Lima / TATUAJES DE LA MEGALÓPOLIS

Elliot

ESCRIBE ELOY JÁUREGUI

1.

La piel de Lima tiene múltiples y heterogéneas lecturas. Es que Lima es ciudad de ataderos y cruces. Urbe de contraseñas, códigos y rebases. Lima luce gramática pública y está escrita entonces en sus muros y paredes de acuerdo a su componente nacional. Ciudad de migrantes y desbordes populares, obedece a esa conducta que bien podría remontarse a los sectarios de Bizancio –César Vallejo escribía de Lima: “ahora que me asfixia Bizancio”–, sectarios que a mediados del siglo VII destrozaban imágenes sagradas e íconos argumentando que el verdadero Dios no debía ser reducido a una estatua o a un grabado. Por ello se les llamó iconoclastas. Lima así deviene en sus iconografías, tropicales, azarosas y harto de genética andina.

Existe una iconografía oficial y todas las otras. Sin duda, la más llamativa es el ahora llamado “afichismo chicha”. Su activista y acaso creador más ingenioso resulta ser Elliot Tupac, un afichero de Huaycán que ha reivindicado el magma y concho arte popular en rótulos y carteles. Se llama en realidad Elliot Urcuhuaranga y desde 1990 comenzó a diseñar y pintar carteles para los grupos de cumbia andina, la “chicha”. Y al principio fue visto con desdén pero hoy es un artífice de toda una corriente estética que sobresale en la iconografía limeña a nivel de barrios populares subiendo para los pagos de “Eisha”. Al principio sus anuncios de letras curvilíneas y colores fluorescentes encendían –no con vergüenza–cualquier muralla gris donde se pegaran. Hoy es parte del paisaje limeño admirado. Los ojos del cuy observando la megalópolis.

En la semántica callejera, Elliot Tupac es reconocido hoy por su arte mural conquistando el gusto chileno y latinoamericano. Tupac realizó gráficas para las películas Madeinusa y La teta asustada, de Claudia Llosa. Así, proyectó una portada para la prestigiosa revista de diseño inglesa Creative Review y expuso en Miami junto a otros cartelistas de talla mundial, como Obey The Giant, quien se hizo famoso por el retrato de Obama con la leyenda Hope, usada para su campaña presidencial. En Lima, junto a otros artistas gráficos, han desarrollado muestras como “Antes soñaba”, “Cómo será no ser peruano” o “Cholo power”, pintados –con provocación estética– en distintos lugares de la ciudad. Tupac, es el Picasso del pobre, que así le dicen.

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2.

Pero este arte urbano vivo y rotundo fue pasto de la venganza política. El alcalde de Lima Luis Castañeda, apenas inició su administración en el 2015, mandó a borrar todos de los graffitis pintados en el tiempo de Susana Villarán. Esa actitud borró literalmente las huellas de su predecesora, quien había dado la bienvenida a las piezas de arte. La ministra de Cultura, Diana Álvarez-Calderón, el ejemplo más brillante de la torpeza burocrática y la ignorancia pituca, salió a defender el borrado de murales en el Centro Histórico al afirmar que dichos graffitis no pueden ser considerados como arte que nace para perdurar. “No es la capilla Sixtina, es arte de la calle, marginal, de protesta. No es Patrimonio Cultural de la Nación”. La señora Álvarez-Calderón contradijo al viceministro de la misma cartera, Luis Jaime Castillo, quien criticó duramente al alcalde Luis Castañeda: “El arte es algo que no está ni debe estar sujeto a la política y no debe ser parte de una agenda política. Mal hacemos con borrar obras de arte y mal hacemos con decir que eso lo hacemos porque hay un canon internacional que no existe”.

Hace un tiempo, el profesor Óscar Quezada en la introducción a un libro que presentamos en el 2010, “Los tatuajes de la ciudad. Graffiti en Lima” (Ediciones Contracultura), dice así del el término y por extensión semántica, que se aplica al que combate ideas u opiniones instituidas. Lima así está ilustrada –y tatuada digo yo– de conflictos gráficos, de observancia y complicidad, de expresiones contraculturales y de chilla. En ese territorio, los grafiteros desarrollan un espacio convulso. Entonces así los grafiteros resultan los iconoclastas de nuestro tiempo. Sin duda, el graffiti es una escritura básicamente transgresora. Acción contra lo consagrado. Acto negado por el deber social, oficial, institucional.

