EL VERSO NEGRO / relato

mujer en el barPor  Eloy Jáuregui

Para M.C.V

Su memoria se posó al borde de la mesa y él supuso el vértigo. Crispó los dedos y pidió lacónicamente la cuenta. El bar a esas horas, sea el día que fuese, siempre esta casi vacío, casi siempre a medio ocupar.

-‑«Tus escamas en la sábana, tu salado mar». -‑Había vuelto a trazar para ella El Verso Negro en la servilleta mientras Mariafé ya retornaba desde el oscuro teléfono al fondo del bar.

Era mucho más hermosa precisamente a esa hora, cuando los contraluces obligaba a propios y ajenos a distinguir aun más sus ojos negros que el brillar de los globos malva del Mozart, el café cómplice y, no se le ocurrió otra cosa más que acercar su boca y tatuar su aliento a rancio ardor en su nuca, a rasgar con sus labios la piel de aquel delicado y espléndido cuello.

-‑Márchate Diego, ahora ‑-dijo ella bajando la mirada-‑. Sabes bien que debes irte.

El encendió el último cigarro del paquete. Observó impaciente las vitrinas opacas del otro lado de la calle. Ahora arrugó la última servilleta donde había registrado por enésima vez: “Tus escamas en la sabana, tu salado mar”…

-‑El amor estalla como nuestro reloj de arena ‑dijo, recordando un garabato cursi, mirándola, deseándola inconmensurable.

-‑No me ames así por favor, no hagas eso conmigo ‑y tomó de sorpresa sus helados dedos inertes.

Diego sintió como antes, sí, el pie diminuto y descalzo recorrer debajo de su pantalón. Era ella, su ex mujer, la señora Mariafé de su vida. Ella de las destrezas.

-‑Mi amor, que no termine-‑ alcanzó a decir.

Trituró el cigarro, bajó el brazo y tocó su muslo debajo del vestido de seda. Entonces el encaje de esos vellos se erizaron como aquellas tardes cuando sus espumas mojaban completamente sus piernas. Mariafé expulsó el vaho siempre inexplicable, gimoteó concentrando el tiempo, quiso decir tantas cosas a la vez ampliando su mirada de aquella brasa alcalina apuntando la cumbre de las lámparas y exigió los labios, la lengua, el beso, como una almiranta ordena por su espada en el puente más alto de su nave.

-‑Llévame ahora ‑-dijo ella recogiendo su bolso y el bleiser.

Era noche y garuaba.Cambiaron de taxi como de costumbre. Ahora al departamento, ahora las llaves, ahora la ropa. Y así otra vez el miedo de atraparlo y acostumbrarse a sumergirlo entre su boca, y oír esa sonata en el cristal combado de sus fauces, la campana curvada de la copa rosásea entre sus dientes.

-‑Que no termine -‑volvió a repetir oficioso Diego .

-‑No lo eches a perder -‑sentenció ella-‑. Olvídate del tiempo.

Apenas habían encendido la lucecita del recibidor y Mariafé se descalzó violenta. Lo abrazó. Se juntaron y temblaron como antes, como en los retratos de los mortales recuerdos.

-‑Calla por favor, no digas nada ‑-sentenció ella y agregó clavada a su oído: ‑quítame el vestido.

Diego obedeció minucioso. Desnuda, le dio la espalda y se inclinó libre sobre sus pechos. Así, a esa edad, era inconfesablemente hermosa y ese tiempo había pasado sin tiempo sobre aquella piel de fibras lustrosas. No importaba ahora que otros cuerpos se hayan posado en aquel mismo cuerpo. No obstante, él retornó a la aventura de sumergirse en los pliegues conocidos y al solsticio de esas entrañas descorridas por la música deliciosa de su unicornio bermejo. El y sus yemas adheridas en el pico encrespado. Ella y su enhiesta cresta secreta anclada ahora a la almohada debajo sus muslos, y el peso de ese cuerpo como una águila prendida en el dorso y el mentón clavado a la suprema luz de su nuca.

