es realmente una delicia escucharlo sobre todo en la voz fresca de Feliciano.

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3.

Cuando Cheo llegó en 1952 a Nueva York la cosa era brava. Cheo cantaba y bien además de tocar las congas. Por ello puedo acompañar a los grandes por si alguien le abría una oportunidad a sus fieras tumbadoras; pero no fue así. Así, el gran Tito Rodríguez lo empleó nada menos como su reemplazo en los demoledores recitales del Palladium. El mismo Tito lo recomendó después como cantante para el Sexteto de Joe Cuba: “Ahí está Cheo, que canta chévere” decía Tito Rodríguez. Con ese grupo de bárbaros rumbones, Cheo permaneció durante diez años (1957-1967), que fueron su escuela, su universidad y su desgracia.

Entonces, cuando se le preguntaba si se hubiese quedado en la percusión, Cheo contestaba: En ese tiempo en Nueva York, en el verano de 1954, existía una fiebre por los cueros. Todos los muchachos querían ser congueros y caminaban con una tumbadora bajo el brazo. Todo el mundo tenía una tumba y dondequiera había rumba. Entonces en los rumbones que hacíamos en las playas o en los parques de Nueva York yo tocaba la tumba. Pero como había mucha gente que coreaba y ni un solo cantante, pues yo empecé a hacer la guía. Yo trabajaba como utilero de Tito Rodríguez y él terminó enterándose de que yo podía cantar algo. Entonces una noche me presentó con su orquesta en el famoso Palladium, me dio las maracas, se fue a la barra por un trago y me dijo: “Ahora tú eres el cantante de esta orquesta y yo te voy a escuchar”.

Por eso que tiene el mercado de la música, en 1957 uno diría que Cheo baja de categoría y de estar actuando en el Palladium lo llamaron para ser el cantante del sexteto de Joe Cuba. Pero aquello no fue tan fatal y además ocurrió por la insistencia de Tito Rodríguez. Decía Cheo: “Joe Cuba tenía su cantante original, que se llamaba Willie Torres, y yo me acercaba, agarraba la campana y tocaba con ellos. Un día Willie se fue del grupo y Tito le dijo a Joe Cuba: “Mira, por allá hay un Cheo que canta”. Y él preguntó: “¿Pero qué Cheo?”, y los muchachos le dijeron: “Pues el Cheo que sube siempre a campanear con nosotros”. Entonces me mandó buscar para que hiciera la prueba. Y fue así que con la misma canción que hice cuando Tito Rodríguez me soltó las maracas: “Changó ta vení”, la puede mejorar. Yo la cantaba Tito con su orquesta, su escuelita como él la llamaba, y dio la casualidad de que Joe Cuba la tenía también en el repertorio”.

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4.

De pronto y nadie explica cómo, Cheo se derrumbó en la fiesta asesina de las drogas y terminó en el hospital y casi la cárcel; sólo le faltaban la iglesia y el cementerio, pero como era un grande, al tercer año resucitó. Para nadie es ajeno saber que en las noches de la música los estupefacientes son parte de la existencia. Y Cheo fue atrapado en ese trance. La heroína nos había dejado sin héroe. Pero Cheo tuvo suerte como así con contaba: “Muchos músicos caímos en esa trampa. Las drogas te hacen promesas de que te vas a sentir mejor, te vas a sentir chévere, y lo que hicimos fue prácticamente destruir nuestras vidas. Yo después de varios años de haber usado heroína decidí romper con todo, con mi vida familiar, mi vida profesional, todo. Entré en una institución y tuve la dicha de salir de eso, pero la mayoría cayó bajo el martirio y sucumbió. Óyeme que yo para los últimos años de mi estadía con Joe Cuba, estaba todo el tiempo trabajando bajo los efectos de estupefacientes. Incluso hay una grabación con Eddie Palmieri y su orquesta, el disco Champagne… Ahí hay un tema que se llama “Busca lo tuyo” que también fue grabado así”.

En 1970, no obstante, ya estaba de vuelta enseñando quién manda aquí y dando lección de soneo absoluto. Fue así que en 1971 grabó el admirable larga duración “José Cheo Feliciano”. Dos años después lanzó otro disco terminante: “With A Little Help From My Friend” (Con una pequeña ayuda de mi amigo) refiriéndose al compositor Catalino Tite Curet Alonso. Disco del carajo, con una baraja de boleros y guaguancós. Luego a los meses apareció “La voz sensual de Cheo” y el resto fue silencio, porque los diez temas que incluye son tan absolutamente perfectos, que girarán en el eje del tiempo como un rosario de astros.

Cheo había logrado la extraña arquitectura de meter la esquina rumbera en el salón. El Cheo eterno es ese: furor caliente y elegancia; descargas tremendísimas con el loco de Joe Cuba y violines suntuosos con el maestro Jorge Calandrelli. Si algo habría que agradecerle es que fue “alicate” –cargador de instrumentos—de las big band de ese tiempo y tuvo a un maestro como fue Tito Rodríguez quien podía pasar de una rumba abierta al bolero e himno “Inolvidable”. La otra base es su admiración por el Benny Moré, brujo mayor de la música del Caribe afincado en esa Atenas del trópico que fue La Habana hasta que llegó Fidel y mandó a parar.