Hábil Quezada advierte semiota: “El sujeto productor de esta escritura-diseño, opone a aquel deber su querer decir: parece ser alguien que estalla y que, en su explosión iconoclasta, se lleva de encuentro todas las interdicciones sociales e imágenes sacras que salen a su paso, manifestando así sus propias atracciones y repulsiones instintivas (más o menos racionalizadas) Se perfila, entonces, como un /yo/ que ha estado muy contenido, muy cargado y que ha abierto una válvula por la que ha escapado la energía expresiva y creativa de su deseo (de alguna manera) reprimido”.

El graffiti está en la escenografía de la Lima y para muchos limeños aun pasan inadvertidos. El imperialismo de la imagen exige animación. Pero quiero ser audaz y recordar tres grafitis peruanos que me conmovieron. Alguien dirá que no son grafitis, que son murales: vamos, son grafías en el muro, rebelión de los signos disolviendo el trance de lo privado a lo público, a la manera de Joan Costa. Insisto, habría que señalar entonces a los muralistas mexicanos Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, aquellos arrebatadísimos muralistas mexicanos de principios S.XX, y que construyeron una nueva iconografía pública ¿marxista? con fines educativos para unificar a su México después de su obligada revolución: cierto, que su arte no fue su descarte.

Repito y vuelvo a los graffitis que me impactaron. (1) El muro de más 700 metro en la primera cuadra de la Av. Salaverry en los fastos de la primera visita del Papa Juan Pablo II. Manos provenientes de todos los departamentos del Perú que dejaron sus pintas propias de sus imaginarios, varios. La fe siempre es iconográfica. No existe Dios sin facha ni demonio sin tacha. (2) La iconografía de la eternidad. Las marcas trazadas de manera simbólica por los antiguos peruanos en la huaca de Pomalca, zona del Ventarrón, de 4 mil años de antigüedad, mucho antes del imperio del Gran Señor de Sipán y descubierta por arqueólogos peruanos. Una serie de signos en colores blanco, rojo, gris y naranja. Hasta el cierre de esta edición, sin duda, es el más antiguo libro sobre barro del continente americano. Un venado retratado para perpetuar el instante. Rito ancestral de cacería con su flama como razón de eternidad.

Finalmente quiero señalar a Héctor Lavoe y la tribu de salseros convulsos en las paredes de El Callao. La música callada de la fiesta. Los rostros para que dancen los ojos. Graffitis con descarga del barrio. El gozo y la orgía inmanente. El diseño vernáculo. La mirada para la utopía del empiernamiento: imagen/ojo imaginado. Lavoe es reverenciado con el punto de vista avieso. Más que el Cantante de los cantantes, la iconoclastía de Lavoe. Su irreverencia grabada en un muro desvencijado, luego borrado por la mano municipal y transformada en pizarra política electorera. Los vecinos chalacos, no obstante aseguran que el muro, cubierto o no por la propaganda edil, tiene sonido. Graffiti que canta y canta bien.

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 3.

La gráfica urbana viaja entre el signo, la imagen y la escritura. El caso de las pintas es distinto. Sí todas organizan y simbolizan información, –y este concepto está definido en el libro “Los tatuajes…”–, la pinta es escritura abierta, textualización orillera, marginalidad coprolalia y escatológica en uno de sus extremos. Pero en la otra orilla, es constructo de una poética y de una erótica, básicamente textual, alfabeto de baños, de subterráneos, de covachas y huariques. Las hay también las obscenas como las pintas de la corrupción política en los sectores más pobres de la ciudad: “Keiko 2016” dice así en las cumbres de la pobreza. Otras, en los sectores del ‘emprendedurismo’ moderno, es decir, los que fungen de publicidad marginal, los escarchados del ‘Chicha Power’, a la manera como lo entienden los comunicadores, Jaime Bailón y Alberto Nicoli

Los jóvenes artista José Miguel Galiano y Flavia Moreno, definen este movimiento urbano así: “El graffiti llego a Perú durante los primeros años de la década de los 80’s traído del Bronx en Nueva York por algunos artistas como “Demos” “Base”, “Prms” entre otros”. Luego narran que el estilo se fue popularizando acompañado a de protesta. En el 2000 las paredes de nuestra capital fueron repletándose de graffitis de todo color y toda forma, y es así que los jóvenes se inclinaban a desarrollar este tipo de habilidades. En el año 2005, el graffiti, revolucionó con la apertura de la primera tienda especializada en graffiti en Perú, lo cual incentivó la práctica de este arte aún más en la juventud. Ya al 2012 se ha desarrollado una escuela peruana, con técnicas propias como la tipografía chicha, iconografía andina entre otras.

