Sarita Colonia / A ESTE CIELO LE FALTAN SANTAS

sarita colonia 4

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

1.

Si cuando niña, cuentan, Sarita Colonia ya miraba para dentro y sufría de visiones que ungían alertas contra los actos impíos. Como aquella vez en la plaza de Huaraz, cuando el sargento borracho mostraba jactancioso el cadáver del bandolero Luis Pardo a quien había liquidado por la espalda pese a que era su compadre; Sarita -con su media lengua- le advirtió que ya no lo veía porque: «usted ya no está detrás de usted». Y aun cuando este se hizo el disimulado, siete días después, el 7 de julio a las 7 de mañana, el sargento cayó muerto en la misma plaza dizque porque el corazón se le había apiedrado como un puño de hielo.

Cien años después de su nacimiento, la tumba de Sarita Colonia en el cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao es hoy domingo una feria al mejor estilo del mistic market. Los fieles llegan por decenas compungidos y angustiados. Sarita Colonia para todos es su última esperanza para encontrar paz y salud en este mundo. Y el barrio precisamente no lo habitan personas bienaventuradas. La mayoría de mujeres pecan de las carencias sacrosantas. Y lucen fieras y con tatuajes y con cicatrices. Mujeres de la vida, dicen por ahí pero para eso está la santa, para purificar esos espíritus cerriles y escabrosos. Pero esta santa es de carne y hueso y uno lo puede comprobar porque descubro entre el gentío áspero a Rosa Colonia, la hermana menor que ha llegado en silla de ruedas. Entonces se abren los candados del reino celestial.

Y aun antes de conocer su cielo, Sarita Colonia sabía que el infierno quedaba en los mismos ‘Barracones’ del Callao. Ahí llegó desde la sierra de Huaraz a vivir con su familia entre la indigencia de la miasma abyecta y el lumpenaje misérrimo de los apóstoles de las desventuras. ¡Qué de rateros afilados! ¡Qué de mujeres de la mancebía! ¡Qué de homosexuales faroleros! Sara Colonia Zambrano, que así se llamaba Sarita, apenas vivió en este mundo 25 años, aquel tiempo suficiente para llevarse a la eternidad esa porción infausta del ajeno dolor de las desdichas que a ella le supieron siempre a la hiel de los pishtacos.

Don Amadeo y doña Rosalía, sus padres, apenas se dieron cuenta del prodigio de su nacimiento ese 1 de marzo de 1914 de aquel año que fue extraño porque vino sin eneros ni febreros. Hipolito Colonia, el hijo menor de la familia, contaba mientras de rodillas se lavaba de los asombros, que cuando Sarita llegó a estos valles sin el dolor de reglamento del parto, que escuchó de labios de la vieja comadrona que persignándose juraba: «Esa niña nació con los ojos muy abiertos. Con la mirada fija hacia arriba, como si mirase el cielo o que algo extraño la sujetaba desde lo alto».

 

2.

Ya en Lima, la familia Colonia escogió el Callao con la ilusión de encontrar allí la salvación para huir de la estrechez que los había arrojado de sus sierras sin sueños. Pero aquel Dios de los destinos se había equivocado al fin de cuentas: el catastro barrial del Callao no era más que el lujo del albañal y la podredumbre amoral de los desesperados que, cristiano alguno, mereciera tal castigo.

Sarita apenas pudo estudiar y a los 12 años ya trabajaba como empleada doméstica, ayudaba como vendedora de pescado en la calle y zurcía la ropa de sus vecinas. Cuando se murió la mamá, la veló en vómitos estruendosos hasta el desmayo durante meses. Luego, cocinaba para los hermanos y no paraba de rezar en una lengua que no era el castellano. Ya mayor, ora volaba en fiebres alucinógenas, ora su piel por casi nada se llenaba de llagas hasta hacerla sangrar. Nadie que la conoció, no obstante, alguna vez le oyó queja. Menudita como era, al contrario, transmitía una alegría de espasmos que la gente sentía a pesar que Sarita sufría de la opacidad de las miradas más tristes que se recuerden.

Sarita Colonia es la Santa de los migrantes. Y aunque muchos nieguen que haya sido como sus devotos la imaginan, existen dos vestigios que afirman que era de este mundo y no del otro. Una foto donde aparece con su familia en el estudio Romero de la calle Caridad 676 en el Cercado de Lima (de allí se ha extraído la única imagen que sirve para la iconografía de la santa) y la partida de defunción (número 28, folio 56) asentada en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y donde ha quedado escrito que Sarita falleció de paludismo pernicioso el 20 de diciembre de 1940. ¿Paludismo pernicioso? Sí, la llamada ‘terciana’, ese mal del pobre provocado por el zancudo, el mejor amigo del hambre.

