La Colmena / AMÉRICA DESCUBIERTA DE NOCHE

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Un relato de ELOY JÁUREGUI

Llegaban. A eso de las once de la noche se aparecían en bandadas, morenas, trigueñas, asiáticas y rubias. Como en las carabelas, todas llegaban a América. Al Bar América de la cuadra siete de La Colmena frente al Hotel Bolívar. Contenidas en el continente brillaban en la noche. La noche de Lima ese 1972. Afuera, era verano y lo sabía porque ellas amerizaban ligeras de traje y de lengua. No se callaban, se reían mientras decían palabrotas nocturnas. Los lenguajes tienen horario y escenas y funciones. En Lima, sobre todo a partir del atardecer que era el tiempo donde el Bar América recién abría sus puertas. Taboga decía que era cubana. Y Florcita que venía de México. Estéfany recordaba Buenos Aires. Las otras dejaban sus carteras y pedía ‘cubaslibres’ y yo las miraba feliz. Todos las mirábamos felices. Y hasta que esa noche llegó Melisa que se hacía llamar América y ahora estaba en su feudo, el Bar América.

El antro tenía un decorado musical a pop art. Todas las paredes e incluso sobre la barra las fotos en blanco y negro tenían un tono a jazz. Uno parecía estar en medio de una orquesta de jazz, Coltrane o Parker, vaya uno a saber. Melisa o América tarareaba ‘A Love Supreme’. Al jazz no hay que escucharlo por temas sino por cada álbum, decía. El disco se lo había regalado el doctor Álvaro. Es un amigo, insistía. El doctor Álvaro solo se aparecía los viernes. Era abogado de bufete, de tres apellidos. Apenas se sentaba en la mesa, la última de la derecha, pedía tragos para todos. Entonces Melisa, también llamada América se colocaba a su derecha y se hablaban al oído. Ella era distinta. Lucía siempre trajes oscuros y medías negras de distinta factura. Como mallas, ora con estampados, ora con una raya por detrás. Sus piernas, dos columnas talladas en el ébano de ese eros en plena erosión erótica. Y reía, cómo se reía.

Estaban hasta medianoche. Y volvían al trabajo, a la boite Tabaris o al cabaret la Grotta Azurra. Al Embassy, de donde venía la mayoría o La Fontana y al Sótano del Hotel Continental. Esa noche, Melisa o América me dijo entonces que trabajaba en el Sky Room del Hotel Crillón. No sé por qué no le creí. En realidad nadie sabía de dónde es que venía. Pero era amiga de todas, de Sandra que trabajaba en Las Tiniblas o de Érika que bajaba de El Cotillón. Justo esa noche que no se apareció el doctor Álvaro. Y ella estaba más bonita, con esos pechos que desbordaban el traje azul noche, y su falda al tubo que le daban brillo a sus muslos y cierto, las medias negras. Por un momento quiso coger la cartera que colgaba en la silla para irse pero se detuvo, miró a Broncano y a Medina, los mozos, y les pidió, tráiganme el ron Medellín. Estábamos sentados en la última de la derecha y ella dijo luego que se quería quedar hasta el día siguiente. La cogí de la mano.

Mi avenida siempre fue mi venida, La Colmena. La vida en esa vía poblada de cafés y restaurantes, de librerías y de cines. Siempre despierta, siempre iluminada por el neón del goce. Luego del América solía ir, o al departamento de José Benavides que estaba en el segundo piso de un viejo edificio frente al Cine Le París o a Las papas fritas, el restaurante argentino. Pero esa madrugada llegué, llegamos por el bife y el vino. Entonces ella pidió un Tacama Gran Vino. Y juro que como ese vino no existirá otro en mi vida. Al rato me di cuenta que Melisa o América estaba llorando. Soy una mujer mala, decía. La dejé hablar. Ella no paraba. Entonces contó que su madre no la quería, y que hace un tiempo se había querido matar. La descubrieron agonizante y con el frasco de pastillas y le salvaron la vida en el Hospital Loayza. Yo la besé y ella se dejó.

Todo fue perfecto en esa noche perfecta. Melisa o América me confesaría que de toda la feligresía del América –y estaban los escritores consagrados, y los poetas retorcidos y los intelectuales de cátedra—era yo quien mejor le caía. Eres el más joven, el más buenito, me dijo cuando ya estábamos en el taxi y amanecía en Lima, ese verano de 1972. Entonces le conté que había ingresado a la universidad, que mi padre me obligaba a estudiar Leyes. Ella dijo que yo iba a ser mejor que el doctor Álvaro, y luego confesó que él era un hombre maldito, que le pegaba, que la tenía amenazada. Y luego contó que el doctor Álvaro en realidad era hermano de su padre. Y la había traído con mentiras desde Rioja, que allá vivía con su familia y la había hecho mujer a los quince años. Yo la seguí besando.

El hotel quedaba en la Avenida Arequipa. Cuando desperté tarde ya de mañana, ella dormía y era la criatura más hermosa que había visto en mi vida. Sus cabellos desordenados sobre su rostro, sus hombros desnudos de asombros y su cuerpo tibio bajo las sábanas. La volví a besar y ella, gatuna, con sus suspiritos y su despertar a felino feroz y luego solo la ternura, y todo mi deseo y mi amor correspondidos. Y le dije que nadie nos podría separar, que sería su amor, no mejor, su amorcito. Y de pronto el teléfono. Y ella que dice, ya bajó amor. Y era el doctor Álvaro en el lobby del hotel. Y ella, dulce y que me dice, quédate hasta que quieras, el doctor Álvaro me llevará a casa. Ya en la puerta, se despidió más bella todavía. Y que dice, no te olvides, en la recepción te hemos dejado el cheque, no te olvides, es para que publiques tu libro de cuentos.

 

© Eloy Jáuregui

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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