En los 70, la salsa se consolidó como género musical gracias a cantantes como Cheo. El mercado era agresivo y cuando surge la posibilidad de la película “Nuestra cosa latina” de León Gast es que ya se había conquistado ese espacio. Todos de Fania era músicos populares pero se comportaron como grandes actores de cine: “Nosotros sabíamos de esa importancia, la de aparecer en el cine. Era la primera filmación oficial de las Estrellas de Fania, entonces se hizo un concierto en grande. Y se preparó mucho: semanas antes estábamos haciendo escenas en la calle y en diferentes sitios, como presentando a cada uno de los integrantes en diferentes facetas. Luego se hicieron las imágenes del concierto para unirlo todo. Ahí sabíamos que la cámara es un ojo más del público. Nosotros le estamos cantando a un público y la cámara es el testigo que busca diferentes ángulos, pero no se hace nada a propósito para las cámaras, todo se hace para el público”.

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5.

En mi libro “Pa bravo yo”. Editorial Mesa Redonda. Lima 2011, sostengo que la Fania gustaba a propios y a extraños por ese olfato marketero de Johnny Pacheco quien confiaba en los dúos. Así, Adalberto Santiago y Pete «El Conde» Rodríguez, eran cantantes muy identificados con la tradición sonera de Cuba en Nueva York y por sus trabajos en las orquestas de Barretto y Pacheco. Otro dueto que calzó a la perfección fue aquel de Ismael Miranda y Héctor Lavoe. Eran los muchachitos, los soneros jóvenes que expresaban su conexión directa con un estilo del “soneo” malandro y callejero. Y a esta pareja le correspondía su antípoda sonera, el dúo de Santitos Colón y Cheo Feliciano, dos cantantes que venían de la tradición musical de Nueva York. Colón pertenecía a la Orquesta de Tito Puente. Feliciano fue el imprescindible cantante del Sexteto de Joe Cuba que a mediados del 60 arrasó en Nueva York. Santos Colón, era un cantante curtido, Cheo era sin duda el mejor intérprete integral que tenía la Fania en ese momento y logró la demostración de un estilo arrollador y elocuente “soneando” en el número “Anacaona” y luego en esa joyita del melao de caña que se llamó “El Ratón”, un clásico que Cheo grabó cuatro veces.

Y Cheo no solo fue ídolo en EE.UU. Puerto Rico y toda Latinoamérica, también fue reconocido en Cuba. Justo en La Habana es que realiza la cuarta versión de “El Ratón” que es la más larga todas. Y cuando Cheo hablaba de Cuba lo hacía con su más profundo sentimiento. “En el encuentro con el público cubano en 1998 yo disfruté mucho por la forma cálida en que ese pueblo me recibió. Fue como si nos hubiéramos conocido por toda la vida. Mostraron unas atenciones y una pleitesía que yo no sabía ni cómo asimilarlo porque, estando ese pueblo bajo la necesidad que vive, querían darme lo que no tenían para complacerme. Y yo quise manifestar el cariño a mi manera, haciendo una versión del “Ratón” con tres cubano.

Y si de Cuba es el son, de Cuba también es el bolero. Y al principio decía que Cheo no tuvo la suerte ni con su tocayo ni con su muerte, sí con su sentimiento Y el otro, el José Feliciano, que también canta boleros es tan distinto porque es harina blanca de otro costal. Cheo es la sangre y los genitales amansados. José es un ciego, no como Homero ni como Arsenio Rodríguez, un invidente del oído que adoba las palabras como Bocelli. Cheo toca tambor con su garganta y José Feliciano martilla de prodigios el yunque de su guitarra. Insisto porque resisto que Cheo es la voz profunda matizada e insinuante, de un timbre negro bellísimo que compartió con viejos maestros del filing y el jazz.

Y cheo no habla mal de uno ni bien del otro, pero estoy de acuerdo con Tito Hurtado quien dice que, abro cita que incita: “Cheo es un bolerista finísimo, elegante y, cuando los entona, se pone un esmoquin sentimental así como Maquiavelo se vestía de gala para leer a los clásicos; en cambio, José se curva hacia el bolero-venganza, puñalero, damnificado y resentido; de cárcel, cantinas y aserrín; de copas rotas y vidrios por doquier; de sangre para todos (si Shakespeare hubiera compuesto un bolero, José Feliciano se lo habría cantado); de traiciones increíbles (pues lo son) y de un llanto atroz y adefesiero que -cual milagro eucarístico profano- brinda con un coctel de dolor, cerveza y lágrimas. En el bolero, Cheo cultiva la flor; José, la cebolla. Así pues, ya que se confunden tanto, podrían cantar a dúo, ‘Somos diferentes’, sí señor”, fin de la cita sitiada.