Su padre mismo la colocó bajo tierra en el cementerio Baquíjano del Callao como quien le exige a la leyenda el alimento carnal del mito ordinario. Luego empezarían uno tras otros los milagros y prodigios. Después, trasladarían sus restos a un humilde mausoleo donde hasta hoy una procesión de seres desesperados llegan en busca del cielo tan temido. Unos le rezan en el argot malandro y dejan inscrito en un andrajoso cuaderno la fórmula de la sustancia alquímica del favor divino. Otros, lloran frente al altar profiriendo frases de grueso calibre: piden piedad, trabajo, salud, clientes, víctimas, lipoesculturas, placeres y hasta un caficho de buen corazón.

 

3.

En el posterior y nada ateo, celebérrimo libro de Eduardo González Viaña, Sarita Colonia viene volando (1), se encuentran las claves para subir al cielo. Entrevistado el autor dijo desde su residencia en Oregon, EE.UU., que el culto a Sarita y el de muchos otros santos no oficiales en nuestra América revela que nuestros pueblos sufren de una necesidad no saciada de apelar a lo extrarracional. Las crisis económicas y la falta de empleo, la vanidad de los gobiernos y la intolerancia, la falta de justicia y la miseria de amor convierten a nuestros países en cajas cerradas e irrespirables en las que todo intento de cambio es suprimido, toda rebeldía es perseguida, y la mayoría de los reivindicadores del pueblo traiciona o fracasa. En esa instancia, no les queda a los más desvalidos otra forma de tener esperanza que la de hablar con el cielo e inventar sus propios santos.

En El Agustino, el distrito al Este de Lima incluyendo su cerro, no conocen a Dios. La devoción es informal y se venera a dos santos. Chacalón, quien fuese el más achorados de los cantantes de chicha y a Sarita Colonia, “La divinidad del arroyo”. En Junio de 1992, inspirados por el fervor que produce la santa, la banda Los Mojarras alcanza la cumbre del éxito con su tema Sarita Colonia. La banda tenía el mismo componente genético. Eran provincianos, les cantaban a los cholos y tejían géneros que iban de la chicha al rock y hasta la salsa. Aquello hablaba del fenómeno que se había consolidado en Lima. La capital había sido domada por los ‘lorchos’.

Así, el grupo Los Mojarras tocaban los laberintos de la ‘choledad’, la delincuencia, las drogas, la cárcel. Luego aparecería otra banda, La Sarita, pero era una versión más clasemediera de la desarticulación. En el 2007 Michelle Alexander produce la serie Por la Sarita con un rating respetable y el fenómeno del marketing con su figura es un ícono casi indescifrable. Desde esa vez, el himno de Los Mojarras se canta en cada velorio, en cada festividad pueblerina y hasta en las misas de las zonas marginales de Lima: “Sarita Colonia, patrona del pobre, / no quiero más pena, / no quiero más llanto. / No se amilanan aunque no hay lana, / se autofinancian, con fondos propios, / suena un huainito, bailan salseros, / gritan roqueros, piden chicha…”

 

4.

El antropólogo Carlos Velaochaga asegura que el culto hacia ella aparece en el momento en que un sector de la población de Lima procedente de las sierras andinas necesitaba tener una figura propia en el santoral cristiano. Sarita Colonia interpreta todas esas carencias y encarna todas esas esperanzas. La santa de los pobres es gestora de otras tareas. Prever de trabajo a los humildes. Hay un interregno que no cubre el Estado ni todos los gobiernos para poder satisfacer las demandas de los necesitados. Los cultos emergentes como Sarita en el Perú o María Lionza en Venezuela, expresa étnicamente a sus discípulos creyentes mucho más que los íconos tradicionales que son de raza blanca. Una sociedad india y mestiza como la nuestra demanda que sus intercesores en el cielo la representen a su imagen y semejanza.

Sarita Colonia no ha muerto, vive en el cementerio Baquíjano del Callao, en olor a multitud y abrigada por la fe de sus devotos que el 1 de marzo (fecha de su nacimiento) o el 20 de diciembre (el día que se fue al cielo), se abigarran frente a la única imagen que se conoce de la Santa de los Olvidados de Dios. Entonces el agua bendita se confunde con el sudor y otros jugos del pobre; el vendedor ambulante, el delincuente, la prostituta y los homosexuales -su ejército fundamentalista- que llega a exigirle trabajo, a pedirle un puesto en los fastos del cielo y sin rendirle cuentas a nadie, a portar su estampita.

Y es tal la fama de la Santa que sus efluvios cruzan América. Hoy, por sabe Dios qué sortilegios, Sarita ha resultado también ser la Santa de los «espalda mojada» y de todos aquellos miles de latinoamericanos que quiere ingresar ilegalmente a los Estados Unidos con su estampita bajo las prendas íntimas que los hacen invisibles o los disfrazan de niebla.

 

(1)          Sarita Colonia viene volando. Eduardo González Viaña. Editorial: Petróleos del Perú. Lima. 2004

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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