Era la testa del fruto galopando entre dos mundos de esa maquina carnal, dos soles disputándose el ágape de aquella brecha. Dos cuerpos marcados por la luz negra que visaban las celocías y el lomo escarchado cual lomo de un jabalí degollado en la embalsamada noche del encebado taladro a fuego curvo.

Eran dos humanidades almidonándose en los bordes profundos de la rosa musgosa de la locura. Eran dos seres tratando de inmortalizar el fruto cabalgado de los bocados del tiempo enmohecido. Amándose como él la soñaba en la quilla de sus deliquios. Amándose como ella imploraba a horcajadas imaginando el dulce taladro horadando su aromado pórtico cual anillo encarnado.

Se durmieron encallados frente a los farallones del mar de las altas espumas y el sueño los detuvo como en un daguerrotipo del siglo de todas las luces traicioneras. Mariafé creyendo en otras formas corpóreas. Diego, amando el flamante tormento de una piel más joven. Y así amanecieron, como dos seres conocidos trasmutando la química de los odres fermentados

-‑Quieres café, está recién pasado ‑dijo Mariafé y se retocó con maestría el cabello y los labios ante el tocador, su gran espejo de los años gloriosos‑. Voy a llegar tarde al canal.

-‑Déjalo ahí, me ducho y me largo ‑contestó Diego con el sabor a óxido de fierro que imaginó le trepaba desde el duodeno.

-‑La niña sale más temprano los viernes, la recoges por favor y la dejas donde mi madre ‑ordenó ella.

Luego lo besó en la mejilla con un mohín que él sabía bien, Mariafé ejecutaba cuando algo le producía hastío. Dio una rápida mediavuelta de acostumbrada ballerina y se marchó impenetrable, gélida como el olvido de las cartas arrugadas.

Atrás dejó todas las brasas de la noche. Atrás quedó el pacto repasado de sus hazañas; su encrespada ropa interior sobre la alfombra y todavía aquel aroma a sus muslos saturados de oráculos espesos y bullentes savias.

Diego mientras se vestía descubrió la servilleta arrugada en uno de los bolsillos de su saco. Se sentó en aquel que alguna vez fue su escritorio y leyó el verso: “Tus escamas en la sábana, tu salado mar”.

Por un instante estuvo a punto de agregar sobre el estrujado papel: “Trece años de matrimonio han aferrado nuestra memoria a la hiedra miserable de la cascada de tu amor”. Pero no, no escribió nada. Estrujó aun más la servilleta, fue hasta el baño, se miró enamorado por última vez en el espejo, arrojó el verso negro en el excusado y tiró de la palanca.

Un cancelado amor atornillose al torbellino turbio de las aguas profundas y se hundió para siempre en la tumba de los cariños que se ahogan en la desesperación de la infame vejez.

Luego, parsimonioso y atándose el nudo de la corbata como quien une otra vida ‑veinte años más joven, por supuesto‑ a su existencia; tomó ahora el teléfono, marcó un número memorizado en el ojo de su lujuria y con esa tono de maestro de vieja literatura inglesa habló grave:

-‑¿Rossana? Amor, ¿Por qué no me llamaste?

ÿÿÿÿ-‑ÿÿegn. malsí aalísimo ‑contestó esa voz fresÿÿidos tana sin borrasca‑. Estudié casi toda la noche.

-‑No me estudies más princesa ‑respondió él, profesor, ducho en el arte de las torturas a

 

infantes alumnas y agregó: ‑esta noche te estudiaré yo y después, te desnudaré y te jabonaré como te gusta.

-‑Diego, malo, malísimo ‑volvió a decir Rossana‑, mira que recién he salido de la ducha.

-‑Así me gustas, húmeda, húmeda como las lenguas del erizo ‑dijo él mnemotécnico, mortalizando todo y remató‑: Anoche te escribí un pequeño poema mientras estudiabas.

-‑Oh mi amor, carísimo. ¿Cómo es? ¿Me muero por leerlo? ¿Y, ya tiene título?

-‑Sí, princesa mía ‑contestó Diego, con sus exactos 40 años y la sabiduría de manejar los caminos del Santo Grial‑. Para ti, sólo para ti lo he llamado “El verso negro”.

 

Cuento del libro “Porque tu amor es mi espina”. Lima 2015

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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