Un capítulo aparte son las llamadas ‘tribus sentimentales’. Las barras bravas. Y no son tan irracionales como dicen por ahí. Se maneja una gramática, un estilo. En las pintas que realizan los barristas hay ciertos símbolos y/o formas básicas del graffiti, como por ejemplo el hecho de hacer letras gruesas con un borde, con proyecciones que dan la sensación de volumen, etc. No quiero decir que estas pintas también sean graffitis, porque insisto, hay que diferenciar la cultura Graffiti y otros grafismos. El graffiti encierra todo un planeamiento, temática, colores, etc. El graffiti llega muchas veces a convertirse en un trabajo en conjunto que genera un trato especial de comunicación y una sinergia interna en un grupo. Es por todo esto que se forman los colectivos o “Crews” y nacen los muros hechos bajo un concepto o idea, la ‘producción’.

 

4.

Cuando se le pregunta al grafitero limeño Edwin Higuchi (a) “Pésimo” cómo se entiende su arte dice: “aún se piensan que toda pinta o inscripción hecha con una lata de pintura en una pared es un grafiti. Cuando escuchan hablar sobre grafiti, de inmediato lo asocian con las pintas que realizan los barristas o con un acto de vandalismo, pero lo que no saben es que el grafiti engloba muchas cosas, por algo es considerado una expresión artística y forma parte de una subcultura (cultura urbana) que llama a las masas, sobre todo en jóvenes. Hay que saber diferenciar lo que es un grafiti y una pinta, ya que si bien son cosas que guardan cierta similitud, expresan cosas totalmente distintas”.

“Pésimo” es toda una figura de la grafía urbana. Ha radicado en el Bronx de Nueva York. Su arte grafitero ha llevado a la Feria de París, de Tokio, de Sao Paulo. Aunque ahora quieren subsumirlo al circuito de galerías. El joven “Pésimo” habita, no obstante, en una filosofía del graff, de la la ‘adrenalina’, aquel método de marcar espacios. La pared prohibida, el trazo urticante de la fugacidad y sin autorización. Un arte sin precio. Así sus grafitis atrapan un magma de símbolos. El sprait para carpinteros en sus manos son pinceles. Producto chino, de cachina sin factura. Ahí la diferencia con otras expresiones artísticas plásticas. Y es que en el grafiti existen estilos como el Wild Style, los 3ds, caracters, etc. Y así como la pintura tiene sus tendencias (cubismo, abstracto, impresionismo, etc.), el grafiti también tiene los suyos.

El colombiano Armando Silva en su libro “Imaginarios urbanos” asegura que un graffiti parte de una premisa irrefutable: no todo texto colocado o grabado sobre un muro u objeto citadino es un graffiti: “Y Esta premisa le lleva a proponer siete valencias necesarias en todo graffiti: marginalidad, anonimato, espontaneidad, escenicidad, velocidad, precariedad y fugacidad. Estos vectores si operan en conjunto sería una cualificación máxima, o solo parcialmente, lo que permitiría establecer una escala gradual, que en dirección descendente, llegaría hasta la cualificación mínima y, más allá, a inscripciones que quedarían fuera del dominio del grafiti”.

Pero seré crudo, los limeños no hemos entendido todavía estas lecturas alternas de la escribalidad urbana, pública y callejera. Los avisos denuncian un momento y esa temporalidad es infrecuente e inconexa por transgresora. Lima en estos días, a pesar de estar sobrecargada de los avisos electorales propios de la coyuntura política, muestra el otro rostro de la modernidad. A los paneles y avisos luminosos de la avenida La Marina, por ejemplo y a los frontis de los nuevos malls o shopping, ahí cerca, a la vuelta de la esquina, aparece una escritura, una imagen, un ícono de estos tiempos. Los limeños –acostumbrados a las pintas de lo público/privado de los baños, por ejemplo— están aprendiendo a leer su ciudad y en estas pizarras de la existencia de las masas, está escrita su historia, chillante, desordenada y caótica pero viva y deslumbrante.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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