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6.

Las músicas criollas latinoamericanas tienen parecidos orígenes y destinos. Ahí están sus compositores, interpretes y temas. Un catálogo fastuoso que habla de nuestras identidades e imaginarios. El ritmo musical de Puerto Rico quizá no tenga la inmersión e investigación de los tratados etnomusicales en abundancia comparados con los estudios sobre los ritmos cubanos que son profusos –Carlo Borbolla, Alejo Carpentier, Leonardo Acosta, Helio Orovio–, pero existen. Puerto Rico, que atesora una cultura con una rica fusión genética taína, europea y africana y una vasta variedad instrumental, también canta y celebra la estética corporal y artística de los pueblos marcados por el signo musical del Caribe.

La música es matemática y literatura con ritmos. Para la mayoría de expertos boricuas que afirman que la primera música que se compuso en Puerto Rico tenía fines mágicos y religiosos y que cuando surgieron las grandes civilizaciones, ya había instrumentos autóctonos, imaginar que luego, la isla sería llamada la “Cuna de la Salsa” les resultará harto curioso. Pero arrimémonos a la mitad del siglo XX en San Juan de Puerto Rico. El fin de la gran guerra y la influencia del jazz. En los grandes cabarets existía un retinto sentido xenofóbico contra aquellos ritmos que bajaban de los montes.

En Nueva York, la colonia puertorriqueña, en cambio, mantenía otro calibre racial. Un músico como Tito Rodríguez había tomado la posta de un grande como Glenn Miller aunque el aserto resulte exagerado y otro Tito afinaba sus navajas baqueteras. En la zona llamada ‘El Barrio’ en Nueva York, y ya hacía su pinitos Willie Rosario junto a las orquestas de Noro Morales, Aldemaro Romero y Johnny Seguí, así como con Joe Quijano y Wilfredo Figueroa. Y en las voces, pues ahí estaba el Cheo, fresco y juvenil.

Desde aquellos años 50 en que la rumba en Nueva York se infecta –el sabor que tiene el virus del ritmo—con los dardos de la música afrocubana, los discos y la radio lograron que la tempestad de la sabrosura sea abrumadora y que el río musical que comenzaba a circular desde el Caribe, inunde los sótanos del Broadway adormecido por el blues y por un jazz aún para blancos.

Fania All Stars Perform In San Juan, Puerto Rico

SAN JUAN, PUERTO RICO OCTOBER 18: Cheo Feliciano sings during the opening of The Fania All Stars World Tour 2013 at Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot on October 18, 2013 in San Juan, Puerto Rico. (Photo by David F. Gasser/LatinContent/Getty Images)

7.

Entonces debemos recordar ese jueves 26 de agosto de 1971 pasadas las nueve de la noche cuando en el Cheetah se reunieron más de 4 mil personas. De pronto se prendieron las luces del escenario y apareció Dizzy Sanabria –uno de los maestros de ceremonias—pronunciando estas frases históricas: « ¡Ladies y getleman, qué viva la música! ¡Latin music power!». Luego Sanabria dejó al segundo presentador, el disc-jockey de radio Symphony Sid; a su turno, Sid presentó enseguida a Johnny Pacheco; y Pacheco a las figuras de la Fania, «la gente del sabor».

Aquella noche, en las congas, el neoyorquino de origen puertorriqueño Ray Barretto; en el bongó, el boricua Roberto Roena; en los timbales, uno de los pocos cubanos del equipo: Orestes Vilató; en el piano, Larry Harlow, un neoyorquino que pasó del jazz a la salsa y se enamoró de la música afrocubana clásica. En las trompetas, el dominicano Héctor «Bomberito» Zarzuela, Bobby Rodríguez y Larry Spencer; en los trombones, un as norteamericano, Barry Rogers, el puertorriqueño Reinaldo Jorge y Willie Colón. El cuatro puertorriqueño, hermano del tres cubano, estuvo a cargo del Yomo Toro; Bobby Valentín se encargó del bajo. La nómina de cantantes también era estelar y, como los músicos, básicamente puertorriqueña: Héctor Lavoe, Pete «El conde» Rodríguez, Ismael Miranda, Santos Colón, Adalberto Santiago y «Cheo» Feliciano. Todos ellos cantaron el cuarto tema de la noche, «Quítate tú», de Pacheco y Valentín una descarga de más de 16 minutos y medio que se robó el espectáculo y fue producto de esas épicas casualidades que tiene los fastos de la historia, en este caso, de la historia del baile.

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CODA

Cheo Feliciano es inmortal a pesar de estar muerto. Pero como García Márquez, su trayectoria de artista popular lo hace eterno y no podrá desaparecer. Al contrario, su arte es la historia misma de nuestros pueblos y escucharlo en su ritmo, lo hace imperecedero y a nosotros, inmortales como las mejores músicas que son indestructibles.

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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